LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

También a los boxeadores les llega su Waterloo

- por Redacción EG: 06/04/2018 -

Por FRASCARA. La historia de tres derrotas que sacaron de carrera a quienes fueron la esperanza de los argentinos: Antonio Castroviejo, Victorio Campolo y Justo Suárez, el Torito de Mataderos. CON FOTOS INCUNABLES.


TAMBIÉN A LOS BOXEADORES LES LLEGA SU WATERLOO


En la carrera de todos, o de casi todos los púgiles victoriosos hay el recuerdo de una derrota, la sombra de una “noche triste” que aparece como una expresión de la normalidad, que no quiere invencibles, y como un punto de referencia para la memoria de los detractores o de los pesimistas, cuyo espíritu de contradicción recurre al “pero…” de un desastre cuando cualquiera emprende el panegírico de su ídolo

Napoleón, señor de los triunfos, no alcanzó a finalizar invicto su campaña. En Waterloo quedó escrita su página obscura. Desde entonces, todas las derrotas de los “grandes” se llaman Waterloo…

En el box, las consecuencias de esos contrastes estuvieron de acuerdo con las proporciones del castigo recibido. Hubo quienes, después de caer vencidos en un match, que cortaba su racha de triunfos, reaccionaron a tiempo para enriquecer su récord. Pero en otros la caída fue decisiva. No sólo se machucó su físico bajo los puños del adversario, sino que también quedó machucado su espíritu, perdida la confianza en sí mismos. Esos no volvieron más a ser los que habían sido. Aquí, en Buenos Aires, hemos asistido a varios Waterloo…

Imagen de Antonio Castroviejo en su caída definitiva. Esta fotografía ilustro esta nota en la edición de la revista en 1934.

EL PIBE CASTROVIEJO

Le llegamos a llamar “el Rayito criollo”. Era así de fino, hábil y simpático en el ring como la figura inolvidable de aquel español acriollado. Antonio Castroviejo no necesitó llegar a medirse con los rivales de calidad para demostrar su inteligencia, su clase de campeón. Ya en sus comienzos, en aquellos preliminares contra muchachos del montón los iba sobrando de tal modo que se tejieron sobre su porvenir las más optimistas versiones.

Serio, callado, formal, impresionaba tan bien sobre el ring como fuera de él. Nunca se le vio puesto en campeón. Toda su energía parecía concentrarse en la mirada fuerte de sus ojos hundidos y en los músculos de su cara, angulosa, expresiva en su voluntad.

El público lo quiso enseguida. Se dejó conquistar, gratamente, por los triunfos de ese peso pluma que subía, peleaba y descendía del cuadrado con una sobriedad de hombre maduro. Más tarde, se convino en que podía verse, dentro de su seriedad, una previsión al destino que le esperaba en el box.

Llegó a campeón por sus cabales, llenó muchas veces el Parque Romano y sus dos brazos conquistaron knock outs.

Estaba colocado en el camino de la idolatría.

Antonio Castroviejo posa para el fotógrafo de El Gráfico.

Se le iban terminando los rivales de su peso, había excesiva confianza en sus medios. Se le creyó capacitado para ganar más allá de su categoría, más allá de su experiencia. Y se cometió el error irreparable de enfrentarlo con un maestro, con un veterano del ring. Cierto que el adversario, Arturo Schackels, había escondido su verdadera condición hasta ese momento, de manera que nadie se apercibió del peligro que corría el muchacho local.

Y la debacle fue impresionante. Schackels desplegó recursos extraordinarios de figura mundial y, junto a él, Castroviejo disminuyó hasta parecer una indefensa criatura caída entre las zarpas de un zorro viejo. Dominaba el belga de una manera que llenó de pena a los espectadores; pena por el derrumbe lastimoso de una esperanza magnífica, por la derrota aplastante de un hombrecito simpático, de un valor en potencia que no había hecho nada para merecer tan poca suerte.

La cara y el cuerpo de Castroviejo recibían golpes de todos los ángulos, punches cortos, secos, violentos, que iban abriendo surcos de dolor en su cara voluntariosa. Él se debatía, entretanto, con toda su valentía, llorando acaso por dentro la infamia de esa celada que adquiría proporciones de catástrofe.

Muchos ojos se cerraron para no presenciar el espectáculo doloroso. Muchas veces pidieron la suspensión de eso que no era nada que se pareciera a un match de box. Y cuando se produjo el final, el derrumbe definitivo, la figura de Schackels, que frente a otro hombre habría ganado una ovación, estaba ya desterrada para siempre de la simpatía del público, sin que suya fuese la culpa.

En el otro rincón, Castroviejo era una magnífica esperanza destrozada.

