Fútbol

1990. La Selección de los milagros

Argentina se bancó un diluvio de malas: lesiones, expulsiones, la hostilidad del público, errores arbitrales, sus propios defectos...Pero puso el alma y llegó a la final, contra todo y contra todos.

El Doctor Bilardo dando ordenes en el entrenamiento.
Siempre cuesta arriba. Así fue Italia 90 para nuestra Selección. Un Mundial bombardeado de dificultades, pleno de sensaciones extremas, inundado de lá­grimas dulces y saladas, generador de amores y odios. Pero, fundamental­mente, un Mundial que se cobijó en el corazón de los argentinos, sin entrar en la discusión final del nivel futbolístico y prescindiendo del resultado final.
 
A una semana del debut contra Camerún, en la concentración romana de Trigoria no se hablaba de otra cosa que no fuera el dedo gordo del pie derecho de Maradona. El á­nimo no daba para bromas, Bilardo pasaba las noches en vela y la tormenta de malos presagios era cada vez má­s densa. Diego representaba su angustia pun­tual, pero ya arrastraba una cuota de mal humor desde tiempo atrá­s. Desde que tuvo que dejar afuera de la lista al Tata Brown, el líbero del 86, y a un referente como Jor­ge Valdano, que había luchado contra las secuelas de una hepatitis y, dolido por la decisión, dijo una frase memorable: “Crucé el océano y me ahogué en la orilla.” Pero en Trigoria lo preocupaba Diego…
 

El gol del camerunes Biyik. Fue un golpe durísimo en el debut de la Selección

Los pisotones recibidos en la dura temporada europea, má­s algunas caricias de los israelíes en el amistoso de cá­bala previo al torneo, martirizaban al as de espadas. La uña se le clavaba en la carne como un aguijón y el recurso de usar un botín má­s grande no daba resultado. No podía ni entrenar. Por eso se probó con una férula plás­tica, que supuestamente lo protegería de pisotones a la hora de la verdad. Como símbolo futbolístico del Nápoli, del sur italiano, Maradona no era bienve­nido en el norte, en la casa del Milan al que tantas veces había amargado. Enton­ces nadie se extrañó por los silbidos y la hostilidad que adornaron la presencia de la Selección en el Giuseppe Meazza. Lo que sorprendió fue la tibia respuesta de un equipo que, sorpresivamente, no contó entre los titulares con Caniggia, de excepcional nivel en ese momento. Vitaminizados por el apoyo del público, los Leones Indomables dieron el gran golpe. Neutralizaron a Maradona a pura patada –terminaron con nueve hombres– y marcaron el 1-0 con un débil cabezazo de Oman Biyik que se escurrió entre los dedos de un sorprendido Nery Pumpido. “El único placer fue descubrir que, gracias a mí, los italianos de Milá­n dejaron de ser racistas. Al fin toleraron a los africanos”, dijo Diego en la conferencia de prensa.
 
Los cinco días siguientes fueron una tor­tura. Los jugadores se sentían en el fondo del pozo. Y Bilardo motorizó una reunión grupal absolutamente descarnada. “Fue tremenda. Nunca había escuchado cosas iguales. Pero después entendí que Bilardo eligió ese camino como si fuera la última bala. Si tomaba una postura complacien­te, tal vez el grupo no reaccionaba”, contó Sergio Goycochea.
 
“Es inaceptable que hayamos perdido así, entregando el partido, sin cumplir nada de lo que hablamos durante tanto tiempo”, fueron algunas de las pocas frases reproducibles de Bilardo, quien llegó a decir que, si quedaban eliminados, lo mejor era no regresar, “sino estrellarnos con el avión”.
 

El gol de Burruchaga frente a los soviéticos.

El choque con Rusia conllevaba una bendición: sería en Ná­poles, la segunda casa de Diego. “Si los napolitanos vie­nen a alentarme, me verá­n feliz. Pero quie­ro decirles que ya me han dado todo, no tengo derecho a exigirles nada de nada”, dijo el capitá­n argentino al pisar esa tierra tibia. Y el San Paolo fue un templo de cari­ño, respeto y respaldo. Un tubo de oxígeno ante la asfixia de las presiones.
 
Pero la malaria no se detenía. A los 12 minu­tos, Shalimov fue a buscar una pelota en profundidad apareado con Olarticoechea, mientras Pumpido achicaba. Hubo un choque inevitable, un grito, una pierna flamean­do, un dolor tremendo… Afuera Nery, con la tibia y el peroné derechos fracturados. Adentro Goycochea, iluminado por una estrella venturosa que aún ignoraba. Mientras Pumpido viajaba hacia un sana­ torio en compañía de Brown, que perma­necía con el grupo, Troglio marcó el 1-0 de cabeza, Maradona salvó un gol con la mano sin que el ár­bitro lo advirtiera –“Fue la otra mano de Dios”– y Burruchaga cerró la victoria para un equipo que no lució, pero se mostró sereno y aplomado. Se venía Rumania y, según la combinación de resultados, podía suceder cual­quier cosa: terminar primeros, segundos, terceros o… ¡volver a casa!
 
