Fútbol

1958. Era pan comido, fue desastre

El fútbol argentino se creía el mejor del mundo, pese a que sólo había jugado 10 veces con rivales europeos en 24 años. Viajó al mundial de Suecia a dar la vuelta, pero volvió humillado.

Cuando el equipo ar­gentino partió rumbo a Suecia, dispuesto a reinsertarse en la Copa del Mundo luego de un aislamiento voluntario de veinticuatro años, jugado­res, dirigentes, periodistas e hinchas coin­cidían en una nube de exitismo: ganar ese campeonato de 1958 sería un trá­mite. Un juego de niños.

Pese a que en dos docenas de años Argentina sólo había jugado diez veces contra selecciones europeas –sí, apenas diez partidos completos, má­s 20 minutos de uno suspendido por lluvia ante Ingla­terra–, por estas latitudes gobernaba la creencia de que nadie ofrecía mayor des­treza futbolera que los sudamericanos. Y Argentina venía de dar cá­tedra en Lima 57, memorable torneo que consagró a un trío de geniales “carasucias”: Maschio, Angelillo y Sívori. Pocos imaginaban –nadie, para ser precisos– que esa excursión hacia las tierras nórdicas finalizaría con uno de los mayores papelones de la historia del fútbol argentino, eternizado con un mote periodístico que lo define todo: “El desastre de Suecia”.

Argentina pulverizó a Bolivia y Chile en las eliminatorias con el equipo base del Sudamericano. Ganó tres de los cuatro partidos, incluyendo dos goleadas por 4-0 en Buenos Aires, y sólo cayó en la altura de La Paz. Pero el primer desliz se cometió cuando Guillermo Stá­bile, que dirigía a la Selección desde 1939, intentó conformar la lista definitiva para el Mundial. Obviamente, quería incluir a los tres “carasucias” que ya habían sido transferidos al fastuoso fútbol italiano. Maschio era un exquisito armador de jue­go, Angelillo encarnaba la figura de un goleador serial y Sívori era, sin saberlo, un exponente adelantado de los genes maradoneanos. Pero hubo un problema insalvable: jamá­s se incluyó una cláu­su­la para que sus clubes debieran cederlos a la Selección sin chistar. La salida era recurrir a la buena voluntad de las insti­tuciones, que no era mucha. La negociación pintó dificultosa, muy complicada. Hasta que Raúl Colombo, por entonces mandamá­s de la AFA, tomó la discutible decisión de no pelear má­s para tenerlos en el equipo: “No hay que hacerse má­s problema, a nosotros nos sobran jugado­res.” En consecuencia, la lista se armó con futbolistas del torneo local, básicamente del River tricampeón. Una ventaja demasiado grande…

Argentina debuta en el Mundial de Suecia frente a Alemania luciendo el escudo y la casaca amarilla del club IFK Malmö, conseguida de raje ante la ausencia de camiseta alternativa.

Paradójicamente, en la etapa preparato­ria la Selección se enfrentó a un combi­nado de equipos del norte italiano donde jugaban Maschio, Angelillo y Sívori, que finalizó con victoria por 2-0. Luego venció 1-0 al Bologna y goleó 7-2 a los suecos del Raa. Todo era alimento para el triunfalis­mo argentino, que también se nutrió con algunas sorpresas de las eliminatorias. Uruguay, Italia y España, que eran candi­datos potenciales al título, no lograron clasificarse. Y otro gigante, Inglaterra, lle­garía notablemente disminuido luego del accidente aéreo que sufrió el Manchester United en Munich, donde murieron ocho jugadores, varios de ellos integrantes de la Selección. Un accidente en el que salvó su vida un  juvenil que haría historia en 1966: Bobby Charlton.

Pero el problema de Argentina era la propia Argentina, que aterrizó en Suecia luego de un tortuoso viaje de 40 horas, ignorando que estaba fuera de sintonía en todos los planos: tác­tico, estratégico y físico. Ademá­s, llovían problemas: como Roberto Zá­rate se fracturó una pierna semanas antes del Mundial, se convocó de urgencia a Angel Labruna, que estaba de licencia, fuera de ritmo, y ya andaba por los 39 años.

