Notas de la revista

Colin Kaepernick, el hombre que nunca estuvo

Como protesta pacifica, se negó a estar de pie durante el himno de los Estados Unidos, hizo arder a Donald Trump y desde entonces desató una reacción en cadena sin precedentes en el deporte norteamericano. La historia de uno de los deportistas de 2017, aunque no jugó ni un minuto.

¿Qué tan fuerte puede hablar el silencio? ¿Qué tanta repercusión puede tener el no hacer nada? Durante dos partidos, la respuesta a ambas preguntas fue terminante. El silencio no hacía ruido ni generaba ninguna reacción. No hubo repercusión alguna el 14 de agosto. Tampoco explotaron las redes el 20 de agosto. Hasta que llegó el tercer partido y alguien, finalmente, lo notó. ¿Qué demonios está haciendo Kaepernick?

Colin Kaepernick, el mariscal de campo de los San Francisco 49ers, se había quedado sentado durante el himno nacional de los Estados Unidos. ¿Qué pasaba? ¿Por qué lo hacía? ¿Era realmente adrede? Nadie jamás se había animado a tanto.
El Star-Spangled Banner tiene dos siglos de existencia, pero recién fue reconocido como canción oficial por el presidente Herbert Hoover, en 1931. Su mayor connotación político-deportiva había sucedido en los Juegos Olímpicos de 1968, cuando Tommie Smith y John Carlos levantaron el brazo y cerraron el puño con un guante negro, el black power salute de Ciudad de México.

Nada hacía imaginar que el siguiente episodio de esta cadena llegaría en un insignificante partido de pretemporada de la liga de fútbol americano, casi 50 años después, el 26 de agosto de 2016.

Los terremotos no pueden prevenirse. Se sabe que hay condiciones preexistentes, se sabe que hay zonas sísmicas, pero el momento exacto en el que ocurrirán, el cuándo, el cómo y el qué tan fuerte son siempre un misterio. El terremoto en el deporte estadounidense empezó a las 11:02 de la noche de ese 26 de agosto, gracias a una foto panorámica sacada por la periodista Jennifer Lee Chan, de Niners Nation, publicada en twitter.

Chan, que sigue a los 49ers, acumuló apenas 27 retweets y 73 likes en esa publicación, bastante típica de lo que puede ser el tweet de cualquier periodista desde las tribunas. La foto muestra el gigantesco campo de juego, buena parte de las tribunas (semivacías), los bancos de suplentes. Los jugadores y colaboradores, parados en forma desordenada, no llegan al medio centímetro de altura. La cabeza de Kaepernick, escondida entre dos tarros de bebidas, es un pequeño lunar que apenas se mide en milímetros. Chan no se percató de lo que ocurría, aunque sí advirtió el desorden reinante.

Pero entre algunos que sí advirtieron el gesto de Kaepernick, más la foto-documento subida por la periodista, las redes sociales hicieron el resto. Aplicando zoom, crop y todas las herramientas posibles mediante, se llegó a tener, con suficiente nitidez, al pixelado número 7 casi desaparecido detrás de la mesa de bebidas. A los pocos minutos, los 49ers tuvieron que emitir un comunicado de prensa en el que confirmaban que Kaepernick se había quedado sentado durante el himno.

Rodilla a tierra, mirada desafiante. Con ese gesto, Kaepernick desató una reacción en masa.

El himno estadounidense está presente en cualquier espectáculo deportivo, aunque las únicas polémicas que solía generar pasaban por la calidad en la interpretación de quien lo cantara, generalmente a capella. Hasta que llegó Kaepernick y cambió el paradigma.

“No me voy a parar para mostrar mi orgullo por un país que oprime a la gente negra y a la gente de color. Para mí, esto es más grande que el football y sería egoísta de mi parte mirar hacia otro lado. Hay cuerpos en la calle y gente a la que le pagan por salir indemne del asesinato”, le dijo Kaepernick el 27 de agosto de 2016 a Steve Wyche, de NFL.com.

