ENTREVISTAS

Pity Martínez, destino de crack

- por Diego Borinsky: 03/07/2017 -

Hace cosas que no se le ve a casi ningún futbolista argentino. Pese a su talento, ha sido resistido en Huracán y en River, pero terminó imponiéndose por su personalidad. Charla íntima para conocer mejor a este mendocino desfachatado.

La sonrisa y esa marquita en la frente que trae de niño, en River camp.

En el barrio Nueva Esperanza, departamento de Guaymallén, a media hora de Mendoza capital, lo que no sobran justamente son esperanzas. La que vale, la que cuenta, es la realidad: barrio humilde con calles de tierra, y un plan municipal que entrega casas sin concluir. Algunas familias tendrán suerte: contarán en su hogar con un albañil que la terminará como corresponde.
También tendrán suerte los chicos que en el barrio Nueva Esperanza andan detrás de una pelota. Ni hablar los que son hinchas de River. Es que el plantel profesional, la Primera de River, hará la pretemporada en la ciudad y practicará en el camping de Luz y Fuerza. Y el camping de Luz y Fuerza queda, vaya alegría, pegado al barrio Nueva Esperanza.
-Cuando venían a practicar, nos poníamos atrás de un paredón y esperábamos a que cayeran las pelotas. Siempre caía alguna, y después, íbamos a la puerta a saludar a los jugadores.
-¿Devolvían las pelotas?
-¡Sabés cómo iban para el barrio! Olvidate.
-¿Vos te llevaste alguna?
-Nunca tuve la suerte de llevarme, pero las que agarrábamos nos servían para jugar entre todos.
 

Bien, no haremos aquí una apología del robo de balones. En todo caso, Gonzalo Nicolás Martínez, el Pity Martínez, le está devolviendo a River con sus prestaciones en general y con su preciosa volea de zurda en la Bombonera en particular, casi 15 años después, el valor de unas cuantas bolsas de pelotas. Las pelotas, justamente, que en el barrio Nueva Esperanza lo ayudaron a forjar una técnica y una personalidad que hoy lo erigen en uno de los más distinguidos valores del campeonato argentino.
El Pity sonríe con naturalidad al recordar aquellas travesuras (primero asegurarse la pelota, después el autógrafo), sentado en la tribuna de la cancha 1 de River camp y contrariamente a lo que uno observa en sus apariciones televisivas, se muestra suelto y divertido, lejos de la parquedad que uno imagina. El Pity lleva un recorrido importante en su carrera, pero al detenernos en el dato de que el 13 de junio cumplirá 24 años, comprendemos que el fútbol es una incubadora que acelera notablemente los tiempos de maduración. El Pity sigue siendo un pibe, aunque a veces se lo juzgue como a un adulto. Ya estamos conociendo un poco más su historia.

En el aire, la lleva atada con su zurda sin necesidad de mirarla, con la cabeza levantada. Partido consagratorio en la Bombonera: golazo y pase de gol.

