Notas de la revista

Patricio Garino, un fruto de la generación

Es profesional por la mejor camada del básquetbol argentino; la homenajea y admite que le molestan las comparaciones. Su dimensión desconocida y por qué emigró de adolescente. Unión, el origen. La NBA y los cortes. La Selección.

Marplatense, 24 años, juega de alero. Pronto puede brillar en la elite.

“PENDEJO, tenés que dejar de reírte; esto es serio, debés enfocarte”.
Patricio aún recuerda el reto del capitán de la Selección. Garino aprendió a través de aquel enojo de Luis Scola. Era la previa del Mundial de Turquía 2010, y el alero, apenas un adolescente de 16 años que integraba el grupo de sparrings del seleccionado. El entrenador, Sergio Hernández, le marcaba cuestiones de juego, y él sonreía con la misma naturalidad que le surge desde su infancia. “Jugaba al básquet y me reía. En mi cabeza, estaba serio, por supuesto. Pero, al jugar, sonreía. Sergio me daba indicaciones, y, aparentemente, yo sonreía. No me daba cuenta. Cuando se terminó la práctica, Luis me llamó a un costado y me retó. Desde ahí, nunca más lo hice; borré la sonrisa”, describe y, sin poder evitarlo, se ríe.
-¿Cómo eras de chico?
-Hinchapelotas, pesado y activo, muy jodón. Mis amigos todavía me cargan por lo molesto que resultaba. Me pasaba de la raya con chistes sin maldad, no sabía cuándo ponerles punto final. También era alegre, positivo, y siempre sonreía.
-¿Ya pintabas para ser basquetbolista en tu infancia?
-Más o menos; no era gigante, pero siempre estuve entre los más altos. Cuando empecé, jugaba con chicos más grandes. Entonces, pintaba; igualmente, hasta los 13 o 14 años no me di cuenta de que iba a ser jugador de básquet.
-Si bien hay un camino largo hasta concretarlo, ¿cómo lo supiste?
-Había comenzado en el seleccionado de Mar del Plata, en mi ciudad; estuve un año en Infantiles y me cortaron después del Torneo Zonal. Ahí me di cuenta de que quería que el básquet fuera parte de mi vida. Además, en 2004, cuando tenía 11 años, vi a la Generación Dorada y dije: “Quiero jugar al básquet”.
-¿Imaginaste que serías compañero de aquellos que mirabas por televisión en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004?
-Jamás; era impensado decir que jugaría con Ginóbili, Scola, Nocioni, Delfino. Haber compartido torneos, concentraciones, experiencias con mis héroes fue una locura total en mi cabeza.
-¿La Generación Dorada qué te producía?
-Muchísimas sensaciones, y, en especial, orgullo; soy profesional por la Generación Dorada. Sus integrantes nos transmitieron valores adentro y afuera de la cancha: humildad, generosidad, profesionalismo. Ahora que conozco a varios de ellos de modo personal, la cabeza de uno explota al saber cómo son estas personas. Tienen mentes distintas a los demás; no importa si se habla sobre básquet o sobre la vida. Siempre están un paso adelante en todo, y cada charla es un aprendizaje.
-¿Qué te sorprendió en ese sentido?
-El profesionalismo; impacta enterarse de cómo es la dieta que hacen, cómo se cuidan, el valor que les dan a las horas de descanso y al trabajo en el gimnasio, cómo son sus rutinas. Hay miles de anécdotas, pero cuento la más reciente: era el Día del Padre, y Scola se entrenaba en el gimnasio en vez de estar con sus hijos. Entonces, esas cabezas obsesivas por sus deseos, sus metas, sorprenden. No están allá arriba de casualidad, para nada.
-¿Nos contás una historia, una experiencia, con Manu Ginóbili?
-A Nicolás Laprovittola y a mí nos enseñó mucho en relación con el juego de San Antonio Spurs, de Popovich, de lo que el equipo buscaba. Lo que más me queda de Manu es su solidaridad; lo que hizo por Nico y por mí fue exuberante, no tenía por qué ponerse a disposición nuestra: desde irnos a buscar al aeropuerto un domingo a las 9, aconsejarnos, hasta prestarnos un auto para movernos por San Antonio.

