ENTREVISTAS

Fabricio Bustos, el guerrero

- por Darío Gurevich: 30/08/2017 -

En 22 partidos en Primera, el 4 sorprendió en Independiente y denotó por qué su proyección no es verso. El desarraigo y las malas. Su mirada sobre nuestro fútbol. La influencia de Milito. La continuidad con Holan.

En el corazón de la concentración del Rojo, en el hotel Scala, muestra con orgullo una frase que lo marca.

“El esfuerzo es la magia que transforma los sueños en realidad”, se lee sobre su bíceps derecho. Fabricio comenzó a tatuarse hace dos años; ya tiene dibujados sus brazos por completo y parte de su espalda. Tomó la decisión de llevarlo adelante por gusto, no por una moda. Pidió grabarse símbolos y frases que se refirieran a él y a su familia, sostén de acero en las buenas y, sobre todo, en las malas. La oración, entonces, que se observa en la foto de apertura, revela un concepto necesario para entender cómo salió del fango, para comprender su historia, que mezcla desarraigo, oscuridad, enjundia, pasión y amor.
A los 12 años, se estableció en Independiente; era uno de los pibes de la pensión. Toleró, como pudo, con la impotencia de aquel que extraña, los cientos de kilómetros que lo separaban de su casa, de sus padres y de sus amigos, allá en Ucacha, en la provincia de Córdoba. Mauricio Del Castillo, uno de los hermanos del Kun Agüero, lo ayudó para que licuara la nostalgia. “Casi todos los fines de semana me iba para la casa de Mauricio; él y su familia me dieron una gran mano”, detalla. También, se bancó pasar hambre en la pensión del club, durante una época negra en la que Independiente no alimentaba a sus chicos, tiempos en los que el Rojo parecía despojarse de la estela del Rey de Copas. Soportó, además, tres lesiones, dos en seis meses, una pesada de verdad: en 2012, se rompió los meniscos de la rodilla izquierda; en 2013, se rompió los ligamentos cruzados de la rodilla derecha; y en 2016, en su primera pretemporada con el plantel profesional, volvió a joderse los mismos meniscos. 
Admite que todavía recuerda aquellas mañanas en las que se levantaba para rehabilitarse los ligamentos cruzados. “Fue el momento más difícil de mi vida. Había salido de mi primera lesión, había jugado un muy buen Sudamericano Sub 17 (se consagró campeón), y sufrí un golpe durísimo. No lo superé hasta que recuperé mi nivel. Estoy acá gracias a mi papá, José, que me apoyó en todo, que no me dejó caer. Si no fuera por él, no sé qué haría ahora”, confiesa.
-¿Cómo te contuvo?
-Me habló mucho, me dijo la realidad: “Estás en la Selección juvenil y bien visto en Independiente. No seas bobo porque el tren pasa una sola vez. Aguantá; pasá los momentos malos, porque los buenos van a llegar solos”. Al final, tenía razón.
-¿Qué aprendiste a través de aquella nefasta y tediosa lesión?
-A bancar, a valorar más; esto es un juego, un deporte, y nosotros, los jugadores, estamos expuestos a las lesiones. Una vez que superé la rotura de los cruzados, mi cabeza estuvo puesta en lo que quería: ser profesional.
-Al resentirte los meniscos el año pasado, ¿los fantasmas se te aparecieron?
-No, no; como estaba ahí nomás de debutar, solo tenía ansiedad y quería que todo pasara rápido. Esa lesión la superé mejor que las anteriores, porque mi cabeza se mantuvo más tranquila. Las tres lesiones que afronté me fortalecieron en lo mental. Por eso, me tomo mi carrera con mucho compromiso.

Otro tatuaje en su cuerpo, otra oración que se transforma en un lema de vida.

Fabricio es Bustos; tiene 21 años y apenas acredita 22 partidos en Primera –todos como titular–, y 1 gol –ante Newell’s–. Afuera de la cancha, en el seno de la concentración del Rojo en el hotel Scala, se muestra serio, de palabras justas, oraciones cortas y conceptos contundentes. Adentro del campo juego –escenario en el que la verdad se desnuda–, se luce embanderado en la misma sintonía. El lateral derecho sorprende en Independiente y denota por qué su proyección no es verso. Los elogios abundan; sus virtudes son el disparador: resulta dinámico, de recorrido amplio, veloz, potente y resistente, de buen manejo de pelota –producto de que era enganche de chiquito–, y con capacidad para marcar, anticipar y quitar.
Su presente es encantador: se afianza, de a poco, en la Primera de un club con historia, tan trascendente como complejo. No obstante, reconoce que goza “en base a lo que se puede” y amplía su opinión: “No se puede disfrutar tanto en la Primera por cómo se vive el fútbol en el país. Mi familia disfruta de mi presente más que yo. Acá, no se mira cómo se juega; se fijan en los resultados. Eso me lleva a vivirlo de otra manera; no paro la pelota, tampoco pienso dónde estoy, ni qué momento vivo realmente”.

