INFORME

Zinedine Zidane, lejos de la histeria

- por Martín Mazur: 14/09/2017 -

Llegó al Real Madrid en un momento de crisis y pasó por diversos roles, hasta que terminó dirigiendo al primer equipo casi por obligación. Su revolución de la simpleza volvió a transformar al Merengue en el equipo más poderoso del mundo, con récords inéditos y mucho más por venir. Su era recién empieza.

El clima estaba caldeadísimo. En el vestuario, Leonardo Bonucci se acercó a Paulo Dybala y a Gonzalo Higuain y les gritó: “¡Empieza por ustedes! ¡No están corriendo a nadie, no se mueven y se nos vienen! ¡Estamos jugando la final de la Champions League!”. Uno le contestó: “Dejá de gritar, que nos hicieron el gol por culpa tuya”. La cosa se puso peor. Hubo empujones. Dani Alves intervino: “¿A mí me joden por la música fuerte y ustedes hacen esto en una final de la Champions?”. Y dio un portazo rumbo al túnel. La historia del agitado entretiempo la cuenta uno de los jugadores italianos que participó en la trifulca.
La final en Cardiff estaba 1-1. Cristiano Ronaldo había abierto el marcador, pero después empató Mario Mandzukic con un golazo. En el otro vestuario, Zinedine Zidane dejó unos minutos a sus hombres en silencio y luego les dijo, sin levantar la voz: “Podemos jugar mucho mejor que esto”.

El segundo tiempo fue otro partido. El Real Madrid pasó por encima al equipo italiano, terminó goleando 4-1 y se consagró bicampeón de Europa. Tras esa noche de Cardiff, Dani Alves y Bonucci dejaron la Juventus. Y Zidane amplió su leyenda hasta límites insospechados: de una primera Champions ganada con un asterisco (se hizo cargo del equipo el 4 de enero de 2016, tras el despido de Rafa Benítez) a un histórico doblete, Liga y Champions, que no sucedía desde el año 1958. Además, en su reinado de 18 meses también consiguió la Supercopa de Europa y el Mundial de Clubes.
Desde el momento en que retornó al Real, nadie sabía exactamente qué haría o hasta dónde llegaría Zidane. Su ingreso fue el de la estatua: Mourinho buscaba un nexo vestuario-dirigencia, pero también buscaba, especialmente, hacer a un lado a Jorge Valdano. El año era 2010, pleno auge del mejor Barcelona de la historia, el de Guardiola. “Zidane no se sentará en el banco. Acompañará al equipo en la Champions y en algunos de Liga, y ayudará a Mourinho en su relación con el primer equipo, no en la labor técnica, pero sí aportando su experiencia estando cerca del entrenador y del equipo”. La definición que ofreció por entonces Valdano es todo un símbolo de un cargo que nadie tenía del todo claro: ¿Entonces será asesor? No. ¿Ayudante técnico? No. ¿Embajador? Tampoco. Pero lo cierto es que desde el 2010 Zizou empezó a estar en contacto con el vestuario y sus vicisitudes. Con el despido de Valdano, en una polémica que Mourinho jugó a través de conferencias de prensa y con la ayuda de los medios, Zidane se reacomodó como director deportivo del club. No había, entonces, tanta explicación para dar. De estar suspendido, oscilando entre cuerpo técnico y dirigencia, Zidane se volcaría más hacia el lado de los escritorios.
El ex número 5 del equipo de los Galácticos era una bandera viviente y una imagen positiva, incluso en los peores momentos de imagen del club, con un equipo que se crispaba entre patadas y protestas y un entrenador, Mou, que fue capaz de meterle el dedo en el ojo a Tito Vilanova en la desesperación por ganar, justamente el verbo que mejor conjugó el Barça de Pep.

Otra vez en andas. El momento de euforia de los jugadores para Zizou, un entrenador que basa su éxito en la gestión humana.

