DISPARADOR

Cuando vinimos de España

- por Elías Perugino: 20/03/2017 -

Lejos de solucionarse, la crisis del fútbol argentino crece y se fortalece. Si comparamos la situación actual con la que padecíamos hace exactamente un año, muy pocas cosas han cambiado. Y si cambiaron, fue para peor, como si estuviéramos en un callejón sin salida...

Almagro, un jugador herido y un técnico que confiesa extorsión

“Estamos como cuando vinimos de España”, decía mi abuela Rosalía, que no había venido de España, ni había ido a España de visita, ni fue a ninguna otra parte porque nació, vivió y murió en la Argentina sin pisar otra tierra aunque más no fuera de vacaciones, porque justamente de eso –de vacaciones– nunca pudo irse desde que abrió los ojos en 1916 y los cerró para siempre en 1998.

“Estamos como cuando vinimos de España”, decía mi abuela Rosalía, acaso porque eso mismo diría su madre, mi bisabuela, que sí había venido de España y algo más de entidad tenía para pronunciar esa frase. Y si no lo decía su mamá, seguramente lo decían miles de inmigrantes que sí habían llegado a la Argentina para hacerse la América [1], transformando el latiguillo en una sentencia perfecta para definir la frustración de aquellos que querían avanzar y que, pese a sus esfuerzos y sacrificios, no conseguían hacerlo.

“Estamos como cuando vinimos de España”, decía mi abuela Rosalía cuando le cortaban la luz en verano, cuando pasaban años, años y años y no le ponían el teléfono, cuando llovía a cántaros y la calle Güemes se transformaba en una ciénaga porque no pasaba el asfalto, cuando se quedaba sin gas porque los del almacén de ramos generales no habían traído garrafas, cuando escaseaba el querosén y no podía alimentar las velas de las estufas, cuando se cortaba la correa del bombeador y el abuelo Mariano hacía no sé qué malabares para que el agua subiera de una vez al tanque, cuando se quemaba la luz de mercurio y la cuadra era una boca de lobo porque los de la Municipalidad tardaban tres semanas en cambiarla…

Si viviera la abuela Rosalía y analizara el presente del fútbol argentino como ahora le toca a su nieto, diría eso mismo: “Estamos como cuando vinimos de España”.  Hace exactamente un año, en este espacio repasábamos con espanto los desquicios del fútbol argentino en 2015, medianamente ilusionados con que en 2016 se avecinara un punto de inflexión, un quiebre de evolución, una luz chiquitita al final del túnel negro e interminable. Doce meses después, casi nada se ha modificado. Peor aún: los problemas se agudizaron, la desidia carcome las estructuras, la saturación se expande...

La AFA no tiene presidente ni nuevo estatuto. La Comisión Normalizadora tarda en alcanzar los objetivos que le impuso la FIFA y acumula millas de desconfianza entre los dirigentes que se quedaron sin voz ni voto. Se marchitó el Fútbol Para Todos y no se vislumbra una alternativa, al menos hasta el cierre de nuestra edición. Sin el oxígeno de ese recurso vital, los clubes languidecen y no cumplen con la cadena de pagos. Los dirigentes del bochornoso 38-38 con 75 votantes siguen peleándose como perros y gatos. Y fuera del marco institucional, el aquelarre es incontenible…

En el fútbol argentino se juegan partidos sin hinchas visitantes. Partidos con visitantes. Partidos con hinchas neutrales. Partidos a puertas cerradas. Partidos con terna arbitral y cuarto árbitro. Partidos con quinteto arbitral y sexto árbitro. Partidos en campos excelentes. Partidos en canchas deplorables. Partidos que se ven por canales abiertos de TV. Partidos que se ven por cable. Partidos que no se ven ni por aire ni por cable. Partidos con 2000 policías para custodiar a una sola hinchada. Partidos en los que se paga un operativo de 100 policías, pero en el que solamente prestan servicio 28…

El fútbol argentino tiene a la selección número 1 del ranking de la FIFA, pero la sube a un chárter nefasto [2], que aterriza apenas 18 minutos antes de que se pulverice su autonomía y que, semanas después, protagoniza la tragedia inconcebible de Chapecoense. No junta once jugadores para un entrenamiento de la Sub 23. Hace casting para designar al entrenador de la Mayor. Pide carpetas para reestructurar los cuerpos técnicos de juveniles y elige a uno que no se presentó. Siembra incongruencias en su relación con el Barcelona por la tenencia compartida de Messi.