El plantel se instaló en el pequeño poblado de Ramlos, un paraje pintoresco, salpi­cado de arboledas y casas bajas. La soledad era apabullante, apenas la rompían las bromas grupales y las escapadas a una localidad cercana para comunicarse con los familiares por telegrama, la vía má­s sencilla en esa época. Digamos que sobraba tranquilidad para encarar los escollos de un grupo con tres europeos: Alemania Federal, que defendía el título conquistado cuatro años antes, Irlanda del Norte y Checoslovaquia. Pero en el ám­bito local se insistía con que se trataba de “un grupo accesible.”

El regreso argentino a los mundiales no sería albiceleste. De cara al debut con los alemanes, la televisión remarcó que las camisetas se veían parecidas, por lo que alguien debía cambiar. Se hizo un sorteo, Argentina perdió y tuvo que jugar con la casaca amarilla de un club local, el Malmö FC.

Corbatta marcó el 1-0 a los 2 minutos y creció el exitismo: “Este torneo es pan comido”. Pero los alemanes incremen­taron la presión y quedó al desnudo la deficiente preparación física de los argen­tinos. Llegaron dos goles de Rahn –que luchaba por desembarazarse del alcoho­lismo– y uno de Seeler para sellar el 1-3 que encendió la alarma en el campamen­to argentino.

Corbatta marca de penal frente a los irlandeses. Fue la única victoria argentina en el Mundial de Suecia.

El triunfo por la misma cifra ante Irlanda del Norte, la Cenicienta del Mundial, fue una inyección de oxígeno para un equipo que había quedado groggy tras el choque con el campeón vigente. Un envión funda­ mental de cara a lo que sería el cruce deci­sivo con Checoslovaquia para determinar el segundo clasificado del grupo. Por pri­mera vez en la historia, el sorteo fue un verdadero show televisivo, que sumó la innovación de separar a los 16 participan­tes (53 disputaron las eliminatorias) por “familias” o zonas de origen: la america­na, la britá­nica, la europea del este y la europea occidental.

Sólo 16 mil espectadores fueron testigos directos de la paliza que los checos le propinaron a Argentina el 15 de junio, en el Olimpia Stadium, de Helsingborg. El 6-1 grafica claramente la debacle, pero pudo ser muchísimo peor. “Si ellos hubieran puesto má­s ganas, nos hacían 8 o 9”, defi­nió Amadeo Carrizo, arquero titular en los tres partidos. “Tuvimos la desgracia de que se lesionara Lombardo. Avio jugó como marcador de punta improvisado y, aunque dejó el alma en la cancha, los che­cos nos desbordaron mucho por ahí y nos mataban por el medio. Hay que decir las cosas como fueron: no sabíamos quiénes eran ni cómo jugaban. Si lo hubiéramos sabido, tal vez perdíamos igual, pero seis no nos hacían”, amplió Amadeo.

Mientras resonaba la palabra “desastre”, Ricardo Lorenzo, Borocotó, trazó un pri­mer balance en las pá­ginas de El Grá­fico: “El mal viene de muy lejos, arrastrán­do­se. Y como en el orden sudamericano las cosas habían salido bien y los jugadores argentinos que está­n jugando en cuadros extranjeros han agregado prestigio, muchos aceptaron que éramos los mejo­ res del mundo sin que eso se haya demostrado jamá­s. Por otra parte, han sido tan pocas las confrontaciones de la Selección Argentina con el fútbol mundial fuera de nuestro medio, que eso ha contribuido a estacionarnos cuando los demá­s siguen andando.”

El equipo que conquisto el Mundial frente al local en la final: Djalma Santos, Zito, Bellini, Nilton Santos, Orlando y Gilmar; Garrincha, Didí, Pelé, Vavá y Zagallo.

