Fútbol

1930. Crónica de la final

La invaluable crónica del partido final del Mundial entre uruguayos y argentinos escrita por el legendario periodista de El Gráfico Alfredo E. Rossi, Chantecler. Además, las fotos de los seis goles.

Frente a frente los rioplatenses en la Copa del Mundo


Fue una lástima que la final del Campeonato Mundial no se haya jugado en field neutral para que factores ajenos al juego mismo no hubiesen influido en su resultado y promovieran un desagrado que pone dudas en la legitimidad de la victoria y puede hacer pensar que el vencido no acepta la derrota con alto espíritu deportivo.
 

Todos los preparativos para la gran contienda en que una vez más argentinos y uruguayos iban a dirimir supremacías nunca definidas, se ultimaron, sorprendiendo a los campeones en muy distintas condiciones de ánimo, y esta circunstancia, que sirve de cabeza a mi comentario, es quizá y sin quizá la que más ha influido para determinar la resolución del vencedor en la clásica y sensacional contienda.

La campaña preliminar en el campeonato de celestes y albicelestes, nos dijo que los argentinos - mis compatriotas- debieron apurar luchas más difíciles, una porque sus rivales sean de mayor fuste que los que le tocó en suerte a los uruguayos, y otra porque tenían fundados recelos de la animadversión popular que en forma tan desconsiderada se había exteriorizado con motivo del match con Francia. Pero todos los obstáculos fueron sorteados y argentinos y uruguayos fueron mejorando su desempeño para llegar al final como los más legítimos valores del campeonato, y por consecuencia, como los más habilitados por derecho a dirimir el título de primer campeón del mundo.

Los capitanes José Nasazzi de Uruguay y Nolo Ferreira de Argentina se intercambian regalos antes del partido.

En el campamento uruguayo

Todo era calma y quietud en el campamento uruguayo, desde 48 horas antes al momento de la contienda suprema. Llegaban hasta los concentrados las voces de aliento y fervientes deseos de victoria de todo el pueblo, que esperaba que sus players realizaran en la verde gramilla todos sus anhelos triunfales. Sólo había una inquietud, y era que la lesión sufrida por Anselmo contra los yugoeslavos quizá obligaría a una modificación en el quinteto ofensivo, como en efecto ocurrió, siendo "Napoleón" reemplazado por el manco Castro.

En el campamento argentino

No ocurría lo mismo en el campamento argentino, en que había varios jugadores lesionados, algunos de bastante consideración. Además, corrían o se hacían correr rumores extravagantes de represalias en caso de ganar; se habían recibido anónimos contra Monti y, lejos de negarles importancia, se les daba demasiado valor y faltó, en una palabra, la voz de orden que restableciese por convincente la calma en todos los espíritus. La situación de ánimo, la moral del conjunto albiceleste no era todo lo plausible que habría sido de desear en vísperas de tan magno acontecimiento y lucha tan brava como la final del campeonato.

Zumelzú debía jugar la final, pero declaró terminantemente que no estaba en condiciones y solicitó revisión médica. Efectuada ésta, se comprobó que no podía jugar. Quedaba Monti, pero éste, que había declarado que no jugaría frente a los uruguayos, se mantuvo en su negativa. Se usó de toda clase de persuasiones para convencerlo, pero todo fue inútil, ya que el crack de San Lorenzo declaró que muchos factores le habían hecho imposible su actuación en el encuentro final. Ante su absoluta negativa hubo reuniones, consultas y cabildeos, conviniéndose por fin que jugaría en el importante puesto de eje del cuadro el tucumano Rossi por Alfredo E. Chividini. Era un grave tropiezo en un compromiso tan extremo cambiar de caballo en medio del río, pero no quedaba otro remedio. Pero hubo novedades, pues el día del match llegó Bidegain y Luis Monti se dispuso a jugar. Con todo, la moral del conjunto argentino estaba minada, y muy peligrosamente.

1: Dorado define entre las piernas de Botasso (1-0). 2: Ballestero no puede con el remate de Peucelle (1-1).

En el match

Esto se vio claramente cuando comenzó el match, pues desde el vamos atacó el team celeste en una prodigalidad de esfuerzos temeraria. Ese ataque vigoroso encontró desarmado al cuadro albiceleste, en que la línea media, que debía responder al ritmo de una lucha tenaz y reñida, no respondió ni medianamente a lo que de ella se esperaba. Así se vio sometido nuestro cuadro a dura y tenaz tarea en forma por demás prematura, y si la va­lla no cayó batida es porque se defendieron las últimas posiciones y Juan Evaristo, que nada hacía como half, se transformó en un celoso y eficiente en la extrema defensa. Pero no podía durar la caída de nuestro arco, y cayó en una jugada imprecisa que aprovechó Dorado para marcar el goal.

