ENTREVISTAS

Paolo Goltz, la añeja debilidad

- por Darío Gurevich: 09/10/2017 -

En 2010, Boca le golpeó la puerta por primera vez y siempre lo tuvo en su radar. Interesante ida y vuelta con un defensor que pronto cumplirá 15 años de carrera. El valor de pensar, el fútbol mexicano, Guillermo y su equipo, entre lo más destacado.

Tiene 32 años y es de Hasenkamp, Entre Ríos. Firmó por tres temporadas en Boca.

ES SERIO. No hace falta detenerse ni en su gesto adusto ni en su rostro de facciones rígidas, poco permeable a la carcajada espontánea, para colgarle el cartel, rotularlo. Antes de realizar la primera pregunta, de desarrollar la primera variante fotográfica, mucho antes, la certeza surge, salta a la vista, en apenas un detalle: la puntualidad; el mismo tip que conserva de aquel pibe que se animó a ponerse la cinta de capitán a los 23 años en Huracán, de aquel tipo que lideró y se lució en Lanús. Por desgracia, en la Argentina actual, lo normal, lo correcto, lo que corresponde, todavía sorprende.

El valor de la responsabilidad se torna una de sus máximas. Aún se recuerda cuando Paolo Goltz le ordenó al plantel granate no tirarse de palomita para cristalizar la imagen tradicional al ganar la Copa Sudamericana 2013. No lo venció ni la miel de haber concretado el primer título de su carrera. El equipo debía guardar energías para pelear hasta el último segundo el campeonato local...
Aquí y ahora, en el corazón de la Bombonerita, en el set improvisado para él, se le propone bucear en lo más profundo de su intimidad, y acepta sin atenuantes, sin doble discurso, sin rodeos.
-¿En qué etapa de tu vida estás?
-Considero que estoy en la mejor etapa. Crecí y mejoré durante mi carrera; hoy, tengo experiencia, por haber debutado en Primera hace casi 15 años. Eso me da madurez.
-¿Es una etapa más reflexiva o más intempestiva?
-Más reflexiva; razono lo que hago, pienso mucho qué hice bien y qué mal después de un partido, qué debe mejorar el equipo. Antes no lo vivía de esa manera. Cuando era más joven, no les daba importancia a los pequeños detalles, los pasaba por alto; hoy, son muy importantes.
-¿Cuáles son esos pequeños detalles?
-Una jugada, por ejemplo. Quizá, antes, ni me la acordaba; hoy, la recuerdo con lujo de detalle. Ahora, hasta me acuerdo del partido entero, de las situaciones que se dieron en minutos puntuales, de cuándo tenía que haber ido a cortar y no fui, de las cosas en las que acerté o fallé.
-¿Qué concluís al reflexionar?
-He mejorado muchísimo por pensar; antes, era más impulsivo; hacía cosas sin razonarlas y no me daba cuenta de si estaban bien o mal. Eso me ha llevado a ser un jugador más completo.
-Maitena ya tiene diez años, y Simón, cinco. ¿Qué entienden tus hijos sobre vos, al margen de que sos el papá?
-Maitena es consciente sobre mi carrera, le gusta el fútbol. Simón ha visto los últimos partidos de Boca y ya se hizo hincha del club; ha gritado los goles, mi señora (Romina) me ha mandado los audios, y eso me erizó la piel. Hace unos años, mi nene no le daba importancia al fútbol, y yo decía: “¿Cómo puede ser?”. Después, de un día para el otro, cambió totalmente. Es de sentarse a mirar un partido conmigo, raro para un chico de su edad. Me parece que pinta para que le guste mucho el fútbol.
-¿Qué particularidad saben los íntimos  sobre vos?
-Soy muy simple; la mayoría de mis vacaciones las paso en mi pueblo, Hasenkamp, que es el lugar donde nací, donde están mis familiares, los de mi señora, mis amigos. Me gusta mucho la pesca y, cada vez que voy de vacaciones, me voy a pescar. Después, tranquilo: tomo mate con gente querida, salgo a andar en bicicleta, camino de una casa a la otra; no me mantengo al margen de la gente del pueblo, al contrario. Conozco a todos desde chico y siempre tuve una relación muy buena.
-¿Qué extrañás de Hasenkamp, allí en Entre Ríos?
-Salir a caminar por ahí, saludar a todos los del pueblo. Ahí nos conocemos todos, y, en cualquier casa, te invitan a comer, a tomar unos mates, a pasar para compartir un rato. A mí me conocen desde chiquito, y yo, por supuesto, los conozco a todos. Esa relación amigable que todos tienen conmigo es valorable.
-¿No tenés ningún privilegio por ser futbolista?
-No, no, para nada. Me siento muy cómodo en el pueblo por eso, porque soy uno más hasta ahora. Digo hasta ahora porque la repercusión que tiene Boca es impresionante. Igualmente, espero seguir así, de la misma manera.
-Te molestaría un trato diferencial, ¿no? Sobre todo por cómo sos vos.
-Me sentiría un poco incómodo. A veces, me pedían autógrafos y fotos y decía: “Pero si nos conocemos desde siempre, pero si tenemos fotos desde que éramos chiquitos”. Es como si mi hermano me pidiera una foto; lo siento así. No deja de ser medio chocante para mí.
-¿Te pesa que tus hijos no se críen en el pueblo?
-Sí; eso era lo que queríamos con mi señora cuando decidimos formar una familia. Nos hubiera gustado que nuestros hijos vivieran lo que vivimos nosotros cuando éramos jóvenes. El pueblo ha cambiado un poco y ha crecido bastante. Pero creo que ahí se vive de otra manera.
-¿Qué te sensibiliza?
-Mis hijos y mi señora; son mi punto débil. Pienso en ellos durante todo el día y quiero que estén bien y cómodos.
-¿Qué te jode?
-La injusticia; me molesta mucho.