BOTINES SOBRE LA MESA
Hijo de Luis y Liliana, albañil y ama de casa respectivamente, el Pity es el quinto de siete hermanos (5 varones y 2 mujeres), que van de los 20 a los 32 años. Está en pareja con Priscila, fana de Huracán, con la que tiene una hija, Pilar, que nació unos días después de concretarse su pase a River. Pero llegar a River le costó demasiado, como comprobaremos enseguida.
“El apodo lo tengo desde los 5 años, alguna vez le pregunté a mi vieja a qué se debía y me contestó que no sabía, que se le había ocurrido”, explica el Pity, y enseguida deja en claro que solo recuerda su nombre de pila en casos de emergencia: “Si me gritan ‘Gonzalo’ por la calle, muy raro que me dé vuelta, por ahí me dice así Mati (por Matías Ghirlanda, el encargado de prensa del plantel), o mi mujer, cuando se enoja, así que cuando se viene un ‘Gonzalo’ hay que estar preparado. Después, compañeros, técnicos, amigos, todos me dicen Pity”.
El zurdo jugó en su tierra en clubes de nombres exóticos: se inició en la Escuela EDI del barrio El Sauce, siguió en Efago, Boca de Bermejo, Andes Talleres y Empleados de Comercio (CEC). En cancha de 7, se paraba de volante central y después, en la grande, jugó de volante por izquierda o enganche, “Mi papá jugaba para los veteranos en El Sauce. Era un defensor fuerte, derecho, de buena pegada el enano (¡mirá quién habla!) y yéndolo a ver una vez con mis hermanos, faltaba uno entre los más chiquitos y el técnico le pidió a mi papá a ver si me dejaban probar”. Así empezó todo.
-¿Sufriste muchas privaciones?
-Fue una infancia linda, un poco sufrida, pero nuestros viejos nos dieron todo rompiéndose el lomo. Hambre hambre no pasé nunca, un sánguche de papa al menos siempre hemos comido en casa. Por ahí mis viejos salteaban una comida y se tomaban un mate para que no nos faltara a nosotros. Eso lo tengo presente, no lo he olvidado.
-¿Qué te gustaba tener y no podías?
-Botines, el tema de los botines me volvía loco. Me acuerdo de unos Adidas, que encima habían salido con el escudo de River en la lengüeta, y a mí me encantaban, porque, además, de chico yo era de River, por mi viejo. Pobre mi vieja y mi abuela, las hice endeudar bastante por esos botines (risas). No se los pedí, pero ellas sabían que me encantaban, porque de chico jugaba con lo que podía. Ese fue el único botín Adidas que tuve de chico hasta las inferiores de Huracán. Ibamos a muchos torneos cuando era pibe, y duraban poco los botines, porque no eran muy buenos que digamos.
-¿Recordás el día en que te los compraron?
-Claro, ¿cómo me voy a olvidar? Fue un mediodía, que mi mamá salió con mi abuela, y cuando llegué de la escuela y los vi arriba de la mesa me volví loco. Los cuidé como oro, los usaba un rato y los guardaba…
-Complicado siete hermanos para dormir...
-Teníamos un saloncito atrás donde dormían mis viejos y adelante había dos habitaciones, en una iban las dos mujeres y en la otra los cinco varones, así que… imaginate (risas). Aparte, no era una de 10 x 10, había una cucheta, que después fueron dos, y un par de camas. Guerra de almohadones había seguido, olvidate, y se complicaba un poco con la ropa, les agarrábamos a los más grandes y se calentaban, pero la pasábamos muy bien, fue divertido.
-¿Laburaste de algo?
-No, gracias a Dios no, mis viejos nunca nos permitieron, lo que sí, ayudábamos mucho en casa. A veces lo acompañaba en sus trabajos de albañil, pero para joder más que nada, nunca hice una mezcla ni puse un ladrillo.

Desenvuelto, así se mostró en la charla con El Gráfico, en una de las tribunas de River camp.

