Fútbol

1994. Perdieron las marcas afuera de la cancha

Hasta que saltó el doping de Maradona, Argentina se perfilaba para campeón. El efecto dominó de aquella noticia devastó anímicamente a un equipo que jugaba como le gusta a la gente.

Pocas Selecciones despertaron tanta adhesión popular como la de Alfio Basile. Respetando el perfil genético del fútbol argentino, el Coco moldeó un equipo que fusionó dos ingredientes básicos para acercarse al ideal del hincha; belleza y eficacia.

Aunque contó con Maradona, que deambulaba por una de las etapas más turbulentas de su carrera, amalgamó un equipazo sustentado, entre otras cosas, en la jerarquía de Fernando Redondo, el fuego goleador de Gabriel Batistuta, el despliegue del Cholo Simeone, la personalidad ganadora del Cabezón Ruggeri, el panorama de Leo Rodríguez y las corridas de Claudio Caniggia. Un equipo fantástico que levantó dos veces la Copa América –Chile 91 y Ecuador 93- y eslabonó un impresionante invicto de 33 partidos. Pero un día tropezó. Tropezó feo…

Alfio Basile le dio rodaje a una delantera envidiable.

En la última fecha de las eliminatorias, un Monumental eufórico fue virando lentamente hacia el asombro, y terminó envuelto en una angustia inimaginable, obra y gracia de Colombia, que goleó 5 – 0 y condenó a aquella Argentina fantástica a jugarse el pasaporte a USA 94 en un repechaje con Australia.

Era una instancia límite y nadie dudó en recurrir a Maradona, por entonces ensayando una de sus tantas resurrecciones en Newell’s. Al empate en Australia (1-1) le sobrevino la victoria en el Monumental (1-0). Y cuando la proa enfiló hacia USA 94, aquella ultraofensiva, lejos de devaluarse, se vitalizó con la reinserción de Diego y los primeros palotes de un talento jujeño: el Burrito Ortega.

El Diez, que durante varios meses se había sentido ignorado por la Selección, recobró el espíritu albiceleste que siempre tuvo e inició una preparación especial. Quería llegar a su cuarto Mundial lo má­s afilado posible. Y tanto la AFA como el cuerpo téc­nico se encolumnaron en ese esfuerzo de Diego, al punto que se pusieron claramente de su lado cuando el gobierno japoné­s le negó la visa por sus antecedentes vinculados a las drogas. De hecho, suspendió la gira por Japón y reprogramó la gira previa por Ecuador (0-1), Israel (3-0) y Croacia (0-0).

Mientras el equipo recobraba la confianza, a Maradona lo molestaba una pie­dra en el zapato. Se notaba lento, sin el pique corto que devastaba a los contrarios, sin frescura en el arranque. Y enton­ces decidió volver a trabajar con Daniel Cerrini, el hombre que lo había puesto delgado como una varilla antes de su debut en Newell’s. Una decisión que, paradójicamente, tendría su peso… 

Con el Coco Basile no hubo drama. Pero sí una charla ante la inminencia del debut, cuando todo el país futbolero participaba activamente de la polé­mica. “Veo que se está­ inclinando por Islas. Y yo prefiero que ataje Goyco, igual que los muchachos…”

El Coco no se fastidió por la observación, pero nadie lo movió de su convicción. Aunque el Vasco era ídolo tras las hazañas de Italia 90 y había ratificado sus pergaminos en los años siguientes, estaba má­s que conforme con el rendi­miento de Islas en la recta final. Y le con­fió el arco para enfrentar a Grecia en el Fox­boro, de Boston.

Vestida de azul, la Selección desinte­gró a un rival que, amé­n de sus limi­taciones, pretendió neutralizar a los argentinos con elementales e inútiles marcas personales. Tsalouchidis –un verdadero mastodonte en pantalones cortos– casi se quebró la cintura tratan­do de contener a un Maradona angeli­cal, picante como en sus mejores días.

