LAS CRóNICAS DE EL GRáFICO

Nacer de nuevo

- por Elías Perugino: 18/05/2017 -

Las segundas oportunidades son hermosas, pero la vida no siempre se predispone a otorgarlas. En el fútbol argentino convive gente muy afortunada que dispondrá de una chance que tal vez no merece. Pero la tendrá. Veremos si son capaces de aprovecharla...

El deseo es un motor. Una turbina que se enciende a pleno y te empuja hasta el escalón de tus ambiciones. Una zanahoria edulcorada que perseguís como un conejo hambriento. Una meta, un destino, una razón más para darle sentido a la vida. Deseás desarrollar una vocación, cumplir un rol, ser feliz…

La sociedad te enseña a desear los deseos desde que tenés uso de razón, aunque en formato lúdico. Le pedís un regalo a Papá Noel, otro a los Reyes Magos [1], otro a mamá para el Día del Niño...  Y cuando tus pequeños pulmones ya pueden generar la ventisca suficiente para apagar las velitas de la torta de cumpleaños, alguien te recuerda que previamente hay que pedir tres deseos. Y allá van: uno, dos, tres. Probablemente empieces con una pelota, un autito y la camiseta de tu equipo. Muchos años más tarde –muchos– vas a entender que verdaderamente importa uno: la salud. Sin salud, no hay deseo que valga. Pero eso recién lo decodificás cuando dejás atrás los años en los que te creés inmortal y la vida, al fin, se te presenta con su perfil más agreste.

Dicen –y nosotros no somos quien para comprobarlo, pero menos aún para refutarlo– que la costumbre de soplar velitas y pedir deseos para el cumpleaños se la debemos a Alejandro Magno [2]. Parece que a don Alejandro le gustaban demasiado los pasteles. Cierta vez, sus sirvientes colocaron velas para alumbrar y decorar la mesa de celebración. Antes del primer bocado, el rey de Macedonia pidió derrotar al Imperio persa y sopló las velas. Como el deseo se cumplió, reiteró el ritual al año siguiente. Y acá estamos varios siglos después, soplando velas y pidiendo deseos de todo tipo.

Deseos grandilocuentes como le exigiríamos al famoso genio de la lámpara –si existiera y se dignará a aparecer de una buena vez– o deseos melosos como los que se suelen musitar a cambio de una moneda de espaldas a una fuente, no necesariamente una tan glamorosa como la de Trevi [3]. Los historiadores sostienen que los celtas iniciaron la costumbre de arrojar piedras [4] a lugares con agua estacionada –pozos, lagos, fuentes– en la creencia de que allí moraban divinidades que concedían deseos relacionados con la salud y el bienestar. Con el tiempo, las monedas reemplazaron a las piedras, pero no se devaluaron ni la fuerza de los deseos ni la ilusión por concretarlos.

Un deseo muy interesante para pedir -sostiene uno en sus frecuentes divagues de fogón– sería nacer de nuevo. No reencarnarse [5], sino nacer otra vez manteniendo el bagaje cognitivo del “primer tiempo”. El disfrute de esa segunda vida sería infinitamente mayor: cometeríamos menos errores, disfrutaríamos de las cosas que realmente valen la pena, no gastaríamos centavos de mala sangre en preocupaciones triviales, nos desprenderíamos de una tonelada de prejuicios, seríamos más justos y tolerantes, tal vez más solidarios. Pero el Creador no nos adjudicó ese don, que reservó para un puñado de predestinados...

La AFA y sus principales dirigentes, por ejemplo, nacieron de nuevo. Inventores del 38-38 con 75 votantes y de la afiebrada fecha optativa [6], dedicaron dos años a emborracharse con riñas de poder mientras hundían al fútbol argentino en su crisis más bochornosa. Pusieron una carga de dinamita tras otra y lo pulverizaron: desmanejo económico-fincanciero de los clubes, disputa de torneos inverosímiles, desmantelamiento de la estructura de selecciones juveniles, desidia en el respaldo de la Selección Mayor, vista gorda para el fermento de los barras, relación tirante y al borde de la ruptura con la FIFA, pérdida de poder en el máximo organismo internacional, asfixia salarial y precarización laboral para todos los trabajadores de la industria del fútbol…

