LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Origen del dribbling criollo

- por Redacción EG: 02/02/2018 -

POR BOROCOTÓ. El uruguayo Ricardo Lorenzo engrandeció a El Gráfico con su pluma cargada con alma de barrio. Este texto publicado hace 90 años ahonda en los orígenes y la invención de una acción de juego criolla por excelencia: el dribbling. Directo a los libros de historia.

1939. Vicente De La Mata de Independiente, dribliador criollo, deshaciéndose de Minella, Vasini y Santamaría de River camino a convertir uno de los mejores goles de la historia.

En la edición 480 de El Gráfico de 1928 en la sección llamada ESTUDIO EN FA...RRA, Borocotó firma este ensayo, verdadera obra de arte del periodismo deportivo:

Origen del dribbling criollo

Por BOROCOTÓ

Por lo general, los historiadores nunca están de acuerdo. Todos tienen diversas apreciaciones sobre los mismos hechos. Solamente estuvo bien aquel que dijo que la historia era la murmuración de los siglos, así como la murmuración era la historia de un día. De ahí que yo no recurra a mayores documentaciones para hacer este estudio sobre el dribbling y lo interprete a mí modo. Modo criollo, sin duda alguna. En tiendo que el dribbling en el football revela el temperamento de quien lo ejecuta y que, por esa misma circunstancia, el nuestro es el más gracioso, no porque lo seamos más que los andaluces, sino porque esa predisposición ancestral a las cachadas que llevó a nuestros forwards a burlarse de la manera más habilidosa de los halfs. Se podrá argüir que es de esa procedencia inglesa. Estoy de acuerdo, pero tan sólo en la procedencia, pues si a Garay se le ocurre venir antes a Buenos Aires y a Solís hacer lo propio en su visita a las colonias, no sólo nos habría correspondido a los rioplatenses el honor de ser los inventores del football y sus dribblings, sino de otras muchas cosas más.

1956. El “Cabezón” Sívori en River. Su juego de potrero lo importó Italia para volver locos a los europeos.

Existen razones poderosas que nos permiten creer en la bondad de nuestro dribbling: las jiras (escrito así en el original) de los teams del Río de la Plata al Viejo Continente y la venida de los escoceses, quienes, después de verla pasar en todas las direcciones y en forma caprichosa, pretendieron ensayar las mismas mañas olvidando que la copia vale menos que el original y que un inglés no pueda cantar un tanto a lo Gardel. Y si esto no bastara para corroborar lo que expongo, podría decir que toda nuestra vida se compone de sucesivos dribblings. Dribleamos a la pobreza con sonrisas de eternos optimistas, dribleamos sobre el piso encerado de las milongas, dribleamos a los prestamistas que nos persiguen hasta la muerte con los pagarés, dribleamos en el amor y, muchas veces, llevados algunos por románticas aventuras de bohemios, hemos visto driblear las milanesas en nuestras imaginaciones. Si nos da por abrir el baúl de nuestros recuerdos, surgen inmediatamente rostros de novias que permanecían semiolvidadas y driblean a sus añoranzas en nuestros pobres corazones que nos abdicaron por sentir ansias infinitas de eternos dribblings…

1973. El Loco Houseman desparramando rivales en Huracán como en una canchita.

CÓMO SE INVENTÓ

El pibe reo había caído accidentalmente en una cancha de football en aquellos tiempos que no tenían tribunas y que no se cobraba entrada. Allí vio jugar a los primeros que lo hicieron por estos pagos. Pertenecían ellos a la colectividad inglesa. El pibe contempló el espectáculo con ojos entre indiferentes y extrañados. No le interesaba, no llegaba a su alma sedienta de emociones. Era aquello más una demostración de fuerza que de habilidad. Vuelto al conventillo, reconstruyó las escenas, mientras con unos trapos y piolines construyó una pelota. No lo hizo por espíritu de imitación, sino porque necesitaba un entretenimiento barato. Realizada la obra quiso gozarla, pero se aburría de shotear hacia adelante y volver después a hacer lo mismo hacia el anterior lugar. Imaginó un goal y marcó una larga serie de tantos hasta que, cansado, colocó un arquero con la imaginación. Durante unos pocos instantes consiguió entretenerse; luego tuvo que hacer una radical innovación corriendo del back al goakeeper invisible; y, siguiendo en ese proceso, lo colocó después de half, al cual esquivó en rápidas carreras. Pero también se aburrió. Su alma estaba pletórica de creaciones. Más arte, más viveza, más belleza y emoción le solicitaba. No era el caso meter goals a cañonazos. No debía imitar, sino reformar. Siguiendo entonces el dictamen de su interior, una vez que había eludido al half, volvió hacia atrás con la pelota, como si se hubiera arrepentido, y le engañó con pasecitos cortos. En una de esas dejó la pelota y salió corriendo solo: la treta fue eficaz porque el half lo siguió ingenuamente y tuvo que volver hacia atrás cuando el pibe, sonriente, lo esperaba otra vez con su juguete para hacerlo objeto de una nueva burla.

Así, jugando imaginariamente, dejándose muchas veces arrebatar la pelota por el half invisible, logró matar un rato de ocio, hasta que cayó iracundo el capataz del conventillo, quien venía a quitarle el objeto de su entretenimiento. El primer impulso del pibe fue agarrar la pelota con la mano, pero recordó los anteriores ensayos y lo esperó con serenidad para hacerle el dribbling y enfilar hacia la pieza. Fue su primer triunfo: eludió a un half auténtico y metió goal debajo del catre.

