Fútbol

1968. El 14 de abril que se equivocó el Maestro

Roberto De Vicenzo le cuenta a El Gráfico sus sensaciones horas después de cometer un error infantil que le costó perder la posibilidad de ganar uno de los torneos más prestigiosos de golf del mundo.

EL GRÁFICO CON DE VICENZO


Yo soy el culpable. Lo real es que hice el hoyo 17 en tres golpes y no en cuatro. Tengo 20 millones de testigos que siguen creyendo que el torneo tuvo dos ganadores...

El mismo rostro que desborda salud, de pigmentación roja casi de adolescente pese a los 45 años, y con brazos que parecen reventar las mangas de la remera. Apenas una ligera curva en el abdomen y la cabeza cada vez más rala, hacen pensar en el rigor de los almanaques transcurridos. Era el mismo hombre, pero sus ojos eran distintos... Su mirada tenía un velo casi triste y sus labios no tenían fuerza para esbozar sonrisas. 

"Tengo que olvidarme de esto de Augusta, pero la misma gente hace que no pueda. Todos me lo recuerdan. Ha sido el error más grande de mi vida...Yo soy el único culpable, el único culpable... Quiero descansar, mañana lo espero a las ocho para desayunar y podremos charlar hasta el mediodía”.

El relato me lleva a reconstruir lo ocurrido ese domingo 14 de abril, después de anunciarse el error en la suma, en esos 66 golpes en lugar de los 65 reales: Roberto quedó con los ojos rojos; una cámara lo mostró deshecho, pero en seguida afloró su entereza, una entereza que captaron los 20 millones de norteamericanos que seguían el torneo por TV. Su desazón era grande, pero su hidalguía también. 

Más tarde De Vicenzo estaba casi ausente, durante toda esa noche escribía en servilletas, en revistas, en cualquier papel que tuviera a mano: Masters 68, y al lado entre comillas: "65"... 

Cualquiera fuera el tema de ese momento, la lapicera de De Vicenzo seguía garabateando como un cable a tierra que descarga su fuerza emocional: "Suerte, De Vicenzo"... "Masters 68"... "65"... 

En la entrega de premios la expresión de tristeza del Maestro argentino.



A la una y media se retiró a su habitación. No durmió en toda la noche. La tarjeta mal sumada le ponía despertador a todos los minutos.

"De aquí me voy a Dallas, después jugaré en Houston y el 5 de mayo estaré de regreso en Buenos Aires. Pude ir al torneo de Las Vegas, con 150.000 dólares en premios, pero le había dado mi palabra a esta gente en Wilmington y no me gusta defraudar a nadie... Aquí los premios solo llegan a 35.000 dólares, pero hay que ser "derecho", ¿no?... 

-Tommy Aaron, el encargado de llevar su tarjeta, ¿fue derecho con usted? 

-Yo no dudo de la honestidad de Aaron. El no sumó la tarjeta como se ha dicho por ahí. Su error fue anotar cuatro golpes en lugar de tres en el hoyo 17. Fue un error honesto y no puedo pensar de otra manera. El perjuicio es mutuo. Aaron se desesperó cuando se comprobó la falta y reclamó ante los oficiales el reglamento. El tampoco podrá olvidar este torneo y ahora le controlarán cada tarjeta que lleve y esa preocupación lo acompañará por mucho tiempo. 

-¿Le pidió disculpas? 

-Sí, desde luego... 

-¿Y usted qué le dijo? 

-Olvídese, esto ya terminó. 

El mejor golfista argentino de todos los tiempos, Roberto De Vicenzo, posa a los 17 años para El Gráfico .



En el hoyo 18 el driver (primer golpe) me dejó en la mitad de la cancha, evitando caer en un bunker sobre el lado izquierdo; procuré asegurar el segundo golpe y mi "caddie" me obligó a jugar el fierro 4, con la recomendación de que tirara derecho, pero fallé, ya que la pelota se me fue a la izquierda; me recuperé en el tercero con el viejo "sand wedge" (palo para corta distancia) y quedé a 1, 30 del hoyo, para malograr el putt... la pelota besó el orificio y salió, y terminé con el primer "bogey" dela tarde (uno por encima del par). Y allí empezó lo otro. Me fui desconcertado a firmar la tarjeta, reprochándome la falla, y pensando que con ese "bogey" el torneo se me iba de las manos. Cuando juego sólo pienso en la pelota, en mis manos y en el fierro, y miro al público sin verlo, como si estuviera solo. Cuando me alcanzaron la tarjeta me ocurrió lo mismo, la miraba sin ver los números; la revisé tres o cuatro veces, pero mi cabeza estaba en la falla del hoyo 18... 

Si somos profesionales, debemos ser profesionales en todo. Cada uno debe luchar con sus armas, sin pensar que nadie pueda ayudar al otro. Firmé la tarjeta y la entregué SIN HABER SIDO SUMADA al encargado de hacerlo. Yo estaba a diez metros de él, pero por indecisión no me llamó y optó por entregarla a los oficiales de reglamento y exponerle la situación. Un periodista de TV me entretuvo en esos momentos, y todo contribuyó a la confusión. Yo no dije que en Argentina no ocurría esto, sino que en la Argentina se juega más amigablemente y que con un poco de buena voluntad el error de mi tarjeta pudo ser corregido. Estoy de acuerdo con el reglamento, PERO TENGO MIS DUDAS SI TAMBIEN DEBO ESTAR DE ACUERDO CON LA QUE PERSONA QUE SUMO, QUE FUE AARON, QUE NO FUI YO, QUE NO SE QUIEN ES. 

El único culpable he sido yo, pero en mi fuero íntimo sigo creyendo que todo pasó demasiado rápido como para perder por el solo hecho de firmar algo que no era lo real. Y lo real fue que yo hice 3 en el hoyo 17, no porque lo diga, sino porque tengo a 20 millones de testigos, 20 millones que siguen creyendo que el torneo no tiene un ganador, sino dos ganadores, y QUE QUEDARA EN LA HISTORIA COMO EL TORNEO INCONCLUSO. 

-¿Qué le significa ese segundo puesto oficial en Augusta? 

Aparte de esta contrariedad, motivada por una estupidez mía, me significa una promoción que no había logrado en VEINTE años de jugar en Estados Unidos.

Por El Veco (1968).