¡HABLA MEMORIA!

Herminio Masantonio: Guapo y varón

- por Redacción EG: 27/02/2018 -

Símbolo indiscutido del fútbol criollo, de garra, fuerza y precisión. Ídolo sin vueltas de Huracán. Su sola presencia imponía respeto en cada cancha y era sinónimo de gol en cada ataque: marcó 259.

EL GLOBITO en el pecho, junto al corazón. Masantonio, un símbolo, un ídolo sin calendarios. Un 9 de aquellos.

CALLES DESPAREJAS. Barrio amasado en trabajo, callejón, sangre y charcos de agua de lluvia. Dicen que allí nació el tango: “Nació en los Corrales Viejos / allá por el año 80 / Hijo fue de una milonga / y un pesao del arrabal”, reza una poesía.

Los Corrales Viejos... En las calles Catamarca, Boedo, Chiclana y Famatina, se faenaban ganado porcino y vacuno, y en cada degüello, la roja sangre se mezclaba con el barro... Fue allí, se dice, donde transcurre el cuento “El Matadero”, de Echeverría... Los Corrales Viejos... Llamado también El Barrio de las Ranas, que se desparramaban en los charcos... Y llamado también El Barrio de Las Latas, justamente porque así vivían muchos que no tenían otra cosa para cobijarse, que latas, cartones y géneros... “Del barrio de Las Latas / se vino pá Corrientes / con un par de alpargatas / y pilchas indecentes”, cantaba Tita Merello. También se conoció al barrio como el de la Quema, en donde los “cirujas” –que tenían la precisión de cirujanos– iban eligiendo los restos que les convenían...
Hoy el barrio es el Parque de los Patricios. La antigua calle Grito de Ascencio cambió de nombre por el año 2000, aunque sea apenas por unos metros entre la avenida Zavaleta y la calle Iguazú... Fue la primera vez que una calle cambió de nombre para llevar la de un jugador de fútbol, de la misma manera que en Ensenada, en Villa Albino, también se dio el mismo caso. Y no es todo, puesto que frente a la sede social del Club Atlético Huracán se levantó el primer monumento en Latinoamérica a un futbolista.

Así, la calle del Parque de los Patricios, la de Ensenada y el monumento, tienen algo en común: los tres llevan el nombre de un jugador, símbolo del Globito, símbolo de una época, y símbolo de una manera de encarar la vida: Herminio Masantonio, quien, como alguna vez tituló en El Gráfico el gran Osvaldo Ardizzone, fue “Un hombre de verdad”. Esta es la historia del hombre, estos son apuntes sobre un jugadorazo...

NACIO EN ENSENADA, en la provincia de Buenos Aires, pero fue en el Club Atlético Huracán en donde más que brillar, capturó la admiración de su hinchada, la de sus compañeros y hasta la de los extraños. Jugó en el club a lo largo de doce años. Desde 1931, en el comienzo del profesionalismo, hasta 1945, tras una pasada por el Defensor Sporting del Uruguay, en el 43, por el Banfield del 44.
Rafael Masantonio llegó por 1880 a estas tierras. Atrás dejaba su pueblo natal en Italia. Y, entre sus brazos, estaba Guerino. Don Rafael y su esposa trajeron a este mundo a otros nueve hijos más, en total: seis varones y cuatro mujeres. Herminio, nacido el 5 de agosto de 1910, fue el cuarto varón. Don Rafael, el padre, era albañil. Allá en Ensenada, en donde recaló la familia, los chicos apenas dejaban los juguetes cuando ya estaban trabajando, especialmente en los frigoríficos, porque había que “parar la olla”, como se decía entonces.

Herminio andaba por los catorce años cuando terminó el colegio primario –un sexto grado aprobado, en ese entonces, era como un diploma del secundario– y también él salió a trabajar, a buscar las chirolas. Primero, en un frigorífico, como peón de embalaje en Swift, y después, junto al padre, cargando baldes, dándole a la cuchara... sacando músculos.

Hay que imaginárselo: un muchachito callado, a veces casi hosco, que se aguantaba en silencio una paliza paterna porque no hacía caso y se iba a “jugar a la pelota”, en el baldío de enfrente. Un chico curtido por el trabajo y la hambruna, que en un pequeño Boxing Club de Ensenada empezó a descargar sus broncas dándole a los guantes, saltando a la soga, aprendiendo la nobleza de estar frente a un rival, cara a cara, sin trampas ni rodeos, peleando por ser el mejor.

Sí, anduvo dándole a los guantes, pero el fútbol pudo más. “Todos sabíamos que jugaba –contó alguna vez su hermano mayor, Guerino–. Jugaba en un club que se llamaba Villa Albino, en la Liga Platense, pero no pasaba mucho, aunque todos hablaban de él como un futuro gran goleador. Y como papá no quería que jugara, él hacía lo que podía. Lo buscaron de Estudiantes y también de Gimnasia, pero no sé qué pasó que no lo contrató ninguno de los dos y así llegó a Huracán... Tenía veinte años, y estaba en el servicio militar. Esa época era toda una locura, porque los clubes buscaban  desesperadamente a shoteadores. Así que lo contrató don Tomás A. Ducó, y para ganar, no necesitó nada de nada, porque debutó haciéndole tres goles a Quilmes”.

UNA PAUSA para el goleador.

EL ROMANCE entre la hinchada del Globo y el goleador va mucho más allá del nombre de una calle o de un monumento, porque tiene que ver con los lazos del corazón, de la historia, del agradecimiento y del orgullo.

