Notas de la revista

El brazo izquierdo

El ciclo de Sampaoli afrontará su primera prueba de fuego a partir de fin de mes. El entrenador de Casilda deberá ser el bombero de una urgencia, pero también el arquitecto de un inminente recambio generacional. La receta para no fallar la lleva escrita en sobre su piel.

Una frase está grabada en su brazo izquierdo, entre el codo y el hombro, en una sencilla caligrafía dibujada por el tatuador chileno Marlon Parra: “No escucho y sigo[1], porque mucho de lo que está prohibido me hace vivir”. Pertenece al estribillo de Prohibido, una canción de su admirado grupo Callejeros.
La otra leyenda supo colonizarle la cara interna del brazo izquierdo, entre la muñeca y el codo: “No se vive celebrando victorias, sino superando derrotas”. Se le atribuye al Che Guevara y se viralizó por el planeta traducida en todos los idiomas. Es probable que un pequeño error ortográfico (en vez de “sino”, se leía “si no”, separado) haya activado el impulso de taparla con otro diseño, pero la sentencia sigue allí, camuflada y viva en su epidermis.
Dejar copiosas huellas de tinta sobre la piel ha sido una elección de los últimos tiempos, bien entrada su década de los cincuenta. Fueron las mangas cortas de un veranito de Sevilla las que dejaron ver las explosiones más contundentes, como la obra que le impregna el brazo derecho, escogida para la tapa de otro álbum de Callejeros, Disco Escultura, y aunada a otra frase que editorializa su filosofía de vida: “Creo que educar es combatir, y el silencio no es mi idioma”, extraída de la canción Creo. Pero no es la única[2] que floreció durante su estruendosa estadía en Andalucía.
Quienes quieran apelar a detalles accesorios para condimentar la evaluación profesional de Jorge Sampaoli, no deberán esforzarse demasiado. El entrenador de la Selección está cortado por una tijera singular y ofrece un frondoso abanico de particularidades. Le gustan el rock y los tatuajes, viste más moderno que los señores de su edad, no fue un futbolista destacado ni llegó a la Selección con la bendición popular, está en pareja con una dama bastante menor que él,[3] corre y se entrena en el gimnasio con una disciplina admirable, es un cinéfilo empedernido, suele visitar en la cárcel al Pato Fontanet[4], tiene debilidad por los perros…
No sería descabellado imaginar a los dinamiteros de turno aferrados a una de esas particularidades de Sampaoli para ensayar sus diatribas desestabilizadoras si –Dios no lo permita– tropieza con alguna piedra en los primeros meses de su gestión. Puede pasar. Hace rato que en la Argentina se dedica más tiempo a las polémicas de conventillo que a los debates esenciales. Que la pueril discusión de los temas accesorios posterga el análisis de las verdaderas raíces de nuestras crisis.
A partir de fin de mes, el ciclo de Sampaoli afrontará su primera prueba de fuego, la doble jornada de Eliminatorias frente a Uruguay y Venezuela. La Selección, por si alguien no lo recuerda, camina sobre arenas movedizas[5] hacia el Mundial 2018. Tiene un pie adentro y otro afuera. Y se jugará su pasaje en cuatro partidos. Un “fierro caliente”, dirían en la mesa de un bar.
Sampaoli es consciente de eso. Intenso y apasionado como es, activó los engranajes de su cuerpo técnico con el foco en esa batalla de cuatro partidos. Pero no se dejó asfixiar por la urgencia del contexto y también tocó el botón de Start para sus ideas a mediano y largo plazo. Aquello que en un país serio se llamaría “proyecto”, la palabra más bastardeada por el fútbol argentino del tercer milenio.
¿Qué hace el técnico de la Selección cuando no hay partidos?, se martiriza el hincha durante las inmensas lagunas temporales que separan las fechas FIFA. Al unísono que formula la pregunta, el gen argentino deja flotando la nebulosa de la chantada: se rasca y cobra. Así somos, así no queremos dejar de ser. Cuesta detectar la tarea subterránea que cobrará visibilidad más adelante. Una siembra silenciosa con el horizonte en estaciones más distantes que ese relámpago de cuatro partidos que nos tiene la angustia anudada a la garganta.
Sin embargo, los primeros movimientos de Sampaoli noquearon a esa incredulidad general. Luego de preparar los amistosos con Brasil y Singapur, participó febrilmente en el entramado de la nueva estructura de juveniles, desde la inédita Sub 13 hasta la mítica Sub 20. Codo a codo con su ayudante principal, Sebastián Beccacece, eligió a los sparrings de la Selección Mayor (que serán base de la Sub 20) y los entrenó en el bunker de Ezeiza. Aprovechó las vacaciones de los “europeos”[6] en la Argentina y los visitó para bajarles la línea de lo que pretende para la Selección. Merodeó los estadios para ver partidos del fútbol local. Frustrada la posibilidad de armar partidos en el receso con una Selección local (media pila les pedimos a los dirigentes, ¡media pila!), convocó a los jugadores de nuestro torneo que están en su radar y les inoculó lo que espera de ellos. Abierto a intercambiar experiencias con líderes y entrenadores nacionales de otras disciplinas, propuso y concretó charlas con profesionales de la estatura de Julio Velasco y Sergio Hernández[7].
En síntesis, Sampaoli nunca estuvo quieto. Activó resortes para atender el hervor de la inmediatez y arrancó los cimientos de un proyecto integral con alcances hasta más allá de Qatar 2022. Porque no debe soslayarse un detalle que hoy subyace imperceptible: el ciclo que desemboca en Rusia 2018 marcará el punto final para una generación de futbolistas. Podrán sobrevivir el genio de Messi y algún iluminado más, pero ya se acaba el fuego de la horneada juvenil de Holanda 2005 y Canadá 2007. Juegue o no el próximo Mundial, dentro de un año la Selección surfeará una transición. Que el proceso sea traumático o natural dependerá, en alta dosis, de las decisiones que Sampaoli gestiona desde ahora, cuando los demás permanecemos enceguecidos por esos benditos cuatro partidos. Y si nos comemos una piña, si nos quedamos sin Mundial o vamos gracias a un zarpazo agónico de la fortuna, ya lloverán las críticas formateadas desde el golpe bajo de la trivialidad más ignorante: corre en vez de dirigir, pasea perros en vez de dirigir, mira películas en vez de dirigir, va a recitales en vez de dirigir, visita presos en vez de dirigir…
Si eso ocurriera y se desatara la tempestad de la argentinidad más salvaje, la modesta sugerencia para resguardar el futuro de la Selección es que sostenga el volante bien fuerte y se aferre más que nunca a la sabiduría de su brazo izquierdo. No escuche y siga, Sampaoli, que no se vive celebrando victorias, sino superando derrotas. No escuche y siga.