MAR DEL PLATA es su ciudad. Ahí nació el 17 de mayo de 1993. Allí se encuentra su debilidad: Unión, club en el que creció, en el que comenzó a soñar. “Pasé más horas de mi vida en Unión que en mi propia casa; lo mismo ocurre en la actualidad: vuelvo a Mar del Plata durante dos o tres semanas y estoy más tiempo en el club que en mi casa. Extraño los momentos compartidos con mis amigos y esa energía que existe en el club. Porque somos una familia grande. Eso siempre me encantó de Unión, que no es ni Peñarol ni Quilmes, que no tiene un equipo profesional de básquet. Ahí todos nos conocemos”, afirma.
En Unión, al tirar al aro, retrocede de manera imaginaria hasta su infancia. Disfruta de entrenarse con la Primera, de jugar un picado con sus amigos, con los hermanos que eligió. Allí, en la intimidad del parqué marplatense, es El Pato, a secas. Hasta hace dos años, no era ni el adolescente con pasado en el básquetbol universitario estadounidense, ni el tipo que se perfilaba para la NBA. Pero la mano cambió: su humanidad parece medir más que sus dos metros de altura delante de los ojos de la gente que pisa el club. “Miraba jugar a mi sobrino en Mini, y se acercaron chicos y padres para sacarse fotos conmigo. Me pareció un poco raro que me pasara en el club, donde me conocen, donde voy todos los años. Igualmente, está todo bien, no me molesta; al contrario, significa mucho. Pero me cae la ficha sobre dónde estoy parado”, asegura.
El entusiasmo del público es lógico; Garino dio un salto notable en su carrera: fue olímpico en Río 2016, realizó una pretemporada con los Spurs, anduvo de maravilla en Austin Spurs en 2016-17 (equipo que compite en la D-League), debutó en Orlando Magic en la NBA (jugó 4 minutos, capturó 1 rebote y falló 1 doble en la derrota ante el poderoso Cleveland), es protagonista en la Selección y, al cierre de esta edición, pinta para experimentar por primera vez en el básquetbol europeo.
-¿Qué cosa pocos saben sobre vos?
-Uh: me tendría que haber preparado para esta entrevista (se ríe). Dejame pensar… Yo tocaba el piano, y el dueño del Hotel República, de Mar del Plata, que es íntimo amigo de mi papá, que su hijo jugaba conmigo, me invitó un par de veces a tocar el piano en el hotel, mientras turistas europeos cenaban a las 6 de la tarde. Tenía 13 o 14 años, tocaba con partituras, leía música. Hoy, lo intento; ya me acuerdo poco.
-¿Cuáles son los tres momentos más significativos, más valorados, de tu niñez, infancia o adolescencia?
-Haber ganado el Torneo Argentino de Cadetes con Unión en 2009 es el número 1, lejos. Después, recuerdo las vacaciones en Villa Carlos Paz. Junto a Salvador, mi mejor amigo, pasábamos horas transpirando en el juego que había que saltar y bailar en los videojuegos de la peatonal. Por último, me acuerdo de cuando andaba a caballo entre vacas y ovejas en el campo familiar de De La Garma, que está en la provincia de Buenos Aires; toda mi familia es de ahí.
-¿Te reprochás no haber jugado en la Liga Nacional?
-No, para nada. Es una experiencia que me gustaría vivir, presenciar; he ido a ver a Quilmes, a Peñarol, a Atenas, y me encanta el ambiente, la pasión y la energía que hay en los estadios de la Liga. Pero en términos de básquet, nunca tuve locura por la Liga Nacional. Tal vez porque me llegaron ofertas del exterior desde chico y, también, porque estaba cómodo en Unión.
-¿Te preparaste para jugar en la NBA?
-Sí, durante toda mi vida. Mi objetivo siempre fue jugar en la NBA. Yo me fui a Estados Unidos por dos motivos: para estudiar en la universidad y para estar más cerca de la NBA porque, desde la Liga Nacional o desde Europa, el camino sería más arduo, no imposible.

Bandeja servida. Fue olímpico por única vez en los Juegos de Río de Janeiro 2016.

