ARGENTINA EN LOS MUNDIALES

1966. La basura debajo de la alfombra

- por Redacción EG: 17/05/2018 -

Un árbitro complaciente con los intereses ingleses frenó a una Selección respetable en el Mundial de 1966. Un final inmerecido para un grupo que supo gambetear las dificultades.

Argentina quería cam­biar la imagen de cara al Mundial 66. En el ambiente se respiraba la necesidad de encauzar tanto potencial desperdiciado en los años anteriores, pero del dicho al hecho había mucho trecho. Incomprensiblemente, como si un alma masoquista disfrutara de tropezar varias veces con la misma piedra, se repetían los errores del pasado, envolviendo las chan­ces de progreso en una telaraña que termi­naba por inmovilizarlo todo. Una muestra lapidaria aconteció en los seis meses previos al debut mundialista, signado por el insólito desfile de cuatro técnicos y un ida y vuelta infernal entre proyectos serios e improvisación.

En consecuencia, habría que considerar un milagro que Argentina elaborara una actuación digna, que cayera en cuartos de final porque un árbitro designado en circunstancias dudosas benefició al equi­po local y que el regreso a Buenos Aires se enmarcara en el discutible aura de “cam­peones morales”.

Bajo la conducción técnica de Pepe Minella, Argentina conquistó la Copa de las Naciones, en 1964, y pasó sin demasiados sobresaltos las eliminatorias ante Para­guay (3-0 en Buenos Aires, 0-0 en Asun­ción) y Bolivia (4-1 en River, 2-1 en La Paz). Sin embargo, se le dio el pitazo final a ese ciclo y la AFA, manejada por Francisco Perette, perfiló a dos candidatos: Osvaldo Zubeldía y Juan Carlos Lorenzo.

Pocos imaginaban que después de la infeliz experiencia en el Mundial de Chile Lorenzo podía ser de nuevo el técnico de la Selección, pero la renuncia de Zubeldía le brindó una segunda chance.

Un mínimo margen encumbró a Zubeldía, acompañado por Antonio Faldutti. Desde el 1° de febrero, en las instalaciones del Colegio Ward, en Ramos Mejía, 28 jugado­res iniciaron un inédito trabajo en doble turno, de lunes a sábado. Fueron tres meses de una tarea inédita, ex­cepcional, que no sólo apuntó al mejoramiento téc­nico y físico, sino también al cultural. Los muchachos contaban con la asistencia de una profesora de inglés y se divertían haciendo un diario interno llamado “El Mosquito”.

Pero a mitad de camino surgió un pedido de Faldutti, que quería ser equiparado con Zubeldía en el rango de entrenador. La AFA denegó el pedido, consideraba a Fal­dutti un simple asistente. Y cuando éste anunció su alejamiento, Zubeldía presentó la renuncia por una cuestión ética. Increí­blemente, un asunto accesorio abortaba el mejor ciclo preparatorio en la historia de la Selección hasta el momento.

El cuadro de situación era tétrico: Argenti­na navegaba a la deriva a un mes y medio del Mundial. Boca ofreció su cuerpo técni­co para tapar el bache, por lo que Adolfo Pedernera dirigió unos entrenamientos en La Candela, hasta que la AFA recurrió otra vez a Juan Carlos Lorenzo.

A diferencia de su ex­periencia anterior, donde hizo de técnico y PF, el Toto nombró a Rodolfo Torrecillas para la preparación física y designó una preselección de 25 jugadores, 14 de los cuales ya venían tra­bajando bajo las órdenes de Zubeldía. Una victoria ante Fiorentina (1-0 en River) mar­có el puntapié inicial del ciclo, aunque significó el temporario alejamiento de Valentín Suárez, el dirigente que monitoreaba los movimientos de la Selección y que había sido carne de cañón de las críticas.

Luis Artime no llega a conectar en el área alemana. Detrás el gran Franz Beckenbauer.