Luis Martínez es hincha de River. No desde hace 2 años y monedas, cuando su hijo famoso se puso la Banda. Lo es desde siempre. De los 7 hijos le salieron 4 de River y 3 de Boca. El Pity eligió el mandato paterno, aunque no le gusta manifestarlo demasiado. “Y viste, porque si no acá te empiezan a joder –acepta–, pero cuando me lo preguntaron, lo dije. No era fanático, pero sí era hincha de River por mi viejo, que sufría mucho, después se fue tranquilizando”. Si había noches en las que apenas alcanzaba para un sánguche de papa, no sobraba dinero para pagar el cable. “Ibamos a lo de un vecino para ver los partidos. Los vecinos también eran enfermos de River, así que cuando había gol de River, explotaba la casa”, revive el Pity, que admiraba el juego de D’Alessandro: “Se lo dije al Cabezón cuando vino el año pasado, que me gustaba mucho su manera de jugar y que lo seguía”.
Gonzalo no solo se deleitaba con “la boba”, sino que soñaba con probarse en la gran ciudad: “Les insistía mucho a mis viejos porque quería venir jugar a un club de acá, pero no había plata, entonces me mandaban en micro, con un amigo y su papá. Carlos Bruera, lo quiero nombrar porque me pagaba los pasajes y nos acompañaba a mí y a su hijo, Rodrigo. Acá parábamos en alguna pensión que nos hacían lugar”. El Pity tenía 12 años; las pruebas fueron múltiples. “Vinimos con cuatro chicos que se destacaban a probarnos a varios clubes –resalta–: River, Lanús, Boca, Racing, Banfield. En River me vieron bien, el técnico del CEC me dijo que había quedado. Yo estaba recontento, pero volvimos a Mendoza y no me llamaban y después me enteré de que habían pedido mucha plata y River dijo que no. Después de tantas pruebas y al no concretarse nada, le dije a mi viejo que no quería saber más nada, que me quedaba allá jugando con amigos”.
Como les suele ocurrir a miles de chicos a los que les sobra talento, la puerta del fútbol en clubes de renombre parecía cerrarse definitivamente. Podría haber agarrado el balde y el fratacho, pero un ángel guardián (todos tenemos un ángel guardián) lo rescató de ese limbo. Ese ángel se llamaba (se llama) Gregorio Carrizo, a quien el mundo futbolero no conoce de otro modo que como Goyo Carrizo.

El partido que el Pity jamás olvidará. Aquí, su volea perfecta.

