ENTREVISTAS

Ezequiel Barco: “es un error creer que soy el salvador”

- por Darío Gurevich: 06/11/2017 -

Sabe que debe aportarle vértigo y picante al ataque de Independiente, pero no compra el cuento que muchos pretenden vender. La infancia humilde, el potrero que construyó con sus amigos, cómo lo cuidaron de la droga en el barrio, Milito, Holan y la competitividad que logró el Rojo.

Es apenas un pibe de 18 años que juega bien y tiene una proyección que entusiasma.

Basta de exageraciones. Su timidez no es como se pinta. Antes, incluso, era mucho más vergonzoso, característica que heredó de Omar, su padre. Introvertido como tantísimos, charló con este periodista durante 47 minutos de manera natural, sin histeria, en Villa Domínico. Su juego asombra, genera risas de felicidad y hasta ilusiona. Pero aún carece del encanto que surgía de los botines endiablados de ilustres atacantes de Independiente. A saber: no encara como Ricardo Bochini. Es lógico: Ezequiel Barco acredita apenas 18 años, está ahí nomás de alcanzar los 50 partidos en Primera y recién visualiza el amanecer en su carrera. Tiene tanta soga de crecimiento como detalles para moldear en su fútbol.

Las entrevistas extensas resultan fantásticas para conocer en profundidad al protagonista; también, para pulverizar estereotipos, falsos carteles que le colgaron al entrevistado. El santafecino, que nació el 29 de marzo de 1999 en Villa Gobernador Gálvez, es divertido, disfruta de los momentos y no se enrosca. No entiende nada sobre política y se entretiene al escuchar reggaeton y cumbia.

Su familia es el pilar. Omar y Esther son sus padres; María Eugenia (24 años), Paola (23) y Cristian (17), sus hermanos. Sus padres les transmitieron una sobredosis de cultura del trabajo a sus hijos. Omar trabajaba en una fábrica de ollas, y Esther limpia casas. Las prioridades eran y son sus cuatro soles.