Don Valentín se quedó en Buenos Aires cuando la delegación partió hacia Copen­hague para iniciar una gira de 40 días por Europa, en busca de ajustar la sintonía para el Mundial. Su ausencia pareció notar­ se de movida. Al llegar a la capital danesa, el hotel reservado parecía una mansión en ruinas. “No era ni de media estrella”, grafi­có Artime. Ante el desconcierto general, el representante de una firma deportiva se ofreció a conseguirles un nuevo alojamien­to y los ubicó en un hotel más confortable, a 40 kilómetros de allí. Habían salido un lunes al mediodía y recién apoyaron la cabeza en una almohada a la 1 de la maña­na del jueves, el mismo día en que tenían pautado un amistoso con un combinado local, al que vencieron 2-0.

Como si el cambio de continente le modificara las hormonas, Lorenzo pareció enloquecer en Europa. Al pisar Milán, por ejemplo, dejó de hablar castellano y daba indicaciones en italiano, acaso para impre­sionar a los pocos periodistas locales que se acercaban a presenciar los entrenamientos argentinos con vistas al amistoso que perderían 3-0 con Italia. El desconten­to de los futbolistas fue en aumento, por lo que AFA envía un emisario, Víctor López y luego de su informe decide la urgente reincorporación de Valentín Suárez, quien se une al grupo en Austria.

Suárez recogió las críticas de los juga­ dores, presos de la incertidumbre por la lista definitiva y hartos de entrenarse con­tra equipos de oficinistas u obreros de la zona, que tanto le gustaban al Toto.

El plantel le pidió una reunión a Lorenzo y le cantó su descontento. Entre otras cosas, le exi­gieron que diera la lista de 22. “Al final, nos juntó y dio la lista por abece­dario, sin mirarnos a los ojos, sobre todo a quienes nos tocaba volver, como De la Mata y yo, más los lesionados Santoro, el preámbulo para su despido. Bajaron los humos del entrenador y, paulatinamente, renació la serenidad.

Luego de caer 0-1 con el Austria FC, enfi­laron hacia Inglaterra, donde integrarían el Grupo 2 con España, Alemania Federal y Suiza. Difícil, pero no imposible.

El debut con los españoles planteaba una incógnita. No se sabía bien dónde estábamos parados, hasta que el partido arrojó una respuesta alentadora. Luego de un comienzo cauteloso, el equipo creció a favor de una defensa sólida, el equilibrio que aportaban Rattín y Gonzalito en la mitad de la cancha, el despliegue impresio­nante de Solari, la inteligente conducción de Ermindo Onega y la contundencia de Artime, autor de los dos goles que precedieron al descuento de Pirri.

Ermindo Onega frente a Suiza, El “Ronco” hizo el segundo gol para la clasificación Argentina.

“Un buen resultado sería no perder”, dijo Lorenzo en la previa del choque con Ale­mania Federal. El Toto sabía que su equipo era más dúctil para defender que para la aventura ofensiva. Y eso quedó claramen­te ex­puesto desde el arranque de un parti­do durísimo, con su pico má­ximo cuando Albretch le entró con ex­trema dureza a Weber y se fue ex­pulsado a 25 minutos del final. Marcado por un jovencito llama­ do Franz Beckenbauer, Ermindo fue clave asegurando la posesión del balón hasta sellar el 0-0 con sabor a victoria.

La última escala de la fase inicial fue Sui­za. Argentina ganó 2-0, pero desarrolló su actuación menos convincente. Apenas se destacó el gran nivel de Marzolini –luego elegido como el mejor lateral izquierdo del campeonato–, el oportunismo de Artime, autor del tanto de la apertura, y las pince­ ladas de Onega, que rubricó el triunfo con un golazo de emboquillada.

La pri­mera ronda cul­minaba con dos sorpre­sas: la eliminación de Brasil, actual bicam­peón, y el adiós de Italia, bajado por Corea del Norte. En consecuencia, los clasifica­ dos fueron Inglaterra, Uruguay, Alemania Federal, Argentina, el Portugal del ex­cepcional Eusebio, Hungría, Unión Soviética y Corea del Norte. Por entonces se rumoreaba sobre determinadas maniobras para favorecer el triunfo del equipo local. De allí que la designación de los árbitros cobrara gran importancia. Y más aún para Argenti­na, rival de Inglaterra.

