FúTBOL ARGENTINO - PRIMERA

La historia de Reynoso: el zurdo que sobrevivió a un balazo y enmudeció a La Bombonera

- por Redacción EG: 19/03/2017 -

El 10 de Talleres anotó el segundo gol y fue una de las figuras de esta noche. Un repaso por su impactante historia y el sufrido camino para llegar a la Primera del club que lo vio nacer.

"Los Bajitos del Futuro” es un comedor solidario que alimenta a unos 120 niños de los barrios Betania, Almirante Brown Anexo, Ituizangó... en lo que en Córdoba le llaman “el barrio Chino”. El salón, que es un bálsamo en la zona, tiene varios años de existencia, y por sus mesas supo pasar el actual 10 de Talleres. Así dicen ellos, orgullosos del héroe del barrio.

“¿Conoces la historia de Bebelo?”, se acerca un hombre de unos 50 años, que dice que conoció a los hermanos y a su padre. El está junto a una decena de familias que esperan en el comedor al Bebelo, que está por llegar junto a Pablo Guiñazú, autor de un gol eterno para los hinchas albiazules. Cada vez llega más gente. Entre ellos aparece un adolescente, feliz con la camiseta de la T en la mano, y también con una consulta similar: “¿Conoce la historia del Bebelo?”.

La historia del Bebelo es una narración de superación, de perseverancia, de venta de pan casero en el horno de barro, de una madre sacrificada, de una bala que casi mata los sueños, de un talento increíble, y de una esperanza que dio sus frutos con dos ascensos consecutivos con la camiseta de Talleres... Es la historia de Emanuel Reynoso.

Bebelo se crió en las calles de tierra del barrio Chino, en las afueras de la ciudad de Córdoba. Desde pibe se destacó por su habilidosa pierna zurda, con la que hacía jugadas que llamaban la atención de todos los vecinos... ¡Esa zurda hacía estragos! Lo disfrutaron en la Escuelita Richardson de barrio Ituizangó, en Peñarol, en el CIBI, hasta que a los 15 años llegó a Talleres. Esa zurdita lo hizo destacarse en las inferiores albiazules y cuando su nombre comenzaba a generar expectativas entre los fanáticos de la T que esperaban ansiosos por sus promesas, pasó lo inesperado...

Era un domingo de marzo de 2014. Bebelo estaba comiendo en familia, en su casa de la calle Diego Laure. Recibió un mensaje y se fue a buscar a un amigo. Salió en la moto y al llegar a destino la dejó en la vereda. Charlaba con su compinche, cuando vieron que un par de delincuentes se bajaban de otra moto para robarle la de él. No se quedó pasivo y fue a pelear por lo suyo. Pero los ladrones no anduvieron con vueltas y le pegaron un tiro. ¡Boom! La bala se dirigió nada más y nada menos que a la rodilla izquierda, donde descansaba gran parte del talento del Bebelo. ¡Boom! La moto fue robada. ¡Boom! Y él sentado en la vereda con múltiples sensaciones, pero una sola pregunta en su cabeza: “¿Volveré a jugar al fútbol?”.

Junto a su mamá, la Mary, quien amasaba pan para que Bebelo tuviera el dinero indispensable para ir a entrenar.

Las lágrimas de la Mary
“Mi vieja se esforzó muchísimo para que yo pueda llegar”, repite una y otra vez Emanuel Reynoso. Es que la historia del Bebelo tiene un soporte fundamental: la Mary, su mamá. En el fondo de la casa de la Mary hay un horno de barro, que sirvió para que esta catamarqueña, madre de siete hijos, pudiera solventar los pasajes de su nene más pequeño a las prácticas. El horno de barro permanece desde aquella época donde Bebelo era un niño y amasaban en el comedor de la casa, junto a todos los hermanos, para salir a vender. “Mi mamá hacía pan casero para que yo pudiera entrenar. No teníamos otra posibilidad y ella se sacrificaba mucho. Pero me acuerdo mucho de esa época. Me acuerdo que amasábamos en el molde, todos unidos en mi casa, nos cagábamos (sic) de risa mientras hacíamos el pan casero. Es que todos teníamos el mismo objetivo”, rememora Emanuel. Esos recuerdos del origen de sus sueños.