Gabriel Batistuta marcó tres goles frente a Grecia en el debut.

Le cambiaron el carcelero para el com­plemento, pero Marangos corrió la mis­ma suerte que el grandulón. Al ritmo de Diego, tocaron todos, empezando por un Redondo fantás­tico. Y Batistuta se encargó de ponerle la rúbrica a la mayoría de los intentos ofensivos. De hecho, hizo tres de los cuatro goles. ¿El otro? Merece un pá­rrafo aparte.

Minuto 60. Argentina ya estaba arriba por dos. Maradona se juntó con Redon­do, Balbo y Caniggia, toque­tearon fenómeno, quedó per­filado en el umbral del á­rea y despachó un zurdazo misilístico al án­gulo superior derecho. Golazo infernal. Salió corriendo como poseído, con un objetivo claro: la cá­mara de piso ubica­da a un costado, a la altura de la línea del á­rea grande. Entonces hundió la cara en la lente, los ojos abiertos al má­xi­mo, las venas hinchadas, la boca hecha un grito. “¡Gol! ¡Goooolll! ¡Acá­ estoy!”, se desahogó Diego, recordando el sacrificio que había hecho para ponerse a punto y el escepticis­mo general sobre su posible rendimiento. Al ratito, cuando Basile lo reemplazó por Ortega, Maradona enfrentó los micrófo­nos sin rencores, sólo para agradecer: “Les doy las gracias a todos, pero espe­cialmente al Barba, al de arriba, porque me ayudó muchísimo para llegar a este momento.”

Entre los cientos de elogios que se escu­charon tras el debut, sorprendió el del alemá­n Bernd Schuster, ex­ compañero suyo en Barcelona: “Si Diego fuera alemá­n, no jugaría este Mundial. Sólo alguien con la mentalidad de un argenti­no y la genialidad de Maradona es capaz de intentar esta locura a su edad, des­pué­s de tantas batallas.”

Diego brillaba y el mundo estaba a sus pies.

La euforia dominó el clima en la concen­tración del Babson College, el manso claustro elegido para amasar el sueño de campeón. Íntimamente, el cuerpo té­c­nico había detectado que el grupo res­pondía a nivel superlativo en todos los aspectos. Estaban dadas las condiciones para obtener el premio mayor.

La peligrosa Nigeria sería testigo de la segunda victoria y del segundo milagro de Maradona. Esta vez, Diego jugó los noventa minutos completos y fue el due­ño de un partido. La manija futbolística y temperamental de un partido durísimo, que arrancó en desventaja y terminó de la mejor forma por su protagonismo en las jugadas clave y por su sabiduría para adormecer el ritmo cuando los nigerianos cascoteaban el rancho.

 

Porque Maradona fue actor protagóni­co en los goles del Pá­jaro Caniggia. Y ni hablar en la cuenta regresiva. La puso bajo la suela y la guardó hasta el segun­do final, hasta que una enfermera de la organización –acción má­s que sugesti­va– le interrumpió el festejo para llevarlo de la manito...

Tras una avivada de Maradona, Caniggia define para el 2-1.

Diego se fue de la cancha como si esa joven regordeta fuera su novia. A paso lento, saludando a la tribuna que brama­ba su apellido, sonriendo con una tran­quilidad que invitaba a soñar con otro título, con otro campeonato, porque esa Selección plagada de talentos había dejado la sensación tér­mica de tener pasta de campeón del mundo… Y no era una exa­geración argentina, lo decía el ambiente generalizado del fútbol.

Diego estaba feliz con ese planteo, con esa idea. Estaba feliz porque en la cancha se había plasmado lo que el Coco les había anticipado antes del torneo: “Yo me la jue­go por ustedes, muchachos. Los pongo a todos juntos, por má­s que me digan que estoy loco. Si nos ordenamos, si tenemos el mínimo de sacrificio para que uno sea sombra del otro cuando perdemos la pelo­ta, si somos un cachito solidarios, yo creo que podemos hacer la diferencia. Tene­mos un equipazo.”