-¿Todavía no convenciste a tu mamá de que dejara de trabajar como empleada doméstica?
-No; ella se crió trabajando, como mi papá. Es difícil sacarle esa actividad. Pero, bueno, le meto fichas para que se venga a Buenos Aires con nosotros. Ojalá la tenga para fin de año acá.
-La historia es diferente con Omar, ¿o no?
-Sí; cuando subí a Primera, decidí no quedarme solo en el departamento. Necesitaba del apoyo de alguien de mi familia. Mi papá me había dicho: “Si llegás a Primera, me voy a vivir allá con vos”. Así que tomó rápido la decisión. Mi hermano Cristian también está con nosotros.
-Verdadero o falso: ¿la casa de tus padres, la de tu infancia, era de tierra y de techo de chapa?
-Verdadero; era así. Una casa humilde, de barrio, en Gálvez.
-¿Pasaste necesidades de chico?
-No, nunca; me daban lo justo, lo necesario, y yo lo recibía con honor. Lo importante era comer y, en casa, se comía bien. Siempre les voy a estar agradecido a mis papás. Además, me apoyaron con el fútbol, yo seguí y cumplí mi sueño: jugar en Primera.
-¿Sos celoso de tus hermanas?
-Sí, muy celoso. Cuando hablaba con sus novios, les repetía que las cuiden.
-¿Qué priorizás en tu escala de valores?
-La humildad, siempre. La gente es como nosotros. Por ser jugadores de Primera, no somos más que nadie. Mis papás me enseñaron eso; también, a portarme bien.
-Contanos una anécdota de pibe y con los pibes en Gálvez.
-En la esquina del barrio, había un sector libre. El pasto estaba alto. Entonces, nosotros, que éramos chicos de ocho o nueve años, nos juntábamos a las 11 de la mañana y nos quedábamos toda la tarde para hacer la canchita. Usamos cañas para armar los arcos. Para nosotros la canchita estaba muy buena. Porque antes no teníamos nada.
-¿Ya pintabas bien desde chico?
-Sí, siempre recibía una patadita; los pibes juntaban bronca. Pero no pasa nada, son cosas del fútbol. Jugábamos en la canchita, que era un potrero. La mayoría de las cosas, para jugar al fútbol, las saqué de ahí. El potrero tenía pasto alto, piedras, pozos; era un desastre. Mirá lo que es esto (señala la cancha de entrenamiento de la Primera de Independiente); es un lujo. Me da gusto entrenarme acá, y ya no hay excusas (se ríe).
-¿Qué es en tu vida el Club Infantil Ingeniero Enrique Mosconi?
-Es importante; ahí empecé a jugar en cancha de siete.
-Representaste a Central Córdoba, de Rosario, y te incorporaste al club de Jorge Griffa a los 12 o 13 años para jugar en cancha de 11. ¿Ahí ya eras enlace, conector de líneas?
-Sí, siempre jugué de enganche.
-¿Quién te llevaba a los entrenamientos?
-Con mi hermano íbamos en un remís que nos pagaba el presidente de Griffa. Mis viejos no podían llevarnos. El viaje duraba 30 o 40 minutos.
-Te rebotaron en Boca y en River; quedaste en Gimnasia, Ferro y Argentinos, pero no te convencieron las comodidades de las diversas pensiones. En Banfield, también te levantaron el pulgar, y vos querías ir. ¿Por qué no fichaste en el Taladro?
-Me había gustado todo: la forma de los entrenamientos, la pensión. Había conocido a pibes que me cayeron muy bien. Estaba con muchas ganas, loco por ir a Banfield. Pero Griffa agarró las inferiores de Independiente, y, de última, me probaron una semana. Me quedé en la pensión, que era linda; hubo buena onda con los pibes y los entrenamientos eran diferentes, estaban buenos. Así que se me dio acá.
-¿Qué aprendizaje, para la vida, te dejó tu etapa en Griffa?
-Aprendí a comportarme afuera de la cancha. Vengo de un barrio humilde, y las condiciones no eran las mejores en el barrio. En Griffa, me enseñaron mucho.
-Algunos de los pibes con los que jugabas en el barrio cayeron en la mala. ¿Te costó no entrar en esa?
-No, no, para nada. Cuando éramos chicos, a los ocho o nueve años, ellos no estaban con los vicios, con la droga. Después, cuando yo jugaba en Independiente, iba bastante para mi casa los fines de semana. Ahí noté que algunos amigos se drogaban. Traté de alejarme, y me entendieron. Es más, ellos me cuidaron. Nunca me dijeron: “Agarrá, tomá, te hace bien”. Siempre se comportaron bien conmigo. Hoy estoy con ellos porque son amigos que valen la pena.

El Turri en acción. Al cierre de esta nota, había disputado 46 partidos en el Rojo, con 5 goles.

