Fútbol

1934. Un vuelo fugaz por la casa del fascismo

En pleno auge del profesionalismo, Argentina concurrió al segundo Mundial en la Italia de Musssolini con un equipo totalmente amateur y lo pagó carísimo: la eliminaron en el primer partido.

Si hubiera que resumir en pocas líneas lo que significó el Mundial 34 para Argentina, podría decirse que una Selección amateur viajó 13.000 kilómetros, pasó más tiempo en alta mar que en tierra italiana, jugó con dignidad un solo partido y regresó a Bue­nos Aires envuelta en la misma indiferen­cia que había provocado su partida.

Pero el segundo Mundial estuvo muy lejos de la bucólica indiferencia de nuestro medio. Porque se duplicó el nú­mero de federaciones interesadas y se jugaron las primeras eliminatorias de la historia. Y por las disímiles reacciones provocadas por la ostensible manipulación de ese torneo de parte de Benito Mussolini, Il Duce, quien lo utilizó descaradamente para promocionar el ré­gimen totalitario que oprimía a Italia, conocido popularmente como fascismo.

Hasta el 8 de octubre de 1932, cuando el Congreso de la FIFA celebrado en Zurich aprobó la candidatura italiana, Mussolini había visto un solo partido de fút­bol en su vida. Pero sabía que era un espectacular conductor de pasiones y no dudó en valer­se de é­l para sus fines políticos. Se hizo ex­plicar las reglas del juego, puso el apara­to propagandístico del fascismo al servicio del Mundial y hasta eligió al téc­nico de la selección azzurra, Víctorio Pozzo.

El saludo facista de los jugadores italianos antes de la gran final. Fueron campeones y salvaron el pellejo.

Mientras Il Duce alimentaba su delirante sueño de reconstruir una suerte de Imperio Romano, el egoísmo de los clubes más poderosos jaqueaba la salud de la Selección Argentina. Desde la irrupción del profe­sionalismo, en 1931, las instituciones fuertes de Buenos Aires se nuclearon en la Liga Pro­fesional de Fút­bol y abandonaron a la Aso­ciación Amateur, que poseía la afiliación a la FIFA. Fuertes como nunca, los clubes se negaron a ceder a sus grandes figuras, argumentando que habían invertido dema­siado dinero como para enviarlos a una ex­tensa travesía marítima de ida y vuelta. Consecuencia: Argentina concurrió al Mun­dial con un equipo integrado por jugadores amateurs, de inferior jerarquía a la de quie­nes sí pudieron integrar ese plantel, como Antonio Sastre, José­ María Minella, Carlos Peucelle, Herminio Masantonio o Bernabé­ Ferreyra, por nombrar a un puñado.

Dos semanas antes de embarcarse rumbo a Europa, el téc­nico italiano Felipe Pascucci, residente en la Argentina, juntó al plantel en Buenos Aires y comenzó a practicar. La mitad eran jugadores porteños, el resto venía del interior: Santa Fe, Chaco, Mendoza, San Juan…

Un sanjuanino, precisamente, sacó pasaje para el Mundial en una de las úl­timas prue­bas, desarrollada en cancha de Racing ante el equipo local. José­ Nehín, más cono­cido como el Turco, entró en el segundo tiempo y marcó demasiado bien a una figura como el Chueco García. Además de capacidad para defender, demostró velocid­ad para pasar al ataque y un buen rema­te de media distancia. Condimentos que, sumados a su personalidad, lo llevarían a convertirse en el capitán de la delegación que partió silenciosamente en el buque “Athenia”.

Antes de zarpar, convocados por el dia­rio La Razón, los jugadores escribieron un mensaje para los hinchas, donde agra­decían un apoyo que, en realidad, no se había manifestado claramente: “En el instante de partir para Roma, donde nos espera el altísimo honor de representar al football argentino en el campeonato mundial, saludamos a los compatriotas y les prometemos que, en la medida de nues­tras fuerzas, sabremos corresponder en el campo de la lucha a la simpatía y a la confianza con que nos acompañan espiri­tualmente.”

El seleccionado argentino amateur que cayó 3-2 ante los suecos. Arriba: Pedevilla, Belis, Freschi, Nehín, Urbieta Sosa, Arcadio López. Abajo: Rúa, Wilde, Devincenzi, Galateo e Irañeta.

En realidad, nadie se había conmovido por la partida. Todo lo contrario: imperaba el más profundo de los escepticismos. Para el ambiente futbolístico, no tenían la más mínima chance. Y eso quedó claramente ex­presado en la carta que Nehín escribió para el diario sanjuanino Tribuna durante la escala en el puerto de Santos: “Noso­tros, los chacareros, les vamos a demos­trar a los profesionales que tambié­n somos argentinos en el torneo de Roma.” En esa escala brasileña tuvieron su ú­nica “práctica de fút­bol”, un livianísimo amisto­so ante los marineros de a bordo...

