PERSONAJES

José Luis Gómez, sueño de potrero

- por Redacción EG: 07/02/2017 -

De jugar descalzo en su barrio de Santiago del Estero a brillar en Lanús y hacer méritos para ser considerado en la Selección. La hoja de ruta de una de las apariciones más explosivas del fútbol argentino. Una historia escrita con humildad y sacrificio, pero también con ilusión.

En la cancha de Lanús, algo así como el patio de su casa. El lugar donde concreta todos sus sueños de potrero.

Es el mediodía de un jueves y a metros de una de las esquinas del campo de juego de Lanús, José Luis Gómez, de zapatillas azules que le envió Adidas, calzas largas debajo de un pantalón corto y una remera deportiva, mira el césped y recuerda, apoyado sobre un alambrado. Tiene los ojos apuntando hacia un arco. Pero mira otra cosa. Mira hacia atrás, hacia su pasado. 

“Yo donde jugaba era cancha de tierra. A veces jugaba descalzo, imaginate. El piso quemaba y nosotros no lo sentíamos; ya estábamos acostumbrados. Y jugar acá, imaginate… es el sueño”.

En el estadio no hay nadie más. El único sonido de fondo es el de los disparos de un polígono vecino. Pero Gómez sigue con el relato, como cuando se proyecta por la derecha hasta el fondo. A Gómez, no es difícil percibirlo, le gusta hablar de su niñez en Santiago del Estero. Ahí se expresa como el que sigue siendo; como el que fue. Cuando habla de fútbol declara como un lateral derecho que solo debe estar pendiente del 11.

“Crecí en un barrio muy humilde; la gente era muy pobre. Todas nuestras calles eran de tierra. Acá (por Buenos Aires) es otro mundo. Yo quería llegar a Primera como todo pibe de mi barrio. El fútbol es lo mejor en Santiago del Estero; es lo más lindo que tuvimos de nenes. Hoy me siento un privilegiado. Y lo valoro más por haber arrancado de tan abajo”.  

Hay que decir que José Luis Gómez debutó en Racing en 2013, a sus 19 años. Que la temporada 2015 la disputó para San Martín de San Juan y después de un año fue transferido a Lanús, con quien se consagró campeón en el torneo pasado, club que evalúa comprar su pase. Fue el lateral derecho titular de la Selección Argentina Sub 23 en los últimos Juegos Olímpicos de Brasil.

Pero a eso lo puede decir cualquiera. Lo dice internet. Pero hay cosas, de Gómez, claro, que no se encuentran tan fácilmente. Cosas que le gusta contar; que se siente cómodo de recordarlas.

-Estudiaba a diez cuadras de mi casa. Somos diez hermanos y con los más chicos íbamos juntos, caminando a la mañana. En los recreos se armaba el bollito de papel, se lo metía adentro de una bolsita a la que se le hacía un nudo y se hacían los desafíos.     

Del colegio a la casa también caminando con los hermanos. Almorzaban lo que había, o lo que se podía, y a la calle. Mientras los vecinos del barrio 25 de mayo dormían siesta, los chicos salían a jugar a la pelota. El potrero estaba al frente de su casa. Allí su papá, cuando no trabajaba en la construcción, le enseñó las primeras cosas. Una de ellas fue tirarse a barrer hacia los dos costados. A pesar de que la tierra y las piedras le dejaran las piernas “peladas”. Papá había sido jugador en clubes de la provincia y fue su primer entrenador, ya que dirigía varias categorías de un club del barrio. José, además de estudiar y jugar a la pelota, atendía el kiosco que tenía su mamá en la parte de adelante de su casita de tres habitaciones y comedor para doce personas.

Ya de más grande, pasó a jugar en “El Albito”. Los padres de sus compañeros de equipo colaboraban de su bolsillo para el juego de camisetas de José. También para la ropa de entrenamiento, las monedas de los colectivos o los billetes para el micro cuando el partido era lejos. “Me pagaban hasta las comidas”, agrega.

José dice que se cansó de ver buenos jugadores en su barrio. Y que el que se cría en un potrero corre con ventajas en lo técnico y que era raro encontrar malos jugadores en la canchita de enfrente. “Allá podés jugar muy bien pero solamente te ven los vecinos”, agrega. “Para alguien que llega del interior, Buenos Aires es otro mundo y es muy complicado adaptarse. Extrañamos mucho y es difícil acostumbrarse estando alejados de nuestros seres queridos; por suerte mi familia no lo dudó y me apoyó. Papá se vino conmigo a Buenos Aires decidido a hacer el esfuerzo por un futuro mejor. Mi familia me apoyó y me ayudó tanto… por eso son lo más sagrado para mí”.

La primera vez que Gómez salió de Santiago del Estero fue a los 13 años. Junto a un grupo de seleccionados de la provincia subió a un micro que los llevó al sur del Gran Buenos Aires. Algunos papás acompañaron a la delegación, pero Gómez padre tenía que trabajar en la construcción y se quedó.