Las protestas habían comenzado en 2014 con la muerte del adolescente Michael Brown en Ferguson, Missouri, a manos de la policía; siguieron en 2015 en Baltimore, Maryland, tras la muerte del detenido Freddie Gray, nuevamente con responsabilidad policial; y terminaron de explotar en 2016, con las manifestaciones masivas en Nueva York, Chicago, Minnesota y Lousiana (261 arrestados en total), tras nuevos casos de gatillo fácil en St Paul y Baton Rouge. 

Es este el contexto en el que Colin Kaepernick decidió que no podía mirar para otro lado. Justo lo que nadie esperaba que hiciera. “Me voy a quedar de pie junto a la gente que está siendo oprimida. Cuando haya un cambio significativo y sienta que la bandera representa lo que debería representar, y el país representa a la gente de la manera en que debería hacerlo, me voy a parar en el himno”, amplió Kaepernick un día después. Y como si supiera lo que acababa de generar, dijo: “Veo que pasan cosas a gente que no tiene voz, que no tiene una plataforma para hablar y ser escuchada. Yo estoy en una posición desde donde lo puedo hacer y lo haré por aquellos que no pueden. Esto puede unir a este equipo. Puede unir a este país. Si tenemos estas conversaciones que son incómodas para un montón de gente. Si tenemos estas conversaciones, hay un mejor modo de entender desde dónde venimos”.

El problema es que era el himno. En ese extraño momento donde se mezclan tradición y patria, en esas 4 estrofas de 8 versos cada una, no había habido márgenes para la discusión ni la protesta. Se termina cantando por la confianza en Dios, y aclamando a la bandera que flamea en la tierra de los libres y al hogar de los valientes. El contraste con alguien que se sentaba ante eso no dejaba de ser chocante.

La NFL se apuraba en explicar en un comunicado que no había obligación de participar del pie en el himno nacional. El club también escribía su propio statement: “El himno es y siempre será una parte especial de nuestra ceremonia previa al partido, una oportunidad de honrar nuestro país y de reflexionar sobre las grandes libertadores que se nos entregan como ciudadanos. Al respetar esos principios de libertad de religión y de expresión, reconocemos el derecho de un individuo de participar, o no, en nuestra celebración del himno nacional”, publicaban los 49ers.

El jugador de 28 años, en tanto, confirmaba que su decisión no había sido comunicada previamente. “No es algo que dejaré en manos de alguien; no estoy buscando aprobación. Tengo que ponerme de pie por los oprimidos. Si me sacan lo que tengo, al menos sé que defendí lo que era justo”. En inglés, “estar de pie” y “apoyar” tienen el mismo verbo: “stand”. El club, la NFL y prácticamente todas las estructuras existentes querían que Kaepernick estuviera de pie para enterrar el tema. Kaepernick elegía hablar del otro stand, el de apoyo a los que él deseaba apoyar. 

Fueron más casos los que se arrodillaron que los que se quedaron de pie. Silencio y respeto como llamado a la reflexión.

Rebelarse al himno nacional le habría ocasionado problemas mucho más graves en cualquier década del siglo pasado, es cierto. Pero incluso en 2016, esa semana donde Kaepernick se hizo visible no fue nada fácil de digerir. Muchos tomaron su gesto como una falta de respeto hacia el país, hacia sus ideales, hacia sus fuerzas de seguridad y, por consiguiente, hacia sus soldados. Los caídos en el frente. Los que volvieron mutilados. Los que todavía están diseminados en Africa y Medio Oriente. Mezclar era muy fácil. Y en plena campaña presidencial, más fácil todavía. Una cosa era protestar, otra pisotear las tumbas. Todos tenían algo para decir respecto de la inédita reacción del mariscal.

A la semana siguiente, el 1ro de septiembre, Kaepernick eligió arrodillarse. Protestar de rodillas, analogía brillante si las hay, terminaba de cerrar el círculo. No hay gesto más universal que implique sumisión y reverencia. Durante siglos, la gente se arrodilló con la pierna izquierda delante de un rey o de un papa; apoyó la rodilla derecha como genuflexión ante Dios; y dejó ambas rodillas en el suelo para rezar, tanto en el cristianismo, el islam y el hinduísmo. Kaepernick se arrodilló para protestar. Y a la semana de haberse transformado en el personaje incómodo, consiguió su primer aliado, su compañero Eric Reid.