Cuando Mourinho dejó el equipo, Zidane siguió apareciendo: participó en entrenamientos y en conferencias de prensa con Carlo Ancelotti y con Rafa Benítez. El italiano fue quien le dio el espaldarazo para que se acercara más a las canchas y lo ubicó como ayudante. Por entonces, Zidane tuvo también algunas reuniones definitorias. Una de ellas fue con Marcelo Bielsa en Marsella, el rosarino dirigía al Olympique. Cualquier similitud con el proceso de “creación” del Guardiola DT es pura coincidencia. Pep también se reunió con Bielsa, entre otros, antes de optar por empezar a dirigir al Barcelona B. De aquel encuentro en Rosario emergió una frase famosa: “Conociendo toda la basura que rodea al mundo del fútbol, el alto grado de deshonestidad, ¿por qué quiere volver a él? ¿Tanto le gusta la sangre?”, dijo Bielsa. “Necesito esa sangre”, contestó Guardiola.
Años después, fue Zidane el que visitó a Bielsa y también hizo lo propio con Guardiola, a quien fue a ver en Munich, una tarde de marzo.
La estatua viviente ya estaba en el Real, pero debajo del bronce podía haber oro o barro. Y salvo el caso de Johan Cruyff, y en menor medida el de Alfredo Di Stéfano (campeón de la Recopa de Europa con el Valencia), ninguno de los verdaderos talentos del fútbol habían tenido una transición sencilla rumbo a la vida como entrenador. Zidane se preparaba para lo mejor, pero el ambiente esperaba lo peor. La sensación era que dos monstruos del fútbol se iban a poner a prueba en una batalla mitológica. Y todo parecía indicar que el Real Madrid, su estilo, su presidente, su vestuario, se iban a devorar a Zidane en una luna.
Cuando se hizo cargo del Real Madrid Castilla, la sangre apareció en la portada de dos revistas. FourFourTwo, de Inglaterra, puso a Zizou sangrando y lleno de moretones en la tapa, ícono de una carrera que empezaba y que iba a estar llena de golpes; 8by8, de Estados Unidos, le hizo una Z sangrante en la frente. La sangre parecía ser un denominador común en los inicios de Zidane. No era muy distinto al pensamiento que una vez expresó Gianfranco Zola: “Estoy acercándome al fútbol juvenil, para ver si creo que puedo ser entrenador o no”. Sin misterios, sinceridad total. El ex director deportivo ahora había bajado al lodo. Y ahí no encontró precisamente una alfombra roja esperándolo.
Zidane buscaba obtener su licencia de entrenador UEFA Pro, mientras que dirigía furtivamente en la Tercera División de España. Su ayudante en realidad era quien le otorgaba las credenciales válidas. Pero era él quien decidía el plan de vuelo. Mientras tanto, el Real Madrid apelaba a su brazo armado para presentar recursos que le permitieran dirigir a Zidane, que había ido a hacer un curso intensivo a Clairefontaine, la prestigiosa escuela francesa, pero no era considerado válido para el nivel 3 de UEFA Pro. Lo suspendieron por tres meses, pero un recurso ante el TAD le permitió bajar la suspensión a un mes. La Liga terminó cambiando la legislación para que técnico y ayudante tengan las mismas credenciales, pero en aquel momento, Zidane ganó su primera (y acaso, increíblemente, la más trabajosa) batalla de su corta carrera como entrenador. Por aquella jugada recibió muchas críticas, incluidas las de Paco Jémez, el DT del Rayo Vallecano: “No lo considero un compañero porque no tiene título. No sé para qué he estudiado, si resulta que en la Liga de España se puede dirigir sin título. El Real Madrid no debería dar pie a esto”, dijo.
Zidane jamás contestó. Ni siquiera dos años más tarde, cuando ya había ganado su primera Champions y se enfrentó al equipo de Jémez. “Yo me concentro solamente en el partido. Estaré pendiente de ganar y nada más”. Habiendo presenciado estilos muy distintos como casco blanco del club, ese es el tipo de declaración estándar que eligió ZZ para llevar adelante su estrategia frente a los micrófonos: matar cualquier posibilidad de morbo, fulminar cualquier polémica, componer el peor de los climas. Y cada tanto, decorado por un “de puta madre”, expresión que repite muchas veces y que ensalza el lado positivo de su approach: la ha usado para destacar los entrenamientos, el clima en el vestuario, la situación posterior a un par de derrotas o el modo en que se llevan los jugadores.

