INFORME

Parque, el club de barrio más grande del mundo

- por Darío Gurevich: 14/09/2017 -

Soportó durante seis años que su sede estuviera cerrada, pero jamás dejó de funcionar. Se reinventó y desarrolló una infraestructura bestial. El regreso al origen, a Marcos Sastre 3268, es recuperar la identidad.

Apóstoles de la casa: Bocha y Checho Batista, Maddoni, Insúa, Cambiasso Gancedo y La Paglia, en una de las canchas del remodelado Parque.

César La Paglia está en el buffet de Parque; mientras cae la tarde, se topa con chicos y adultos que cruzan la puerta por Marcos Sastre 3268, que se mantuvo cerrada durante seis años, que se reabrió a fines de marzo. El Leche habla con el piberío, genera empatía. Ellos solo saben que es César, un tipo de la casa; conocen a la persona, no al enganche que supo desempolvar el disfraz de valiente para jugar y hacer jugar en La Paternal y en la Bombonera, en Sudamérica y en Europa. Su recorrido es amplio, se mueve de acá para allá en la gigantez de la remodelada estructura del club de barrio, ubicado en el corazón de Villa del Parque. Se regocija al ver el entrenamiento de las diversas categorías, la evolución de los pibes. Disfruta al vivir desde adentro cómo la sede del club late. Ahí, pegadito a la raya, se lo observa a Ramón; Maddoni mira la práctica de los nenes que se entrenan con los profes. Cuando terminan, los alienta, los apuntala, y, con la picardía y la generosidad que lo pinta, a uno le da unos mangos para que se alimente en la confitería, delante de él. Pipa Gancedo tira una soga en lo que puede, matea, relojea el entrenamiento de su hijo; vuelve a ser el niño alegre que adoraba pasar tiempo en el club. Al Bocha Batista, coordinador de fútbol desde 2005, le sucede lo mismo: allí es feliz, como cuando gateaba de bebé. Pocho Insúa y Nicolás Cambiasso conversan y se ríen; quizá retroceden a la infancia. Checho aparece; Sergio Batista, el único campeón del mundo en Mayores que se forjó en Parque, aquel que como futbolista inició el vínculo entre Parque y un club con fútbol profesional (Argentinos), se integra con una sonrisa dibujada. A esta altura, tal vez no sepa que Insúa lo tenía de referente, como tantísimos pibes que pateaban a fines de los 80.
La familia de Parque se junta en la histórica sede, establecida desde el 25 de mayo de 1949. Ya no tiene dos canchitas y un buffet, pero conserva el encanto, la nostalgia de aquellas jornadas en blanco y negro que no volverán. Allí José Batista –padre del Checho y del Bocha– fantaseó una institución barrial con fútbol que décadas después, sustentado por el trabajo que Maddoni y Yiyo Andretto encabezaron, se transformó en leyenda. El club los atraviesa a todos. El amor que les produce se torna inconmensurable. “Faltaban dos meses para que Checho se fuera al Mundial 86, y él jugó una final de futsal para Parque. Mi papá casi más lo mata. Pero mirá qué locura; bueno, eso es lo que sentimos nosotros por el club”, cuenta el Bocha, que se llama Fernando. Y Checho prosigue: “El sentimiento era tal que queríamos representar a Parque. Me la pasaba en el club. Es más, a los dos días de haber sido campeón del mundo, estaba jugando al tute con la gente grande, con mis amigos, en el buffet. Acá, nos enseñaron a mantener los pies sobre la tierra, a ser humildes; bueno, yo soy así. Uno debe seguir su vida normal; en ese momento, la mía era venir todos los mediodías a Parque”.

Bocha y Pipa Gancedo custodian a Checho, que desde chico aprendió a pararla con la suela.

“Cuando reabrimos la puerta y prendimos las luces, se me llenaron los ojos de lágrimas. Porque recordé mi vida”, advierte el Bocha; y, en la misma sintonía, Nico Cambiasso, integrante de la Comisión Directiva, agrega: “Hoy, con la vuelta a Marcos Sastre, reapareció lo que vivimos de chicos. Nosotros parábamos en el club, como aquellos que lo hacen en un bar o en un café. Sabíamos que, si íbamos entre las 18.30 y las 21, a alguien nos encontraríamos. No hacía falta ni llamarse. Recuerdo anécdotas con la gente grande que nos contaban experiencias, frases célebres; veíamos la tele clavada en el canal que pasaban las carreras de caballos, porque había gente a la que le gustaban los caballos, la Quiniela. Me acuerdo de partidos, cenas en familia; cuando se terminaba la jornada de partidos, pedíamos que nos dejaran una luz prendida para jugar un arco a arco. Todo esto, de a poco, vuelve a pasar porque recuperamos el lugar”.