GOYO DESATO EL NUDO
Goyo Carrizo fue el responsable de que Maradona se sumara a los Cebollitas de Argentinos Juniors. Lo conocía del barrio, de Villa Fiorito, donde aún hoy Goyo sigue viviendo, en la calle Chivilcoy. La categoría 60 ya estaba cerrada, no había cupo. “Si no dejan venir al Pelusita, no vengo más”, los apuró Goyo, que era el crack del equipo, cuando tenía 9 años. Lo dejaron y se hicieron inseparables. Incluso, como había nacido el 21 de octubre, solo 9 días antes que Diego, festejaban juntos los cumpleaños. Ellos y Oscar Trotta. De a tres. Eramos tan pobres…
“Fue en 2007, yo había jugado en Independiente Rivadavia de Mendoza –nos cuenta Goyo– y un amigo tenía una escuela de fútbol y había organizado una prueba en la cancha de Huracán Las Heras. Había un chiquitín de 13 años, bien flaquito, que se paró a mi lado, sobre la línea, y me miraba. Trotaba y me miraba. En un momento se me acercó. ‘Quiero ir a Buenos Aires’, me dijo. ‘Bueno, pero hacé algo, te tengo que ver, mostrate’, le dije. Bueno, se metió en el partido, bajó una pelota, gambeteó a un par y lo bajaron de atrás. Con 5 minutos me alcanzó para darme cuenta de que era distinto”.
A través de su amigo Roberto Fernández se puso en contacto con Marcelo Simonian, empresario relacionado con el fútbol desde 1990. “Vi a un chico diferente, talentoso, tiene muchos hermanos, si lo llevamos a Buenos Aires, en 3 o 4 años juega en Primera de un club importante”, diagnosticó Goyo. Simonian confió en ese hombre, quizás porque algo de zurdos talentosos sabía. “Y fue tal cual, a los 4 años estaba debutando en Huracán”, cierra Goyo, feliz por el desenlace.
Marcelo Simonian devuelve el WhatsApp de El Gráfico, pero pide contestar por esa misma vía ya que está en China de reunión en reunión. Tiene 54 años, llegó a enfrentar a los Cebollitas en los Juegos Evita con el equipo de una Unidad Básica de su barrio (“Nos masacraron”, recuerda, sin eufemismos). Fue CEO de Compaq en Latinoamérica, en el fútbol representa, además de al Pity, a Pastore, Banega, Lucho González, Romagnoli y tuvo a D’Alessandro, entre otros. Hoy maneja Fwtv, el canal de TV por internet.
-¿Por qué decidió invertir en el Pity?
-Goyo Carrizo llamó varias veces para decir que tenía a un fenómeno de 13 años. No le dimos demasiada bola hasta que, debido a su insistencia, un día decidimos recibirlo. Cuando le preguntamos qué quería a cambio de traerlo, nos contestó: “El reconocimiento, el día que triunfe, de que al Pity lo descubrí yo”. Lo mandamos a buscar.
-¿Qué le llamó la atención?
-Cuando llegó, era tan flaquito que nos dio un poco de miedo. Pero se le notaba esa personalidad y esa rebeldía de los cracks. Nunca habíamos tenido, en la empresa, un jugador tan chico. Lo llevábamos a casa los fines de semana. Siempre vivió con nosotros, ¡no dejó cagada por hacer! Pero siempre fueron los mimados de La Oficina junto a Juani Hernández, otro chico que trajimos.
-¿Cómo describiría al Pity como persona?
-Es muy muy inteligente, tiene una personalidad increíble, es guapo, se puede caer 10 veces y se levantará las 10 y seguirá adelante. Toma riesgos y no tiene miedo de equivocarse y volver a intentar. O sea: un crack.
Simonian puso el dinero que pedía el CEC y que varios clubes consideraban excesivo. Y lo dejó en Huracán. “Nos trajeron en avión –revive el Pity–, yo me quedé en la oficina de Simonian para no extrañar tanto. Viví unos tres años con el Flaco Pastore, íbamos juntos a entrenar o salíamos al cine”.
El Pity llegó a mitad de campeonato a Huracán y, como no se podía anotar, practicaba con la categoría 91, con muchachos dos años mayores que él. No jugaba oficialmente, pero se entrenaba para poner a punto el físico. Y para curtirse. “Eran todos más grandes, yo los encaraba igual y alguna patada recibía, puteadas también, pero con buena leche”, resalta. Subió rápidamente de categorías hasta que llegó la hora del debut en Primera. Año 2011, no eran los mejores tiempos para ponerse la camiseta y jugar, la pelota quemaba. Más para un chico de 18 años. Huracán había descendido a mediados de año, junto con River, pero no volvería inmediatamente: tardaría tres años y medio. El Pity debió comerse esos tres años y medio en el barro del Nacional B, con la ansiedad y la angustia de una hinchada exigente como la de Huracán repiqueteando en sus oídos.
“Uhhh, desde el debut fue picaaaante eso –sonríe–, estaba Amador Sánchez como técnico. Me llamó con unos compañeros para hacer fútbol contra la Primera, estando en Sexta, en La Quemita. Terminaron puteándome un poco porque se las pisaba y hasta metí un gol. Al otro día, hicieron fútbol en el estadio y metí otro gol y ahí decidió concentrarme y pude debutar unos minutos, contra Almirante Brown, en Casanova. Duro... Perdimos 2-1 y Amador se fue. Bajé, después Diego Cocca me bancó a morir y lo mismo hizo Rivoira, y ya no bajé más”. Con la gente, también hubo altibajos: “En Huracán pasé las mejores y las peores, en un momento peleábamos por no irnos a la B Metro, un partido que le teníamos que ganar a Atlanta sí o sí, y zafamos. De entrada sufrimos mucha presión, la gente de Huracán también exige mucho. Me pasó algo parecido a lo que viví en River, tuve que revertir con la gente, era resistido pero terminé excelente”, compara.

Festejo del gol de espaldas, mostrando su camiseta.