Mientras Argentina cruzaba el Atlántico, el torneo entraba en clima. Por ex­traño que parezca, el país organizador tuvo que jugar la eliminatoria, que Italia ganó por nocaut en el primer round. Goleó 4-0 a Grecia en Milán, y los griegos, deprimidos ante semejante cachetazo, renunciaron a jugar la revancha. Un episodio tan curioso como que Estados Unidos y Mé­xi­co diri­mieran su cupo en la mismísima Roma, apenas tres días antes del partido inaugu­ral del Mundial, con victoria para los nor­teamericanos por 4-2. Y otra curiosidad insoslayable fue la voluntaria ausencia de Uruguay, el campeón defensor, todavía dolido por el escaso nivel de adhesión que los europeos habían mostrado ante el torneo que los orientales habían organizado cuatro años antes.

Increíble pero real: los organizadores decidieron que la primera fase fueran ocho llaves con eliminación directa. Poco menos que una falta de respeto para equipos como Argentina y Brasil, que corrían el riesgo de viajar larguísimos días para disputar un solo partido.

El arquero sueco Rydberg carga contra el capitán argentino Alfredo Devincenzi, jugador amateur de Estudiantil Porteño.

El sorteo determinó que la Selección debie­ra medirse en el estadio Littorale, de Bologna, contra el poderoso equipo de Suecia, integrado por varios jugadores de enorme jerarquía, animadores del torneo profesional italiano. Dicho en pocas palabras, no había equivalencias. Un conjunto amateur y sin demasiado entrenamiento enfrentaba a jugadores de elite, en impecable estado físico y téc­nico. Y allí, como testigo privilegiado, estaba Luis Elías Sojit, trans­mitiendo el primer partido en vivo desde Europa para la radiofonía argentina. Partidos son partidos, diría Perogrullo. Y ese Argentina-Suecia no fue la ex­cep­ción. Cuando la pelota de tiento empezó a rodar, parecieron esfumarse las diferen­cias potenciales a favor de los europeos. Con mucha entrega y amor propio, el mix­ entre porteños y chacareros desplegó un fút­bol más que digno, al punto que Argentina estuvo dos veces arriba en el marcador, en el arranque de cada tiempo. Belis puso el 1-0 y Galateo el 2-1, pero Jonasson estampó el doble empate. Recié­n sobre los veinte minutos finales se notó la decli­nación de los argentinos. Suecia presionó y llegó una y otra vez, hasta que Kroon, a diez minutos del final, venció las manos del arquero chaqueño Freschi con un remate de media distancia. Era el amargo telón para la segunda participación argentina en un Mundial, aunque nuestro país dejaría un sello más auspicioso por otro camino…

Con la finalidad de edificar un equipo cam­peón, el téc­nico italiano no dudó en fichar a cuatro argentinos que actuaban en el medio local: Luis Monti, Enrique Guaita, Atilio Demaría y Mumo Orsi. Ellos y el brasi­leño Guarisi se transformaron en el toque de distinción de una selección que jugaba con una presión que bien podía medirse en toneladas: lograr el título para satisfacer el pedido de Mussolini. Digamos que las visitas de Il Duce a la concentración distaban mucho de ser simpáti­cas o relajantes. Solía despedirse con una frase que quedó patentada en la historia: “Y ya saben: si no ganan la Copa, ¡crash!”,  decía al tiempo que se pasaba el dedo índi­ce por el cuello. Una amenaza que é­l y su deplorable ré­gimen concretaban con una tenebrosa naturalidad en toda Italia. Cada vez que escuchaba eso, Luisito Mon­ti, el mismo que había sufrido amenazas de muerte defendiendo a Argentina en Uruguay 30, maldecía su paradójica suerte: “¡Qué­ desgracia la mía! Hace cuatro años me mataban si ganaba y acá me van a matar si perdemos…”

Una escena de la final entre Italia y Checoslovaquia.

Por suerte para Monti y sus compañeros Italia pasó sin problemas a Estados Uni­dos, salió ileso de la tremenda doble batalla con España, eliminó con un gol de Guai­ta al equipazo de Austria y llegó a la final con Checoslovaquia. Para variar, la noche anterior recibieron a Mussolini y escucharon su “charla téc­nica”: “Si los checos son correctos, nosotros seremos correctos. Pero si nos quieren ganar de prepotentes, el italiano debe dar un cazote y el adversario caer… Buena suerte. Y a no olvidarse de mi promesa: ¡crash!”. Semejantes palabras eran un símbolo de la impunidad fascista. Los checos sabían que su suerte estaba echada. Por las buenas o por las malas, sería muy difícil que obtuvieran el título. Se pusieron en ventaja a veinte del final, absorbieron el empate y entre­garon hasta la úl­tima gota en el alargue, donde Schiavio metió el agónico gol del campeonato.

Al final lo tiñó el bochornoso prota­gonismo de Mussolini. Le entregó la Copa al capitán Combi y se quedó a su lado cuando un grupo ataviado con las camisas negras fascistas le daban otra más grande, con la leyenda “Coppa del Dulce”. El arquero italiano no pudo despreciarla y terminó haciendo equilibrio con un trofeo en cada mano, mientras Mussolini le arrebataba el espacio estelar a Jules Rimet. Fue el oscuro epílogo para un torneo que Argentina despreció. Para el Mundial que lo obligó a viajar 13.000 kilómetros para jugar 90 míseros minutos.