LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Se retira el más grande

- por Redacción EG: 04/05/2018 -

EL martes 30 de mayo de 1989 Guillermo Vilas juega su último partido. Su amigo y periodista de El Gráfico, Luis Hernández le dedica una reveladora crónica a quien fuera el más grande, y lo seguirá siendo a través de los tiempos.

Guillermo se destacó desde muy joven siendo finalista del Campeonato Argentino de Infantiles, Campeón Argentino y Sudamericano de Menores en dobles.

VILAS. Se retiró el más grande

Aquella mañana me despertó la claridad hiriente que nacía por el ventanal. La desnudez espartana del cuarto pequeño, de mobiliario antiguo y sencillez de apenas una estrella, fue reproduciéndose en la vista borrosa y adormilada. Hasta que tropezó con la señal de una vela encendida, consumiendo sus últimos destellos para alumbrar pobremente la escritura de un muchacho pelilargo de torso desnudo y vestido solamente con un pantalón pijama celeste. Escribía poemas. Lloraba sobre el papel robado a envases furtivos, su bronca, sus ganas, sus sueños. Traducía a balbuceantes palabras el dolor de su alma.

1973. Vilas gana el primer título de su carrera en Buenos Aires, venciendo en la final a otra leyenda, el sueco Björn Borg, por abandono.

Era un amanecer de junio de 1974, en el albergue Etoile (ya desaparecido), de escaleras ruinosas y pisos desvencijados. En el suelo, envuelto en mantas y como polizón consentido, dormía Carlos “Picha” Landó, juvenil para aquel tiempo. En las viejas y quejumbrosas camas compartíamos la fascinante experiencia de conocer el mundo y crecer, Guillermo Vilas y yo. Sin fama él, sin años encima yo. Sin dinero ambos. Con la ilusión joven todos…

Su perfil recortado por la luz de la vela, luego de toda una noche de insomnio descargando la rabia de haber sido eliminado por Manuel Orantes en Roland Garros, me quedó grabada por siempre. Será porque allí descubrí que ese chico tenía una fuerza interior superior. Un poder de seducción y de entrega que le hacían diferente. Anotaba minuciosamente en su pequeña libreta errores y aciertos. Los analizaba, se autocriticaba despiadadamente y emergía de sus búsquedas más fuerte, más ganador aún. Era distinto. Lo fue. Lo seguirá siendo a través de los tiempos, que lo convertirán en leyenda.

Será siempre el más grande, porque fue el primero y único. Hasta el irse simplemente saltando la red para estrechar la mano de un adversario (en este caso el italiano Claudio Pistolesi, que lo venció 6-1, 6-3 y 6-4 en la primera rueda del Campeonato Internacional de Francia), arrojar su muñequera y su mítica vincha a un público que lo idolatró y que comprendió de inmediato: desde ese martes 30 de mayo de 1989 no lo vería nunca más. Se iba como empezó. Simplemente jugando…

1977. Levantando el trofeo de Forest Hills, después de uno de sus triunfos más recordados, frente al norteamericano Jimmy Connors.

Vivencias, muchas. Amistad, grande. Una década larga de compartir hazañas, luchas, desasosiego e intimidades. De pasar enojos, de volver a abrazarnos, de momentos lindos y feos. Como la vida. Y tantas cosas que quedaron sin decir, que no se pudieron contar, que hoy uno va viendo pasar como una película sepiada y que los años la modernizaron. Como esos secretos de Estado que quedan liberados cuando ya no pueden hacer daño. Y quizá uno de los mayores que tuvo Guillermo, que más celosamente ha guardado junto a Ion Tiriac, fue la preparación que permitió aquella inolvidable temporada de 1977 para ubicarse como número 1 del mundo.

No, no fue en Virginia Beach donde ambos tenían instalado su cuartel general por aquellos años. Eso vino después de esos veinte días de marzo en que todos creyeron en un alejamiento total en el bunker marítimo cerca de Norfolk. Jamás estuvo allí en esos momentos, sino detrás de la Cortina de Hierro. Ion Tiriac había realizado tratativas muy secretas y arribadas a un plan específico con una compatriota famosa en la mitad de la década del ’70: la doctora Ana Aslan. Según el coach, Guillermo necesitaba fortalecer y rejuvenecer un físico que era la base para llevar adelante el tenis que amos se proponían. El viaje se hizo en un avión privado que salió desde París y aterrizó directamente en Transilvania, donde la doctora había instalado su famoso lugar de descanso. Allí, durante veinte días, Vilas se sometió al tratamiento con Gerovital, masajes, control de fluido sanguíneo, extenuantes recorridas por la montaña y búsqueda de glóbulos rojos a través de la oxigenación. Hoy esto lo haría cualquier médico deportólogo, pero hace más de una década nombrar el Gerovital aparecía como la utilización de un elixir con mucha vinculación a lo exótico y prohibido. De allí se fueron a Virginia Beach y completaron la parte técnica para esa maravillosa y extenuante campaña del ’77. También fue un adelantado como meticuloso profesional que resultó siempre.