River. El Pity fue uno de los primeros pedidos de Gallardo apenas asumió en junio 2014, pero el presidente de Huracán no lo largó. Era lógico: acababan de perder la chance del regreso a la A en un desempate con Independiente y se venía el “ascenso para todos”: 6 meses en los que el Globo debía asegurarse una de las 10 plazas. El Pity era la carta decisiva. Se quedó y logró subir en un desempate con Atlético de Tucumán y luego alzó la Copa Argentina, 41 años después de la última conquista gritada en Parque Patricios. Gallardo volvió a la carga seis meses después. Al Muñeco, los jugadores que le gustan, le gustan, y no le traigan opción B, C o D. Tuvo suerte el Pity en ese sentido.
“Me puse mal cuando no se dio el pase a River –admite–, pero la decisión de Nadur fue la correcta, había que subir o subir. Rogaba para que Gallardo insistiera a los seis meses, sabía que dependía de mí también, tenía que seguir andando bien”. Anduvo, sí. Logró los dos objetivos con el club donde se formó y en enero de 2015, desembarcó en Núñez a cambio de 4 millones de dólares. Al segundo día de su estadía en Mar del Plata, el DT lo convocó a su habitación: “Me comentó cómo era el estilo de juego de él, me preguntó dónde me sentía más cómodo, me dijo las cosas que pretendía de mí, que me habían buscado por el desequilibrio en el mano a mano, por la velocidad, por lo atrevido que soy, estuvo muy linda la charla”.
El arranque con la Banda fue auspicioso. Ingresó en el segundo tiempo ante San Lorenzo, en la ida de la Recopa, y una precisa asistencia suya a Carlos Sánchez derivó en el 1-0 final. A los cuatro días, otras dos habilitaciones claritas le sirvieron a River paga ganarle 4-1 a Sarmiento en la primera fecha del campeonato. “Arranqué genial, iluminado –revive–, el grupo se portó excelente desde el primer día. Al principio cuesta caer y de a poco te vas dando cuenta de la magnitud del club. En River sos un bebé, las canchas están 10 puntos, la ropa, la comida, los hoteles, aunque en Huracán también íbamos a muy buenos hoteles, eh”.
Sin embargo, lo que asomaba como una estadía armoniosa en Núñez no fue tal. Por varios motivos. “Me lesioné la rodilla en la segunda fecha y eso me hizo perder ritmo; era un equipo que estaba armado, y me costó volver a ganarme la confianza del técnico y tener otra vez ritmo”, evalúa. Después, debió hacerse cargo de una camiseta pesadísima, la 10. Muchos hinchas creen que aún juega el Beto Alonso y lo juzgaron con esa vara: “Toda mi vida me gustó usar la 10, y creí que sería muy difícil que me la dieran en River, pero Aimar quedó afuera de la lista de la Copa por su lesión y Marcelo me dijo que la usaría yo. Lo acepté bien, no me pesó, porque siempre confié en mis condiciones y en que la iba a representar bien”.

Arranque contra Temperley por la derecha. Gallardo lo pidió apenas llegó al club, pero recién se lo trajeron a los 6 meses.

El Pity alternó buenas y malas en 2015, siempre exponiendo señales de su evidente jerarquía, pero el hincha promedio se mostró demasiado duro ante sus errores. Hasta que el 8 de febrero de 2016, frente a Quilmes en el Monumental, clavó un zurdazo desde 30 metros para el 2-1 parcial y mandó callar a todos con el dedito sobre los labios. Fueron dos segundos, porque enseguida, ya arrepentido, ese dedo fue adentro de la boca, festejo-chupete para su hija Pilar. Sin embargo, el hincha tomó nota y redobló su exigencia y enojo.
-Fue un error mío hacer eso, un momento de desahogo, perdí la cabeza. Me habían gritado algo de mi hija y me saqué.
-¿Vos escuchabas los murmullos?
-Sí, ¿cómo no vas a escuchar a 50.000 personas, que cada vez que agarrás la pelota pareciera que tenés que hacer la jugada de Messi? Me pasaba lo mismo en Huracán. Ese día, terminó el primer tiempo y me puse muy mal, todos los compañeros me tranquilizaron, eso marca lo que es el grupo. Me arrepentí, sé que no lo haré otra vez.
-¿Se te cruzó irte de River?
-No, nunca (terminante). Primero, porque quería dar vuelta la situación y, segundo, porque en ningún otro lugar voy a estar mejor que en River, sabía que tenía que aprovechar todo lo que me brindaban acá para darlo vuelta.

