JUGADORAZOS

Roberto Zárate, un wing como los de antes

- por Elías Perugino: 15/03/2017 -

Veloz y gambeteador, el Mono brilló en una de las mejores décadas de River y también fue ídolo en Banfield. Goleador del primer tricampeonato millonario, le hizo tres a Boca en un partido y marcó el gol 2000 de la banda en el profesionalismo.

El Mono se destacó jugando con Labruna, Sívori y otros cracks. Tomó la posta de Félix Loustau.

“Yo veía el arco desde cualquier lugar de la cancha…”, decía el Mono, los rulos arremolinados, la sonrisa fácil detonada después del último suspiro, la picardía ardiente como cada corrida indomable por la izquierda. Roberto Zárate, el Mono, fue un wing espectacular, pero también un goleador. Un jugador exquisito, cortado por la tijera de los elegidos, que estuvo a la altura de las estrellas que brillaron en River durante los años cincuenta, esa década en que sus equipos parecían invencibles. El River que logró el primer tricampeonato de su historia (1955, 1956 y 1957) con Zárate como máximo goleador de ese lapso celestial. Un River con nombres de la talla de Carrizo, Labruna, Loustau, Walter Gómez, el Cabezón Sívori, Pipo Rossi, Beto Menéndez, Vernazza, Prado… Un River que arrancó la década transformándose en el primer club argentino en ganar en Inglaterra y la terminó dándose el gusto de alinear a nueve titulares en la Selección, incluyéndolo al Mono. Aquel River mítico, glorioso, inolvidable, que lucía una ancha franja roja en su camisa abotonada.

Formado en la cantera millonaria, Zárate debutó en Primera en 1951, apenas con 19 años, pero le costó afirmarse en la titularidad por una razón incuestionable: delante tenía al fenómeno de Loustau. “Estando Félix, solo se podía ser suplente”, bromeaba el Mono, que soportaba la situación amparado en una gigantesca admiración.

La génesis de ese equipo fue La Máquina. Conservando el ala izquierda de aquella formación de ensueño, nace otra tremenda delantera: La Maquinita. El quinteto de Vernazza, Prado, Walter Gómez, Labruna y Loustau. Ese mosaico implacable en el que Zárate era el engranaje de repuesto de Loustau. River sale tercero en 1951 y se marcha a Europa para consumar una gira espectacular: pierde el primer partido frente al Athletic de Bilbao (2-5), pero luego cosecha siete victorias y siete empates. Una campaña en la que se destacan dos triunfos memorables por 4-3. Uno, ante el Real Madrid. Y el otro frente al Manchester City, nada menos que la primera victoria de un club argentino en Inglaterra. A la vuelta, se iniciaría uno de los ciclos estelares de la vida millonaria: cinco títulos en seis años. Una hegemonía en la que apenas pudo meter la nariz Boca con su vuelta olímpica de 1954.

“En el 53 –recordaba el Mono– ya fui titular de un equipo que no volvió a darse más, con Amadeo, Pérez, Vairo, Sívori, Angelito… ¿Mi mejor momento? Cuando ganamos los tres títulos seguidos”.  Para establecer la dimensión que adquirió Zárate en ese tricampeonato de 1955, 1956 y 1957 bastará con mencionar que fue el máximo goleador de ese segmento angelado, con 36 goles, cuatro más que Labruna. Y si es necesaria una segunda frutilla para el postre, el Mono también la tiene: fue el primer wing izquierdo en consagrarse goleador de un torneo de la Era Profesional, con los 22 que señaló en la campaña del 57.

EXPERTO EN AMARGAR A BOCA
Al Mono le encantaban los clásicos contra Boca. Se inspiraba muy especialmente. Como siempre, lastimaba con desbordes y amagues indescifrables, pero en esos partidos solía agregar un ingrediente fundamental: el gol. Y no eran goles comunes y corrientes. No, señor. Eran goles que dejaban una huella en la historia.

Junto a otro gran prócer millonario, el Cabezón Sívori, luego de un Central-River de 1957.

El 8 de diciembre de 1955, River se consagró campeón por segunda vez en la Bombonera y Zárate tuvo mucho que ver. Boca ganaba 1-0, pero la victoria cambió de dueño en una ráfaga final. Empató Labruna y, apenas un minuto después, el Mono estampó el 2-1 definitivo. Por respeto a los adversarios, no hubo vuelta olímpica. Labruna, el capitán millonario, prefirió saludar a su hinchada y retirarse sin cumplir con el rito. El festejo se concretó una semana después en el Monumental, ante Racing. Un gesto de deportividad que en estos tiempos parece de ciencia ficción.

En el torneo de 1956, Zárate volvió a convertirle a Boca en otro 2-1, esta vez mediante un penal. Pero su función estelar ante los xeneizes fue en 1957, la tarde en que River le propinó un tremendo baile a Boca en la Bombonera. Lo vapuleó por 5-3 con tres goles del Mono. El segundo de esa trilogía fue el gol 2000 de River en el profesionalismo. “Ese partido fue uno de los mejores de mi carrera”, recordó ya retirado.