LA DEBACLE del monstruo que alimentó al fútbol mundial surgió de modo inesperado. El plan era ampliarse al incorporar la casa vecina. Parque no dejó de funcionar, pero sí se demolía por tramos. Los muchachos que salieron del club y que habían pasado o todavía se dedicaban al fútbol profesional disputaron el último partido en la vieja canchita el 24 de diciembre de 2010. Era una tradición: todos los 24 de diciembre a las 17 se juntaban a despuntar el vicio y a celebrar la Navidad por anticipado. Ninguno de los presentes imaginó la malaria que pronto azotaría. ¿Qué ocurrió? “Se arrancó una obra, y no sé sabía si estaban los fondos para terminarla. En el medio, el país sufrió sacudones económicos. El club tenía ingresos en dólares, pero hubo una inflación en pesos enorme, el dólar no se movió, y se encareció mucho el presupuesto inicial de la obra. Dio bronca porque el club estuvo cerrado, parado. Nosotros perdíamos identidad y dinero por pagar alquileres en otros lugares”, explica Cambiasso.
La fachada de Parque resultó un calco de la desolación en 2011, 2012 y buena parte de 2013. El futuro se escribía con signos de interrogación. Las importantes deudas de dinero pegaban en la mandíbula; la clausura de la construcción, en el corazón. “Estuve dos años sin pasar por la puerta del club, y eso que vivo cerca. Me producía una tristeza terrible, no podía ver que la sede fuera un baldío”, sintetiza el Bocha Batista. Parque tenía los boletos para desaparecer, pero jamás murió. Las actividades –la escuelita de fútbol, el baby, futsal y cestoball– continuaron desarrollándose en Pacífico, Amanecer y el predio de Pipa Gancedo. La institución nunca se bajó de competir.

Cambiasso, La Paglia e Insúa, ex futbolistas que sienten la camiseta de Parque como ayer.

LA REFUNDACIÓN no contó ni con la complicidad de un mesías ni con la de un jeque. Tras culminar su carrera profesional, César La Paglia se interiorizó sobre la delicada situación. Por pasión, por un sentimiento de cariño genuino, por la negación de ver a su club devastado, caído y derrotado por goleada, por la felicidad de Maddoni –al que lo considera como un padre–, de los pibes y hasta de un barrio entero, se volvió a poner la 10 y buscó una estrategia para salir a flote. Junto a dos amigos de confianza, acercó un proyecto, que fue aprobado por la Comisión Directiva.
“Hace cuatro años trabajo de manera ardua para el club. He dejado hasta a mis hijos, a mi mujer, a mi familia de lado. Gracias a Dios, todos ellos comprenden este amor que tengo por el club. Por eso, es sumamente importante en mi vida. Me recuerda a mi infancia, a mi crianza, a mi formación. Más allá de lo futbolístico, me enseñaron a crecer como persona. Acá, en Parque, me contuvieron en momentos en los que no estuve bien. Es mi segunda casa. Hoy, el club impacta. Pero, durante el camino, hasta yo mismo dije: ‘Pará, ya está; esto es un quilombo’. Pasé momentos críticos; hubo que comprometer a gente en un proyecto muy grande. Al final, es como dice la canción: ‘El amor es más fuerte’”, asegura La Paglia.

 

“PARQUE ES UNA MARCA en el fútbol infantil. Si otro club de barrio hubiese perdido su sede durante seis años, habría desaparecido. Nosotros, en cambio, nos sostuvimos”, dice el Bocha Batista. Los siete protagonistas, al igual que este escriba, comparten una deducción lógica: Parque es el club de barrio más grande del mundo. “Es por la calidad y la cantidad de jugadores que surgieron de acá. Hay campeones del mundo juveniles, un campeón del mundo en la Selección Mayor, campeones de la Copa Libertadores. En todos los equipos grandes, hubo tres o cuatro jugadores de Parque; ni hablar de los chicos que fueron a Boca tras el convenio, de las grandes camadas de Argentinos”, argumenta Cambiasso. “Creo que, desde lo cultural, deberían nombrar a Parque como patrimonio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Me parece impresionante los jugadores que salieron”, completa La Paglia.
La sociedad cambió. Los chicos se derriten por la industria del entretenimiento. Pero, en Parque, se apuesta a la vieja usanza: los conitos y la horca son intocables. “Trabajamos los fundamentos y la técnica: saltar a cabecear, pegarle con las dos piernas, pararla con el pecho, la espalda contra la raya para que la pelota no se vaya afuera, manejar los dos perfiles”, describe Maddoni. “Nos trataban, sin enloquecernos, como si fuéramos miniprofesionales; jugábamos para ganar, pero siempre a través de una forma, de una manera, que es lo que más nos sirvió para encarar el fútbol y la vida; nunca supe qué es ganar como sea, siempre nos dieron las herramientas para jugar mejor y ser superiores al rival. Esta esencia se mantiene”, opina Federico Insúa. “En Parque, se le sigue dando importancia a lo lúdico. Creemos que tenemos que ser una escuela de jugadores creativos; el fútbol ha perdido eso. Los chicos no deben tener miedo a equivocarse, se tienen que animar a generar y deben tener recursos. Después, deben entender en qué momento y en qué lugar tirarlos”, remata La Paglia.