1986. Diego Maradona contra Inglaterra a punto de terminar la obra maestra del dribbling criollo en los Mundiales.

DISTINTAS HIPÓTESIS

Si toda la historia se compone de hipótesis y cada lector tiene el derecho de considerar verosímil la que sea de su agrado o aquella que según su criterio deba admitirla, algunos podrán aceptar la que dejé expuesta acerca del origen del dribbling; pero como el deber del periodista es escribir para todos los gustos, voy a presentar otra hipótesis que tiene tanto valor como la primera.

Se jugaba en los potreros, los teams eran hasta de veinte por bando, y la cancha resultaba chica para tantos jugadores. Algunos se pasaban toda la tarde sin pellizcarla siquiera, y los más afortunados no iban a pasar la pelota para que al compañero se le ocurriera marchar hacia adelante corriendo como loco. Después de un buen rato codiciando el globo, no se iba a sentir tan filántropo pasándoselo al compañero, máximo cuando éste no haría alarde de igual correspondencia. De ahí que se comenzara a esquivar a cuanto contrario saliera al paso, realizando para ello ingeniosos firuletes que más tarde valieron la consagración en las canchas cuando el football criollo adquirió, mediante este adorno, fisonomía propia. Siendo el espacio reducido como para correr libremente unos metros y habiendo tantos jugadores cuyo número hacía muy difícil el obtener la pelota con frecuencia, lo más razonable era el aprovechar debidamente la oportunidad de saciar un poco los deseos cuando la casualidad o una jugada acertada hacia a uno dueño momentáneo del globo.

Acaso esta hipótesis esté más cerca de la verdad que la anterior, ya que existen razones poderosas para suponer que nuestro buen football tuvo laboratorios esos campitos que luego han desaparecido en su mayor parte como consecuencia de un rápido progreso edilicio. En Inglaterra, el football se ha enseñado y se continúa haciéndolo en los colegios. Aquí las cosas han ocurrido al revés: las mejores cátedras se dictaron en los terrenos baldíos, y cuando alguno pretendió realizar una jugada en el patio de la escuela, en los momentos de recreo, fue a parar detrás del pizarrón por travieso, por falta de respeto, por desobediente, por todas esas cosas que siguen repitiendo los maestros sin imaginación.

2017. Lionel Messi frente a Rusia, digno heredero de los mejores dribliadores nacionales. Foto: Alejandro Del Bosco.

EL MONUMENTO QUE FALTA

El Uruguay se hizo conocer en Europa por los dribblings de sus jugadores. La Argentina, por ser la más grande potencia de la América del Sur, no ha necesitado de sus footballers para dar a conocer su existencia; pero no cabe duda que, después de la demostración efectuada en el rectángulo olímpico de Ámsterdam, se la conoce más. Se había conocido siempre el valer de nuestros novillos congelados, la calidad de nuestros cereales, pero no mucho los elementos que pueden representar al pueblo, pues las embajadas siempre son la representación de una minoría. Siendo así, nada más lógico que se haga un lugar en cualquier paseo para levantar un monumento al inventor del dribbling. ¿Acaso no se lo merece? ¡Hay tantos novillos de bronce por ahí diseminados! Y, si vamos a hablar en plata, los novillos no han hecho otra cosa que engordar para después marchar al frigorífico a morir de un mazazo en la nuca. Y una cosa es cubrirse de grasa en un potrero de invernada y otra muy distinta es driblear en un potrero donde hay como cuarenta “novillos” que intentan destruir la jugada. Se me dirá que es un razonamiento de Perogrullo. Y no es así: es tan sólo un fruto de la imaginación de un exaltado dribbling.

Si se hiciera ese monumento, tendría que ejecutarlo un escultor con alma rea, uno que gustara del football, sujeto difícil de encontrar, pues los escultores de la actualidad admiran a Fidias, Praxiteles, Mirón y otros d ela época griega; pero no buscan en el deporte temas de inspiración. Mejor dicho, no tienen ojos para verlos. Sin embargo, por si alguno se anima, ahí va una idea que puede dar el símbolo del inventor del dribbling:

Un pibe de cara sucia, con una cabellera que le protestó al peine el derecho de ser rebelde, con dos ojos inteligentes, revoloteadores, engañadores y persuasivos, de miradas chispeantes que suelen dar la sensación de la risa pícara que no consigue expresar esa boca de dientes pequeños, como gastados de morder el pan “de ayer”. Unos remiendos unidos con poco arte servirán de pantalón. Una camiseta a rayas argentinas, demasiado descotada y con muchos agujeros hechos por los invisibles ratones del uso. Una tira atada a la cintura, cruzando el pecho a manera de banda, sirve de tirador. Las rodillas cubiertas de cascarones de lastimaduras que desinfectó el destino; descalzo, con alpargatas cuyas roturas sobre los dedos grandes dejan entrever que se han efectuado de tanto shotear. Su actitud debe ser característica, dando la impresión de que está realizando un dribbling con la pelota de trapo. Eso sí: la pelota no puede ser otra. De trapo y, con preferencia, forrada con una media vieja.

Si algún día llegara a instalarse este monumento, seríamos muchos los que ante él nos descubriríamos como ante un altar.

Ricardo Lorenzo “Borocotó” (1928)

Por Redacción EG: 02/02/2018

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