Fútbol

Enrique García: el poeta de la zurda

Es recordado como el mejor wing izquierdo de la historia del fútbol argentino. El Chueco fue ídolo de millones de hinchas cuando la rompió en Racing y en la Selección. Y eso que la derecha sólo la usaba de bastón.

JUGADA TIPICA del Chueco: Desborde por izquierda y centro. En este caso, ante Independiente en 1942.

“Tuvimos un winger que bordaba en el corner: Onzari. Tuvimos uno que entraba tirando fuerte: Orsi. Tuvimos muchos como Carricaberry, Guayta, Lauri, Tarasconi, muchos, muchos, pero llegó un día El Fenómeno y los reunió a todos. Salió fuera de concurso. Es diferente. Tiene lo mejor de cada uno. Borda junto a la banderita, penetra hacia el medio, tira, juega, baila, la ablanda, la arruga, la achica, le hace fu fu. Y todo con una pierna sola. Nada más. Del otro lado tiene un bastón. Y no precisa otra cosa. Una muleta a la derecha y esa zurda que vale por las dos, que teje, borda y hace versos”. Eso dice sobre Enrique García el texto publicado en El Gráfico Nº1090, de mayo de 1940. Tiene más valor que aquello que podamos decir ahora: fue escrito por alguien que lo vio jugar.

Cada vez son menos los que vieron al Chueco García, y cada vez somos más los que tenemos que imaginarlo. Pero es la obligación de los que amamos al fútbol: recordar. “Lo que se olvida, se muere –escribió Alejandro Dolina–. Los que recuerdan están rescatando cosas de la muerte. A su manera, son salvadores”. Existe cierto consenso en que García fue el mejor wing izquierdo de la historia del fútbol argentino. Wines eran los delanteros que se movían por las puntas cuando se atacaba con cinco jugadores. Al abandonarse la táctica 2-3-5 siguieron existiendo, aunque forzados a cumplir nuevos roles tácticos. ¿Wings más actuales? Claudio Caniggia, Guillermo Barros Schelotto, el Pipa Estévez y el Piojo López.

EL IDOLO DEL CHE
Enrique García nació en 1912 en Santa Fe. Comenzó a jugar en el patio de la iglesia de Las Rosas, su barrio, y en un club con el mismo nombre. A los 15 años ya gambeteaba lindo. Su hermano Salvador jugaba en la Reserva de Unión y lo llevó a probarse. No quedó. En 1929 se fue al club Brown, que le ofreció un puesto en la Casa de Gobierno de Santa Fe. Jugó en Segunda hasta su debut, justo contra Unión: Brown ganó 1-0 con gol suyo. Al producirse el golpe de Estado de 1930 se quedó sin trabajo, pero consiguió uno en la administración del club. Pudieron retenerlo hasta 1932, cuando Gimnasia de Santa Fe pagó 2500 pesos por su pase. Tenía 19 años. Ahí ganó el campeonato santafesino e integró una delantera apodada “Los Pistoleros” junto a Magán, Salas, Loyarte y Genaro Canteli. Magán y Canteli serían campeones con San Lorenzo en 1933, cuando García fue contratado por Rosario Central, que pagó 5000 pesos por su pase.

Fueron años de gloria para el ataque canalla, formado por Cagnotti, Julio Gómez, Guzmán, Potro y él. Gracias a sus gambetas, ganó admiradores de lujo: el historiador Osvaldo Bayer y Ernesto Che Guevara. “¡Qué piruetas las del Chueco, qué maravilloso trazado de curvas y talonazos, qué paradas en seco!”, escribió Bayer recordando a Enrique. Los que conocieron al Che no sólo dan fe de su cariño por Central, también aseguran que su jugador preferido (y el de su hermano Roberto) era el Chueco, porque sorprendía haciendo las jugadas más inesperadas. Con la azul y amarilla se le atribuyen 98 partidos y 33 goles hasta principios de 1936. Las noticias de su talento llegaron hasta Buenos Aires e Independiente quiso contratarlo, pero Ernesto Malbec, presidente de Racing, viajó a Rosario para ofrecer 39.000 pesos y un partido amistoso entre los dos clubes cuya recaudación quedaba para Central. Su futuro se decidió en una asamblea de socios canallas, que aceptaron la oferta. En ese momento fue el pase más caro de la historia del fútbol argentino.

