ENTREVISTAS

Pablo Matera, el corazón de la fiera

- por Darío Gurevich: 20/07/2017 -

Viaje a la génesis del tercera línea: el legado y la pérdida de su padre, su madre como inspiración, el clic para abrazarse al rugby, la naturaleza de su personalidad, la evolución en su juego, las vivencias en Los Pumas y el crecimiento de Jaguares.

A los 23 años, en la preciosa cancha de sintético de Olivos Rugby Club, muestra su otro perfil.

Sus padres son la referencia. De Janina, heredó el empuje para prosperar hasta en condiciones adversas. De Flavio, sacó la obediencia y la prolijidad. Quizá por eso es un tercera línea que combina enjundia, tackle y destrezas. Tal vez por eso sorprendió a Gonzalo Camacho, que lo hospedó durante un mes en su casa, mientras compartían equipo en Leicester Tigers. Pablo Matera resulta aplicado hasta en las tareas domésticas más pequeñas y mundanas.
“Eso lo incorporé en mi casa. Mi padre era muy duro, como si fuera una especie de militar. Cuando venían mis amigos a comer a casa, lo único que mi papá hacía era corregirlos durante la comida. ‘Agarrá bien el tenedor, cortá así con el cuchillo’, repetía. Nosotros teníamos 10 u 11 años… Si bien fue duro, agradezco la educación que me dieron mis padres. Yo soy una persona educada, y más todavía cuando estoy en la casa de otros”, confiesa.
La familia no le puede faltar. Sus tres hermanas –Ana, Inés y Juana– le llenan el alma, al igual que su novia, Alina. El golpe más bravo, tan doloroso como injusto, se lo dio la vida: perdió a su padre cuando pisaba los 12 años. “Significó un baldazo de agua fría. Tuve que crecer de golpe. Su partida me marcó mucho, y mi mamá empezó a ocuparse de todo, no sabés cómo se desenvolvía. Fue una heroína para nosotros, para sus hijos. Cuando mi papá se murió, cambiaron cosas. Pero, gracias a mi mamá, mantuvimos el mismo estilo de vida”, admite.
-¿Te reprochaste, te preguntaste, por qué a ustedes les tocó atravesar esa situación indeseable?
-Sí, seguro; nos costó caer. Hace tiempo, cuando aquello era reciente, me embroncaba cada tanto. Hasta me decía: “¿Por qué a mí? ¿Por qué no puedo tener una vida normal?”. De todas maneras, nos ayudó muchísimo a crecer.
-¿Qué te sensibiliza?
-Mi familia. Ellos viven en Uruguay, y yo, en la Argentina. Cuando los veo, bajo un poco a tierra y me tranquilizo.
-¿Qué te inspira?
-Un montón de cosas. Es que hubo jugadores que me inspiraron: Corcho Fernández Lobbe, Juan Manuel Leguizamón… También, mi madre me inspira por cómo encara la vida. Cuando estoy medio fiaca, pienso en lo que logró y me digo: “Siempre se puede más”. Ella es un motor para mí.
-Si no fueras rugbier, ¿a qué te habrías dedicado?
-Me hubiera gustado ser jugador de fútbol. De hecho, hasta los 17 años, lo único que tenía en la cabeza era una pelota de fútbol. Jugué en la escuelita de Marangoni y después competí en La Rana, que es un torneo de acá, de Pilar. Ahí, con mi equipo, ganamos cuatro campeonatos seguidos y fui el goleador en tres torneos. Era un 9 rápido y con movilidad; pesaba 93 kilos, 15 menos que ahora, que estoy en 108. Pero nunca se me dio por ir a probarme a un club; quizás no me animé, tampoco nadie me llevó. Hasta el día de hoy, tengo amigos que me dicen: “Vos tendrías que haber jugado al fútbol; sos un pelotudo”. Igual, no me puedo quejar de lo que el rugby me da.