DESVENTURAS DE SELECCION
Zárate se vistió de celeste y blanco en 14 partidos y marcó 5 goles, pero su experiencia en la Selección no fue de las mejores. Estuvo y no estuvo en el Desastre de Suecia. Así se lo explicó a Clarín en una nota de 1967: “La primera mala me llegó en el 58. Fuimos a Europa con la Selección del Mundial. Jugamos con el Inter y con el Bologna. Unos periodistas yugoslavos que vieron esos partidos dijeron que éramos la posible sensación de Suecia. Pero me trabó Randón (defensor del Bologna) y cuando pude levantarme yo sabía que, para mí, Suecia se había terminado”. Lesionado, el Mono llegó a la sede de la Copa del Mundo junto a sus compañeros y regresó al país tres días después. Pese a eso, el hincha argentino no lo eximió de la culpa y le pasó la factura del Desastre: “Aunque no llegué a jugar, a mí también me tiraron monedas un año seguido…”.

Aquel golpe de nocaut para el fútbol argentino lo sintió muy adentro: “Eramos una gran Selección, pero no teníamos velocidad y nos pisaron”. Argentina debutó con una derrota por 3-1 ante la República Democrática de Alemania, le ganó por el mismo marcador a Irlanda del Norte y fue borrada del campo por Checoslovaquia, que le asestó un tremendo 6-1. Un cachetazo impiadoso para el campeón sudamericano de 1957 y, sobre todo, para un país futbolero que se creía un escalón por encima del resto y que en la Copa del Mundo recibió el más crudo baño de realidad.

Antes de la fallida experiencia en Escandinavia, Zárate y River tuvieron un buen motivo para enorgullecerse. En el cruce con Bolivia por las Eliminatorias para Suecia 58, Argentina alineó a nueve jugadores millonarios entre sus once titulares, entre ellos al Mono. Dirigidos por Guillermo Stábile, el 27 de octubre de 1957, en la cancha de Independiente, jugaron Carrizo, Alfredo Pérez, Sola, Vairo, Rossi, Prado, Beto Menéndez y Zárate, acompañados por un colega de Boca (Lombardo) y otro de Racing (Corbatta). Ganaron 4-0 y sellaron el pasaporte mundialista de Argentina en una zona que también integraba Chile. El Mono abrió el marcador a los 8 minutos, mientras que Corbatta, Prado y Menéndez señalaron los tres restantes. Un partido que tuvo la particularidad de ser dirigido por el árbitro suizo Paul Wyssling.

La rivalidad no era tóxica en 1956. Por eso, jugadores de River y Boca podían posar mezclados, como hacen Labruna, Lombardo, Vairo, Sívori, Cucchiaroni y Zárate.

LA ESTACION BANFIELD
Todos los ciclos tienen un final. Y el del Mono en River no fue la excepción. Claro que no se produjo del modo en que él hubiera preferido. Lo contó con un dejo de ironía un tiempo después de la partida: “¿Sabe por qué salí de River? Porque Hirsh –el entrenador de ese momento– dijo que yo era viejo. Que no podía hacer el medio campo y llegar arriba. ¿Sabe cómo se hizo la transferencia? Maidana, Luchessi y yo, además de dinero, por Lazcano. ¿Sabe otra cosa? Yo me fui por viejo, y a los pocos días se enteraron de que Lazcano me llevaba dos años…”.

Pero como no hay mal que por bien no venga, el Mono Zárate la rompió y fue ídolo en Banfield. Siempre con su libreto: gambeta, desborde y gol. Entre 1961 y 1967, jugó 215 partidos para el Talado, y convirtió 64 goles. Sin duda, su participación estelar en el ascenso a Primera de 1962 fue la llave maestra para ganarse el corazón de los hinchas. Tanto que le ofrendaron varios homenajes con el paso de los años, el último de ellos en 2007, cuando recibió una plaqueta y toneladas de aplausos.

Zárate fue muy feliz en Banfield. Acaso más que en River. “Tengo la sensación de haber estado acá toda la vida. Me parece que será difícil encontrar gente como esta. Banfield tiene fútbol y amistad de grupo colectivo. Y gente como Valentín Suárez. Además de su calidad humana, nos gustaba que se metiera en el fútbol. Porque pocos son los que saben como Valentín Suárez. Y porque además de saber de fútbol, don Valentín lo transmite como nadie…”, elogió al legendario presidente del club en aquella nota de Clarín.

Antes de colgar los botines definitivamente, el Mono cruzó la cordillera y tiró sus últimos lujos en Audax Italiano. Por entonces ya disfrutaba de un buen pasar –dos casas, un auto, un taxi, una carnicería– y solo quería paladear un retiro manso y dulzón.

El Mono también fue ídolo en el Banfield de los sesenta.

Su hijo Roberto Oscar también fue futbolista. Obviamente, lo bautizaron el Monito. A diferencia de su padre, desestimó la posibilidad de ser puntero izquierdo y construyó su camino como enganche. Deslumbró en All Boys y también pasó por Newell’s, Racing de Córdoba, el fútbol colombiano (Deportes Tolima, Independiente de Medellín, Quindio) y el venezolano (Trujillanos, Valencia), aunque sin retomar los destellos que llamaron la atención cuando jugaba en Floresta.

El Mono Zárate se fue el 6 de noviembre de 2013, a los 80 años. Partió con el orgullo de haber sido un grande entre los grandes. Un wing como los de antes…

Por Elías Perugino / Fotos: Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de febrero de 2017 de El Gráfico

Por Elías Perugino: 15/03/2017

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