Fútbol

Rimaba con brillo: el gran Ernesto Grillo

Les convirtió a los ingleses el famoso "gol imposible" en cuyo honor se conmemora el Día del Futbolista. Dio cátedra en Independiente, y luego la rompió en el Milán y Boca. Un 10 exquisito.

LA POLICIA intenta separarlo de los hinchas, que invadieron el campo para saludarlo tras su partido consagratorio ante Inglaterra en 1953.

A medida que avanzó por la izquierda, la jugada se fue cargando de simbolismo... En esa diabólica gambeta ante los ingleses en la cancha de River, Ernesto Grillo cruzó imaginariamente el río Támesis a pura habilidad, dejó parado como un poste al Big Ben y entró al Palacio de Buckingham como Pancho por su casa. Fue un golazo. El gol eterno. El gol imposible. El gol que todos nuestros abuelos juran haber visto. “El” gol de Grillo a los ingleses en 1953, hace ya 60 años... Un gol que estuvo acompañado de otro gol suyo en ese celebrado 3-1 a los ingleses. Un gol para el que Google resulta más generoso que YouTube: en los pocos videos que hay a un clic de distancia se alcanza a ver la definición, apenas el final de una jugada kilométrica que arrancó en la mitad de cancha y terminó en mito.

Aquel 14 de mayo de 1953, Ernesto Grillo comenzó su inmortalidad: paradojas del fútbol, desde un ángulo cerradísimo, abrió su propio camino a la gloria. Tan recordado es ese gol que, en su homenaje, Futbolistas Argentinos Agremiados decretó que el Día del Futbolista se celebre cada 14 de mayo. Pavada de homenaje para este delantero que nació en La Boca y cuya muerte estuvo en boca de todos. Que la rompió en Independiente en aquel multiestelar quinteto Michelli/Cecconato/Lacasia/Grillo/Cruz. Que se fue al Milan y enamoró a los tifosi rossoneri.

Que se retiró en Boca habiendo ganado tres títulos. Que dejó su sello en la Selección Argentina, con la que obtuvo la Copa América de 1955.

Le decían Pelado. Otros, lo llamaban Coco. Nació el 1° de octubre de 1929 en Buenos Aires. De familia, fueron Ernesto y 10 más: sí, eran 11 los hermanos que criaron como pudieron papá Domingo y mamá Rosa. El pequeño Ernesto tenía sus virtudes: habilidoso en el potrero, fachero y carismático ante el espejo, laborioso para juntar el mango. En los baldíos de La Boca mostraba potencia, inteligencia y un manejo de pelota extraordinario. Su primer equipo fue el de la Farmacia Cané. Sus días se llenaban con un poco de estudio, bastante de fútbol y mucho de esfuerzo: llegó a trabajar hasta 12 horas en una imprenta, como encuadernador. Cosas de la vida, años más tarde, cuadernos enteros se escribieron con sus jugadas y sus goles.

DIBUJANDO gambetas con la camiseta de Independiente, en un clásico ante River, en 1950.

Uno de sus buenos amigos, que no le faltaban en el barrio, le dijo de probarse en River. Grillo fue. Y Grillo quedó. Con 17 años, se sumó a la Quinta División. “Yo era 10 y sentía que en la raya me asfixiaba. Si por mí fuera, hubiese borrado la línea de cal. En la Cuarta, Carlos Peucelle me quiso poner de puntero derecho y por eso pedí el pase”. Caprichos de la pelota: el golazo a los ingleses lo hizo marchando sobre la izquierda, pegadito al lateral, y definiendo casi sin ángulo, a centímetros de la línea de fondo.

Fue en 1947 cuando aterrizó en Independiente: Cuarta, Tercera y Primera. Debutó con 20 años el 24 de abril del 49: 0-2 contra Boca. La delantera más recordada de los años 50 fue la de Independiente, que se trasladó enterita al seleccionado. La primera versión fue Hernández, Cecconato, Romay o Lacasia, Grillo y Santos. En 1952 se armó la definitiva, esa por la cual los hinchas gritaban “¡Al Colón, al Colón!”. Michelli, Cecconato, Lacasia (o Bonelli), Grillo y Cruz. Todos eran cracks, pero el 10 era Grillo. Injusticias futboleras: brillaban y goleaban a todos (6-0 al Real Madrid en el Bernabéu, con dos gritos de Grillo), pero nunca pudieron ser campeones con el Rojo. “Una de las tristezas más grandes fue no haber podido celebrar un título en Independiente con esos jugadores”, se lamentó Grillo, antes de partir hacia el cielo el 18 de junio de 1998. Decepcionado, pobre, enfermo y deprimido, murió en su casa de Bernal a los 68 años.

Aquella delantera de Independiente formó la avanzada argentina el día que Grillo les metió dos a los ingleses. Fue en su debut con la camiseta celeste y blanca y, por si no le hubiese alcanzado con ese golazo, después convirtió otro más. Argentina venció a Inglaterra en un día especial, para los de acá y para los de allá. Era la primera vez que un seleccionado inglés pisaba suelo argentino. Los ingleses ni sabían que el grillo es un insecto al que ellos llaman “cricket”. Pero, por un buen tiempo, no se olvidaron de este “bicho” de ataque llamado Ernesto Grillo. Ni de su golazo. Ni del otro gol que les hizo. Ni de la derrota ante Argentina, por más que no es considerada oficial.

En una entrevista televisiva de los años 90, Grillo habló de su gol memorable. “La gente se acuerda de algunos goles que hicieron historia. El del Chango Cárdenas al Celtic, el de Maradona a los ingleses y el mío... Creo que se acuerdan más los hinchas que yo de ese gol...”.