1982. En Buenos Aires, Willy festeja su triunfo frente a Yannick Noah después de un maratónico partido por la Copa Davis frente a Francia. Vilas ganó sus dos singles pero Argentina perdió 3 a 2.

Silva es un hombre callado, sereno, que durante largos años cuidó las canchas del Buenos Aires Lawn Tennis Club. Jamás hablará sobre el caso del jugador que llegaba en un pequeño MG 47 con la capota negra levantada y muy entrada la noche. Ambos, únicamente, sabían por qué… Las carretillas con polvo de ladrillo estaban alineadas en el court central. La figura de jeans, campera y zuecos indicaban con precisión los lugares. Los hombres se ponían a trabajar en silencio con la escasa iluminación de algún farol o la luna. Algunos billetes se deslizaban en sus bolsillos y la labor era más placentera. Al poco tiempo todo estaba listo para que de varias mangueras cayera una lluvia que desmentía a la brillante luna. Era el único lugar de Buenos Aires, por estas extrañezas meteorológicas, en que diluviaba en las noches previas a un partido de la Copa Davis. DE pronto, el mismo día de jugar, los rivales encontraban una cancha más pesada que parecía un colchón y que obligaba a un desgaste y a un tenis que solamente Vilas podía soportar. Pequeños trucos de la ventaja de ser local que eran aprovechados al máximo por quien no dejaba un solo detalle por preparar. Como las diferentes partidas de pelotas que se hacía separar y que probaba intensamente durante la semana hasta encontrar aquella más pesada y con paño de mayor grosor que la transformaran prácticamente en inamovible para todos, salvo para la extraordinaria potencia de su brazo izquierdo.

La reunión fue cerca de la medianoche, en una escondida posada en la bajada de la cornisa entre Montecarlo y Niza. Hacía apenas siete días que Grace Kelly, princesa de Mónaco, había perdido la vida en un accidente automovilístico acompañada de su hija Stephanie. Vilas era el novio de la descendente mayor, Carolina, quien tomó el lugar de su madre en el principado. Las obligaciones reales habían alejado a la pareja y el oculto encuentro había sido pactado por ambos para definir su situación ante el acontecimiento. Carolina llegó sola, en un pequeño Renault 5, mientras Guillermo la esperaba en el discreto reservado del fondo del local previamente convenido. Nervioso, jugando con el estuche de raso azul que envolvía el regalo esperado y comprado en Tiffany a un costo de 25.000 dólares. Era el anillo de compromiso que en su interior tenía grabadas las iniciales de ambos: C – G. Se lo entregó con un beso y comprendió lo que ella le decía: “Debemos esperar, ahora tengo que asumir el papel de mi madre y ser la primera dama del principado, como me lo pidió mi padre…”. Él entendió, ella volvió a subir hasta Montecarlo.

Carolina de Mónaco y Guillermo Vilas vivieron un apasionado y mediático romance.

Guillermo partió al día siguiente desde Niza a Nueva York. Carolina se casó, tuvo hijos, es la primera dama y usa, por momentos un valioso anillo que en su interior tiene grabadas sus iniciales: Carolina Grimaldi… Eso piensa el mundo. Los 25.000 dólares nunca volvieron.

Siempre existieron las dudas y por muchos años Vilas evadió la respuesta con una sonrisa. En aquella famosa final de Forest Hills que le ganó a Jimmy Connors estaba 5-0 en el cuarto set, cuando sacaba el americano con match-point en contra. Peloteó, un revés cruzado de Jimbo que llega cerca de la línea y que Vilas no puede contestar. Detrás, cerca del linesman, en una silla está Ion Tiriac. Advierte la duda del juez y reacciona antes que nadie con un grito y el puño en alto saludando el triunfo de su pupilo. Al verlo, Guillermo también salta y comienza a festejar, mientras Connors regresaba a la línea de base dispuesto a volver a sacar con el convencimiento de que la pelota había sido buena. Hasta hoy lo cree. Tenía razón. “Claro que fue buena, al menos eso me había parecido a mí –explicó alguna vez Guillermo-, pero cuando vi que Ion saltaba y en la duda el linesman la daba mala, empecé a festejar yo también. Me acuerdo que entró cualquier cantidad de gente la cancha y me llevaron en andas. Yo buscaba desesperadamente a alguien para darle mi remera, que la quería guardar de recuerdo. De pronto, lo veo a Constancio Vigil y se la tiré a él… Hoy sé que está en EL GRÁFICO y que la revista es celoso custodio de ese trofeo…”.

1980. Uno de sus momentos más felices en el Buenos Aires L.T., cuando derrotó al n°1 del mundo John McEnroe por los cuartos de final de la Copa Davis.

Aquella duda ahora ya no es tal: fue buena. ¿Hubiera cambiado algo? La historia ya está escrita y es mucho más grande que la anécdota.

Hay tantas imágenes. Cosas sin contar. Recuerdos que pasan por la mente, que quedarán para siempre archivados en la memoria del corazón. Por más que su muñequera haya volado por última vez, jamás podrá apagar la luz de aquella vela que iluminó el nacimiento del tenis argentino. Porque él lo creó…

Por LUIS A. HERNÁNDEZ (1989)

Por Redacción EG: 04/05/2018

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