“Yo no tenía plata para el cospel, entonces hacíamos pan casero y lo vendíamos. Nosotros le decimos Bebelo o Belo, de bebé, así le puso el hermano, estaba todo el día jugando a la pelota, pateaba piedritas y las tapitas de las gaseosas en la calle. El dormía con la pelota en la cama. Y nosotros confiábamos mucho en él”, cuenta Mary, una mamá orgullosa de su hijo, mientras los ojos negros se le empañan al hablar de su Belo.

Pero ese no fue lo único. No. Cuando Emanuel fue a jugar al CIBI, ella no tenía plata para pagar la entrada. Entonces, se ofrecía a limpiar los baños, el buffete, el vestuario; y de esa forma podía entrar a ver a su hijo jugar.

Por eso, cuando le avisaron que su hijo estaba herido de bala, las lágrimas le inundaron el rostro. Desesperada fue a ver dónde estaba su Belo. Y él, sentado, con un dolor tremendo seguía pensando: “¿Volveré a jugar al fútbol?”.

En diálogo con El Gráfico, Reynoso contó: “Pasaron dos chicos arriba de una moto y se bajaron a robarla. Cuando los vi, me fui a pelearla, que no me llevaran mi moto. Y uno sacó el arma y me pegó un tiro en la rodilla. Me senté y lo primero que pensé fue ‘¿Volveré a jugar al fútbol?’. Era mi futuro y el de mi familia. Pensaba en mi familia. Después cayeron mi mamá, mi papá, mis hermanos. Me llevaron al médico. Hicieron estudios y por suerte no había tocado nada raro. Me había asustado mucho. Yo confío mucho en Dios, y creo que El estuvo conmigo en ese tiempo”.

Hoy lo cuentan como una anécdota. Sonríen al recordar. Fue hace tan poco, que no pueden creer todo lo que pasó después. Pero esos días fueron durísimos. “Yo lloraba”, recuerda la mamá. Talleres se movilizó rápido. Pusieron a disposición a todo su cuerpo médico. Los compañeros de la Cuarta División, en la que él jugaba en ese momento, estuvieron muy cerca. “Estuve internado tres días. Todos mis compañeros de la Cuarta me fueron a visitar, los profe me apoyaron. De a poco me fui recuperando. Los médicos del club estuvieron ayudándome. Gracias a Dios pude salir adelante”.

Emanuel Reynoso firmando autógrafos en el comedor solidario "Los bajitos del futuro", donde él también supo pasar cuando era un chico cargado de sueños e ilusiones.

Volver a empezar
Dos años pasaron de aquel suceso. Los ladrones y autores del balazo nunca aparecieron. Aunque la familia sospecha. En el barrio sospechan. Pero ya está. Bebelo lo superó. Esos días de lágrimas tuvieron un retorno muy extraño. Muy extraño. Tras el balazo, los días internado en el Hospital de Urgencia de Córdoba, la recuperación, el regreso a los entrenamientos, llegó el día tan esperado: volver a jugar. “Cuando pude volver fue justo un clásico ante Belgrano en la Cuarta, en la Boutique (estadio de Talleres en barrio Jardín). Entré en el segundo tiempo y a los minutos, me echaron. No lo podía creer. Pero bueno, lo mismo me fui contento porque volvía a jugar. Y mi familia estaba contenta, ellos tenían fe en que iba a volver”. Volvió, pero al tiempo tuvo un accidente en moto, se bajoneó y pensó en dejar el fútbol. El club lo fue a buscar. Lo convenció. Y regresó con todo. Tal es así, que en octubre de ese mismo 2014, debutó en el plantel profesional de Talleres enfrentando a Alvarado de Mar del Plata por el Torneo Federal A.

