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El pugilato entre los antiguos griegos

“El vencedor de los Juegos que estás viendo, tuvo en otro tiempo nariz, orejas y dientes”. Este relato pinta el brutal pugilato que se practicaban en Grecia, actividad que también tuvo sus virtuosos.

SU ORIGEN

El origen del pugilato se pierde en la noche de los tiempos.

Mucho antes de que se fabricaran armas ofensivas, los hombres tuvieron necesidad de hacer uso del arma más sencilla y natural, de la que se hallaba más a su alcance.

¿Cómo los griegos, tan delicados y amantes de las artes, llegaron a apasionarse de un deporte cuyo único mérito es la fuerza bruta, material, tosca? Esto se explica teniendo en cuenta que los griegos, a pesar del refinamiento de su civilización, continuaban siendo los hijos y discípulos de la naturaleza.

“CRUJEN LAS MANDIBULAS…”,  DICE HOMERO

El pugilato de los antiguos, manifestaciones  de la fuerza material en lo que de más brutal tiene, no merecería que nos ocupáramos de él, si ciertos atletas no hubieran sabido elevarlo a la categoría de arte. No todos los atletas limitaban su táctica a hacer caer sobre su adversario una granizada de golpes, con sus puños reforzados con correas arrolladas a ellos y que formaban a la manopla llamada cesto.

Y por cierto que tales punchs debían ser terribles: “Crujen las mandíbulas al recibir los golpes”, dice Homero en la descripción del combate entre Euco y Eurialo. Y describe como “el divino” Euco, lanzándose sobre su adversario, le aplica una golpe tan violento, que Euralio cae, sin sentido, vomitando negruzca sangre.

En este detalle de una escultura griega del Siglo IV a.C, se observa los Cestos, correas que usaban arrolladas en las manos los antiguos “pugilistas” para reforzar el golpe.

EL “DESAFÍO”  DAMOXENES-KREUGAS

Tales eran los resultados del pugilato vulgar en que los esfuerzos del atleta se dirigían a herir en el rostro a su enemigo –echando al mismo tiempo la cabeza hacia atrás para preservar el suyo- y aturdirle, haciendo el molinete con los puños, acabando por asestarle el golpe de gracia, con ambos cestos a la vez.

Los combates de este género presentaban, a veces, un carácter particularidad de ferocidad; tal fue el desafío de Damoxenes, de Dirrachio, y Kreugas, de Siracusa.

Como la terrible lucha que habían empeñado amenazaba prolongarse hasta muy entrada la noche, convinieron los dos en cierto momento, en no parar los golpes. Mientras el uno castigara, el otro debía permanecer inmóvil. Kreugas pegó primero. Su puño cayó como un mazo sobre la cabeza de Damoxenes, quien resistió de pie. Llegó a su vez a Damoxenes el turno. Hizo seña a su contrario de que levantase el brazo: éste lo hizo así, y entonces, Damoxenes, cuyas uñas eran larguísimas y afiladas, las hundió en el vientre de Kreugas. El desgraciado atleta murió en el acto. Los jueces expulsaron del campo a Damoxenes, porque estaba prohibido herir al contrario con la intención de darle muerte, y la corona fue concedida al difunto, que obtuvo además los honores de una estatua.

Detalle de ánfora con escena de pugilato descubierta en Cervetri, Italia y data del 336 a.C.

EL ARTE DE GLAUCO

Ciertos pugilistas comprendían de otro modo los principios de su profesión. No daban grandes golpes, y hasta se abstenían por completo de propinarlos. Obtenían la victoria, no por la fuerza bruta, sino por la resistencia de su cuerpo, y la habilidad para eludir los golpes.

Este era el colmo del arte. En ese género brillaba Melancomas, atleta contemporáneo del emperador Tito, que le profesaba particular afecto.

Antes de este atleta sobresaliente, otros, entre los griegos, habían empleado iguales procedimientos. Tal era Glauco, cuya estatua, que Pausanias pudo ver en Olimpia, le representaba con los brazos extendidos hacia adelante, manteniendo a su contrario alejado en la imposibilidad de herirle.

Hasta los niños aplicaban el método de Glauco. Citase, entre otros, el ejemplo de un muchacho heleno llamado Hipomaco, que en los combates infantiles dejó fuera de combate a tres antagonistas, cansándoles más que combatiéndoles, y librándose de un triple encuentro, sin un golpe ni una señal. Era, en efecto, una gran triunfo salir de tan ruda prueba sano y salvo, pues la generalidad de otros atletas se retiraban espantosamente desfigurados, y algunas veces estropeados para toda la vida.

¿EN QUÉ ESTADO QUEDABAN LOS PUGILISTAS?

El lastimoso estado en que quedaban los contendores hubiera conmovido a un corazón de roca; pero los poetas, gente que suelen enternecerse fácilmente, no se conmovían, especialmente los poetas satíricos, porque la antología griega hormiguea en epigramas sobre tan fecundo asunto. Si los reproducimos, no es tanto para compadecer a los vencidos, como para hacer constar la fuerza desplegada por los vencedores en tan horrendos combates:

“El vencedor de los Juegos Olímpicos que estás viendo en este ese estado, tuvo en otro tiempo nariz, orejas y dientes”.

Apolofano: “Tu cabeza se ha convertido en una criba”

”Yo, Andicolo, he combatido valerosamente en todos los juegos de Grecia. En Pisa perdí una oreja, en Platea un ojo, y en Delfos, quedé tendido sin conocimiento”

“Aulo, el pugilista, consagra al dios de Pisa todos los huesos de su cráneo, recogidos uno a uno. Haz que vuelva sano y salvo de los juegos de Nemea, poderoso Júpiter; te ofrecerá las vertebras de su cuello; es todo lo que le queda”

(1954).