Charla con todo el plantel. La mano izquierda, en el bolsillo, todo un clásico para el entrenador de 45 años nacido en Marsella.

En el Real Madrid de Zidane, la simpleza no es un método, sino un fin. Cuanto menos enrededadas puedan ser las cosas, mejor para todos, es el mensaje que se desprende del modo de actuar del DT. Fuera de la cancha, su modo de jugar es desactivar cualquier alarma antes de que suene y restarle trascendencia a cualquiera que pueda estar sonando, como fue, por ejemplo, el caso de la exclusión de James Rodríguez del equipo. Se hizo en silencio, hasta terminar ni siquiera convocado al banco de la final en Cardiff. Y ZZ nunca jamás dijo que no lo tuviera en cuenta ni que no fuera un admirador de su calidad. Diplomacia para una situación que no advertía un buen final: así fue que el colombiano terminó siendo vendido al Bayern Munich de Ancelotti.
Desde el primer día hasta el último de la temporada pasada, Zidane mantuvo las premisas de su primera charla con los jugadores. Para alguien que no llegaba con un paracaídas, sino que había estado presente, desde distintos ángulos, en la relación del vestuario a lo largo de los últimos 6 años, lo importante fue reforzar los vínculos, convencer desde la autogestión. Zizou no marca las diferencias en el trato del día a día, sino que su planificación más agresiva es la que hizo a largo plazo. Y para eso, convencido de que había una deficiencia física, requirió al librito que tenía desde sus años como jugador en la Juventus. Su fichaje “estrella” no fue ningún jugador, sino Antonio Pintus, un preparador físico italiano que acababa de contratar el Olympique Lyon. Para poder llevárselo, le buscaron la veta desde lo legal: en lugar de ofrecerle un contrato, le ofrecieron un empleo a tiempo indeterminado. De esa manera, la ley francesa le permitía irse. Pintus era el segundo de Giampiero Ventrone, “el marine” que transformó a la Juve de Lippi en una unidad militar. Pintus es hijo de su filosofía, aunque a su llegada debió realizar una adaptación con pelota: la intensidad es la misma, pero los ejercicios terminan con tiros al arco.

La combinación antidepresión: sonrisa con los ojos rasgados, manos en los bolsillos. Su ropa de entrenamiento lleva la ZZ.

Con la certeza de que iba a tener aviones durante toda la temporada (muchas de las lesiones sufridas por sus jugadores también obedecen al gran sacrificio, algo que les ha ocurrido a muchos de los equipos de Bielsa), Zidane se dedicó a dirigir. Hizo un rewind forzoso hasta los días de Ancelotti y desde ahí empezó a edificar. Sus indicaciones no distan de las que hicieron famoso a Vicente Del Bosque: “El balón, al compañero”. Es, de hecho, su máximo continuador. No sorprende hacer un recorrido por las más de mil fotos que hay en sus entrenamientos. Desde el primero, en pleno invierno, hasta el último, con el verano húmedo de Cardiff, a Zidane se lo ve en gestos similares: sonriendo mucho más que cualquier otro técnico de elite, pegándole a la pelota entremezclado con sus dirigidos, pero por sobre todas las cosas, con las manos en los bolsillos del pantalón largo. Es el mejor ejemplo de su actitud de laissez-faire, el mensaje de dejar hacer que les baja a los jugadores. Puede sacarse una de las manos del bolsillo para balancearse mejor a la hora de probar un tiro, o para dar algún tipo de indicación. Pero la electricidad es subterránea. Su método es alejarse de la histeria.