“Les cuento un dato, el Bebelo cumple años el 16 de noviembre, debutó en Talleres un 16 de octubre, con la camiseta número 16. No sé qué tiene que ver, pero coincide”, dice la Mary. Y sí, las madres se fijan hasta en esos pequeños detalles.

“Desde chico seguía a Talleres. No tenía tantas posibilidades de ir a la cancha, pero lo seguía por tele, por radio. Y quería jugar en Talleres. Me fui a probar; y en ese tiempo estaba de técnico la Chanchita (Daniel) Albornos. Me hizo quedar. Me trajo a la pensión, donde viví tres años. Para toda mi familia era una alegría que yo llegara a Talleres, imaginate ahora...”, explica con una sonrisa Bebelo. Ese ahora es tan feliz para este pibe de 20 años. Y reitera: “Soy un agradecido a la Chanchita. Me ayudó mucho. Me hablaba mucho, a veces me llevaba a su casa”. El sueño de llegar al plantel profesional se cumplió. Formó parte del plantel que logró el ascenso a la B Nacional en el 2015 y también fue pieza clave del equipo que en siete meses salió campeón y devolvió a Talleres a Primera División. “Estoy feliz, desde chico la luché con mi vieja, con toda mi familia, con mi novia Dania, es una alegría enorme. Ascender dos veces con este club tan grande”, sostiene Reynoso. Y se agarra las manos. Las aprieta fuerte. Y exclama: “Mi familia siempre confiaba en que yo iba a llegar. Yo soñaba. Me esforzaba y entrenaba para eso. Dormía con la pelota. Andaba todo el día jugando a la pelota. No quería hacer otra cosa, solo jugar al fútbol. Hubo un esfuerzo de toda mi familia. Y le doy gloria a Dios que me hizo volver a jugar al fútbol”.

El pibe del mural
A la vuelta de la casa de la Mary un vecino fanático de Talleres pintó un mural con una imagen de Bebelo, el héroe del barrio Chino. Actualmente, Emanuel vive en el centro de Córdoba, cerca de la terminal de ómnibus, porque le queda más cerca para ir a entrenar. Cada tanto regresa a su barrio, donde es recibido con bombos y aplausos. En esa casa de la Mary, el día del ascenso se había juntado toda la familia, hasta la tía Marta, esa que un día lo llevó a la prueba de Talleres. Los seis hermanos gritaron felices con el logro del más pequeño. “A mi mamá le gusta ir siempre a la cancha. Ella le gusta ir a la popular. Mis hermanos también van a la cancha, menos mi viejo. El lo ve por tele o lo escucha por radio, no le gusta ir a la cancha. No se pierden ningún partido, no importa si yo juego, ellos van a apoyar a Talleres”, cuenta este fanático de Paul Pogba y, fundamentalmente, de Juan Román Riquelme.

Ese día del ascenso... ese 5 de junio de 2016... esa jornada será inolvidable para Emanuel Reynoso... “¿Conocés la historia del Bebelo?”, preguntan, orgullosos y cómplices, sus vecinos del barrio Chino. La quieren contar. Y es que saben que el enganche de Talleres no la tuvo fácil. Y es por eso, que cuando el Cholo Guiñazú convirtió aquel gol agónico en cancha de All Boys para coronar el ascenso, Reynoso se largó a llorar en medio de la cancha. No podía parar. Su llanto venía cargado de un pasado. Luego, él recordará que cuando estuvo ya solo, antes de dormirse aquella noche, se le pasó la película de su vida. “Para mi familia había sido muy duro. Ellos siempre creyeron en mí, y estaban tristes. Y cambió. Ahora están chochos, porque fuimos campeones y estamos en Primera”.

Por Marcos J. Villalobo. Nota publicada en la edición de agosto de 2016 de la revista El Gráfico.

Por Redacción EG: 19/03/2017

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