Conducción desde el fondo, en un par de toques. Paolo puede jugar de primer o segundo zaguero. Es fuerte en el juego aéreo y en la marca.

HAY INFINIDADES de cuestiones que se saben sobre su vida. Incluso, en la edición de El Gráfico de enero de 2014, el avezado marcador central contó que su referente es Roberto Ayala, que Claudio Ubeda resultó el jugador experimentado que mejor lo guió, que sufrió y toleró el desarraigo, que su hermano, Iván, resultó clave para sostenerlo a la distancia, que siempre se sintió más grande de la edad que tenía, que fue papá a los 21 años, que convive con Romina, su mujer, desde los 19, que afronta asuntos trascendentes, importantes, desde adolescente.
Al recorrer su pasado, su historia; al mirar para atrás, a través del espejo retrovisor, se le vienen a la cabeza, se le aparecen, cientos de vivencias, anécdotas, experiencias. En este segmento, la idea es ahondar aún más en ese pasado perfecto, en la tranquilidad y en la cordialidad de Hasenkamp, para derivar en un diálogo futbolero, que mezclará pinceladas sobre su humanidad y sobre sus últimas tres temporadas, disputadas en el fútbol mexicano tras defender la camiseta de un monstruo: el América.

-¿Cuál es tu primera imagen vinculada al fútbol?
-Se me viene la de mi hermano, que fue el primero que me llevó a una escuelita de fútbol. Yo lo admiraba mucho cuando era chiquito; siempre lo veía jugar. Eso, por supuesto, significó el inicio de mi camino en el fútbol.
-No soñabas con ser futbolista de chico, andabas bien en vóley…
-(Interrumpe). Nunca me imaginé ser jugador de fútbol hasta que se me dio la posibilidad concreta de probarme en un club, quedar y que me dieran pensión (Huracán lo hizo posible). A mí me gustaba el vóley, jugaba de opuesto, y decían que era bueno. Integraba un grupo de chicos que jugaba bien y nos potenciábamos entre todos. 
-Si no hubieras sido futbolista, ¿a qué te habrías dedicado?
-Mi familia tiene distribuidora de bebidas; así que habría seguido con ese negocio. También, me gusta la educación física y, en un momento, mi intención fue hacer el profesorado. Pero, bueno, por el fútbol y por un tema de tiempos, no se pudo dar.
-“Soy serio”, lo repetiste en infinidades de entrevistas. Salta a la vista: no montaste un personaje. ¿Sos como los jugadores de antes en ese sentido?
-No lo sé; considero que me tomo mi trabajo con muchísima seriedad; por supuesto que lo disfruto, que me río cuando se da la situación. Pero uno debe ser serio, y esa es la imagen que todos tienen de mí.
-Si se pavea demasiado, no se llega a nada en el fútbol. ¿Es así?
-O se llega a menos de lo que se podría llegar si uno es serio. Hay muchos que llegan igual porque tienen unas condiciones bárbaras; pero hay otros que necesitan del trabajo y de la seriedad.
-Hablemos sobre tu etapa en México. ¿Qué le incorporaste a tu juego en el América?