EL CHUECO con rodillera. El día de 1940 que jugó contra Boca, pese a que tenía lesionada la pierna izquierda.

EL SARMIENTO DE AVELLANEDA
Debutó en Racing el 3 de mayo de 1936, contra Tigre. La Academia perdió 2-1 y muchos se decepcionaron porque no le salió una. Hubo un detalle: tenía fracturado un dedo del pie izquierdo, pero igual quiso jugar. Confirmó sus ganas de no faltar en el partido siguiente. Y en el siguiente. Y en el siguiente. Así, 228 veces. Sí: jugó 228 partidos consecutivos, por lo que recibió el apodo el Sarmiento del fútbol. Entre 1936 y 1944 fue estrella de un Racing que no conseguía títulos desde 1925. Su mejor temporada fue la de 1938, cuando hizo 20 goles en 32 partidos. Hoy, es uno de los 20 mayores ídolos del club.

Contó Ponciano Souto, masajista de Racing durante aquellos años, que cuando le tocaba trabajar sobre la pierna derecha del Chueco, él decía: “Esa no, esa dejala, ni la toques que la tengo de palo”. No era la única muestra de su ironía. En épocas en las que al equipo le hacían muchos goles de cabeza, cada vez que tenían una pelota parada en contra, gritaba sin disimulo: “¡Marquen a los nuestros, marquen a los nuestros!”. Y una vez, luego de un gol genial en el que gambeteó a varios rivales, volvió hacia la mitad de la cancha despacio, borrando las huellas que había dejado. Sus compañeros lo miraban extrañados. Cuando llegó a su campo, sonrió y les dijo: “Es para que nadie me copie la jugada, muchachos”.

Gracias a su nivel en Racing se convirtió en un habitual convocado para la Selección. Allí jugó con Roberto Cherro, a quien admiraba. “Pese a su gordura –dijo García sin delicadeza–, Cherro fue el fútbol hecho ciencia”.

En 1937 la rompió en el Sudamericano jugado en Buenos Aires. Hizo el gol que permitió ganarle 1-0 a Brasil y llegar a un desempate contra el mismo rival, y le dio dos asistencias a Vicente De La Mata para ganar el título. En esa final le dijo al brasileño Brandao, después de volverlo loco a pura gambeta: “Si tuvieras ruedas, serías un carro”.

En la Copa Roca de 1940 era figura de la Selección, y el centrodelantero Fabio Cassán era resistido. El relator Fioravanti, que veía el partido contra Brasil pegado a la cancha, le dijo al Chueco: “Hacele hacer un gol a Cassán”. Pasaron apenas minutos hasta que García desbordó por izquierda y le dio el pase justo a Cassán, que la empujó a la red. Se acercó a Fioravanti y le dijo: “Servido... ¿Y ahora, a quién?”.
En Racing le llovían apodos elogiosos: el Imparable, el Mago, el Poeta de la Zurda. En la Selección formó una dupla memorable con José Manuel Moreno, al que definió como el mejor entreala que vio. Sus compañeros juraban que mientras se pasaban la pelota, el Chueco y el Charro conversaban: “Tómela usted”, decía uno. “Ahí se la devuelvo”, respondía el otro.

En sus últimos años sufrió el desgaste físico. Ya nadie regalaba nada, y menos a un wing que parecía burlarse de los rivales en cada jugada. Le gustaba tanto la gambeta que a veces decían que Racing era “Sportivo Chueco García”. Pero lo perdonaban porque era generoso para asistir.
En la Selección dio el último golpe al ganar el Sudamericano de 1941; en total sumó 35 partidos y 9 goles. 