Los chicos trabajan bajo las indicaciones de los profes. Los padres no se meten.

El club cobija a 400 personas que juegan al fútbol, 80 becados, de bajos recursos. Además, desarrolla un rol social. Transmitir valores, educar y contener son principios de ayer y de hoy, que jamás se negocian.
“Parque es familia; yo vivía a cinco cuadras, pasé por la puerta a los cuatro o cinco años y le pedí a mi mamá que me trajera a jugar; me encontré con un club lleno valores: compañerismo, amistad, respeto, lealtad, honestidad, y el hecho de disfrutar del juego. Para nosotros, que éramos chicos, los jugadores más grandes del club eran reflejos de vida, nos criamos con eso”, afirma Leonel Gancedo. Sergio Batista, en tanto, acompaña con una anécdota que denota la línea que se bajaba, y que aún se baja, en la institución: “En partido difícil, le hice una seña a mi viejo con la mano, como si le dijera: ‘Dejame de joder’. Entonces, él, que era el técnico, me sacó de los pelos de la cancha. Tito Patiño, un íntimo amigo de mi papá, le pedía que me pusiera porque teníamos que ganar. “Ponelo vos, yo no”, le respondió mi viejo. El imponía respeto sin cara de traste, y, si alguien hacía algo fuera de lugar, lo sacaba de Parque”.

LA INAUGURACIÓN en sociedad del cálido, rejuvenecido y moderno Parque se concretará el 15 de este mes a partir de las 19.30 en su sede: Marcos Sastre 3268. La construcción realizada resulta bestial. En la planta baja, conviven dos canchas más los vestuarios, el buffet de dos pisos, un salón comodín bastante amplio y la secretaría. En el subsuelo, existe un espacio para 15 cocheras. En el primer piso, se proyecta un gimnasio de musculación de primerísimo nivel. En el segundo piso, se observa una estructura que se techará; ahí se ven tres canchas de baby a lo ancho que hacen una de futsal, de medidas reglamentarias, a lo largo. Sobre el fondo de la sede, ya sea en cualquiera de los tres niveles, surgen salas y aulas, espacios ideales para conferencias, capacitaciones y cursos. Se estima que todo estará concluido para principios o mediados de 2018.
“Si mi papá viera esto, se emocionaría –revela el Bocha Batista–. Mi sueño es envejecer acá; cuando me preguntan por quién hincho, digo la verdad: ‘Soy hincha de Parque’. A partir de ahora, queremos incorporar más calidad de jugadores, recuperar el sentido de pertenencia y que, cuando el club esté terminado, la gente disfrute de la vida social, de la identidad barrial”.

Son 400 los que practican fútbol en el club. Trabajar la técnica y los fundamentos, la clave.

“Nunca desaparecimos”
ALEJANDRO HERMIDA es el presidente del Club Social y Deportivo Parque. Inició su mandato en 2011, cuando la sede de la institución permanecía cerrada. “El momento más difícil se produjo en 2012, porque nos clausuraron la obra, los planos no salían, y los gastos corrían igual –anticipa–. Pienso que se había empezado un mal proyecto; quizás, cuando las excavaciones arrancaron, no estaban los cimientos como correspondían. Por supuesto que no me desligo de la responsabilidad porque integraba la Comisión anterior. De todas maneras, nunca desaparecimos; nos sostuvimos por la lealtad de mucha gente y por el nombre que Parque tiene. Nos esforzamos para juntar la plata y seguir con las actividades. No podíamos permitir que el club se muriera. En ese tiempo, el Leche La Paglia se arrimó y, tras superar adversidades, llegamos. Ahora, queremos que Parque se llene de gente y vuelva a ser lo que fue”.

Por Darío Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de Agosto de 2017 de El Gráfico 

Por Darío Gurevich: 14/09/2017

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