-Allá se sale jugando mucho desde atrás. Me parece que ya lo hacía en mi última etapa en Huracán y en mi paso por Lanús, porque la intención era salir jugando, darle mucho juego al equipo desde el fondo. Pero, bueno, creo que le seguí sumando eso en México.
-Por lo que se te vio por televisión y por YouTube, no perdiste las mañas en el mano a mano.
-No, no, y creo que sumé mañas por un tema de edad. Hoy tengo que aplicar más mañas porque perdí un poco de velocidad y otras cosas. También, gané otras.
-Pero no se te vio lento, al contrario. Quizá con la misma agilidad que acostumbrabas a mostrar y hasta con mayor sapiencia en tu especialidad: el pie a pie, el uno contra uno.
-Sí, es cierto. Me gusta mucho entrenarme, y considero que debo estar bien físicamente porque así me siento más confiado, más seguro adentro de la cancha. Pero sí: tomábamos muchos riesgos, como también lo hacemos en Boca. Marcábamos mano a mano, y, en un club como el América, es lo que hay que hacer. Arriesgábamos, nos exponíamos y se generaba ese mano a mano que los defensores teníamos que ganar sí o sí.
-¿Se subestima el fútbol mexicano en la Argentina?
-Por algunas declaraciones que he escuchado, me parece que sí. Quizá no lo ven mucho; eso a mí me pasaba antes. Pero, al estar allá, me di cuenta de que es muy competitivo, hay muchísimo nivel. Me ha ocurrido de estar en fecha FIFA en el América, y siete u ocho jugadores se nos iban a sus selecciones. Me parece que son muchos. Insisto: el campeonato mexicano es competitivo, hay bastantes jugadores de selección. Creo que aquellas declaraciones perjudicaron a los argentinos que están allá. Los odian gratis. Porque los mexicanos piensan que todos los argentinos son iguales, y no es así. Yo les estoy muy agradecido al América y al fútbol mexicano porque me abrieron las puertas durante tres años, me trataron muy bien y, además, crecí en mi manera de jugar.
-¿En qué se diferencia el fútbol mexicano respecto del argentino?
-El fútbol se vive de otra manera en México, que es lo que extrañé de la Argentina. Quizá la gente lo siente de otro modo, sin tanta pasión. Nuestro fútbol tiene otra presión; allá los equipos que pelean el título y los que luchan por no descender juegan de la misma manera, y acá eso no es igual. Me gustó que, en México, la familia va a la cancha, que los hinchas están entreverados.
-Conocés a Darío Benedetto, fueron compañeros en el América. Por sí o por no: ¿Benedetto es un 9 de moda? 
-No, no… Con nosotros, en el América, estuvo año o año y medio y salió campeón de dos títulos, de la Liga de Campeones de la Concacaf 2015 y 2016. Es más, en la primera, fue el goleador: metió 7 goles entre las semifinales y la final. Su nivel ha sido muy bueno. Tiene cualidades y es goleador, y ya lo demostró acá. No me sorprendió su rendimiento en Boca.
-Sin contemplar los goles, ¿qué te llama la atención de su juego?
-La pegada y el cabezazo. Cuando gira cerca del área, y le das un metro, es medio gol.