Similar a Del Bosque es el clima de armonía que provoca su sola presencia: mientras Mourinho quitaba presiones por ponerse en el centro de la escena de combate, Zidane es un pacificador. Salir con un título después de visitar una conferencia es más difícil que llevarse los tres puntos del Bernabéu.
No son pocos quienes ven semejanzas entre su ciclo y el de Guardiola en el Barcelona. Ambos venían de dirigir la filial, ambos ganaron desde la primera temporada, ambos, a su modo, revolucionaron el club y empezaron a plantar un escenario de legado más que de victoria momentánea. Desde la salida de Del Bosque, por el Real Madrid pasaron 12 entrenadores en 12 años. “Se puede quedar toda la vida en Madrid”, dice ahora Florentino Pérez sobre el contrato del entrenador francés, que vence en 2018.El que más duró fue Mourinho. Zidane es la estampita contracultural del sistema de Florentino, la paradoja de los Galácticos. Por ahora, hasta el cierre de esta edición, no se registran grandes fichajes, aunque ya se fueron, por más de 100 millones de euros, Alvaro Morata (Chelsea) y James Rodríguez (Bayern). “Yo no he pedido ningún nueve. Yo no pido nada”, tranquilizó una vez más Zizou, consultado con insistencia por la opción de Mbappé, el joven estrella del Monaco. En otro contexto, a pocos días de jugar su primer compromiso oficial, la Supercopa de Europa contra el Manchester United de Mourinho, el Real Madrid ya tendría adquiridos no a un 9, sino a dos. Son otros tiempos. La valorización de la cantera y su utilización para conseguir títulos, otro de los símbolos de la gestión Guardiola, igualmente aplicado al proceso de Gallardo en River, es otro de los sobresalientes silenciosos de Zidane. Después de ganar la Eurocopa con Portugal, aunque estaba fundido físicamente, Cristiano Ronaldo llegó a tiempo para jugar la Supercopa de Europa contra el Sevilla. Pero Zizou mandó de titular a Marco Asencio, 20 años, recientemente rescatado de su préstamo en el Espanyol. El delantero metió el primer gol del equipo en la temporada y desde entonces, se quedó como opción, a punto tal de que terminó metiendo el último, el 4-1 en Cardiff contra la Juventus, y se convirtió en el jugador más joven del club en marcar en una final europea.

Zidane integra el G7 de los que lograron la Copa de Europa como jugador y como DT, junto a Miguel Muñoz, Trapattoni, Cruyff, Ancelotti, Rijkaard y Guardiola.

Pero quienes pretendan ver en Zidane un entrenador con cierto desprecio táctico en pos de los jugadores, también se estarían equivocando. Al notar lo que le había costado el partido contra el Atlético de Madrid de Simeone, Zizou decidió apelar a una formación insólita en el Real Madrid: un La Volpiano 5-3-2. Carvajal y Marcelo tenían que balancear la mitad de la cancha, con tres centrales, el promovido y eficiente Nacho, junto a Ramos y Varane, para intentar frenar la electricidad del equipo del Cholo. Por un planteo así, a Benítez lo habrían cruficiado en plaza pública, pero Zizou lo implementó sin despeinarse, si es que en su caso vale la expresión.
“En lo único que nos parecemos es en el pelo”, justamente es lo que dijo Guardiola cuando le preguntaron por las semejanzas con Zizou. Sólo que también los une el pequeño detalle de marcar una era. La de Guardiola ya se sabe cuándo terminó. La de Zidane recién está empezando.

Por Martín Mazur.

Nota publicada en la edición de Agosto de 2017 de El Gráfico 

Por Martín Mazur: 14/09/2017

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