A las pocas horas de llegar, sin descansar ni estirar las piernas, los chicos del selectivo jugaron un amistoso frente a Quilmes. “Eramos todos bajitos y flaquitos, y ellos, altos y morrudos”, recuerda Gómez a las carcajadas. Aquella vez jugó de 2 y perdieron 6 a 1. El resto del día lo pasó en la casa de la familia de uno de sus rivales. Durmió y a la mañana siguiente volvió a subir al micro contento: el billete de cien pesos que le habían dado sus padres estaba intacto y podría gastarlo en su barrio, con sus amigos. “Habíamos llegado a Buenos Aires con las caras sucias y botines que daban risa de lo roto que estaban. Pero fue una muy linda experiencia” dice y ríe, como cada vez que Gómez recuerda.

A su regreso, siguió en lo mismo: el colegio, el fútbol durante la siesta, alguna salida al centro con sus amigos, atender el negocio de la familia y sacar unas monedas para el metegol. Los domingos por la mañana se levantaba y caminaba hasta el potrero de los campeonatos de penales por plata. En uno de los arcos pateaban los grandes y en uno mucho más chiquito, los niños, que competían por la Coca. Más tarde, para poder mirar los partidos por la tele, se iba a la casa de algún amigo que pagara el codificado. O a un bar con las monedas justas para consumir lo mínimo que le permitiera quedarse.

Todo siguió igual hasta que un llamado le cambiaría la vida. Porque a algunos, la vida les cambia por un accidente, o por un trabajo, o por un hijo, o por un título, o por un amor. Pero a José Luis Gómez, 13 años, vecino del barrio 25 de mayo, que había sabido jugar al fútbol en patas en potreros de una de las provincias más calurosas del país, un sonido le cambiaría su futuro. O sería el inicio de algo. Que ese algo sea bueno o en vano dependería de él.

A las semanas del llamado de Quilmes, Gómez hijo y Gómez padre subieron juntos al micro y llegaron a Buenos Aires. José Luís se instaló en la pensión del club y comenzó a jugar de 2. Más adelante, un entrenador le diría que “tenía cosas de 4”, y lo cambiaría de puesto. Su papá tuvo la suerte de encontrar un trabajo rápido, siempre en la construcción. Vivió de prestado en lo de unos familiares hasta que pudo construirse una casita, o algo que se le parecía a una casa, en La Lechería, una ex fábrica de La Paternal tomada por más de 200 familias, que se le terminó pareciendo mucho a un barrio que nadie elegiría para vivir.

-Vivía en la pensión, jugaba los sábados y quedaba libre hasta el domingo a la noche. Ahí me iba a visitar a mi familia a La Lechería, donde tenía mis amigos. Los sábados a la noche nos quedábamos jugando a la pelota hasta las tres, cuatro de la mañana.

Gómez integró la Selección olímpica en los Juegos de Río 2016.

Gómez habla y habla. Agrega que los domingos a la noche, cuando debía reintegrarse a la pensión, sus papás le daban algo de dinero para sus gastos. “Cien pesos como mucho”, dice. Escucharlo es sorprenderse por las adversidades con las que partió en un camino que intentan tomar millones y millones de niños en el mundo: el sueño de convertirse en jugador de fútbol profesional. Es sorprenderse y plantearse cosas, hacerse preguntas, dudar: ¿es el destino o es el fruto del esfuerzo que haya llegado a Primera y hoy lo nombren como el posible 4 de la Selección? ¿O cómo se explica que alguien que jugaba al fútbol en patas con unos 40 grados de calor hoy firme un contrato con Adidas? 

Con sus amigos de La Lechería iba a ver a Argentinos Juniors o a Chacarita, cuando hacía de local en el estadio Diego Armando Maradona, que quedaba a pocas cuadras. Algunos de aquellos amigos eran hijos de ladrones y ya comenzaban a consumir drogas, pero Gómez dice que a pesar de andar con ellos, no hacía lo mismo. 

-¿Sentías la presión de saber que podías cambiar el futuro de tu familia?
-La sentía pero estaba seguro de que con sacrificio todo iba a llegar. A veces no tenía ganas de ir al colegio (en Quilmes era una obligación); era algo que me costaba mucho y lo tenía que hacer para poder seguir en carrera.

Después de años de promesas, La Lechería fue derrumbada y sus vecinos tuvieron que desalojar el predio para mudarse a un complejo de viviendas construido por el Gobierno de la Ciudad, en Villa Lugano, sobre la avenida Roca. José Luis Gómez recuerda que ayudó a su familia a cargar las cosas para la mudanza y que ese departamento en Lugano era el lugar más lindo en el que había vivido.

En ese complejo vivió hasta su debut en Primera, en 2013. Cuando a José Luis Gómez le confirmaron que el primer sueldo estaba depositado, le pidió a su papá que lo acompañara. Fueron en el Siena que hoy maneja su hermano. Se acercaron a una de las ventanillas y José, tímido, dijo no tener la tarjeta para retirar dinero pero sí el documento. Le preguntaron cuánto quería extraer y él repreguntó cuánto había en la cuenta.