Atrevido, marca y pasa. El lateral derecho de 68 kilos y 1,68 de altura, conversa con El Gráfico.

En la era moderna, el fin es el justificativo por excelencia; se desprecia el cómo, y el grueso de la gente, de la prensa y de los protagonistas se subieron a la ola y a la moda de ganar medio a cero, tan falsas como billete fotocopiado. El análisis de Bustos, en este sentido, prosigue: “Creo que todos somos muy resultadistas, no miramos qué da el equipo, qué dan los jugadores en la cancha. Yo trato de aislarme del contexto del fútbol argentino, por la locura que se vive. Los hinchas lo ven de otra manera y está bien; no estoy en contra de eso porque cada uno puede aportar de la manera que quiera. Pero hay una realidad: los hinchas se van conformes con el resultado a favor; no les importa cómo jugó el equipo. Yo creo que es valioso formar una buena base para afrontar los diferentes torneos. Porque podemos ganar dos partidos seguidos y, después, perder uno, dos o tres y todo se irá al carajo. Por eso, armar un buen grupo nos va a acercar a conseguir buenos resultados”.
-¿Qué te conforma a vos?
-La actuación del equipo; que juguemos bien. Si hacemos lo que el técnico nos pide, está bien. Después, me fijo en mi rendimiento.
-Dentro de este contexto voraz, en el que de un día para el otro te pueden poner tan arriba o tan abajo, ¿no te marea escuchar que sos uno de los mejores proyectos de las inferiores de Independiente?
-La verdad es que no lo pienso; tampoco me guío por eso. Igual, agradezco la opinión. Trato de aislarme de lo que se dice y me enfoco en lo que tengo que hacer, que es jugar.

Nació el 28 de abril de 1996, en Corral de Bustos, en Córdoba. Vio la luz ahí porque no estaban dadas las condiciones en Monte Maíz, pueblo en el que su familia vivía, que está a 39 minutos en auto de Corral. A los tres años, lo trasladaron para Ucacha, donde se crió. Su primera imagen ligada al fútbol lo encuentra pateando contra una pared en soledad. “De chiquito, me costaba adaptarme a los grupos y jugaba a la pelota solo; es cierto: pateaba contra una pared y aprendía así. Hasta que mi hermano Nicolás, categoría 94, me llevó a Jorge Newbery, porque él jugaba ahí. A los seis años, arranqué de 5 en cancha chica; era un baby, y me gustaba pararme de volante o de defensor y meter goles. Jugábamos por diversión; en el club, me enseñaron bien y guardo los mejores recuerdos”, afirma.
En paralelo con Jorge Newbery, Fabricio vestía la camiseta de Deportivo Argentino de Villa María. En ambos clubes, comenzó a desenvolverse en cancha de 11. “Ahí jugaba de enganche; era habilidoso y rápido”, resume. A través de una prueba en Monte Maíz, donde Independiente conserva una peña, se acercó al Rojo; cuando pisaba los 11 años, allá por 2007, venía a Buenos Aires una vez por mes para entrenarse en las instalaciones del Diablo. Ya a los 12, allá por 2008, le aseguraron su fichaje y su camita en la pensión. La tira de inferiores la hizo casi completa: desde Prenovena hasta Quinta, y desde Reserva hasta Primera. “Aprendí de todos los técnicos que tuve: Rambert, Ale Fernández, Tanucci, Humberto Grondona, Pepi Berscé, Gabriel Milito y Fernando Berón. Escuché a cada uno y traté de hacer lo que me decían. Es importante entender qué pide el técnico, y yo me basaba en escuchar para aprender”, asevera.
Rápido, de inicio nomás, le ajustaron el puesto: Sebastián Rambert, que dirigía a la Prenovena, lo tiró de 8. En Reserva, Gabriel Milito lo puso de 4, posición en la que se luce en Primera. También, en la antesala a Primera, Fernando Berón, que le dio onda verde, que no paraba de meterle fichas, lo utilizó de 3. Su pierna cambiada no resultó un impedimento.
En su período formativo, además del club, figura el seleccionado juvenil. Ahí pulió fundamentos, se potenció y comprendió que jamás hay que creérsela. “Cuando sos chico, a muchos los confunde estar en la Selección. Te atienden como si fueras un rey, te dan todo… Por eso, muchos se confunden; creen que ya está, que el camino ya está hecho. Yo nunca me la creí, pero no voy a negar que me haya confundido un tiempo… Quizás llegás a pensar que sos el mejor en tu categoría por estar ahí. A mí las lesiones me ayudaron a salir; en mi mejor momento en la Sub 17, me lesioné. Eso me hizo recapacitar, saber que tenía que valorar y no decir: ‘Ya estoy acá, ya llegué, ya hice toda mi carrera’. Porque todavía ni siquiera la había arrancado”, explica.