Entre los que andaban figuraba Brasil, que avanzaba implacablemente en el tor­neo gracias a las genialidades y las “tave­ linhas” (paredes) de figuras como Vavá­, Didí, Garrincha, Zagallo y un morenito de 17 años que debutó en el tercer partido y no salió nunca má­s: Pelé. Un Brasil que alcanzó su primer título mundial con un final a toda orquesta: 5-2 a Francia, en la ronda semifinal, y 5-2 ante los suecos, en el partido decisivo disputado en Estocol­mo. La rúbrica de ese campeonato fue un gol de Pelé, el quinto. La pelota no volvió a jugarse luego de su cabezazo. El ár­bitro Guigue fingió ponerla en el punto central, pero salió disparado hacia los vestuarios lleván­dosela de trofeo. Los brasileños, que también querían quedarse con ese recuerdo, lo corrieron desaforadamente, hasta que el masajista Mario Américo, que hizo el milagro de curar la rodilla lesionada de Pelé, le hizo un tackle digno de un All Black y se quedó con la bola. Mientras los brasileños deslumbraban a puro toque y disfrutaban de su primera vuelta olímpica, los nuestros se sumer­gían en una autocrítica que duraría años. Como hizo Pedro Dellacha, el capitá­n: “Nosotros estábamos acostumbrados a jugar solamente los domingos y a entre­nar martes y jueves. Esa fue la gran causa de nuestro fracaso. Pagamos el precio de creer que, con lo que teníamos, nos alcanzaba para bailar a los europeos. El fútbol internacional no era tan difundido en la Argentina y eso determinó que no comprendiéramos la importancia de un Mundial.”

“Fuimos con los ojos vendados, a ciegas. No está­bamos preparados ni física ni téc­nicamente para afrontar tres partidos en una semana”, contó tiempo después Angelito Labruna, que fue convocado de urgencia y tenía siete kilos por encima de su peso habitual. No fue el único averia­do: Pipo Rossi, aquejado por el reuma, enfrentó a los checos con un alambre de cobre alrededor de la cintura y un dedo del pie derecho muy maltrecho.

Evidentemente, el cóctel había sido fatal: desconocimiento de los rivales, desactualización tác­tica, precariedad estratégica, preparación física inadecuada, exceso de confianza, escasa organización, errónea valoración de los futbolistas a la hora de conformar la lista definitiva… Demasiadas tuercas sueltas para un fútbol que se creía el mejor del mundo.

José Varacka y Ángel Labruna en el vestuario después de la derrota.

Si algo les faltaba a los jugadores argen­tinos para sentirse en el quinto subsuelo de la depresión, eso fue el regreso por vía aérea a la Argentina. Ademá­s de las feroces críticas periodísticas, fueron reci­bidos por una impiadosa lluvia de mone­dazos de parte de los hinchas que se con­gregaron en Ezeiza.

Amadeo Carrizo, uno de los má­s apun­tados por la indignación popular, supo contar que “el avión no aterrizó donde lo hacía siempre, estacionó en una zona má­s alejada. Bajamos y tuvimos que ir caminando hasta la terminal. Parecía que todo estaba armado para que nos insultaran y nos agredieran. En vez de protegernos, nos expusieron, como si alguien lo hubiera organizado para que sufriéramos. Nos trataron mal hasta quienes tenían que revisarnos las vali­jas. Las abrían así nomá­s y nos tiraban las cosas por el suelo, sin ningún tipo de cuidado.”

El pobre Amadeo padeció los agravios de los hinchas durante los años siguien­tes, exceptuando el respaldo incondi­cional de los simpatizantes de River. “Muchos me hicieron responsable a mí solo, pero fue una cosa del conjunto. Las culpas estaban muy repartidas. Me gritaban de todo, hasta ‘vendepatria’”, recordó con amargura. Tan profundo fue su dolor, que declinó la nominación para integrar el plantel que fue al Mundial siguiente, Chile 62, donde ya no estaría el técnico Guillermo Stá­bile, rá­pidamen­te destituido tras casi veinte años de ges­ tión indiscutida.

¿Argentina habría aprendido la lección de cara al futuro? Eso estaba por ver­se…