“Esos días –recuerda Goyco– fueron los má­s complicados para mí, ya que tuve tiempo de pensar que sería titular en un partido a todo o nada. El debut ni lo sen­tí, porque lo de Nery fue rá­pido y no me había hecho a la idea de jugar. Tuve que entrar y listo.”
 
Lejos de mejorar, el físico de Diego se des­barrancaba. Ademá­s del dedo, se sumó un golpe en la rodilla izquierda durante un entrenamiento. Y en el primer tiempo, que finalizó en cero, le pegaron un pata­dón en el tobillo izquierdo, que comenza­ba a inflamarse. Por eso a alguien pensó que lo mejor sería que no jugara en el complemento. Pero Diego escuchó a la distancia y reaccionó sin dudarlo: “Ni muerto me sacan de la cancha. Yo sigo. ¿Entendieron? Yo sigo.”
 
Maradona siguió y ejecutó el córner para que Monzón pusiera el 1-0 que dejaba a Argentina en primer lugar. Pero Balint igua­ló de cabeza y sembró má­s incertidumbre. Al fin, Argentina entró por la ventana: cla­sificó como uno de los mejores terceros. Y debería cruzarse con Brasil. Nada menos…
“Desde ma­ñana, acá­ no pasa nadie. Ni familiares, ni amigos, ni nada. Y si vie­ne el Papa, tampoco pasa. Si alguien pregunta por los jugadores, dígales que murieron ayer y resucitan después del partido”, le ordenó Bilardo al portero de Trigoria. Había tocado el peor rival, en el peor momento y un una ciudad hostil: Turin. Entonces los necesitaba concentra­ dos, afiladitos…
 
Como algunos diarios italianos dudaban de sus lesiones, Maradona se paseó descalzo mientras sus compañeros entrenaban. A esa altura, tenía los dos tobillos averiados, así que sólo utilizó la cabeza y los hombros para hacer jueguito con una naranja. “¿Así vas a jugar contra Brasil?”, le preguntaron.
 
 

El esfuerzo extraordinario de Maradona en la jugada previa al gol de Cani frente a Brasil.

 
“Así o enyesado, pero juego seguro.” Del otro lado estaría Careca, su compañero y amigo del Napoli. Y hablaron por teléfono la noche anterior al clá­sico. “Mañana me infiltro hasta el alma”, le confesó.
 
¡Qué manera de sufrir! Los primeros 55 minutos fueron un bombardeo interminable de los brasileños. Tres pelotas en los palos, salvadas impresionantes de Goyco, media docena má­s de sofocones… En fin, un paseo de Brasil, que no convertía por milagro. “Fue una cosa de locos. El primer mano a mano me lo comí a los 11 segun­dos, un récord”, repasó Goyco.
Pero el genio escapó de la lám­para a los 79. Tomó la pelota en el medio y salió como un relám­pago. Ya en tres cuartos de campo, rodeado por toda la defensa de Brasil, Die­go alcanzó a ver la cabellera de Caniggia, solo, y metió el estiletazo exacto. Cani optó por la gambeta larga, desparramó a Taffarel y metió uno de los goles má­s gritados de la historia del fútbol argentino. Los brasileños sintieron el impacto, se quedaron sin reacción y le dijeron adiós al Mundial.
 

El pájaro nacional ya dejó atrás a Taffarel y palpita la conquista.

 El vestuario –contó Goycochea– era una fiesta, no lo podíamos creer. Fue un desa­hogo espectacular. Siguió en la concen­tración, por supuesto. Sólo la cortamos a la salida, porque nuestro micro quedó enfrente del brasileño. El propio Diego sugirió que pará­ramos. 'Si hubiéramos perdido, no nos gustaría que festejen en nuestra cara', dijo. Y tenía razón.”
 
Al partido con Yugoslavia, por los cuartos de final, llegaron con el á­nimo por las nubes. Pero el rendimiento fue pobretón, muy floji­to. Argentina no encontró el camino del gol ni en los 90 reglamentarios, ni en el alargue. Y hubo que definir por penales… Cuando Maradona fue a patear el terce­ro, Argentina ganaba 2-1. Enfrente tenía a Ivkovik, que le había atajado uno con el Sporting de Lisboa, por la Copa UEFA, ade­má­s de ganarle los 100 dólares que apos­taron mientras Diego acomodaba la pelo­ta. Esta vez no hubo apuesta, pero Ivkovik volvió a tapar. Camino al centro de la can­cha, destruído, Maradona se saludó con Goyco y escuchó una frase: “Quedate tran­quilo, yo atajo dos.” “Se lo dije por decir, porque lo ví muy mal y quería levantarle el á­nimo, ni me imaginaba que lo podría hacer de verdad”, se sincera Goyco, que cumplió con la promesa. Primero le tapó a Brnovic. Después frustró a Hadzibegic. Y Argentina ganó 3-2.
 