A pesar de los altibajos y del murmullo, el Pity era importante para el equipo (por algo Gallardo lo ponía). Golazo en la Suruga, penal generado ante Boca en la Libertadores (la luz de diferencia para pasar de fase), golazo de tiro libre ante Estudiantes de San Luis para ganar 2-1 en el descuento y avanzar en Copa Argentina, sólo por nombrar algunos aportes.
En 2017, una serie de clics encadenados potenció su confianza y modificó la relación con la gente. La secuencia fue la siguiente. 1) El cónclave en Medellín, antes del debut en la Libertadores. “A instancias de Sandra (Rossi, especialista en neurociencias), salió una charla buenísima -recapitula–. Nos pidió que dijéramos en voz alta lo que pensábamos de cada compañero. El que tenía algo para decir levantaba la mano y lo decía. Cuando salió mi nombre, algunos compañeros dijeron que la pedía siempre, que no me escondía”. 2) El partido contra Lanús. Al regreso de Colombia, ante el rival que lo había vencido 3-0 en la Supercopa, Gallardo movió fichas y mandó al Pity a la derecha, para comerle la espalda a Maxi Velázquez. Y el Pity jugó para 10. “Ese partido fue un cambio en lo que va de mi vida en River y lo voy a recordar siempre. Ya venía con confianza, jugando tranquilo, pero ese 3-1 fue el despegue. 3) Bombonerazo. Esta vez, el Muñeco pegó otro volantazo y lo mandó a la izquierda para comerle la espalda a Peruzzi. Y el Pity la rompió: metió el 1-0 con una hermosa volea, asistió a Alario para el 2-0 y enloqueció al Xeneize. “Fue el partido más importante de mi carrera”, sintetizó. No exageraba.
“Mi error era querer demostrar cuando no lo tenía que hacer y al llegar a un sector del campo donde había que bajar los decibeles para tomar una buena decisión, no lo hacía”, analiza el zurdo. “El cuerpo técnico es de hablarme siempre, de creer en mí, me decían que me tranquilizara, que la confianza estaba, que tenía que agarrar ritmo de juego y me marcaban las cosas para corregir”, recapitula el Pity, que invita de a tandas a su familia para que vengan a verlo. Sabemos que son una familia numerosa. “Una vez los hago venir a mis viejos, otra a mis hermanos, siempre alguna promoción de pasajes hay”, se ríe el Pity, y no se refiere a los viajes en micro que debía hacer hace 10 años para intentar ser lo que es hoy: un futbolista profesional de elite.

La sonrisa en plena producción, para señalar el número que le gusta usar desde pibe: el 10.