-Desarrollaste la carrera de administración deportiva y marketing y te recibiste. ¿Nos explicás de qué se trata?
-Sí, por supuesto; es administración de empresas vinculada al deporte. En Estados Unidos, el deporte resulta un negocio. Entonces, se trata del detrás de escena de un evento deportivo, desde la parte contable o financiera. O sea: cómo se maneja un evento deportivo fuera de la cancha. Tener un título universitario siempre estuvo presente en mi cabeza. El básquet no es para toda la vida y, si algo pasa, ojalá que no, te quedás con las manos vacías.
-¿Cómo te moldeaste para competir en la NBA?
-Creo que es medio cliché nombrar ciertos tips que tanto escuchamos. Pero existe una realidad: no se llega ahí sin el descanso, el esfuerzo, el trabajo. No nací con un talento exuberante; mi juego se basa más en el trabajo diario, en el gimnasio, en la garra. No tengo una mano increíble de tres puntos, ni soy superfuerte, ni totalmente habilidoso. Se me dio por cabeza dura; era muy alto y flaquito, y me desarrollé gracias al entrenamiento. También influyó mi mente. Tuve que dejar actividades de lado. En esa época, iba una o dos horitas a las fiestas de 15 porque al otro día jugaba o me entrenaba. Tampoco fui al viaje de egresados. Yo no lloré por eso, porque estaba decidido, porque lo que quería era jugar al básquet. Haber puesto ese límite entre las cosas que me hacían bien y mal como deportista fue fundamental.
-Padeciste ser cortado en San Antonio Spurs y en Orlando Magic. ¿Por qué no te sostuviste en la NBA?
-Es una liga muy dura, y no me beneficia por mi juego. En la NBA, el juego es dinámico, muy ofensivo, y se necesitan muchos puntos en las manos, un aspecto que todavía trabajo, en el que me siento más cómodo que hace un par de años. Los equipos buscan jugadores específicos. Si no sos un jugador franquicia, que tiene 20 puntos en las manos por partido o un rol puntual, se vuelve difícil. Yo hago un poco de todo, trato de ser más completo. Debo demostrar que soy un defensor de elite y no he tenido muchas oportunidades de hacerlo en la NBA. Sí lo he hecho en la D-League. Incluso, he mejorado mi tiro de tres puntos y mi faceta ofensiva. A muchos les lleva un tiempo establecerse en la NBA; veremos qué ocurre más adelante.
-Los argentinos naturalizamos lo que la Generación Dorada, liderada por Ginóbili, logró en la NBA. ¿Esto es peligroso?
-Totalmente, y la presión se siente. La imagen que ellos dejaron y dejan en el mundo hace que los argentinos estemos allá arriba, muy bien vistos. Para nosotros, esto es lindo y no tanto. Por un lado, nos llena de alegría. Por el otro, es una presión. Me he entrenado en muchos equipos de la NBA, y cuando se enteraron de que soy argentino, me nombraron a Ginóbili, a Scola, a Nocioni, a Prigioni, a Delfino. Sin verme jugar, dedujeron que soy aguerrido, agresivo. El estereotipo del jugador argentino está. Eso es buenísimo. Pero ellos hicieron todo tan bien, pusieron la vara tan alta, que ahora que hay solo dos argentinos en la NBA (Ginóbili y Brussino) la gente se impacienta. “¿Qué pasa con los argentinos? ¿Tantos años de gloria y ahora nada?”, se preguntan. El recambio generacional llegará; solo hay que tener paciencia.
-¿No te parece injusta la comparación? Se suele igualar a Ginóbili y a Scola, que son fueras de serie, con alguno ustedes.
-A nosotros ya nos molesta mucho la comparación con la Generación Dorada: ¿qué vamos a hacer, qué no? Obviamente, queremos ser como ellos, seguir sus pasos, tomar sus valores, sus ejemplos, sus experiencias e implementar todo eso. Pero nosotros somos nosotros. Me jode que digan: “Garino va a ser el próximo Nocioni”. Porque Chapu fue mi héroe. Por más que mi estilo de juego sea parecido al de él, la realidad es otra. La Generación Dorada se terminó hace varios años; solo Scola queda en la Selección. Debemos agradecerles a sus integrantes por lo que hicieron adentro de la cancha y por haber educado a los hinchas argentinos. En fútbol, somos muy exitistas; tenemos a Messi, al mejor del mundo, y todos pretenden que sea nuestro salvador, nuestro Dios, y le exigen casi lo imposible. Así lo matan. Nosotros, en cambio, no tuvimos buenos partidos y torneos, y siempre se nos reconoció el esfuerzo, la entrega. Esa es la educación que dejó la Generación Dorada.
-¿Qué se proponen con la Selección a mediano plazo?
-Exigirnos ser el mejor equipo posible. Este es nuestro momento para demostrar de lo que somos capaces. Debemos esforzarnos y crear un gran grupo. Nuestros objetivos son altos: ganar una medalla en el Mundial de China 2019 y en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Nos proponemos poder recrear esa mística que se generó en el pasado y potenciarla al máximo.

Por Darío Gurevich / Fotos: Maxi Didari

Nota publicada en la edición de Septiembre de 2017 de El Gráfico