Como si ese goal hubiese sido una consigna, cambió el team uruguayo y no siguió prodigando esfuerzos como al principio. La línea media nuestra, aunque con Monti siempre "parado" en medio del field, se rehizo y se insinuaron los primeros ataques a fondo de los argentinos. Esto hacia los 15 minutos. A los 20, un hermoso shot de Peucelle decretó el goal del empate, que fué desajustando al once celeste, y sin que mejorase mucho la actuación de los nuestros, a los 24 minutos logramos, merced a un notable pase de Ferreira, aprovechado magníficamente por Stábile, colocarnos en ventaja por 2 a 1.

3. Stábile toca al gol tras pase de Monti (1-2). 4. Cea empata con tiro bajo (2-2).

El público uruguayo, que había "hinchado" por los suyos, quedó enmudecido, mientras los 8 ó 10.000 argentinos dominaban con sus voces de aliento en el estadio.

Hasta ese momento había existido un gran team en el field: el uruguayo y otro, hábil para aprovechar las oportunidades: el argentino. Desde ese momento hasta el final del primer período, sólo vimos dos cuadros mediocres en la cancha.

Pero había varios peros...En primer término, no era el conjunto nuestro el desordenado, pero valiente de siempre, capaz de sacar partido en los esfuerzos generosos de sus hombres. Se veía que obedecía a una consigna que resultaba perjudicial de no emplear el cuerpo en ningún caso y Monti seguía "parado" en el field sin alma para la lucha, sin ser el gran animador que en circunstancias normales hubiese sido...

Durante el primer periodo, y cuando el score ya nos era favorable, habíamos visto a los celestes que, abusando de su condición de dueños de casa, aplicaban fuertes golpes para amilanar a los nuestros o dejarlos en inferioridad de condiciones, y así, dentro de una tolerancia lógica para el juego fuerte que por lo general se emplea en las grandes contiendas, vituperé a Castro, que, sin otra razón que la de perjudicar, dejó en inferioridad de condiciones a Botasso, que ocupa un puesto tan importante como para que sn acción se haga sentir en el score. Juan Evaristo también había sido golpeado rudamente y rengueaba, y Varallo, por culpa de la delegación, poco podía hacer, pues había ido a la cancha resentido de la lesión sufrida en la rodilla y muslo derechos, en el match contra Chile.

5: Iriarte la clava desde 30 metros (3-2). 6: Castro cierra la cuenta (4-2).

Últimos 45 minutos

Los primeros cinco minutos, aunque de poca precisión, fueron de los nuestros, pero, al no marchar la línea de halves sino en los aislados esfuerzos de Evaristo, que se desvivía por producir mucho y bueno, los uruguayos fueron atacando paulatinamente nuestras posiciones y, en un descuido de Della Torre, Cea marcó el goal del empate cuando todo ya hacía presumir ese resultado. Esto achicó más el juego de los nuestros, y así como vi angustiado la proximidad del empate, presentí el tercer goal de Iriarte, producto de un magnifico shot que por su violencia y quizá por su inferioridad física, Botasso no pudo impedir se colara a la red. El público, que había ido animándose como cuando el alma vuelve al cuerpo, a esta altura "hinchó" con gritería ensordecedora, pero pese a ella, conseguido el tercer goal, la defensa uruguaya se hizo conservadora y retrocedió. Coincidió con un levante desesperado de ofensiva argentina en que los héroes fueron Peucelle, Juan Evaristo y Stábile, y la valla de Ballestrero apremiada, estuvo por darnos el tercer empate, que no fue ante un violentísimo shot de Varallo, que dio en el travesaño cuando el arquero estaba totalmente batido. Pero nuestra ofensiva era incolora, poco disciplinada y hasta carente de inteligencia, cuando Arico Suárez se despertó de su mal desempeño y se lanzó a apoyar a los forwards, fue admirable verlos en sus esfuerzos, pero al resultar estériles, se hizo sensible el error de descuidar a Dorado. Faltando muy poco para terminar, este recibió libre la pelota e hizo cómodamente centro. Saltaron Castro y Della Torre, éste, por no tocar a aquél, lo dejo cabecear y el cuarto goal quedó decretado.

Chantecler (1930).

Acaba de terminar la final, los uruguayos son los primeros campeones mundiales de fútbol Lorenzo Fernandez, Pedro Cea y Héctor Scarone festejan abrazados.