Fútbol

1966. Sobre las brasas por Fontanarrosa

La reveladora editorial de Carlos Fontanarrosa tras la legendaria eliminación de Argentina en el Mundial 1966 frente a Inglaterra. En la foto Lorenzo y Pastoriza “desean hablar” con el árbitro.

El juez alemán Kreitlein le indica a Rattín que se vaya del campo de juego.

Sobre las brasas

El Gráfico quiere dar su palabra. Una palabra que siempre ha cuidado. No quieren ser las frases dictadas por ninguna clase de irritación. No pueden serlas porque nuestra revista teme por sobre todas las cosas ser injusta, o caer en la tentación de “momentos como éste”, que se prestan a interpretaciones explosivas. Hay varios aspectos en este “caso Londres 1966”.

Primero: Argentina hasta el partido con Suiza.

Segundo: Argentina – Inglaterra: Arbitraje y expulsión de Rattín.

Tercero: Argentina – Inglaterra: Errores y méritos. ¿Qué fútbol jugó?

Cuarto: Argentina – Inglaterra: Comportamiento y saldo. ¿Positivo o negativo?

Final del partido. Argentina eliminada. Pastoriza, Lorenzo y otros argentinos van sobre el árbitro.

Primer caso: Hasta enfrentar a Suiza, Argentina fue un equipo. Luego otro. En los dos primeros partidos especuló con fuerza, decisión y circulación, pero siempre con la mira puesta en el arco contrario, escapando a la primera oportunidad, sin engolosinamientos y sin brillo, pero con la vista y el pensamiento puestos en “llegar”. Tal como lo hizo en la Copa de las Naciones, usó sus fuerzas en la medida que éstas podían estirarse.

Segundo caso: La expulsión de Rattín fue un gesto más de un intencionado árbitro. No hay dudas al respecto. Poco rato antes Bobby Charlton se tomaba el vientre y daba risotadas echando la cabeza hacia atrás, delante del árbitro alemán Kreitlein y especialmente dedicadas a él. Nada pasó. Era un árbitro asustado, queremos creer, pero fue un irritante elemento dentro de la cancha, puesto que teatralizó cada sanción contra los argentinos y fue impasible con los ingleses. Estos cometieron 33 fouls. Los argentinos 19.

Tercer caso: A no ser la línea de cuatro, casi impecable, el fútbol que jugó Argentina perdió su condición esencial: la especulación no fue un medio sino un fin. No se jugó para “llegar”. Ante un rival casi entregado. Se tejió la interminable trenza de la nada futbolística. Que enreda el impulso, que no deja lugar para la audacia ni el coraje. Pocas veces tendrá Argentina una posibilidad de triunfo sensacional como la que tuvo en Wembley.

Así salió del estadio el árbitro Kreitlein, escoltado por la policía británica como si hubiese cometido un delito.

Cuarto caso: El árbitro persigue. Se expulsa a Rattín. Los ánimos se encienden. Ya todo el conjunto de hombres se convierte en incontenible reacción. El final del partido tuvo que haber tenido un dique. Allí se perdió en parte la razón que nos asistía. Allí debió estar él o los personajes-diques que contuvieran. Pero todos se envolvieron en el manto de la venganza. Ya era tarde. Nos caratulamos inútilmente. Allí hacía falta la dosis de frialdad indispensable para impedir que saltáramos al terreno prohibido. Perdimos el derecho de exhibir limpiamente el despojo que se nos había hecho. ¿Saldo? Estamos todavía escribiendo sobre las brasas. En estos mismos instantes que tecleamos desde la Oficina de Prensa en Londres, a nuestro lado un grupo de periodistas reunidos frente a un televisor discuten y casi gritan por lo mismo que ayer sufrimos los argentinos. Las secuencias televisadas del encuentro con Inglaterra es el gran programa del día. Sirve para llenar este domingo netamente londinense. Si aquí es la noticia y el tema, en Buenos Aires llenará con más razón largas horas de disquisiciones. Todas las líneas, frases,  páginas y fotos que componen este ejemplar llevan la inquietud de transmitirles la gran anécdota que acabamos de vivir. Hemos tratado de separarnos un poco del calor que irradia el brasero. Sabemos que eso no es posible del todo, porque estamos impregnados de la emoción, rabia, vergüenza y tristeza de ayer. Es humano que así sea.

Hasta el martes...

FONTANARROSA (1966).