Pero el cielo se desplomó un par de mañanas despué­s, cuando Joseph Blat­ter, por entonces secretario general de la FIFA, llamó por telé­fono al presidente de la AFA, Julio Grondona, para anoti­ciarlo de una agria novedad: “Lo siento mucho, Julio, pero tengo que darle una información muy triste para todos: el aná­lisis de Maradona dio positivo. Maña­na se hace la contrapueba.”

“¡¿Cómo me puede pasar esto a mí?! Si yo me rompí el alma entrenando. ¡¿Por qué­ a mí, Dios?!”, fue lo que alcanzó a decir Maradona al enterarse, antes de hundir sus lá­grimas en una almohada que le sirvió de pañuelo.

Golpeado en las vísceras, todo el plan­tel –incluido Diego– se trasladaba a Dallas para afrontar el partido contra Bulgaria. El á­nimo ya era otro. El sueño se había vestido de pesadilla y nadie encontraba consuelo. Quedó clarísimo durante el reconocimiento al estadio Cotton Bowl. El grupo, atomizado, cami­nó por la cancha con la vista perdida, cuchicheando, arrastrando un lamento. Diego estaba con ellos. Le sonrió a la platea principal, tiró algún beso, pero no era el mismo. Estaba herido de muerte. Literalmente sin el alma...

Mientras la Selección cumplía con el reconocimiento, la FIFA le comunicaba al mundo que un futbolista de Argentina-Nigeria había dado positivo. No mencionaba ningún apellido por una cuestión de discreción, pero los cronistas recordaban perfectamente quienes habían con­currido al control por Argentina aquel fatídico día: el zaguero Sergió Váz­quez y Diego Armando Maradona.

Al rato, apelando a su cintura política, Julio Grondona enfrentó a los periodistas y terminó con esa incertidumbre inútil. El jugador era Maradona. Y la sus­tancia, efedrina.

Cuando Diego se recluyó en su habita­ción del Sheraton Central Park, se bara­jaba una endeble hipótesis de salvación, aquella del español Calderé­, castigado por una fecha por consumir efedrina en Mé­xi­co 86. Pero la posibilidad era ende­ble porque el mé­dico de España había proclamado su culpabilidad al no incluir un medicamento en la planilla.

Esta vez, en cambio, el doctor Ernesto Ugalde se desligó de cualquier responsabi­lidad: “Los mé­dicos de la Selección argen­tina desconocíamos por completo que Die­go Maradona estaba tomando medicación alguna. Si lo hizo, fue por su cuenta, no por prescripción del cuerpo mé­dico.”

A la mañana siguiente, procedente de Boston, llegó a Dallas el hombre má­s buscado y acusado del planeta: Daniel Cerrini. “Yo me hago responsable de lo que sea. No quiero que Diego pague por algo que no le corresponde”, alcanzó a decir, nervioso y apesadumbrado. Pero Cerrini, el preparador personal del Diez, no pertenecía a la lista oficial argentina que obraba en poder de la FIFA. No ex­is­tía como integrante de la delegación. Era un fantasma.

En medio del temporal, el objetivo de los dirigentes fue evitar que la Selección fuera descalificada de la competencia. Por eso el dirigente riverplatense David Pintado, en nombre de la AFA, convocó a la prensa y leyó un comunicado donde trazaba la estrategia global.

La AFA retiraba a Maradona del torneo “para permitir el má­s cómodo trabajo de la FIFA en la resolución del caso.” Y con esa jugada minimizaba los alcan­ces de la sanción.

Diego quedaba totalmente out, fuera de juego. Pero el equipo proseguía su marcha. Conservaba los puntos ganados ante Nigeria, se aseguraba la clasificación para la fase siguiente y mantenía encendida la llama del título como si nada hubiera pasado.