Sueña con consagrarse en Boca, también con ser reconocido. Llegó para liderar la defensa.

“AHORA, TUVE UNA CHANCE y la aproveché”. 
Paolo, que soltó la frase, firmó contrato por tres años con el campeón del fútbol argentino y realizó la pretemporada de manera íntegra, como se debe. Pero su idilio con Boca comenzó en 2010, cuando el club le golpeó la puerta por primera vez para incorporarlo. Más adelante, se produjeron otros contactos y la opción de ser refuerzo se reflotó un par de veces. De hecho, Guillermo Barros Schelotto lo pidió de manera categórica desde que asumió como entrenador del equipo.
¿Cómo convivió tanto tiempo con una oferta laboral que a cualquiera enamora? ¿Sufrió durante aquellos años o no le importó? Goltz lo responde al expresarse sin despeinarse: “Antes no se dio por diferentes motivos. Muchas veces no depende del deseo del jugador; esto me ha sucedido el año pasado, cuando se me hacía casi imposible salir del América por un tema económico y por otros factores. Yo soy una persona que se maneja con tranquilidad, que no se desespera. Analizo las cosas que me pueden pasar, pero trato de mantenerme al margen en algunas cuestiones. Por suerte, esa etapa ya está olvidada, ya la borré de mi vida, y, ahora, disfruto de jugar en un club tan grande como Boca”.
El magnetismo, el rebote mediático, que el Xeneize genera por peso específico, por un pasado encantador y por un presente promisorio, lo atrae. También, lo seduce, lo encandila, el conocimiento con el cuerpo técnico que el Mellizo comanda. El conocimiento es mutuo, la confianza también. Aquello, sin dudas, pesó en la decisión de arrimarse a La Boca. La calma por desenvolverse con un cuerpo técnico tan exigente como ameno le otorga seguridad, garantías, ante un desafío que lo lleva a salirse de su zona confortable.
-¿Guillermo Barros Schelotto evolucionó como entrenador?
-Sí; no ha cambiado mucho su forma de entrenar al equipo, tampoco su manera de ser. Es un entrenador más completo de lo que era, y creo que eso es lo normal. En Lanús, lo conocí desde el día que llegó. Pienso que estaba preparado, y que a nosotros nos vino muy bien. Así conseguimos un título (Copa Sudamericana 2013) y peleamos algunos torneos más. Por eso, también estoy en Boca. Porque sé cómo es él, y él me conoce a mí.
-¿En qué aspectos le reconocés ese crecimiento?
-El trabajo que desarrolla en la cancha; cómo se comunica con el jugador, sabe a quién tiene que hablarle y a quién no. Bueno, él ya tenía muchos años en el fútbol, pero considero que se maneja muy bien con eso.
-¿El Mellizo resignó algo de su ideología futbolera al dirigir a Boca?
-No, para nada. Acá, en Boca, escucho la misma propuesta que tenía en Lanús. Es de tomar riesgos, de ser protagonista, de ir a ganar todos los partidos.
-¿Nos contás una anécdota con Guillermo?
-Nos llamó la atención algunas veces en Lanús, y eso nos hizo un clic. Se peleaban torneos, pero no se conseguía ninguno. Y, cuando llegó como entrenador, nos tocó el orgullo, ganamos la Sudamericana y disputamos la última fecha del campeonato local con posibilidades de salir campeón. Aquel segundo semestre de 2013 fue muy bueno para ese grupo.
-Se habla mucho de Guillermo y nada de su ayudante de campo. ¿Cómo es Gustavo?
-Enérgico, vive los partidos de una manera muy especial, como Guillermo. Pero con Gustavo no podés hablar de otra cosa que no sea de fútbol.
-¿Resulta un error tomar este semestre como una puesta a punto de cara a la Copa Libertadores del año próximo?
-Sí, para nada es una puesta a punto; nosotros tenemos que ganar todos los partidos. Los objetivos son conseguir la Copa Argentina y, en diciembre, terminar arriba en el campeonato local. 