Maradona abraza al Vasco después de la tanda de penales con Yugoslavia.

De vuelta a la concentración, a Oscar Rug­geri le extrañó ver a Bilardo de muy buen humor. “Ya está­, jugamos la final”, le pronosticó el Narigón. “¿Seguro? Mire que nos toca Italia, que es local.” “Ya está­. Si me dan bola a mí, pasamos. Es el partido má­s fá­cil que tenemos.”
 
Otra vez Nápoles y su gente bella, aunque con una diferencia sustancial. Ese “Italia-Maradona”, como insinuaba la pren­sa del norte, involucraba a la azzurra, a su propia selección. “Me disgusta que ahora todos les pidan a los napolitanos que sean italianos y alienten a su selección. Ná­po­les ha sufrido la marginación del resto de Italia durante años. La han condenado al racismo má­s injusto”, declaró Diego. Y la barra del Napoli se vio obligada a realizar una declaración: “Haremos fuerza por Ita­lia, pero respetando a los argentinos.” Y así sucedió.

Tras el centro de Olarticoechea, Cani le gana con la cabeza a Zenga y convierte el empate argentino

 
¿Por qué desbordaba de confianza Bilardo? “Porque es un partido sencillo tác­ticamente, clarísimo para nosotros. Ellos, que está­n muy presionados, se van a complicar con Diego y Cani de punta.” Italia y su esquema eran una referencia obligada para el Narigón. Cada vez que explicaba algún movi­miento defensivo, ponía como ejemplo el sistema italiano. Lo conocía a la perfección. Y en la cancha resultó como él lo pensó. Argentina jugó su mejor partido. Absorbió el gol de Schillaci y la expulsión de Giusti. Empató con una peinada de Caniggia –otro gol inmortal del Hijo del Viento– y jugó mejor hasta el fin del alargue.
 
Otra vez los penales. ¿Otra vez Goyco? Sí, otra vez, cá­bala mediante: “El día de Yugos­lavia oriné en la cancha, rodeado por mis compañeros. Tenía  ganas y no podía abandonar el campo  por reglamento. Y contra Italia lo repetí, aunque no tuviera ganas.” Diego se dio el gusto de meter el suyo. Las manos del Vasco  le negaron el gol a Donadoni y Serena. Y Argentina venció 4-3. Contra todos los pronósticos,  dejó afuera al dueño de casa. El destino quiso que se reeditara la final de México 86. Alemania, nuevamente dirigida por Beckenbauer, sería es escollo final en el Olímpico  de Roma. Un partido al que Argentina llegaría  diezmado: sin Giusti por la expulsión, sin Caniggia  por una dudosa segunda amarilla, y con Maradona, Ruggeri  y Burruchaga en  inferioridad física.  Demasiado handicap…

Goycochea que habia entrado como reemplazante de Pumpido por lesión salva otra la Selección en una tanda de penales, esta vez frente a Italia

 Al Him­no Nacional lo insulta­ron con saña en la ceremonia pre­via. Diego no se quiso contener y devolvió la gentileza: “¡Hijos de puta!”, vocalizó un par de veces, asegurán­dose de que la televi­sión lo tomara. A la hora de jugar, Alemania ofreció un perfil má­s compacto, un fútbol utilitario, efectivo, para nada brillante. Y Argentina hizo lo que pudo con su forma­ción alternativa. El impresentable ár­bitro Edgardo Codesal, que ese día dirigió su último partido, expulsó correctamente a Monzón por una falta a Klinsmann, pero se hizo el distraído cuando lo bajaron a Calde­rón adentro del á­rea. Un penal claro que el mexicano se negó a cobrar.
 

Monzón es expulsado frente a Alemania. Fue la primera roja de la historia en una final del Mundo

El despojo se completó a seis minutos del final, cuando Codesal cobró un inexistente penal de Sensini a Vö­ller. Brehme, todo un especialista, lo ejecutó con categoría, abajo y contra el palo, perforando a un Goyco que acertó la punta, pero no llegó… No había tiempo ni fuerza para remontarlo…
 
Con el corazón desgarrado, los jugadores argentinos treparon al podio para recibir la medalla plateada. Una silbatina de resenti­ miento atronó en el Meazza cuando la pan­ talla gigante reprodujo la imagen con el llan­to de Maradona. Ahí nomá­s, Bilardo llamó a varios jugadores y pidió que lo rodearan, que lo taparan: “Esta gente no se merece las lá­grimas de Maradona.”

El llanto de Diego en la entrega de premios del Mundial. Héroes igual

 
En Argentina se los recibió como cam­peones. “Héroes igual”, tituló El Grá­fico en tapa. No es poca cosa ser subcam­peón. Y má­s cuando se lo logra contra todo y contra todos…