Los barras bravas renuevan su reinado sin que el Estado, las fuerzas de seguridad y los dirigentes aúnen criterios y convicciones para extirparlos. Entonces cualquier jugador está expuesto a recibir un balazo de goma [3]. Un árbitro puede ser linchado en un campo de juego [4]. A un vicepresidente le pueden balear el frente de la casa como quien pinta un grafiti con aerosol. Un presidente renuncia [5] porque ya no da más de exponer su pellejo y el de su familia ante los violentos.  Harto, un entrenador es capaz de denunciar valientemente lo que todos ya sabemos –que a ellos y a los jugadores los barras les exigen una parte de su sueldo [6]– y ser noticia por un par de horas y nada más, porque nadie se mete, ni investiga, ni se embarra más que la suela de los zapatos.  

En el fútbol del infumable torneo de 30 participantes, que echa a 19 técnicos en 14 fechas y que clasifica a equipos para la Copa Sudamericana sin avisarles a los clubes en qué certamen se juegan esa clasificación, se debate sobre lo accesorio, se soslaya lo esencial, se valora el resultado –punto para Bilardo–  sin medir los proyectos, se defenestra al segundo e imaginate lo que le toca al tercero... Un fútbol que se permite matar una gallina [7] en nombre del supuesto folclore, que le corta el aire acondicionado o la luz al vestuario visitante, que recibe con huevazos al micro de su propio equipo, que puebla las redes sociales con fotos de un plantel gozando de la desgracia deportiva de otro. Un fútbol en el que nadie mide las palabras, y hasta dirigentes sensatos y exitosos como Matías Patanian pueden derrapar con expresiones que no contribuyen [8] en lo más mínimo para apaciguar un contexto en el que una chispa activa un volcán.

“Estamos como cuando vinimos de España”, diría mi abuela Rosalía, el peinado impecable, la sonrisa plena, el collar tintineante y el vestido de fiesta, aunque solo debiera ir a comprar miñoncitos a la panadería de la vuelta. Pasó un año y nada: el fútbol argentino sigue varado, en punto muerto, agigantando sus miserias, pletórico de carencias que crecen y se enquistan más y más. Los dirigentes que lo hundieron todavía no terminaron de discutir cómo lo van reflotar. Una paradoja tétrica, acaso inadmisible, que al menos sirvió –disculpen la torpeza del egoísmo– para recordar a mi abuela Rosalía. La persona más coqueta, alegre, cariñosa y positiva que conocí, pese a que toda la vida se le escurrió estando como cuando vinimos de España.

Por Elías Perugino

Textos al pie

1- Expresión utilizada para graficar las intenciones de aquellos inmigrantes que escapaban de la guerra y llegaban a América con la intención de forjarse una nueva vida.

2- El mismo chárter de LaMia que protagonizó la tragedia de Chapecoense traslado a nuestra Selección un par de semanas antes entre Belo Horizonte y Buenos Aires. Luego se denunció que la autonomía del vuelo estaba al límite.

3- Franco Quiroz, jugador de Almagro, recibió un balazo de goma en la cabeza mientras intentaba mediar en los incidentes entre los hinchas de su club y la policía, en el partido con Atlético Paraná por el torneo de la B Nacional.

4- Jugadores, hinchas y dirigentes de Sarmiento de Ayacucho agredieron al árbitro Claudio Elichiri en un partido con Sansinena, por el Federal B. El club fue sancionado con la pérdida de la categoría, mientras que a los jugadores involucrados se les aplicó entre 10 partidos y un año de suspensión.

5- Fue el caso de Hernán Lewin, presidente de Temperley. “Algunas veces, la mejor forma de torcer el destino es caminar derecho”, escribió en su mensaje de despedida.

6- Felipe De la Riva, DT de Almagro, lo contó con todas las letras: “Trabajamos bajo extorsión y lo vamos a seguir viviendo”.

7- Para celebrar que Central había perdido su tercera final consecutiva de Copa Argentina, los hinchas de Newell’s arrojaron a la cancha gallinas con los colores del Canalla en el partido con San Martín de San Juan. Una de ellas, muerta.

8- Ofuscado con alguna chicana menor de Tevez, el vice de River le retrucó con furia: “Debe ser más cuidadoso cuando reclama porque después se deprime y se va a jugar al golf”. En vez de calmar, le echó nafta al fuego.

Nota publicada en la edición de enero de 2017 de El Gráfico

Por Elías Perugino: 20/03/2017

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