No todo es oro. Goltz aún se lamenta porque sus hijos no se crían en Hasenkamp, su pueblo.

-¿Tenés miedo de no adaptarte a Boca?

-No, no… Confío mucho en mis compañeros; pienso que no es solamente de uno, sino del equipo. Por algo, Boca es el último campeón. Tenemos un muy buen plantel, y quiero aportar lo mío para conseguir más títulos.
-No sos de subestimar, no sos de decir: “A mí me sobra para jugar acá”. ¿Verdad?
-No, no, para nada. Igualmente, lo que digamos o lo que hagamos afuera de la cancha va a quedar a un lado. La gente se quedará con lo que vea en la cancha, con lo que se consiga en cada partido.
-¿Esta versión de Boca combina tanta posesión como vértigo?
-Sí; creo que tenemos esas dos características. Porque los dos laterales son muy rápidos, Pavón también lo es; ellos nos dan ese vértigo. Gago y Cardona manejan muy bien la pelota; así que podemos controlar los tiempos del partido. Tenemos que saber cuándo aplicar ese vértigo y cuándo manejar la pelota.  
-¿Quién te deleita más como pasador: Fernando Gago o Edwin Cardona?
-A Cardona lo tenía visto del fútbol mexicano, y Gago me llamó la atención. Porque mete pases sin mirar y sorprende. Además, te pide todas las pelotas, quiere estar en contacto con la pelota; eso es muy bueno para el equipo. Más que a uno lo seduzca pasársela, diría que es tranquilizador. Porque siempre se muestra como opción de pase.
-Gago y Cardona son noticia por la magia y el encanto; Benedetto, por sus goles; Pavón, por su desequilibrio. Pero nadie repara en Pablo Pérez, que últimamente corta para adentro y termina las jugadas en posición de centrodelantero. ¿Es trabajado o apenas una corazonada de Pérez?
-Pablo corre todo el tiempo, recupera muchas pelotas. A veces, comete faltas, aunque es por el mismo ímpetu de querer recuperarla. Hace un trabajo que no es vistoso, pero que resulta muy importante para el equipo. Nosotros buscamos ser protagonistas y meter mucha gente en el área rival, y Pablo está en ese trabajo. La idea es que todos los que estén al alcance lleguen a posición de gol.
-Boca tuvo problemas en el juego aéreo defensivo en la temporada pasada. ¿Qué recaudos deben tomar para no sufrir en ese aspecto?
-Tenemos que estar atentos; creo que hay mucho por mejorar en diferentes aspectos. Confío en que nos irá muy bien en esta temporada.
-¿Pero tomarán hombre, zona, mixto?
-Uf: eso lo hablarán Gustavo y Guillermo, que se encargan de eso.
-¿Qué te interesa lograr en Boca?
-En principio, quiero afianzarme y jugar. Después, conseguir títulos. Porque la historia de Boca está repleta de títulos, porque para eso me trajeron también. Por supuesto que, además, me gustaría ser reconocido y entrar en la linda historia que tiene el club.
-Cambiemos de tema. ¿Cómo te llevás con el exitismo?
-No tengo problema… En Boca, apuntamos a salir campeón. Esa es nuestra realidad. Quizás la de otros equipos sea otra; lo he vivido, porque no todos están para pelear el campeonato.
-En el fútbol argentino no valoramos los procesos. ¿Es un problema cultural?
-Creo que pasa en el mundo, en menor o en mayor medida. Pero no sé si es por un tema cultural.
-El 22 de noviembre cumplirás 15 años como profesional. ¿Qué recogiste en esta década y media?
-En el fútbol, con lo que más me quedo es con la amistad. Me he cruzado con un montón de buenas personas, de gente inteligente, que me han enseñado muchísimo, desde conocimientos sobre el juego hasta cuestiones vinculadas a la vida. No creérsela es fundamental. Nací en un pueblo muy chico, y mi familia también me ayudó para no caer en esa.

Por: Dario Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia.

Nota publicada en la edición de Septiembre de 2017 de El Gráfico 

Por Darío Gurevich: 09/10/2017

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