El último de sus 228 partidos consecutivos fue el 18 de abril de 1943, contra Boca. Se rompió los meniscos del bastón (perdón, de la rodilla derecha) y tuvo que operarse. Volvió un año después, pero no se sentía bien y bajó a la Reserva. Hizo un último intento en Primera el 17 de septiembre, como wing derecho en el 0-0 contra San Lorenzo, pero supo que ya no era el mismo. A principios de 1945 mandó una carta a los dirigentes del club con una frase histórica: “Dejo de jugar al fútbol”.

CON LA CAMISETA de Rosario Central, donde brilló entre 1933 y 1936.

EL CHUECO EN LA HISTORIA
“Fue el más grande wing izquierdo de la historia. Quizá Loustau era superior para el equipo, pero el Chueco era el mejor para el puesto”, aseguró el periodista Dante Panzeri. “Era extraordinario, una gloria, el Gardel del fútbol –lo definió Ezra Sued, wing izquierdo que lo reemplazó en Racing a partir de 1943–. Fue el que inventó una jugada que después trataron de hacer muchos: el centro atrás en velocidad. Definía de una forma poco usual en su época: ponía la pelota entre el poste y el arquero”. Oscar Sastre, fallecido en 2012, debutó en Independiente en 1942 y ese año sufrió al Chueco. “Era uno de los pocos wines izquierdos que con la pelota en los pies hacía un desastre –puntualizó–. Si la dominaba, entrabas perdiendo. Era medio haragán y brutal a la vez. Tenía sus artimañas: siempre quería sacar tajada del que no tenía experiencia”. En Racing sumó 233 partidos y 78 goles. De esos, apenas dos fueron con la pierna derecha: uno a Lanús y uno a San Lorenzo. Lejos de lamentarse por eso, tras su retiro declaró: “Si hubiera tratado de aprender a manejar la pelota con las dos piernas, ¿creen que hubiera tenido una zurda tan hábil?”.

Al terminar su carrera, atendió su propia bombonería. “La marcación y otras yerbas son inventos de los técnicos –explicaba–. Soy enemigo de todos los sistemas. Atentan contra la belleza del fútbol. No hay con ellos preciosismo ni improvisación”. En 1960 volvió al fútbol como detector y formador de jugadores en Racing: “Cuando me retiré me convertí en un espectador más –declaró en El Gráfico–. Posteriormente nacieron en mí deseos de aportar lo que aún poseo de juventud para la renovación que se impone. No deseamos que se fabriquen jugadores de un día para otro. Los futbolistas no pueden escapar a la ley humana de la evolución”.

Durante sus últimos años, sin que le sobrara una moneda, recorría bares, mitad por picardía y mitad por necesidad, diciendo: “Soy Enrique García, el mejor puntero izquierdo de la historia. ¿Alguien me invita un café?”.

Las medias bajas, los cordones desatados antes del partido, la malicia para enojar a los rivales, la gambeta enreverada por el sector izquierdo. Todo eso se fue cuando se fue el Chueco García, para siempre, el 23 de agosto de 1969, a los 56 años. “Ni un renuncio desde que está en Racing –decía aquella nota de El Gráfico de 1940, en la que ya era legendario su presentismo–. Se iba a producir contra Boca. Estaba en cama lesionado. Circuló la noticia por el ambiente futbolístico: el Chueco iba a faltar por primera vez. Era su renuncia a la brega. Pero se levantó y fue a la cancha. Comenzó a jugar medio cauteloso, cuidando la zurda. La llevó a la gramilla con rodillera. Pero la llevó. Al principio medio la sacaba del entrevero. Al final la metió con rodillera y todo. Las ganas de jugar que jamás le faltaron le hicieron olvidar los días en cama, la diatermia, o la bolsa de agua caliente, o lo que fuera. Allí estaba una pelota en el verde y él tenía vestida una camiseta de fútbol”.

Por MARTÍN ESTÉVEZ (2014).