-Hablemos sobre tu breve etapa en inferiores del Rojo. ¿Qué edad tenías cuando te sumaste?
-16 años, casi 17. Jugué en Séptima y un poco en Sexta.
-¿Te movías con libertades?
-Sí; jugaba más libre, no me daban tantas indicaciones.
-¿Quiénes te guiaron al subir a Primera?
-Mi familia y mi representante (Adrián Faija). Ellos me hicieron caer rápido, entender lo que me pasaba, que no tenía que cometer errores, que tenía que cuidarme con las comidas. Agarré rápido los consejos. Porque en Primera no podés regalar nada, ni en los entrenamientos. Hay que cuidarse mucho para estar bien de la cabeza y responderle al equipo, a la gente.
-¿Se te acercaron los jugadores experimentados para conversar?
-Sí. Antes me hablaban el Tanque Denis, Cuesta, Pellerano, el Marciano Ortiz. Ahora, lo hacen Tagliafico y Figal.
-¿Qué te aconsejaron?
-Lo básico. Sé que me tengo que cuidar mucho. Porque si hago algo mal, sale en todos lados.
-¿Te sugirieron que no te creas todo lo que se dice sobre vos?
-Sí. Figal me lo dice siempre. Yo me lo tomo con tranquilidad. Viste como es la prensa, el periodismo… A veces, se dicen cosas de más sobre mí.
-¿Todavía nadie te convenció de que terminaras el colegio?
-No, no. Lo decidí así. Nadie me está atrás para que lo siga, salvo mi familia. Todos me dicen que sería importante terminarlo. Ojalá me cambie la cabeza.   
-A vos, que sos un adolescente de 18 años que juega bien y que tiene una proyección interesante, hasta te compararon con ídolos de Independiente. ¿Las comparaciones te molestan, te joden?
-No, no; para mí, las comparaciones no existen, y no les doy importancia. Tampoco le doy bola a lo que se publica en las redes sociales. Trato de jugar como yo sé; no me creo Maradona cuando juego bien, tampoco me creo el peor cuando soy un desastre. Intento estar tranquilo y mantener mi perfil bajo, mi humildad.
-Cuando alguien te quiere versear, ¿lo detectás fácil?
-Sí, me doy cuenta fácil y rápido. Yo sé quién soy y lo que doy.
-¿Cómo sobrellevás la ráfaga de fama?
-Trato de estar tranquilo. Hay gente que se me acerca por interés y me doy cuenta. Por eso, hablo con las personas indicadas, con la gente que estuvo siempre conmigo.

GABRIEL MILITO lo subió de Sexta a Primera sin remordimiento y con argumentos. Uno de los ídolos del Rojo apostó aún más fuerte al darle onda verde a un pibito que prometía en el primer equipo. De alguna manera, el hombre que dirigía a Independiente se expuso. “Le agradezco la oportunidad que me dio. El me decía: ‘Jugá tranquilo, yo te respaldo; de última, la gente me va a insultar a mí’”.

A Ezequiel le cuesta dormirse. Pero hubo dos noches en las que dio más vueltas de lo habitual. La primera se produjo tras su estreno en Primera, el 8 de agosto de 2016, partido en el que Independiente perdió ante Defensa y Justicia 1-0 y fue eliminado de la Copa Argentina, encuentro en el que Barco reemplazó a Diego Rodríguez a 30 minutos del epílogo del juego. “Miré el partido como 200 veces por YouTube. Me quedé emocionado. Porque fue debutar en Primera y en una Copa”, recuerd. La segunda noche en la que le pintó el 2 de oro resulta más cercana en el eje temporal: 27 de junio de este año, Ezequiel erró un penal y lloró en pleno partido, Independiente igualó ante Lanús 1-1 y no se clasificó a la Copa Libertadores 2018. “El momento de bronca fue adentro de la cancha. Después, lo analicé en mi pieza”, resume.


-¿Entendiste que no sos culpable? Porque, ante Lanús, el equipo falló muchas pelotas debajo del arco.
-Qué sé yo… Fue un penal decisivo y me quedé mal. Si lo hubiera hecho, ya estaríamos clasificados a la Libertadores. Pero es como me dijeron los chicos del plantel, que me apoyan siempre: “No fue tu culpa, cualquiera puede errar un penal”. Entonces, lo traté de tomar con tranquilidad. Puede pasar, y me pasó.
-¿Qué corregiste de la mano de Gabriel Milito?
-Perfilarme bien para recibir la pelota y salir con ventaja. Siempre lo tengo en la mente. Hoy también lo trabajo.
-¿Qué puliste con Ariel Holan?
-Los desmarques y las situaciones de dos contra uno y de uno contra uno. Ariel dice que el mano a mano es mi fuerte; entonces, lo tengo que mejorar. Por eso, trabajo el hecho de tirar paredes, tocar e ir a buscar al espacio.