"Cuando sos chico, a muchos los confunde estar en la selección. Yo nunca me la creí, pero no voy a negar que me haya confundido un tiempo".

Pausa. Antes de sumergirnos en lo bajo de su carrera profesional, descubrimos cinco datos, que servirán para conocerlo más.
- Es familiero; adora a su padre, José, a su madre, Carina, a sus hermanos, Nicolás y Martina, y a su abuela, Gladis.
- Es obsesivo con la limpieza en su casa.
- Les tiene miedo a las arañas.
- Escucha cuarteto. Chipote y Ulises Bueno, sus intérpretes preferidos.
- Carlos Sánchez fue su espejo futbolístico durante su adolescencia.

Ahora sí: hablemos sobre la escueta trayectoria del cordobés en el fútbol grande. Gabriel Milito lo hizo debutar en Reserva y en Primera. En su estreno ante River, el domingo 4 de diciembre del año pasado, en aquel triunfo 1-0 decretado por Diego Vera, Milito lo puso de 8. Pero, a fin de cuentas, ese es un detalle menor. “Gaby me dio muchísima confianza. ‘Si estás tranquilo, jugar en Primera es más fácil que en Reserva’, me aconsejó. Antes de mi debut, me dijo unas palabras que me llegaron y que me las guardo; fueron emotivas. Entonces, entré y jugué en Primera como si lo hubiera hecho durante toda mi vida. Cumplí un sueño y lo disfruté como pude, porque el equipo pasaba un mal momento”, asegura.
-¿Qué más recordás sobre tu debut?
-Fue emotivo para mí y para mi familia, que vino a verme. Porque la peleé desde muy chiquito, fui fuerte, y siempre quise estar acá.
-Cuando te tiraron de 4, ¿se te complicó, se te modificó el mapa?
-No, no; creo que me benefició. Cuando recibía de 8, sobre todo de tres cuartos de cancha en adelante, me costaba. Porque, para el estilo que Gaby quería, debía gambetear y poner pases filtrados, dos aspectos que me faltan incorporar. Soy más de tocar y pasar; por eso, al ir de 4, me hice más fuerte, pasé mejor al ataque y aproveché mis virtudes. Después, el mapa no me cambió; tampoco tengo problemas para cerrar con la pierna cambiada.
-¿Recuperás más pelotas de lo que se cree?
-Puede ser, por mi dinámica, porque trato de anticipar siempre. Capaz que recupero más de lo que hasta yo mismo pienso.
-¿Qué tenés que mejorar?
-La definición, la pegada en los centros y el pase filtrado a partir de tres cuartos.
-¿El centro es de primera, porque sorprendés, o a dos toques, porque tenés más chances de pegarle con precisión?
-Las dos cosas; creo que el centro de primera es mejor. Tengo que seguir trabajando esto para ser más completo.
-¿Tenés que animarte a patear más desde afuera, de media distancia?
-Sí; esa soltura me la van a ir dando los partidos. Así convertí mi único gol en Primera.
-Jugaste los 20 partidos que Holan dirigió en Independiente y te asentás como titular. ¿Qué te pide Ariel?
-Que sea vertiginoso, que tenga dinámica, que me quede cuando pasa el 3, y que pase, que ataque mucho.
-En el ciclo de Milito, Independiente volvió a ser competitivo. En el de Holan, lo es: perdió 1 partido de 20 y encontró funcionamiento. ¿El Rojo renació?
-Estamos por el buen camino; queremos llevar al club donde se merece, ponerlo realmente de pie. Crecimos muchísimo en lo futbolístico, pero todavía nos falta un montón. A medida que pasen los entrenamientos, nos vamos a complementar mejor todavía.
-¿Qué ejecutan bien y qué deben corregir?
-Por momentos, jugamos bien y manejamos la pelota. Igualmente, salimos muy bien de contraataque. El entrenador nos pide que seamos verticales. Por otro lado, tenemos que mejorar en la pelota parada.
-¿Cuáles son tus sueños?
-Afianzarme y salir campeón en Independiente; sé que defiendo una camiseta importante. El día de mañana me gustaría jugar en Europa y en la Selección Mayor.

Por Dario Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de Agosto de 2017 de El Gráfico 

Por Darío Gurevich: 30/08/2017

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