Nate Boyer, de los Seattle Seahawks, fue uno de los que primero llamó a Kaepernick para expresarle su disgusto. (Estamos en 2017, avergüenza hacer esta aclaración, pero Boyer es blanco). Boyer era una especie de Cenicienta de la NFL. Llegó en 2015, con 34 años, después de haber servido seis años en Irak y Afganistán. Anteriormente, había ayudado a construir campos de refugiados en Sudán, después de haber probado, sin suerte, convertirse en actor de Hollywood. Pero la atención no es para Boyer, por muy refrescante que sea su historia. El tema es esa inspiradora conversación con Kaepernick.

“Hablamos de cómo volver a encauzar el mensaje, de no excluir al ejército, ni a los que luchan por nuestro país, pero en mantener en foco a los temas que existen. Y mientras hablábamos, ahí surgió lo de arrodillarse. Porque hay temas que necesitan tener visibilidad pero al mismo tiempo (arrodillarse) era una manera de mostrar más respeto a los hombres y mujeres que luchan por este país”, dijo Kaepernick tras la victoria contra San Diego Chargers, antes de donar su primer millón de dólares a un fondo a organizaciones que luchan contra el racismo. En una semana, la protesta de Kaepernick adquirió el simbolismo máximo. Era alguien que empezaba a hacer algo y se preparaba para sufrir las consecuencias.

Aunque parte del país estuviera en llamas, y otra parte se ilusionara con la llegada a la presidencia de Donald Trump, por entonces uno de los candidatos que más aglutinaba el interés mediático, que una estrella de la NFL se metiera de lleno en la situación social no fue algo precisamente bien recibido por el entorno. Uno de los primeros que lo defenestró públicamente fue el propio Trump: “Quizás deba buscarse un país que lo represente mejor”, dijo.

Es aquí, antes de la batalla final, donde corresponde hacer una pausa y enumerar la carrera de Kaepernick. Elegido por los San Francisco 49ers en 2011, después de haber acumulado 10000 yardas de pase y 4000 yardas corridas en la NCAA, empezó como quarterback de reserva pero terminó conduciendo a su equipo al primer Super Bowl desde 1994. Sin embargo, la relación con la dirigencia nunca fue demasiado buena. Kaepernick no era el alumno ejemplar que esperaban que fuera.

El mariscal de campo, 1,93 metros y 104 kilos, traía un bagaje de sensibilidad social que ni todos los contratos millonarios lograron doblegar. Sus preocupaciones venían desde sus días universitarios en Nevada, cuando se unió a la fraternidad Kappa Alpha Psi. Según contó Olumide Ogundimu, uno de sus miembros, entrevistado por el New York Times, la petición fue tomada con escepticismo: “Sos la estrella, sos mariscal de campo. Qué es lo que te falta que venís a buscar en nuestra fraternidad”, cuenta que pensó Ogundimu sobre aquel muchacho al que le faltaba un año para recibirse en negocios, y que tenía futuro en la NFL. Kaepernick buscaba conectarse con lo que sentía. Y también con su pasado.

Su padre biológico, afroamericano, lo abandonó antes de que él naciera, en Wisconsin en 1987. Su madre biológica, Heidi Russo, lo dio en adopción. Lo recibió el corazón de la familia Kaepernick, padre Rick y madre Teresa, hermano Kyle y hermana Devon, después de haber perdido a otros dos hijos por problemas cardíacos. Es con su familia que meditó y charló sus sensaciones y su decisión de protestar ante el himno de Estados Unidos.

Sus últimos días como mariscal de campo en los 49ers. Quedó libre tras las protestas.

Los terremotos no se pueden prevenir. Cuando ocurren, sólo queda mensurar los daños. La carrera de Kaepernick terminó el día que se sentó ante el himno de Estados Unidos. La NFL, por si vale aclarar, es uno de las corporaciones más conservadoras del deporte americano. Mientras algunos activistas de derechos humanos comparan a Kaepernick con Muhammad Ali, mientras el efecto viral logró que cada vez que suena el himno de Estados Unidos exista la expectativa de qué va a pasar, mientras la gente se agolpa en manifestaciones con “apoyo a Kaepernick” y “las vidas negras importan”, el número 7 se quedó sin equipo.