Pero pasó el temblor, se rubricó un contrato millonario por los derechos de televisión y las mismas caras de la decadencia mejoraron su make up y se transformaron en… ¡las caras de la esperanza, el cambio y la resurrección! Ingirieron hectolitros de café, pactaron políticamente y se repartieron amigablemente la torta. Los viudos del grondonismo tragaron sapos como si tuvieran sabor a miel y sonrieron para las fotos fingiendo gratitud eterna, aunque  en el horizonte se recortan batallas que pondrán a prueba la solidez de esa convivencia. Cada cual cree que tendrá al otro bajo la suela. Que lo doblegó y lo ventajeó. Pero la realidad se verá cuando el nuevo formato comience a gatear. Si no sucedió una nueva hecatombe entre el cierre y la salida de esta edición, el Quijote del Ascenso, Chiqui Tapia, reinará en la AFA con Daniel Angelici, Hugo Moyano y Víctor Blanco de escuderos. El ala más vanguardista digitará el resto. Marcelo Tinelli y Rodolfo D’Onofrio serán los estrategas sustanciales de la Superliga, con el anexo no menor del showman televisivo como capo de Selecciones –área donde también calzarán Nicolás Russo y la Brujita Verón– y del presidente de River como hombre fuerte del fútbol argentino en FIFA, una arena donde urge recuperar peso y credibilidad.

En teoría, una Superliga que le haga honor a su condición de “super” y la valorización lógica de la Selección integrada por el mejor jugador del mundo deberían ser la locomotora del nuevo mapa. Que en ambas pistas se baile al ritmo de Tinelli parece la elección más sensata para esta hora. Apasionado por el funcionamiento estructural de las principales ligas europeas y de la NBA, hace tiempo que se viene preparando para el cargo sumando conocimientos específicos. Además de contar con una certera visión empresarial y de ser un astuto hombre del mundo del entretenimiento, Tinelli chapaleó en el fútbol como jugador [7] (discretísimo, pero jugador al fin), periodista y dirigente. Conoce los códigos de varios lados del mostrador.

Nacer de nuevo, quién pudiera… La AFA y sus principales dirigentes, sí. Para ellos, el partido empieza otra vez. Un grupo empresarial serio aporta una millonada por el producto fútbol argentino. Nada les impide crear una Superliga que aplique sin contemplaciones un sistema de premios y castigos de acuerdo a los cumplimientos institucionales. La selección subcampeona del mundo y todas sus figuras son un manjar servido para la explotación del marketing y, si se alinean los planetas en los partidos eliminatorios que faltan, estará en Rusia 2018. ¿Qué más quieren, muchachos? ¿Qué más pueden pedir? Estaban para la renuncia en estampida y nacieron de nuevo, se les cumplió el deseo. Así que basta de roscas y a remar. Ahora no pueden fallar, eh. No pueden fallar.

Por Elías Perugino

Textos al pie

1- El cristianismo celebra la Epifanía cada 6 de enero. Se conmemora la adoración al Niño Dios por parte de los tres reyes sabios que llegaron a Belén desde Oriente con tres regalos simbólicos: incienso, mirra y oro.

2- Alejandro III de Macedonia, conocido como Alejandro Magno o Alejandro el Grande, fue Rey de Macedonia, Hegemón de Grecia, Faraón de Egipto y Rey de Media y Persia.                                                     

3- Situada en el corazón de Roma, la Fontana di Trevi era el punto final del acueducto Aqua Virgo. La fuente, tal como la hoy, fue esculpida por Nicola Salvi y, tras su muerte, finalizada por Giovanni Panini.

4- Según la tradición celta, cuantas más burbujas se produjeran en la superficie tras la caída de la piedra, más chances de que se cumpliera el deseo.

5- Para algunas religiones, la reencarnación es la creencia de que el alma de una persona renace después de la muerte, pero en otro cuerpo.

6- En medio de la locura del fútbol argentino, para la jornada 17 del torneo local, que se disputó en fecha FIFA, la Comisión Normalizadora permitió que los clubes optaran si querían jugar o no sus partidos. Nunca visto. Jugaron todos, menos Defensa y Justicia-Independiente.

7- El Cabezón jugó en las divisiones inferiores de San Telmo, aunque no llegó a debutar en Primera. Era marcador central.

Nota publicada en la edición de abril de 2017 de El Gráfico

Por Elías Perugino: 18/05/2017

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