Al rugby se abrazó de adolescente. El ala, que mide 1,93, entró en contacto con la pelota ovalada en el colegio. Incluso, un amigo de la escuela lo convenció y lo motivó para probar suerte en Alumni. Allí comenzó a entrenarse con la categoría Menores de 15 y a entender el juego. Sin embargo, el clic para aferrarse fuerte a la actividad sucedería dos años después.
“A los 17, fui a una concentración nacional para la camada 91 de Pumitas. Yo soy del 93 -nació el 18 de julio en Buenos Aires- y, entonces, competía contra chicos más grandes. Ahí supe que había otra cosa más allá de Alumni, que había seleccionados argentinos, que había un Mundial Juvenil. Cuando me dijeron que se iba a dar una lista para la Copa del Mundo de Italia 2011, quería ser convocado. Como participé solo de esa concentración y mis compañeros habían hecho un proceso de trabajo, me quedé afuera. A partir de ahí, me propuse ir al Mundial del año siguiente, el de la categoría 92. Por eso, empecé a darle más importancia al rugby, a jugar más en serio. Por suerte, pude ir”, asegura.
La naturaleza de su personalidad de acero comenzó a aflorar en la mencionada concentración nacional de Pumitas. “Si no mostraba mi carácter, me pasaban por arriba -anticipa-. Tanto en Pumitas como en Pampas XV, el Seven y hasta en Los Pumas, fui el más joven del equipo; por eso, debía jugar de una manera más agresiva. Hace cinco años, defiendo la camiseta de Los Pumas y todavía soy de los jóvenes del plantel. Me alegra haberme ganado el respeto de los más grandes”.

Lengua afuera, mirada penetrante. El ala ataca y avanza en su segunda temporada en el Super Rugby.