Los enfrentamientos de grupo termina­ron el 20 de junio. El español Pedro Escar­tín, miembro de la comisión arbitral, se encontraba en Sunderland como veedor de Unión Soviética-Chile. Cuando le avisaron que debía presentarse en Londres, a las 9 del día siguiente, para intervenir en la designación de los árbitros, compren­dió que le sería imposible: el primer tren partía a las 7 y llegaba a la capital ingle­sa alrededor de las 11. Otro miembro de la comisión, el suizo Lindenberg, tenía el mismo problema desde Sheffield. Ambos pidieron una postergación, pero fue inútil. Al día siguiente, el presidente de la FIFA, el inglés sir Stanley Rous, decidió las ternas arbitrales prácticamente solo, con el con­ sentimiento del representante africano… Un inglés, James Finney, dirigiría Alema nia Federal-Uruguay. Y un alemán, Rudolf Kreitlein, arbitraría Inglaterra-Argentina. Muy sugestivo...

Escena con lesionados en ambos bandos en los cuartos de final contra el local Inglaterra.

Ya en el campo, el inglés Finney favoreció claramente a los alemanes, ex­pulsando a dos jugadores uruguayos por infracciones menores. El partido les quedó servido y los germanos facturaron un 4-0 para meterse en semifinales. Ya sobre el césped de Wembley, el alemán Kreitlein haría lo suyo para beneficiar a los ingleses...

Encima, la cadena BBC había promocio­nado el partido pasando una y otra vez la tremenda infracción de Albretch al ale­mán Weber, simbolizando que los locales enfrentarían a un equipo muy violento.

La propuesta de Argentina era enfriar el desarrollo a favor de su prolijidad para defender. El objetivo se cumplía con cierta eficacia hasta el minuto 36, que cambiaría la historia. Moore y Hunt encabezaron un avance, Perfumo le cometió falta a Hunt cerca del área, Moore la entregó para Bobby Charlton y su remate salió apenas desvia­do. Rattín, el capitán argentino, le reclamó al árbitro una falta anterior y el alemán lo ex­pulsó. El partido se detuvo durante ocho minutos, mientras el Rata pedía la apari­ción del intérprete apostado a un costado del campo. “Lorenzo me había dicho que, si había problemas, el capitán podía pedir al intérprete, cosa que no estaba en ninguna parte del reglamento”, comentó Rattín. “El árbitro –siguió– cobraba faltas irrisorias, no había duda de que la cosa estaba digitada para favorecer a Inglaterra.”

Las dudas sobre el árbitro se incrementaron cuando ignoró un rodillazo de Hurst a Ferreiro, falta merecedora de la ex­pulsión. Argentina sobrellevó el resto del partido con gran dignidad y sólo fue quebrada a 10 minutos del final por un cabezazo de Hurst, el que seguía jugando de regalo.

Rattín sale del campo de juego, detrás Albretch le pide explicaciones a Rudolf Kreitlein, mientras miran resignados Mas y Perfumo.

La historia cuenta que los simpatizantes ingleses se enardecieron porque Rattín salió del campo y se sentó en la alfombra roja de la reina. “Yo no sabía qué significa­ba esa alfombra, estaba al lado del banco, la vi sequita y me tiré a descansar. Cuando me iba de la cancha empezaron a tirarme de todo. Y ahí sí, de la bronca estrujé la banderita inglesa que estaba en el bande­rín”, relató luego Rattín.

Al término del partido, los argentinos se le fueron encima al árbitro, que debió dejar el campo con custodia policial. Mientras tanto, los diarios reflejaban la alegría de la clasifi­cación y la lamentable calificación del técnico inglés, Alf Ramsey, para los argentinos: “Animals!” (“¡Animales!”). “Ustedes fueron asesinados por un referí”, le dijo Pedro Escartín a El Gráfico años después.

Antes de que los ingleses se quedaran con el título con un dudoso gol de Hurst en el alargue contra los alemanes (la pelota pegó en el travesaño y picó afuera, pero sancionaron gol), Argentina regresó al país en un clima de euforia general. Los había despedido un presidente democráti­co, Arturo Illia, y los recibió uno de facto, Juan Carlos Onganía. “Campeones mora­les”, dijeron muchos. No parecía lo más adecuado…

Por Redacción EG: 17/05/2018

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