-Hay 35.000 pesos –dijo la cajera, con un tono automático.

José y su papá casi que se atragantaron. En su vida habían visto o escuchado hablar de una cifra tan alta. Durante el viaje venían calculando un saldo de cuatro mil o cinco mil pesos. Pero al final, tenía depositado tres sueldos juntos.

-Bueno, me llevo todo –alcanzó a decir José, todavía sorprendido.

Metieron los billetes en un bolsito, y en el auto fueron hasta el departamento.

José dice que tomó los fajos y se separó unos cuatro mil pesos. Y que a los otros 31.000 los puso sobre una mesa y les dijo a sus padres que se acercaran; que quería decirles algo.

-Esto es de ustedes. Se lo ganaron; muchas gracias por todo lo que hicieron por mí. 

Después Goméz, con la parte que se había guardado de aquel primer sueldo, invitó a su novia a comer al shopping de un supermercado de Lugano. Le regaló un par de zapatillas y se compró un par para él. Otro momento soñado había llegado.

-¿Te ves en la Selección Mayor?
-Es muy lindo que los compañeros o colegas me dijeran que tengo que estar ahí. El tema es que en Argentina y en el exterior hay muy buenos jugadores en el puesto. Sé que en cualquier momento me puede llegar la oportunidad y estoy mejorando lo más que pueda para ese día. Quisiera dar todo lo que esté a mi alcance por la camiseta de mi país. Por ahora solo tengo que esperar, con la linda sensación de que me nombren para estar y pueden estar mirándome para citarme.

-¿Qué es lo que más te gusta de tu puesto?
-Digamos que proyectarme. Pasar al ataque me gusta mucho. Por suerte a Jorge (Almirón) le gusta que pase y me dice que no dude en hacerlo, que los compañeros me van a relevar. Otra cosa que me gusta de mi puesto es el contacto que tengo con la pelota. Pero eso también se lo debo al tipo de técnico que es Jorge. Con él intentamos hacer buen juego, salir jugando de abajo y eso me beneficia.

-¿Qué tan pendiente creés que está de vos el 11?
-Después de ganar el campeonato, los equipos empezaron a jugarnos de otra forma. Nos esperan mucho; saben cómo juega Lanús y están más pendientes de cómo atacamos. La salida por derecha ya no los sorprende tanto, y mis proyecciones tampoco. Tenemos que encontrar ese plus que nos falta.

-Por tus condiciones, ¿te gustaría pasar a la mitad de cancha?
-En Racing empecé de 4, pero Mostaza Merlo me puso algunos partidos de ocho. En San Martín también me subieron, de volante. Nunca me sentí del todo cómodo. En cambio, el lateral derecho es un puesto que conozco bien y lo disfruto. Antes la marca era lo que más me costaba. Pero desde que me afiancé en Primera siento que la mejoré.

La charla llega a su fin y Gómez aclara que más tarde irá a comprarse ropa. A Once. Que para qué gastarse 2000, 2500 en un pantalón de marca si en Once puede conseguir un jean bueno y lindo por 600 pesos. “Si siempre me compré ropa en Once, ¿por qué voy a cambiar ahora?”, pregunta. Aunque aclara que también le gusta elegir remeras o camisas de marca en locales de shoppings o zonas exclusivas.

La vida de Gómez no es con los lujos propios de una figura como él. Salió del país solo para jugar al fútbol. Sus vacaciones siguen siendo en su barrio, en su casa de toda la vida.

A la hora de elegir un corte de pelo, el santiagueño es tan audaz como cuando juega.

“Es que las navidades y las fiestas en Buenos Aires son aburridas; a la una o dos de la mañana están todos durmiendo”, afirma.

En cada descanso en su 25 de mayo, además de quedarse festejando las fiestas en su casa y bailando hasta la mañana con sus familiares y amigos, Gómez vuelve a jugar a la pelota con los amigos de siempre, en el potrero de siempre. El que lo hizo distinto. Dentro y fuera de la cancha. “Teniendo un auto o cosas materiales que de chico nunca imaginé tener, no soy nadie. Nunca tenés que cambiar; tenés que seguir siendo el de siempre. Eso es algo que no se negocia”, dice.

Por eso, junto a su padre, creó una Fundación, para ayudar a los chicos de su barrio. Su representante también aporta. Y en camioneta envían materiales para potreros: botines y zapatillas que le entrega Adidas, pelotas, juguetes para el día del niño y las fiestas. Todo lo que José Luis Gómez nunca tuvo, y lo hizo distinto. Eso que no le permite olvidarse de aquella niñez de la que habla con alegría.

Por Nahuel Gallotta / Fotos: Maxi Didari

Nota publicada en la edición de enero de 2017 de El Gráfico

Por Redacción EG: 07/02/2017

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