Sinónimo de gol, de guapeza, de reciedumbre y de personalidad. Se fue metiendo en la leyenda de la misma manera que se impuso en la cancha, de puro guapo. Masa, como lo llamaban muchos, se convirtió en lo que es, un símbolo que a través de los años persiste en el recuerdo hasta de aquellos que ni lo vieron. Nadie olvida aquella tarde, en la cancha de Lanús, cuando salió adelante del equipo, rodeado por unos cien hinchas locales furiosos que, sin embargo, no le tocaron un pelo. Ni de algunas de sus peleas hombre a hombre, como cuando se enfrentó en la cancha a Lorenzo Fernández –un caudillo uruguayo de aquellos– y lo puso nocaut. Fue cuando la final del Sudamericano del 34 entre Argentina y Uruguay. Lorenzo Fernández era considerado un intocable, pero el pibe le metió el cross y a otra cosa. Sí, el mismo Lorenzo Fernández que cuando Masa estaba en el hospital, seriamente enfermo, se vino del Uruguay para decirle: “Ñato, no aflojés ahora, vos que nunca aflojaste, no te achiqués ahora...”.

Y ni qué decir del testimonio del gran Tucho Méndez: “Lo quise desde el primer día que lo ví, fue mi gran ídolo... Lo esperaba todos los días en la puerta del estadio para entrar junto con él, porque quería tenerlo cerca, que todos supieran que Herminio era mi amigo... Llegué a jugar con él y fue el momento más feliz de mi vida... Te hacía sentir protegido, porque era eso, un protector...”.

EN LA Selección Argentina marcó 21 goles en 19 partidos. Admirable.

EN LA CANCHA era cosa seria, tanto que sus 259 goles en 367 partidos de Primera son una marca indeleble de su puntería y de su fuerza. Cabeceador, potente, junto con Bálsamo (luego vino Tucho Méndez) y Baldonedo (más tarde apareció Simes), formó tríos inolvidables. Entre 1937 y 1939 estuvieron sus mejores años, con 28 goles cada uno. Ganó el Campeonato Sudamericano de 1937 y el de 1941 luciendo la camiseta de la Selección y fue el máximo goleador en los Sudamericanos del 35 y del 42: con la celeste y blanca metió 21 goles en 19 partidos. Fueron sus años, aquellos años treinta, años del Café Benigno, donde paraban González Castillo, o el Negro Celedonio Flores, boxeador y poeta, o el gran Homero Manzi, el autor de Sur. Cuentan los que lo conocieron que parecía un personaje salido de un tango, con su pantalón fantasía y un eterno cigarrillo Sublimes en la mano –le gustaba pitar fuerte–. A veces, cuando se concentraban en Banfield, se ponía un “saco de fumar” como se le decía entonces, todo bordado con alamares y se tiraba en la cama. Prendía un cigarrillo y pegaba el grito: “¡Tuchito, vení a hacer el mate!”. Y ahí iba Tuchito, Tucho Méndez, orgulloso de acompañar al crack, al ídolo, al amigo, que disfrutaba escuchando discos de Gardel o de Magaldi, y que, cuando podía, se iba al Nacional o al Germinal, aquellos cafés de la calle Corrientes en donde por veinte centavos, uno podía tomarse un café y escuchar, por ejemplo, al Gordo Aníbal Troilo o a Alberto Morán, de quienes fue muy amigo...

EMILIO BALDONEDO, que jugó junto a él, contó que “No era el jugador de gran habilidad, ni de gran clase, pero era muy buen jugador. De esos para ganar partidos, para reaccionar en la derrota, para contagiar a todo un equipo. Y cuando Masa entraba por los laterales, y sobre todo por la izquierda, había que ir a cobrar... Era número puesto, ya se gritaba el gol antes de que shoteara. ¡Y cómo pegaba! Con un fierro y, al mismo tiempo, con una precisión impecable...”.

Se retiró en 1945, tras haber jugado 349 partidos para Huracán con 254 goles convertidos. En total jugó en 367 partidos con 259 goles. Se despidió en la reserva de Huracán, contra River, y con un gol y se dedicó a formar pibes, que siempre lo reverenciaron. Tímido y callado fuera de la cancha, un león adentro de ella, que cuando había un problema siempre era el primero en copar la parada. “Ustedes vayan, son muy pibes para estas cosas”, decía. Como alguna vez definió don Adolfo Pedernera, “Fue un Robin Hood de la vida”.

Ubicado detrás de Arsenio Erico y de Angel Labruna, fue un 9 de pura raza. “Se le recordará siempre proyectado hacia delante, en el vértice de las dos alas, volando o arrollando”, escribió un anónimo colega de La Nación, en su necrológica (murió el 11 de septiembre de 1956). Fue velado en la sede del club, que decidió, además, entornar las puertas de la entidad y colocar la bandera a media asta. Fue sepultado en el cementerio de la Chacarita.

El poeta Francisco García Jiménez y el músico Miguel Padula, le hicieron un tango, El Mortero del
Globito: “Y grita la barra de Parque Patricios / Tirá Masantonio, Herminio, tirá/ y si tira Masantonio / no hay nada que hacerle ya está el gol...”, que grabó la Orquesta Típica Víctor, con la voz de Alberto Gómez.

Cuando ya estaba viviendo sus últimos años, formó un equipo de barrio, que vestía la camiseta de Huracán. Se llamó “Contra viento y marea”. Y como definió Osvaldo Ardizzone, “Así había vivido... contra viento y marea”

Por Carlos Irusta (2012).

Por Redacción EG: 27/02/2018

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