Notas al pie
Por Elías Perugino


1- No escucho y sigo también se llama su biografía autorizada, escrita por otro casildense, Pablo Paván.
2- En el brazo derecho también se tatuó la imagen de Oktubre, el segundo disco de los Redondos, que remite a la revolución bolchevique de 1917.
3- Durante su estadía en Chile se enamoró de Paula Valenzuela, 22 años menor que él. Son pareja desde hace nueve años.
4- Fanático de la banda Callejeros, Sampaoli visitó varias veces a su líder, Patricio Fontanet, quien purga condena por la tragedia de Cromañón.
5- Al cierre de esta edición, la Selección ocupa el quinto lugar de las Eliminatorias Sudamericanas, posición que la habilita a disputar el Repechaje. Le resta enfrentar a Uruguay, Venezuela, Perú y Ecuador.
6- Sampaoli y Beccacece iniciaron la ronda con Ever Banega, a quien visitaron en Rosario. En el predio de Ezeiza lo hicieron con Romero y Otamendi.
7- La charla con Hernández, a quien no conocía previamente, sobrevoló temas como el liderazgo, el valor de los entrenamientos de campo, el uso de la tecnología en el deporte y lo nociva que puede ser esa tecnología para la impronta de los jugadores.

Por Elías Perugino.

Nota publicada en la edición de Agosto de 2017 de El Gráfico