Notas de la revista

Roberto De Vicenzo, leyenda

Maestro dentro y fuera del campo, fuente inagotable de anécdotas y luchador incansable que forjó un talento reconocido en el mundo entero. Ganó alrededor de 250 torneos en 18 países diferentes, en los 5 continentes. Tenía el don de buena gente y una picardía a flor de labios. Un deportista ejemplar.

Su campaña como golfista profesional se extendió desde 1938 hasta 1995 y se estimaba que entre tantos viajes había dado 30 veces la vuelta al mundo.

Un joven aunque ya reconocido Severiano Ballesteros, en la previa de un Open Británico de la década del 70, le pidió a Roberto De Vicenzo salir con él en una vuelta de práctica. “En un momento –dijo Seve– me quedó la pelota en una posición difícil y busqué ayuda. ‘Maestro, ¿usted qué haría en mi lugar?’. A lo que me respondió, que cuando él tenía mi edad la tiraba para ese lado. Me extrañó la respuesta, pero obedecí sin dudar la indicación, y la pelota se perdió en unos matorrales. ‘¿Maestro qué pasó?’. Y todo suelto me dice: ‘Es que cuando yo tenía tu edad esos matorrales no existían’”. Habían pasado muchos años y el legendario golfista español se seguía acordando de aquella pícara anécdota.
Spaghetti, Old Robert, El Maestro o El Gigante Gentil, por sus 1,82 metros, fueron simplemente algunos de los apodos que intentaron identificar a este notable golfista que empezó de muy abajo (lagunero y caddie), para jugar su primer torneo profesional a los 15 años. “Algunos juegan al golf para bajar la panza y otros, para llenarla, y yo estoy en este segundo grupo”, solía decir. Ganó su primer Abierto de la República, el más importante de la Argentina, a los 21 años en 1944. Pero, llamativamente, lo conquistó 9 veces en 4 décadas diferentes, ya que se abrazó también al título en 1949, 1951, 1952, 1958, 1965, 1967, 1970 y 1974.
La asombrosa estadística de De Vicenzo contempla que triunfó en alrededor de 250 torneos (hasta él perdió la cuenta), 150 de ellos internacionales. Y a su natural talento, él le había sumado incontables horas de práctica. Así como de chico ensayaba con un corcho y un palo cualquiera, ya como golfista nunca escatimó horas en tratar de dominar la pelotita. “Buscaba llegarles al corazón. Sabía que si la dominaba, ella iría a donde yo quería. Practicaba tanto que ya les hablaba a los árboles, el problema era si empezaba a escucharlos”. Así, había alcanzado un swing tan elástico y preciso que cuando venció en su máximo logro, el Open Británico en 1967, el diario inglés The Observer publicó que su juego “alcanza tanta dulzura que casi puede paladearse”.    
Cada charla con el Maestro siempre dejaba una enseñanza. Y atendía con el mismo afecto y respeto a presidentes, como Nixon o Bush padre, a reconocidas personalidades como Bob Hope, Bing Crosby o Nat King Cole que al público en general, al mozo o al valet parking.
Jamás, por más encumbrado que se hubiera encontrado, olvidó sus raíces. Cuando alcanzó la gloria en aquel Open Británico, en las apuestas estaba 70 a 1, se jugó unos pesitos a sí mismo y obtuvo por eso una mayor recompensa que por el premio de la victoria.
Socio honorífico en St. Andrews, la cuna del golf; Salón de la Fama; campeón del mundo en 1953 en la ex Copa Canadá con Antonio Cerdá; Olimpia de Oro en 1967 y 1970, e integró esa selecta elite de los 5 mejores deportistas del siglo junto con Maradona, Fangio, Vilas y Monzón, que eligió el Círculo de Periodistas Deportivos en 1999. ¿Augusta 68? Ejemplo de caballerosidad deportiva. Una auténtica leyenda…

Por Walter Napoli / Foto: Archivo El Gráfico.

Nota publicada en la edición de Julio de 2017 de El Gráfico