Joya del archivo de El Gráfico: la madre de Victorio Campolo le ceba un mate a su hijo apoyado en la guitarra

CAMPOLO Y MONTE MUNN

Existió una gran diferencia entre el Waterloo de Castroviejo y el de Victorio Campolo. El del peso pluma provocó una reacción de carácter sentimental, casi exclusivamente. Hubo pena por la caída de un muchacho a quien se le asignaba un buen porvenir, pero a quien no llegó a dársela significación exterior. La decisiva derrota de Capolo no produjo dolor, sino desencanto.

La categoría en que actuaba, las aptitudes demostradas en sus victorias anteriores y, sobre todo, el deseo unánime de encontrar a toda costa el sucesor de Firpo, crearon alrededor del Gigante de Quilmes una atmósfera en la que había más de exigencia que de admiración.

Campolo en el gimnasio, todos esperaban que Victorio sea el sucesor de Firpo.

La poderosa derecha de Campolo, su buen box y su agilidad lo colocaron en un plano de optimismo que tenía como destino fijo un nombre: Gene Tunney. Alrededor suyo se creó una esperanza demasiado grande y, por eso mismo, el desencanto fue mayor.

Hasta ese 25 de mayo de 1928, Victorio Campolo guardaba un secreto para el público: el de su guante, o coraje, o temperamento, como quiera llamársele. A partir del 25 de mayo de 1928 se desplomó una esperanza de largo alcance y surgió una evidencia clara: Campolo se achicaba frente a los grandes, a los de afuera. Duró aquel match con Monte Munn, nueve rounds, pero en todos ellos actuó el quilmeño dominado por el recuerdo del punch recibido apenas comenzó el combate.

Fotógrafia del combate entre Campolo y Monte Munn. La paliza recibida fue el principio del fin de la carrera del argentino.

Cada vuelta que transcurría era una etapa que los espectadores hacían regresando desde Nueva York, desde el Madison Square, hasta donde viajaron con su esperanza llevando a Campolo como amenaza para Gene Tunney. Pero no era pena la del retorno; era enojo hacia el hombre que no sabía defender la plata, que no abandonaba su temerosa actitud de perdedor.

Cuando finalizó la cuenta de los diez segundos y se vio que un púgil mediocre como Monte Munn había derrumbado al sucesor de Firpo, el público se volvió de espaldas, alejándose del ring con el gesto entre adusto y sonriente del que ha tenido una idea hermosa y comprueba su fracaso en la realidad.

“¡SUÁREZ PERDIÓ POR KNOCK OUT!”

Lo repetían todos los altoparlantes de la ciudad, y no podíamos convencernos de que era cierto.

- ¡Suárez, knock out!

Lo rumiaba, para sí, el hincha descorazonado, y hubiéramos querido ir a decirle que era mentira.

Ahora eran los canillitas, que llevaban bajo el brazo la noticia a grandes títulos, y bajo el pecho la tristeza, la rabia…

Hasta los escépticos descreídos en la bondad de Suárez, hasta los que nunca supieron ni quisieron saber nada de box, sintieron la caída del Torito, porque con él se desvanecía un estado emocional de la muchedumbre aficionada al sport. Lo más importante fue eso en el Waterloo de Justo Suárez: que arrastró en su caída a los miles y miles de admiradores suyos, de amantes del box, que lo habían visto surgir con arresto incontenible, con energía que contagiaba alegrías, ubicándolo jubilosamente como ídolo absoluto.

Su carrera triunfal, su estupenda vitalidad, esa sensación de confianza con que se caracterizaba a sí mismo y daba ánimo a quienes lo siguieron en todos los combates, lo habían hecho acreedor a un final muy distinto para su trayectoria de astro que resumió en sí toda la actividad pugilística del país.

Justo Suárez rodeado de la gente que lo adoraba. El Torito fue el primer ídolo popular de los que menos tienen.

Porque se deseaba para él la consagración definitiva, porque sus triunfos serían triunfos del box argentino, la noticia de la derrota, el relato de la catástrofe adquirió proporciones incomprensibles. Nadie había soñado, hasta ese momento, que Justo Suárez pudiera ser dominado, liquidado sobre el ring por alguien que no fuera, en último caso, el campeón del mundo. Por eso, cuando todos los altoparlantes de la ciudad esparcieron la noticia del knock out de Justo Suárez, el optimismo que minutos antes mantenía erguidas las cabezas se hizo a un lado y aquellas se escondieron entre los hombros, bajo el peso de una realidad que se hacía más dura por lo inesperada.

Billy Petrolle debe haber sido, para con el Torito, lo mismo que fue Schackels para con Castroviejo. Calidad de gran boxeador y experiencia de zorro viejo, hecho a todos los secretos del ring. Suárez dejó ahí, en aquel lejano cuadrado del norte, la asombrosa vitalidad que constituyó el motivo de sus triunfos. Pero lo que nunca sabrán los norteamericanos es que también ahí, junto al hombre noqueado, caía silenciosamente un castillo construido por miles y miles de hinchas argentinos.


Félix Daniel Frascara (1934).

Por Redacción EG: 06/04/2018

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