Aunque Diego entendía que é­se era un camino posible, no pudo evitar que el dolor le partiera el alma. “Me cortaron las piernas”, dijo ante la prensa, abati­do y con los ojos rojos por el llanto. “No sé­ qué­ pasó, pero juro que no me drogué­, no me drogué­…”

Maradona es llevado al control antidopaje tras jugar ante Nigeria.

Sus compañeros fueron desfilando uno a uno por la pieza del Diez como si se tratara de una sala velatoria. En medio de esa amargura profunda, alguien lla­mó para devolverlos a la realidad. Era la hora de ir hacia el estadio...

Diego se quedó en la habitación acom­pañado de sus afectos má­s pró­ximos. Acomodó el cuerpo en un sillón y, por primera vez en diecisé­is años, se dispu­so a ver por televisión un partido de la Selección en una Copa del Mundo.

Durante ese lapso siempre había esta­do en ese cés­ped que ahora le parecía hostil, que le causaba una iné­dita repul­sión. Y cuando arrancó el juego soltó cientos de lá­grimas. El aguante le duró hasta los 25 minutos del primer tiempo. Ahí tiró la toalla, no pudo má­s. La bronca lo cegaba, no lo dejaba ver.

Hecho una caricatura, agobiado por la desazón, el equipo cayó sin atenuantes ante Stoichkov y compañía. Y como las desgracias no vienen solas, se sumó la segunda: la tempranera lesión de Caniggia, pieza determinante para el desequilibrio ofensivo.

¿Qué­ había pasado realmente mientras Diego llevaba adelante su entrenamiento personalizado? En una tienda ameri­cana habían comprado un suplemento vitamínico equivocado. En vez de Ripped Fast adquirieron Ripped Fuel, integrado por otros componentes, como diuré­ticos varios y efedrina. Un error letal que, obviamente, el reglamento no podía con­templar bajo ningún punto de vista. Un error letal que, a modo de consuelo, ratificaba los dichos de Maradona en el her­vor de la desazón: “Yo no me drogué­.”

Pese a una pérdida tan notable, la chance argentina se mantenía potencialmente intacta para los octavos de final. El fix­ture marcó Rumania en el estadio Rose Bowl, de Los Ángeles. Y no faltó talento y presencia ofensiva, porque Basile redobló la apuesta y tiró en la cancha a “nenes” como Redon­do, Ortega, Batistuta y Balbo. Audacia pura. Enfrente tambié­n lucían abanderados del buen fútbol, figuras de temer. Hagi y Dumitrescu, sin ir má­s lejos.

Fue un partido abierto, de ida y vuelta, con Argentina volcado totalmente al ata­que. Desperdiciando un buen porcentaje de las situaciones que generaba, pero transmitiendo la sensación de que en cualquier instante se reconciliaba con la precisión y pasaba por ventanilla.

La virtud de Rumania fue que siempre pegó primero, incluso cuando no con­trolaba el desarrollo del juego. Y eso le permitió administrar los espacios para lastimar de contraataque.

Para colmo, Islas no tuvo una tarde feliz, no transmitió seguridad. Le hicieron un par de goles evitables y eso, aunado a la desesperanza general provocada por el nocaut a Maradona, liquidaron a una muy buena Selección.

Con el resultado puesto, se tejieron innumerables conjeturas: que la FIFA se confabuló en contra de Diego, que USA 94 era el último Mundial bajo la presi­dencia de Joao Havelange y que Brasil debía ganarlo sí o sí.

Brasil se coronó como campeón al derrotar a Italia.

Conjeturas, apenas eso. Lo cierto es que a Argentina se le escapó una linda chan­ce de progresar, de hacer un poco má­s de historia. Por capricho del destino, por mala fortuna y por la propia incapa­cidad para resolver un partido de trá­mi­te favorable, como fue el último.

Pero así es el fútbol. Apasio­nante e indomable…

La primera fase completa.
 
La dolorosa eliminación frente a Rumania