Fútbol

Holanda 1974

La Naranja Mecánica de Rinus Michels inventó una nueva forma de jugar al fútbol. En el Mundial de Alemania cayó en la final, pero se mantuvo viva en el inconsciente colectivo futbolero.

REVOLUCIONARIOS. El plantel que afrontó el Mundial 1974, matizado por los peinados locos y con un detalle para el ojo entrenado: Cruyff posa con una camiseta Adidas con sólo dos tiras. Tenía contrato con Puma y no quería promocionar a la competencia.

Juego de posición, triangulaciones, toques y paredes. Los recursos futbolísticos de la Holanda del Mundial de 1974 eran infinitos; la interpretación y ejecución de cada uno de ellos, sublime. Aquel equipo, ideado por Rinus Michels y laboratorio del mejor Barcelona de todos los tiempos, funcionaba como la más aceitada de las orquestas. La Naranja Mecánica, comandada por el genial Johan Cruyff –uno de los cuatro dioses del Olimpo de la pelota junto con Di Stéfano, Pelé y Maradona-, revolucionó la manera de vivir el fútbol y le sacó la modorra a un juego estático que había cedido ante el férreo catenaccio sesentista.

En ese equipo nada quedaba librado al azar. Cada movimiento tenía su razón de ser, todos los relevos eran los adecuados y el pressing insoportable le creaba un embudo al rival en la salida. Esa Holanda fue la muestra superadora del Wunderteam austríaco, la Maravillosa Hungría de Ferenc Puskás y el Brasil de Pelé. Fue, realmente, una legendaria máquina de fútbol que enarboló un estilo que bien justifica la redundancia: Fútbol total, ha dado en llamarse. Con mayúscula como su excelencia lo merece.

Johan Cruyff era el abanderado, pero los escoltas –que sobraban- se habían ganado su lugar a pulso en el dinámico 4-3-3 de Michels. Johnny Rep y Rob Rensenbrink se movían por todo el frente de ataque con la suavidad de una mariposa, pero siempre dispuestos a picar como abejas. Johan Neeskens era el termómetro, el prestidigitador desde su estratégica labor de volante central. Win Jansen, por la derecha, y Willem van Hanegem, por la izquierda, equilibraban el medio. Jan Jongbloed era el particular arquero del equipo, que hoy llama la atención cuando aparece en los videos atajando, según las curiosas costumbres de su tiempo, con la camiseta número ocho. Wim Rijsbergen, Arie Haan y sobre todo Ruud Krol, tres de los cuatro hombres de una defensa polifacética. Y Wim Suurbier un verdadero todoterreno, el cultor de lo que aquella camada entendía como sacrificio: un lateral derecho que volaba por la banda hasta terminar de extremo; un Dani Alves vintage.

IMAGEN FINAL. Postal del partido decisivo: Cruyff es derribado en el área y el árbitro cobra penal. Holanda se adelantó rápido; luego Alemania daría vuelta el resultado.

El recorrido de Holanda durante el Mundial de Alemania fue fulgurante. En la primera ronda, lideró el Grupo 3 tras derrotar 2-0 a Uruguay y 4-1 a Bulgaria, además de empatar 0-0 con Suecia, el segundo clasificado de la zona. El partido frente a los búlgaros fue el puntal del verdadero nivel que regalaría ese equipo. Más de 52 mil personas fueron testigos en el Westfalenstadion de Dortmund de un espectáculo arrollador que no hizo más que preanunciar el vendaval posterior. Mientras tanto, los jugadores se reían del excesivo profesionalismo, fumaban en el vestuario y entrenaban sólo con la pelota.

La segunda ronda cruzó a la Naranja Mecánica con Argentina, Brasil y Alemania del Este. El primer partido fue una declaración de principios: Holanda se llevó puesto al equipo argentino con un repaso de antología. La victoria 4-0 acabó por ser un buen negocio para los jugadores albicelestes que tiempo después reconocieron haber sentido vergüenza ante tanta humillación. El sexto sentido de Cruyff para encontrar un compañero en cada pase, la espectacularidad de Rep y la potencia de Krol resultaron demasiado para Perfumo, Houseman, Wolff y compañía.

En el segundo partido Holanda tampoco perdonó a Alemania oriental. La derrotó 2-0 y le dio al mundo la receta para romper el juego cerrado y defensivo de los teutones: presión en el terreno contrario y movilidad constante. Los alemanes corrían sin sentido, de aquí para allá, ante la abrumadora posesión de los holandeses. La facilidad para romper líneas enemigas se hizo evidente cuando los atléticos representantes del Este se deshicieron físicamente. Sólo quedaba Brasil en el camino y poco pudo hacer para evitar la caída 2-0.

La final de Munich enfrentó a Holanda con la local Alemania. Dos maneras de concebir el fútbol frente a frente. El romanticismo de la Naranja Mecánica de un lado con la inmediatez y el pragmatismo de Die Mannschaft del otro. Los espectadores neutrales, maravillados por el estilo holandés, apoyaron al equipo de Michels, que a los dos minutos ya ganaba 1-0 con un gol de penal de Neeskens. Sin embargo, Alemania no se entregó y pudo dar vuelta el resultado antes del final del primer tiempo. Gracias a Paul Breitner y Gerd Muller, el complemento se reanudó con un 2-1 a favor de los organizadores.

Helmut Schon, el viejo zorro alemán que dirigía a su país, encontró la manera de maniatar a Cruyff y ahogar las opciones de Holanda. El tiempo se consumió entre polémicas y la impotencia de la Naranja Mecánica le impidió mostrar su mejor cara. Alemania fue un justo campeón, y Franz Beckenbauer se inmortalizó ofrendando al cielo la copa de campeón.

No obstante, el mejor premio que tuvo Holanda fue el reconocimiento. Ese equipo fue tan o más recordado que Alemania y el Fútbol total prosperó hasta convertirse en un objeto de culto para los barcelonistas. Cruyff recogió el guante de Michels y encontró en Pep Guardiola su discípulo. El Dream Team ganó todo, y fue la antesala del Barcelona de los últimos años. El mejor equipo de la historia, quizás. Todo nació en el verano del 74 con aquella Naranja Mecánica.

Por Matías Rodríguez (2014).