-¿Qué frase que te dijo un coach te marcó a fuego?
-“Antes de entrar a la cancha, hay que sacarse toda la basura de la cabeza”, repetía Bernardo Urdaneta, uno de los entrenadores que tuve en Pumitas.
-¿Cuál es el disparador de tu evolución en el juego?
-En 2011, cuando empecé en el Pladar. Antes, nosotros entrábamos a la cancha a jugar: un par de lines, una que otra jugada en la que nos soltábamos, y alguna que otra cuestión más. Ahí, en cambio, comenzamos a trabajar las destrezas, como el pase. Llegó un día en el que hicimos 200 pases para un lado, 200 para el otro, 200 arrodillados, 200 de espalda. Así arrancamos a entrenarnos en todos los aspectos del juego, en todos los gestos del juego por separado. De hecho, esta es la forma en la que Argentina se entrena hoy en día. Esto genera que estemos más preparados en diferentes cuestiones del juego en general. 
-¿Qué rescatás de tu experiencia en el Leicester Tigers entre octubre de 2013 y mayo de 2014?
-Me llamó la atención que es otro tipo de rugby; ellos se entrenan de otra manera. Allá, en Inglaterra, el juego es físico, cerrado, y se trabaja mucho ir a tapar pelotas, ir a tapar a los pateadores; aspectos que acá, en la Argentina, no les damos importancia porque es un juego más dinámico. Lo que más me costó durante los primeros dos meses fue aprenderme las mil jugadas que el equipo hacía. Había muchos códigos, era un idioma nuevo. De hecho, en ese tiempo, no jugué ni un partido. Me encantó la cantidad de volumen de juego que se generaba; también, los entrenamientos específicos, por puesto. Acá, en el país, empezamos a desarrollar estas cuestiones hace un tiempo. Gracias a competir en el Rugby Championship, gracias a la participación de Jaguares en el Super Rugby, Los Pumas crecieron.
-Charlemos sobre Los Pumas. ¿Cuáles son tus tres momentos más preciados en el seleccionado?
-El primero es mi tercer partido: ante Sudáfrica, en Soweto, por el Rugby Championship 2013. Perdimos por 60 puntos (73-13), nos mataron. Pero, el día anterior al partido, Agustín Pichot me pidió hablar en el hotel y nos tomamos un café. “Adentro de la cancha, lo que quieras. Olvidate de qué te van a decir, de cómo te vas a sentir; si te gusta, pateala; si no, no”, me aconsejó. Pichot me dio una tranquilidad… Porque, antes de ese partido, yo estaba nervioso y con cagazo.
-¿El segundo?
-Mi primera gira con Los Pumas. En Pensacola, compartí el departamento con Gonzalo Tiesi y Corcho Fernández Lobbe, que tenía un cuarto para él. Estuvo buenísimo haber convivido con ellos; Corcho, el capitán del equipo, nos invitaba a ver una película en su pieza. Era algo tan simple, pero que nunca me imaginé que me iba a pasar, sobre todo porque se trataba de compartir un lindo momento con Corcho.
-¿Y el tercero?
-El entretiempo ante Irlanda por los cuartos de final del Mundial 2015. Fue raro, nadie estaba en sus cabales; en el vestuario, había mucho ruido, todos nos alentábamos y gritábamos: “Miren dónde estamos”. La energía era muy buena; nunca sentí que ese partido se nos iba a escapar. 
-A mediados de 2014, te lesionaste el hombro…
-Sí (interrumpe); fue como si arrancara otra vez, todo de cero.
-Te recuperaste, volviste y competiste en el Mundial. ¿Qué aprendizaje te dejó aquella edición de Inglaterra 2015, aquel valioso cuarto puesto?
-En un Mundial, es fácil motivarse. En ese sentido, todos los equipos se equiparan. Además, todos los jugadores están a mil, recontra entrenados. Pero me quedó un detalle: hay que desarrollar e implementar una muy buena estrategia que asegure la recuperación rápida de los jugadores. Porque, cada cinco días, jugás el partido más importante de tu vida. Entonces, ¿cómo hacés para recuperarte del físico y de la mente tras haber dejado todo? Creo que cómo utilizás la energía en esos cinco días y cómo la ahorrás son claves. De hecho, los jugadores que más recuperados llegan son los mejores para ese partido. En las semifinales frente a Australia, yo no podía más; estaba en un 40%. Y lo veía a David Pocock al 100%. “¿Cómo hizo este tipo?”, me preguntaba. Esa fue la diferencia.

"El proyecto de Jaguares nos puede llevar a ser el mejor seleccionado del mundo", afirma.

-¿Qué se plantearon para este año con Los Pumas?