EL SUEÑO DEL HINCHA
“Ya me puedo morir tranquilo, ¿qué más puedo pedir?”. La frase se la dijo papá Luis Martínez, desde el Monumental, a sus hijas, en la madrugada del 5 de agosto de 2015, luego de que River ganara la Libertadores. “Es que mi papá es fanático de River”, señaló Juliana, una de las hermanas del Pity, en la nota que dio al diario Los Andes, un día después de la consagración. “Cuando era chico, Gonzalo era muy hincha de River, ahora dice que no es de ningún club”, completó Florencia, la otra hermana. Y seguían ambas: “Siempre jugó con la 10, mareaba a todos desde chiquito. Cuando volvíamos de la escuela, él venía pateando una pelota, una botella de plástico o una bolsa hasta casa. Apenas terminaba de comer, salía otra vez a jugar, por eso era tan flaquito. Siempre fue el primero en llegar a los entrenamientos. Es muy responsable”.
Leonardo Brandan tiene 27 años, es de General Madariaga, cerca de Pinamar, y escucha la charla del Pity con El Gráfico, sentado en la tribuna, a unos 20 metros. Luego nos enteraremos de que lo acompaña todas las semanas a las prácticas. Es su gran amigo desde que se conocieron en la oficina de Simonian. De familia humilde, fue tenista y llegó a estar 12° en el ranking del país en Sub 18. Todo lo hacía a pulmón, viajando a dedo y pasando noches en estaciones de servicio. Hoy es profe de tenis en barrios cerrados de la zona norte y sigue viviendo en La Oficina. Es tan veneno de River, que se le atropellan las palabras cuando se pone a hablar de su amigo y de la camiseta que defiende, una combinación explosiva. Y deja frases como estas.
■ “Lloré mucho con el descenso, así que cuando el Pity pasó a River, no lo podía creer, verlo con esta camiseta es una locura para mí. Es como que hay dos Pitys: mi amigo y el crack de River. Me cumplió todos los sueños como hincha: me hizo entrar al vestuario y dar vueltas olímpicas, como la de la Libertadores”.
■ “Lo iba a ver en inferiores a La Quemita y la rompía siempre, contra Boca, contra River, marcaba mucho la diferencia. Tiraba magia desde pibe. Se levantaba a las 6 para tomarse dos bondis. Era un relojito, nunca llegaba tarde a las prácticas, en River es igual”.
■ “El pibe este cocina como los dioses, a mí me enseñó mucho cuando vivíamos juntos. Asados, guisos de lentejas, matambre a la pizza, tiene una paciencia terrible”.
■ “Un día le propuse una locura y la aceptó. ‘Amigo, no te gustaría pintar la pared con otro color?’, le pregunté. Eran todas de color blanco. Le tiré ‘rojo’ y aceptó, y ahí mismo colgamos la camiseta con la que ganó la Copa. Le quedó un living de River, ja, ja” (ver foto en página 38).
■ “Tiene una mentalidad que pocas personas la tienen, más a su edad. No es que le resbala, o le chupa un huevo, pero confía mucho en él y es muy fuerte de la cabeza. Va para adelante siempre, nunca para atrás”.
■ “Voy siempre al Monumental, a la Belgrano baja, y cuando hay murmullo o puteada, a mí me cuesta controlarme, pero me callo. Lo podrán putear, pero lo van a terminar amando”.
■ “Tuve la desgracia de que mi hermano Juan Cruz falleciera en un accidente de moto en 2014. Le decían Pato. A los pocos días, Huracán jugaba con Unión y le pedí que si metía un gol se lo dedicara a mi hermano. Estábamos mirando en Madariaga con la familia, mi mamá se estaba por ir, le pedí que se quedara, estaba seguro de que iba a meter un gol, y al ratito el Pity la clavó al ángulo de tiro libre y festejó haciendo el pico de pato. Terminamos todos llorando, mi amigo no me podía fallar”.
■ “Contra Temperley vimos el partido en la cancha con Priscila, su mujer, y cuando se perdió el gol en el último minuto nos queríamos morir. A los dos días, lo acompañé a la práctica y nos pusimos a charlar. Le dije: ‘Amigo, ¡qué lástima esa que no entró, pero contra Boca la metés, probá de afuera, pegale, no lo dudés’”.
■ “El domingo del super tuve que dar clases todo el día en La Lomada de Pilar. No podía ver el partido, pero tengo una aplicación, que te va avisando los goles de tus equipos favoritos. Tengo a River y al Barça. Empezó a sonar con el 1-0 y el profe de al lado me dijo ‘gol del Pity’. Me volví loco y entré a tirar pelotitas para arriba, mi alumno no entendía nada”.
Marcelo Gallardo sí lo entendió siempre. “El Pity nunca agachó la cabeza ni se resignó –declaró tras el 3-1 en La Bombonera-, estos partidos con Boca te marcan. Es una revancha enorme y me llena de satisfacción. Cuando era resistido, el pibe seguía laburando y quería levantar. Nunca bajó los brazos”.