"Trato de jugar como yo sé; no me creo Maradona cuando juego bien, tampoco me creo el peor cuando soy un desastre".

-Tenés 18 años, un recorrido cortísimo por inferiores y no alcanzás los 50 partidos en Primera. Te reprochan que termines mejor las jugadas. Los de afuera no comprenden que eso lleva tiempo. Cuando tomás una mala decisión, noto que te castigás por demás. ¿Es así?
-Sí, me enojo mucho cuando termino mal una jugada. Cuando erro una pelota, me acuerdo de las críticas. Pero tengo que estar y jugar más tranquilo. Ese es el consejo del cuerpo técnico y de mis conocidos.
-Lamentablemente, en las tribunas, son todos entrenadores.
-Desde afuera, todos hablan. Adentro estamos nosotros, y es difícil jugar.
-¿Es un error que la gente se crea que sos el salvador de Independiente?
-Sí; es un error creer que soy el salvador. Porque todos juntos salvamos al equipo: los 11 titulares, los que van al banco de suplentes, el resto del plantel, el cuerpo técnico. No hay un salvador. La gente opina desde afuera y le pide demasiado a alguien que debutó en Primera hace poco.
-Cuando tu juego surge y fluye, ¿hacés feliz a los hinchas del Rojo?
-Cuando juego, me divierto. Le pasa a la mayoría de los chicos: cuando alguno hace una buena jugada, la gente aplaude y grita. A mí eso me motiva más. Ahora, no sé si ellos disfrutan cuando aparece mi juego. Yo trato de jugar y de dar lo mejor.  
-Mantuvieron un invicto de 14 partidos en el semestre anterior, alternaron buenas y malas en el inicio de la Superliga, están afuera de la Copa Argentina y conservan la ilusión de ganar la Sudamericana tras haberse clasificado a los cuartos de final. ¿Por qué Independiente es competitivo?
-Ariel trajo una idea de juego muy buena; nosotros supimos adaptarnos rápido, la mantuvimos, y con los conceptos que nos da, sacamos muchos partidos adelante. Me siento cómodo con la idea. Porque quiere que juguemos siempre.
-¿Por dónde pasa el negocio del equipo?
-Creo que sacamos mucha diferencia de tres cuartos de cancha en adelante; tenemos jugadores muy buenos, muy rápidos.
-Con Holan, jugás de extremo por izquierda.
-Sí, básicamente de extremo por izquierda. A veces, Ariel me pide que me desordene un poco y que me tire más al medio para recibir la pelota. Yo me siento bien, cómodo; creo que esa es mi posición. Porque, al jugar de enganche, me pierdo un poco y tengo mucha más gente para llegar al arco rival. Por afuera, juego uno contra uno o toco y voy, y tengo el arco ahí nomás.
-¿Qué debés mejorar de tu juego?
-El 1 contra 1; por ahí, partidos atrás lo tenía; no sé si se me fue por falta de confianza. También, tengo que terminar bien las jugadas y patear más al arco. Prefiero darla, meter un pase de gol, en vez de patear. Mi naturaleza es esa, lo siento así. Cuando me queda, hago una de más y no pateo por pasarla.
-¿Le pegás de igual manera con las dos piernas o todavía no?
-No, soy derecho. Si me queda de zurda, pateo. Pero no soy tan bueno como Rigoni.

EZEQUIEL reconoce que se adaptó rápido al ritmo y a las responsabilidades de jugar en Primera. Barco admite que observa con gusto a Messi, a Neymar y a Alexis Sánchez. Confiesa que le encantaría poner un pie en Europa y en la Selección Argentina. Pero no se desespera: “Quiero acostumbrarme al fútbol argentino y ganar algo en Independiente”.

Por Darío Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de Octubre de 2017 de El Gráfico 

Por Darío Gurevich: 06/11/2017

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