-Todavía no lo hablamos. El año pasado nos habíamos puesto objetivos numéricos: ganar dos partidos del Rugby Championship y dos de los tres partidos que afrontamos en noviembre. Creo que este año pensaremos en nuestro nivel de juego y en crecer como equipo. De hecho, es lo que venimos haciendo en Jaguares y nos dio resultado. Porque entramos a la cancha con un pensamiento: si perdemos, no nos frustremos. En la semana, nos decimos que vamos a jugar con un equipo igual de bueno o mejor que nosotros, y está prohibido caerse ante una derrota. Es una metodología distinta que se implementó para no pensar directamente en los resultados, sino simplemente en jugar mejor.
-Conversemos sobre Jaguares. ¿Aprendieron de las experiencias negativas que padecieron el año pasado?
-Muchísimo. Pensábamos que éramos mejores de lo que realmente somos y nos comimos una cachetada gigante. Nos frustrábamos mucho ante cada derrota; sentíamos la obligación de ganar, lo que fue una presión contra nosotros mismos. También, sufrimos la inexperiencia en un torneo nuevo. Imaginábamos que se trataba de jugar de todos lados, que podíamos salir jugando desde nuestro ingoal y hacerles tries a todos. Nos equivocamos; había que planear cuándo jugar, cuándo ahorrar energía, cuándo patear, por lo exigente que es el Super Rugby. Tras analizar a los rivales, nos dimos cuenta de que ellos se sacaban de encima la pelota cuando estaban de mitad de cancha para atrás. Después, nos presionaban. Creo que aprendimos, crecimos un montón y todavía tenemos bastante por corregir.
-¿Jaguares en qué aspectos mejoró?
-Por empezar, en el juego por zonas. Se trata de cuánto arriesgar y en qué parte de la cancha. Nosotros tenemos cuatro zonas de juego, según a qué distancia estamos de nuestro ingoal. Cuanto más cerca estamos del ingoal que defendemos, hay menos pelotas para jugar. Si estamos ahí nomás de nuestro ingoal, tenemos dos pelotas, dos oportunidades, para avanzar. Si no lo conseguimos, debemos patear la pelota. En la siguiente zona, contamos con tres oportunidades; en la siguiente, con cinco; y en la siguiente, con 10 chances para quebrar la defensa rival. Esta es la regla que nos pusimos. El año pasado, en cambio, jugábamos la pelota en cada zona hasta perforar, y capaz no lo lográbamos nunca y la perdíamos. Por otro lado, crecimos en otras cosas.
-¿Podrías enumerarlas y describirlas?
-Sí… 1) Nuestra estrategia de defensa es diferente. Antes, éramos más pasivos; en esta temporada, buscamos atacar más desde nuestra defensa y provocar los errores del rival. 2) Todos los lunes nos debíamos aprender cinco jugadas nuevas de ataque para aplicar el fin de semana. A partir de este año, nos manejamos solo con dos jugadas. Si bien tienen sus variantes, no cambian; son las mismas. Como ya las sabemos, nos enfocamos en la defensa. Así es mucho más fácil. 3) Antes, le dedicábamos cuatro días al análisis de video del rival del fin de semana. Ahora, nos analizamos a nosotros mismos tres días por semana y solo miramos videos del rival un día de esa semana. Primero, nos enfocamos en nosotros; eso nos permite progresar. De hecho, fuimos más regulares que en 2016. Podemos competir ante cualquiera y ganarle hasta el mejor equipo del Super Rugby. Pero, si tenemos un mal día, también podemos perder contra el peor. Esa es una de las cosas por corregir.
-¿Es cierto que tenés miedo a perder?
-Sí, mucho miedo. Es un tema que trabajo y que debo sacármelo de la cabeza. Desde chiquito, soy muy competitivo; nunca me gustó perder.
-¿Qué cuestiones consolidaste de tu juego en estas dos temporadas en el Super Rugby?
-El juego aéreo y el hecho de tocar más la pelota. Por cómo era la estrategia de Los Pumas, no lo hacía; la tocaba muy poco. Hoy, gracias al plan de juego de Jaguares, agarró más la pelota y me siento más cómodo, con más confianza, para rendir mejor.
-Firmaste con Jaguares hasta 2019. ¿Qué te seduce del proyecto?
-La continuidad en un mismo equipo durante tanto tiempo. Tal vez, al irte a jugar al exterior, no sabés si vas a permanecer dos años en un club, si te va a gustar, si te querés volver. Acá, nos conocemos entre todos y sabemos que el 90 por ciento del plantel va a integrar Los Pumas. Nosotros podemos jugar todos los fines de semana juntos, una ventaja que ningún otro seleccionado tiene. De hecho, por primera vez, sacamos una ventaja por encima del resto. El proyecto de Jaguares nos puede llevar a ser el mejor seleccionado del mundo, y creemos que podemos lograrlo. Por eso, hay que preocuparse por mejorar el rendimiento.
-¿Qué sueña un tipo de 23 años al que su vida deportiva le sonríe?
-Ganar un Mundial. La vara siempre debe estar alta.

Por Darío Gurevich / Fotos: Maxi Didari.

Nota publicada en la edición de Junio de 2017 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 20/07/2017

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