No hay explicación técnica, ni análisis basado en el complejo entramado de las estadísticas que forman el ADN de un jugador de la NFL, para explicar por qué ninguno de los 32 equipos decidió contratarlo para esta temporada. Mientras Kaepernick donaba parte de su salario a las ONG para luchar contra el racismo, muchos de estos dueños (por lo menos, siete) aportaban un bono de 1 millón de dólares a la campaña de Trump. El efecto post Kaepernick fue mucho más devastador. Mientras él decidió llamarse a silencio, para que la conversación se centrara en los temas que lo llevaron a protestar, el deporte estadounidense se puso de rodillas ante Kaepernick. Muerto el perro, la rabia quedó en boca de Trump.

En apenas tres días, más de 17 mil personas firmaron la petición en change.org para que los Green Bay Packers contraten a Kaepernick, confirmada la lesión de Aaron Rodgers. Kaepernick es, además, hincha de los Packers. Pero el entrenador Mike McCarthy excluyó cualquier posibilidad.

El efecto dominó y la reacción en cadena empezó en la liga más poderosa en el país, pero se extendió a las otras: la NBA y la Major League Baseball (MLB). Legendarias fueron las palabras de apoyo del entrenador de San Antonio Spurs, Gregg Popovich, y de LeBron James, entre otros. Para alguien cuya carrera se mide en yardas ganadas, Kaepernick dio el mejor pase. Hacer que se hable de los temas que pocos querían hablar.

En las fotos como la que sacó la periodista Lee Chan ya no hay ninguna cabeza escondida: son filas y filas de jugadores y asistentes de rodillas. Se llegó a algo impensado: alguno de los dueños de los equipos acompañando el gesto con la rodilla en tierra. Y a una intérprete que cantó el himno de rodillas. El vicepresidente, Mike Pence, se retiró disgustado antes de que empezara el partido de Indianapolis Colts contra San Francisco 49ers. “Cuando vi que tantos jugadores se ponían de rodillas, tomé la decisión. Habíamos hablado con el presidente sobre este tema. No es tan difícil que la NFL cumpla lo que pide el presidente Trump: respetar a nuestros soldados, respetar a nuestra bandera, respetar a nuestro himno nacional”, subrayó Pence.

Donald Trump había sido mucho más duro con una pregunta sin signo de interrogación: “No les gustaría que cuando alguien le falte el respeto a nuestra bandera, alguno de esos dueños de (equipos de) la NFL dijera: ‘Saquen a ese hijo de puta del campo ahora mismo, está despedido’”.

Kaepernick sabe que su movida fue tomada como un desafío político para la administración de Trump. Y en algún punto, el equipo del presidente puede estar conforme con la dimensión que cobró el tema. En los momentos donde arreciaban las críticas por el escaso apoyo a Puerto Rico tras el huracán, y donde se revelaban más detalles incriminatorios respecto del Russia-gate (que implicaría el conocimiento de Trump, sino su complicidad, de la existencia de hackers rusos para ayudarlo a ganar las elecciones), el país estaba hablando del himno nacional. Obra maestra de distracción, Trump se montó personalmente en este tema puertas adentro, mientras que recrudeció sus amenazas a Corea del Norte como política internacional. El presidente, en uno de sus tweets, admitió haber llamado al dueño de los Dallas Cowboys, Jerry Jones. “Es un ganador que sabe cómo hacer que las cosas. ¡Los jugadores se van a parar por el país!”. Kaepernick podría haber elegido la confrontación directa con @realDonaldTrump, pero en cambio, no respondió. Su jugada maestra nuevamente fue el silencio, dejar que todo el deporte hablara por él.

La audiencia de la NFL en los Estados Unidos tuvo una caída que obligó a los dueños a hacer una reunión de urgencia a mediados de octubre. Los estadios tampoco están llenos. Se sabe cómo empezó el efecto Kaepernick, pero todavía no se sabe hasta dónde llegará. Advertido de la concientización y la unión que está generando, quizás, dentro de poco, a Trump le interese hablar del huracán Irma o del Russia-gate para acallar las voces que piden, ni más ni menos, que igualdad y justicia dentro del país.

Por Martín Mazur / Fotos: AFP.

Nota publicada en la edición de Noviembre de 2017 de El Gráfico