Antes de cerrar con el protagonista central, el que termina de responder el cuestionario por WhatsApp y nos ayuda a comprender el escenario actual es Marcelo Simonian.
-¿Por qué creés que le costó entrar en la gente, tanto en Huracán como en River?
-A todos nos gusta ver las cosas desequilibrantes que hace el Pity, todos las disfrutamos, pero para eso toma riesgos. Cuando las cosas no salen bien, vuelve a intentar siempre, pero hay gente en todo el mundo que solo acepta los éxitos y no comprende que a veces los precede algún fracaso.
-¿El murmullo lo afecta?
-A nadie le hace bien que lo puteen. Todos queremos ser queridos, pero el Pity se la banca y vuelve a intentar. El día que se entienda que los jugadores siempre quieren jugar bien, y que a veces no se puede, ayudarán a su equipo. Cuanto más amor le das al jugador, mejor juegan. (Habría que hacer carteles con esas dos frases y llevarlos a todos los estadios).
-¿Cuál es tu evaluación futbolística del Pity?
-Para mí, es uno de los dos o tres jugadores más importante del país. Tiene potencia, técnica, pegada, velocidad, y con la experiencia, está comenzando a tomar más decisiones correctas que incorrectas. El Muñeco lo ve todos los días y por algo lo bancó. Lo conoce más que nadie. Los técnicos juegan siempre a ganar y ponen a los mejores, él es el que lo está puliendo y convirtiendo en un mejor jugador cada día.
-¿Pensaste en sacarlo de River por la relación ciclotímica con la gente?
-¡Jamás! El no se permitiría salir de otra forma que no sea por la puerta grande.
-¿Recibiste ofertas en este tiempo?
-Muchas, desde que entrenaba en las inferiores de Huracán, pero los jugadores que tiene predestinada la gloria como el Pity deben seguir el proceso natural y no saltar etapas.
-¿Cuál creés que será su próximo destino?
-Paso a paso va a llegar hasta donde él quiera llegar. No tiene límites.

El saludo con Messi en el Mundial de Clubes. El pity entró en el ST y estrelló un tiro en el palo.

El límite, para el Pity, son los tatuajes. A contramano de la mayoría de sus colegas, no tiene ninguno. Compañero de Mayada y de Driussi en la habitación de la concentración, uno imagina que puede generar algún miedito despertarse de noche y encontrarse con un león de frente. “El Gordo está loco, muy bueno el tatuaje, pero está loco. Un día se sacó la remera en el vestuario y nos mostró, no lo podíamos creer, él se cagaba de risa”, describe.
Arrepentido de no haberle pedido la camiseta a ningún jugador del Barcelona tras la derrota en el Mundial (“Terminé recontra caliente y me fui al vestuario; cuando salí ya era tarde”, se lamenta aún), cuenta que ha mantenido alguna breve charla con Messi en tiempos en que fue sparring de la Selección.


Al Pity es fácil distinguirle la marca en la frente, cuando uno lo tiene cerca y charla unos minutos con él. Salta a primera vista.

“Me caí una vuelta en la acequia, de chiquito, jugando a la escondida. ¿Viste que está lleno de acequias en Mendoza, para aprovechar el agua? Bueno, me hicieron una tranca en plena corrida. Esta acequia era de material y me fui de cabeza. De ahí, derecho al hospital, donde me dieron como 13 puntos. Creo que mis hermanos después le dieron una paliza al que me hizo la tranca”.

Gonzalo Nicolás Martínez. El Pity.
El de arriba lo vio distinto y le hizo la marquita en la frente, tocándolo con la varita en modo de tranca rumbo a la acequia, mientras sentenciaba: "Este será la Nueva Esperanza del barrio".

Por Diego Borinsky / Fotos: Maxi Didari

Nota publicada en la edición de Junio de 2017 de El Gráfico

Por Diego Borinsky: 03/07/2017

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