Fútbol

El Pulpo cruzaba el disco triunfal

El uruguayo Irineo Leguisamo ganó 21 veces la estadística de Palermo y San Isidro. Corrió y ganó carreras hasta casi los 70 años. Un fenómeno del turf que El Gráfico también reflejó en sus páginas.

En la 'Police Gazette', de Nueva York, apareció hace poco la noticia de que, en Buenos Aires, el jockey Irineo Leguisamo había ganado siete de las carreras de una reunión, y había entrado segundo en la octava. Parece que no les causó mucha gracia la novedad y se negaron en un principio a creer que realmente estaban frente a un caso único en la historia del turf. Se pusieron a revolver archivos y a interrogar autoridades en materia de carreras, para sacar a luz algún hecho anterior que privara a Irineo de sus bien ganados laureles. Pero es de presumir que no encontraron nada y… deben admitir que un criollo está en poder de un importante record mundial que les resultará muy difícil superar”. Lo contaba El Gráfico del 26 de marzo de 1932, en alusión a aquella memorable jornada de Palermo del 13 de diciembre del año anterior.

La larga vida de este corredor de caballos se engarza con los albores de El Gráfico, cuando la revista dedicaba algunas páginas al turf, afición de gran raigambre en la Argentina, como puede apreciarse en las películas, los diarios, el teatro y los tangos. Uno de estos últimos, escrito por el italiano Modesto Papávero en 1925 para el espectáculo de revista "En la raya lo esperamos", donde lo cantaba Tita Merello, alcanzó fama nacional en la voz de un burrero empedernido, Carlos Gardel. Se trata de "Leguisamo solo", la más famosa composición dedicada a un jockey, precisamente, el más descollante de nuestro país.

El Pulpo es el jockey más destacado de la historia argentina. Su jinete más admirado era Benjamín Gómez: “Lo más grande que vi en mi vida. Guardaba la posición elegante hasta para trampear”.

PULPO TENÍA QUE SER

“Legui”, como se lo conocía, había nacido en 1903 en un pueblito uruguayo, Arerunguá, cuyo significado en el idioma nativo preanuncia lo que sería su vida: lugar de los que perduran. “Ganó 21 veces la estadística de Palermo y San Isidro, 14 de ellas consecutivas entre 1923 y 1936; la última en 1952. Cruzó primero el disco alrededor de 4.000 veces, incluyendo 18 triunfos en las pollas de potrillos y potrancas, 7 en el Gran Premio Jockey Club, 5 en el Nacional, 10 en el Carlos Pellegrini y 11 en la Copa de Oro”. Semejante currículum sirve de copete a la entrevista que le hizo Renée Salas el 15 de mayo de 1984, cuando Leguisamo vivía en la Avenida del Libertador. En ella, entre muchos temas, cuenta de sus doce días de ceguera e inmovilidad cuando fue operado, en octubre de 1937, por un terronazo en el ojo. “Todos creían que mi carrera de jockey había terminado. Volví a las pistas seis meses después. No era el mismo, claro. Me faltaba práctica. Pero de esas yo pasé mil”. También le habla de su amistad Palito Ortega; con dos de sus caballos (Mac Honor y Bablino) dejó de correr (y ganó ambas carreras) en 1972. “Un cronista uruguayo lo había bautizado 'El Pulpo', por la forma en que se prendía a los contrarios. Impuso aquí sus aptitudes excepcionales. Ya en 1923, encabezó la estadística con 69 triunfos y ocupó el primer puesto durante muchos años”, señala la revista en una de sus historietas de personajes reales del deporte, zaga titulada “Vida de famosos deportistas”. Otro cronista de El Gráfico, Osvaldo Ardizzone, lo había visitado –a principios de la década de 1960– en su casa de la calle Gorostiaga. Lo describe como un hombre lacónico, seco, retraído. “Corro a todos los caballos con el mismo amor que le tengo a la profesión. Yo siento todo. Al público, a las carreras, a mi trabajo. Tengo amor por mi profesión y por el caballo”, dice el pequeño gran hombre, abonado al Colón y golfista, antes de levantarse raudamente para cambiarse “para el fotógrafo”, nada menos que Ricardo Alfieri (padre). La fiel esposa, Delia (“Meme”) del Río, toma la posta: “¡Si usted supiera lo que sufrió cuando la rodada de Criollo! ¡Pobre Legui! El Maestro rodó con Criollo en 1948 -acota Ardizzone-. Fue la peor de todas sus rodadas. Fractura triple de tibia y húmero. Ese accidente lo obligó a estar 'parado' ocho meses”. Y Delia sigue: “El cuidador Carlos Mucklow le ofreció la monta de un animal que se llamaba Kanay. ¿Pero cómo iba a correr si hacía meses que no iba a la cancha, que no había subido nada más que al caballo mecánico?”. Mucklow lo convenció: “Correlo, Legui, que reprisás ganando. Es un pingo, y anda muy bien”. Para Legui era la vida. Y remata Ardizzone: “Ganó Kanay. Y fue fiesta para todos. Para doña Meme. Para el Hombre. Para Mucklow. Para los pañuelos blancos que lo hicieron llorar cuando llegó a la balanza temblando como un aprendiz de cuatro kilos”.

Amigos entrañables Gardel y Leguisamo le dieron lustre al acervo. El tango “Leguisamo solo” es uno de los preferidos en el repertorio del Zorzal Criollo.

El 3 de diciembre de 1985, Irineo Leguisamo falleció en la Ciudad de Buenos Aires. Curiosamente, ese martes aparece en El Gráfico la nota “El Pulpo no morirá jamás”, una despedida. Como las revistas deben cerrarse con un par de días de antelación, Carlos Irusta, autor del artículo, confesó que fue un acierto del director, Ernesto Cherquis Bialo, anticiparse a lo que era un final inminente e inmediato. La creación de Irusta está llena de poesía: “A los tres años se subió por primera vez a un pingo y entonces entendió por qué Dios le había dado dos piernas y dos brazos. Y siendo aún un pibe de 16 años, una mano se le posó en su hombro  y un par de ojos negros negros y ligeramente tristes lo recorrieron de arriba abajo con un gesto entre pícaro y desconfiado como diciendo '¿Así que vos sos el fenómeno que dicen?'. Fue en Maroñas, ganó las tres carreras y entonces esa mano ya no se posó más sobre su hombro sino que atrapó la suya… La mano de Gardel apretando la suya. Y el Pulpo –que jamás usaría reloj, como para pisotear definitivamente las horas y los minutos– viniendo para Buenos Aires, ya todo un jockey para conquistarla definitivamente y dejar su huella en todos los adoquines y su corazón en las estrellitas picarescas de los trolleys de los tranvías”. Y ese día cruzó el disco triunfal de la leyenda de los hipódromos.