Fútbol

1982. El sueño del bicampeonato, apenas una pompa de jabón

La selección choca en la segunda fase con Italia y Brasil. Argentina intentó el bicampeonato con un equipo potencialmente más fuerte que el del Mundial 78, pero no encontró el camino.

El triangular de la segunda fase reunió a Brasil, Italia y Argentina. Tres grandes de la historia del fút­bol, que ya conocí­an la sensación orgásmica de levantar una Copa del Mundo. Para clasificar habí­a que rendir al má­ximo, cerrar filas, pelar toda la chapa.

El 29 de junio, en Barcelona, el italia­no Claudio Gentile se transformó en la estampilla mal intencionada de Marado­na. Enzo Bearzot, el veterano téc­nico de aquel equipo azzurro que terminarí­a en lo más alto, habí­a diseñado una estra­tegia sin resquicio para los rubores. La orden para Gentile era tan clara como abominable: “Maradona no se tiene que dar vuelta. Hay que anticiparlo cada vez que los compañeros le den la pelota. Y si la recibe primero, hay que incomodar­ lo para que no gire, porque si gira, se va y no lo alcanzamos más”.

Frente a Italia Maradona sufriendo al tano Gentile que lo cosió a patadas, con la complacencia del árbitro.

Incomodarlo era pegarle. Y Gentile le pegó, nomás. Su obediencia fue total, absoluta. Cuando la pelota iba hacia Diego, le entraba con todo. Si ganaba, bien. Si no, le daba duro en los geme­los. Sin pausa, sin respiro. El árbitro Rainea fue cómplice de semejante atro­pello. Una amarilla fue todo el castigo para esa cacerí­a sistemática que Mara­dona soportó con estoicismo, pidiendo la pelota, mordién­dose los labios para no reaccionar. Al final, Italia ganó 2-1 porque fue más.  Tuvo el espí­ritu solidario que le faltó a Argentina en varios pasajes del partido. Ejerció supremací­a en las dos áreas. Pegó en los momen­tos justos. Pero aquella persecución impune opacó su conquista.

Luego fue el turno de un Brasil lujoso y seductor: Sócrates, Falcão, Junior, Tonin­ho Cerezo, Eder, el genio de Zico… Un Brasil digno de su historia, que tocaba la pelota que daba gusto. Y tambié­n fac­turó ante Argentina, aunque el 1-3 final suena más lapidario de lo que fue el ver­ dadero trámite del partido.

El conjunto dirigido por el sabio de Telé­ Santana siempre impresionó mejor, pero la Selección nunca se entregó y desper­dició oportunidades para convertir. Y el úl­timo acto de Maradona terminó por eri­girse en un sím­bolo de la impotencia de aquel equipo…

El partido era cosa juzgada. No habí­a vuelta que darle. Y Diego estaba calentí­­simo. El Mundial se le iba de las manos y no podí­a remediarlo. No le habí­an cobrado un penal claro y vení­a aguan­tando patadas arteras desde el partido con los salvadoreños. Desde las tribu­nas, mayoritariamente brasileñas, se escuchaba el “¡ooole!” de la gastada a cada toque del Scratch.

Chau Mundial. El árbitro le muestra la tarjeta roja a Maradona frente a Brasil. Diego iba a tener revancha.

Faltaba poco, casi nada, y los volantes brasileños se floreaban, guiados por Falcão. Diego quedó circunstancialmente en medio de la calesita y sintió que lo estaban cargando. Que se le reí­an en la cara. Que no lo respetaban. Sobre todo Falcão, que hablaba por lo bajo. Enceguecido, le tiró una patada injustificable y la ligó el pobrecito de Batista, que se cruzó en el camino. Esta vez, el árbitro acertó con el fallo: roja directa. Para Diego, y para una Argentina desteñida.

El Gráfico fue clarí­simo en su balance editorial: “Acaso por primera vez en su historia moderna, el fút­bol argentino no puede encontrar ni en la AFA ni en sus capas dirigentes a los culpables. Organización, planificación, respaldo… Todo estuvo al servicio de la Selección, al servicio de los planes elaborados por el cuerpo téc­nico. Por eso el cerco que limita el terreno de las ex­plicaciones no va más allá de Cé­sar Luis Menotti y sus dirigidos.”

Aunque se criticaba el clima festivo de la concentración, poblada de parientes y amigos de los jugadores, y se remarcaban cuestiones referentes al funcio­namiento futbolís­tico, tambié­n se desta­caba que era imperioso no olvidar “que Menotti y muchos de los que hoy son protagonistas de un fracaso fueron quie­nes conquistaron la Copa del Mundo de 1978, quienes instauraron un modo de vida para el fút­bol argentino, que lo con­dujo hacia su definitiva madurez.”

Y se remarcaba, además de los innega­bles logros en el plano deportivo, que la actividad de la Selección debí­a con­tinuar “sobre los fundamentos de sus principios filosóficos, aunque los hom­bres deban ser otros.”

Al mismo tiempo que se tecleaba el apasionado editorial anterior, un Mara­dona fastidioso, todaví­a inconsolable en el corazón de un vestuario luctuoso e impotente, dibujaba su pró­xima meta con la convicción de un felino hambriento: “Quiero borrar este Mundial de mi cabeza lo más rápido posible, ahora mis­mo, y pensar en el del 86.”

Sin saberlo, Diego y Argentina empezaban a ser campeones del mundo.

1982. Argentina cae frente a Italia y Brasil