EL MITICO gol a los ingleses, el 14 de mayo de 1953, en cancha de River.

En la entonces herradura de cemento que era la cancha de River en 1953, Argentina formó con Musimessi; Dellacha, García Pérez; Lombardo, Mouriño, Gutiérrez; Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz. “Luego entró Tucho Méndez”, recordaba siempre Grillo a quien fue uno de sus mejores amigos en el fútbol. Empezaron ganando los visitantes, a los 41 minutos, con un gol de Tommy Tayler de cabeza. Pero Argentina lo empató al minuto siguiente: el equipo que dirigía Guillermo Stábile no hizo más que sacar del medio y darle la pelota a Grillo. El Pelado se encargó de lo demás. Recibió sobre la izquierda y empezó a apilar ingleses: uno detrás del otro, los fue gambeteando hasta llegar al fondo y meterse en el área. Cuando le salió el arquero Ditchburn, esperó a que se tirara y definió desde un ángulo más apto para el “No” que para el “Sí” que finalmente fue. “Se la pedí a Lacasia y me fui. No me acuerdo a cuántos dejé en el camino. Ya en el área, me faltaba ángulo y le pegué arriba: entró entre el hueco que dejó el arquero y el palo. ¿Si le di al arco? Mire, para ganar la lotería hay que comprar un billete...”, contó.

Ya en el segundo tiempo, con Perón en la tribuna, Rodolfo Micheli puso el 2-1. Y faltando doce minutos para terminar, llegó el segundo gol de Grillo. Fue final con triunfazo por 3 a 1 y una revancha por jugarse tres días más tarde, también en River. Ese otro partido, el domingo 17, no fue tal: empezó a jugarse y, por la lluvia caída, se suspendió a los 22 minutos. Los ingleses andaban de gira por Argentina, Chile y Uruguay y el único partido que la historia toma como oficial es el del domingo, ese que no terminó. El del jueves, el del golazo de Grillo, no es tomado por los especialistas en estadísticas como un partido clase A. Es decir, no es oficial: se habla de un “seleccionado de Buenos Aires” que jugó contra el “F.A. XI”, un equipo suplente de la Liga Inglesa. Más allá de eso, este primer triunfo ante los inventores del fútbol se vivió acá con un marcado fervor nacionalista: “Después de nacionalizar los ferrocarriles, ahora nacionalizamos el fútbol”, se dijo entonces. Más adelante, también en River, hubo un 1-0 ante España, con gol de Grillo...

Con 90 gritos en Independiente (8 a Racing), el Pelado se fue a Italia, donde registró diez, cien, mil buenos momentos. De aquellos primeros titulares en los diarios (“Grillo, de Diablo Rojo a Diavolo Rossonero”) a la triste noticia de su muerte: “Adiós, Grigio”. De Ezeiza salió con pasaporte y ganas de triunfar. Cerca del Teatro de la Scala, la Galería Víctor Manuel II, la fotogénica Catedral y el Castillo Sforzesco, estuvo entre el 57 y el 60. De esos días hay partidazos, goles y hasta fotos suyas vestido de traje, tocando las aguas de una fuente de Milán. Cuando Agremiados decidió instaurar el Día del Futbolista, allá se anunció que por “Grigio” se festejaba en estas tierras “la giornata del calciatore”.
Debutó el 8 de setiembre de 1957 en un Vicenza 1-Milan 1, y se despidió tres años después, el 15 de mayo de 1960, en una derrota por 3 a 1 ante la Juventus. En el medio, hubo 96 partidos y 30 goles, un scudetto en el 58/59 y una recordada final de Europa ante el Real Madrid de Di Stéfano. El 28 de mayo de 1958, Grillo hizo un gol en la final de la Copa de Campeones en el estadio de Heysel, en Bruselas. El Milan cayó 3 a 2 ante el Real, pero Grillo se hizo ver una vez más en el fútbol top, el fútbol de elite. En ese Milan estaban Cesare Maldini y el argentino, y tocayo, Ernesto Cucchiaroni. El uruguayo Schiafino abrió la cuenta para los italianos, pero empató Di Stéfano. Grillo hizo el 2-1, pero los españoles forzaron un suplementario a través de Rial. Gento le dio la victoria al Madrid, pero la labor de Grillo fue muy elogiada. Su ego podía ser chico, pero no había partido que le quedara grande...

BOCA, su última estación.

Alberto J. Armando lo repatrió en 1960, con 31 años. Volvió espléndido y fue campeón con Boca en 1962, 1964 y 1965. Ahí sació el hambre de no haber festejado nunca con Independiente. “Era un gran equipo aquel Boca. Yo jugaba arriba, con Rojitas detrás de mí, con Valentim más adelante, con Gonzalito en mitad de cancha y Menéndez de 8”. Se retiró en 1966 y comenzó a entrenar a los pibes de Boca. Y allí también se destacó: con su buen ojo, descubrió y perfeccionó a Trobbiani, Ponce, Potente, Randazzo, Tarantini, Mouzo, Enzo Ferrero, Perotti y, entre otros, Ruggeri. Casado con Elba, la novia de toda su vida, fue papá a los 40. Su hijo Pablo también fue futbolista.

Pese al perfil bajo y la humildad, por el estruendoso sonido que generaban sus actuaciones, desarrolló un costado farandulero manteniendo buenos lazos con Palito Ortega, Evangelina Salazar y Antonio Carrizo. Por ese mismo ruido de pelota, se hacen imposibles los silencios al escuchar el apellido: con Grillo, nunca un “cri cri...”

Por Miguel Bossio (2013).