RETRO

Que 40 años no es nada

- por Redacción EG: 20/01/2017 -

El 22 de diciembre de 1976 se jugó la única final oficial entre los dos clubes más importantes de nuestro fútbol. Con un gol de Suñé, Boca le ganó 1-0 a River en la cancha de Racing y se llevó el título del Nacional. Después de cuatro décadas, el Chapa repasa cada instante de aquella noche mítica.

El gol del Chapa. La barrera a medio formar, el vía libre del árbitro Ithurralde, el derechazo quirúrgico de Suñé y el viaje sin escalas de la pelota hasta el ángulo izquierdo del Pato Fillol.

Hay un momento en la vida de una persona en el que las cosas cambian para siempre. Un hecho que sirve como quiebre, como punto de partida. El nacimiento de un hijo, un enamoramiento, la despedida de un ser querido. Para los futboleros, puede ser, además, un gol sobre la hora, de esos que se gritan con alma y vida, que significan un campeonato o escapar al suplicio de una derrota insalvable. Para el Chapa Rubén Suñé fue, de hecho, un gol: ese que le hizo al Pato Fillol poco después de las 22.30 del miércoles 22 de diciembre de 1976. Esa noche, en la cancha de Racing, Boca y River jugaban la que aún hoy es la única final oficial entre los dos más grandes de nuestro fútbol. Se definía el torneo Nacional. Suñé convirtió, de tiro libre, a los 27 minutos del segundo tiempo. El Cilindro de Avellaneda no daba más de colmado. Se estima que había 90.000 personas, aunque oficialmente fueron casi 70.000. Boca se llevó la victoria -y el título- por 1-0. La alegría de unos contrarrestaba con la tristeza de otros. Suñé pateó con la derecha aquel tiro libre mientras el Pato Fillol armaba la barrera. Fue un segundo, el del quiebre que duró para siempre. Para muchos se trató de una avivada. Pero fue, sin embargo, el gol de un campeonato histórico.

Cuarenta años más tarde, Rubén Suñé le dice a El Gráfico: “Fue una cosa imborrable. Después uno se va acordando siempre, pero verdaderamente, cuando me lo recuerdan, viene de nuevo la alegría de haber hecho ese gol”. Habla lento. No quiere fotos ni encuentro personal. Acepta, en cambio, una charla telefónica pautada con varios días de anticipación. No más de treinta minutos, advierte.

A ese torneo, River llegaba avalado por el bicampeonato del 75: el Metropolitano y el Nacional. Con el primero se habían quebrado los famosos 18 años sin títulos. Pero no estaba todo bien: la reciente derrota en la final por la Copa Libertadores ante Cruzeiro no pasaba desapercibida. Fue un 4-1 en contra en Belo Horizonte, un 2-1 a favor en Núñez y una caída por 3-2 en el desempate, en Chile. Había más. Norberto Alonso, el ídolo, se había ido al Olympique de Marsella enemistado con la dirigencia; sobre todo con el presidente, Rafael Aragón Cabrera. Boca venía más dulce: acababa de ganar el Metro del 76.

El Nacional se jugó con 34 equipos. Boca ganó la Zona A, en la que también estaban Quilmes, Independiente, Atlético Tucumán, Gimnasia y Esgrima de Jujuy, Gimnasia y Esgrima La Plata, Chacarita y Temperley. River fue el primero del Grupo B, que lo compartía con Banfield, Estudiantes, Racing, Atlanta, Atlético Ledesma, San Martín de Tucumán y San Telmo. En el C estaban Huracán, Unión, Rosario Central, San Martín de Mendoza, Aldosivi, Vélez, Platense, Patria (de Formosa) y All Boys. En el D, Talleres, Newell’s, Ferro, Argentinos, Huracán (Comodoro Rivadavia), Central Norte de Salta, Colón, San Lorenzo y San Lorenzo de Mar del Plata. El gran equipo fue Talleres, que ganó nueve partidos seguidos y se mantuvo invicto en quince. Incluso en este campeonato se jugó el partido en el que debutó Diego Maradona: el 20 de octubre, en La Paternal, los cordobeses le ganaron 2 -1 a Argentinos.

Tras eliminar luego a Banfield, en las semifinales Boca le ganó 1-0 a Huracán, el otro gran equipo del torneo. El gol lo hizo Mastrángelo. River -que antes había superado a Quilmes-, con tanto de Passarella, eliminó a Talleres de Córdoba también por 1-0.

Estaba todo listo para la gran final. “El clima de aquella noche era muy grande (sic). Era un partido muy importante para los dos por lo que había en juego. Nosotros, particularmente, teníamos mucha confianza en que podíamos ganarlo. En realidad, no pensábamos en otra cosa. Solo nos decíamos que íbamos a ganarlo. La fe es todo. Después, se puede dar o no, pero hay que tener fe siempre”, opina Suñé cuando empieza a recordarle a El Gráfico aquella, su noche inolvidable.

La síntesis del partido, tal como la publicó El Gráfico en su edición de entonces. Para el periodista Héctor Onesime, la figura fue Toti Veglio, con 8 puntos.

“AGUERRIDO Y BUENO”
A Suñé no le hace gracia que se califique a aquel Boca dirigido por Juan Carlos Lorenzo como un equipo duro o aguerrido. Para él, era mucho mucho más que eso. “Ese Boca del 76 en adelante, hasta los 80, era buenísimo, en todo sentido. Cuando había que meter, se metía. Cuando había que jugar, se jugaba. Hay algunos que se ponen mal cuando se les dice eso, pero ese Boca le hubiese hecho partido al Barcelona en su mejor momento. Y no sé si además de empatar no le ganaba. No solo era un equipo aguerrido. Había muy buenos jugadores. Teníamos una mezcla de garra y buen fútbol. Jugadores que venían de otros equipos con un bagaje de calidad. Metíamos, pero también jugábamos. En cualquier lado. En canchas y situaciones difíciles también nos imponíamos. Nos fuimos acostumbrando a ese estilo de juego, a esa mezcla de buenos jugadores que además eran metedores”, insiste.

Entre los metedores y buenos estaban, además del Chapa -que había regresado junto con Gatti y Mastrángelo tras sus pasos por Unión- Tarantini (hay una foto histórica en la que se lo ve levantando a un Suñé con los brazos en alto y una sonrisa eterna en esa noche de diciembre), Mouzo, Sá, Ribolzi, Pernía y Zanabria. Entonces se los consideraba un equipo de experimentados.

“Recuerdo mucho a ese Boca y esa época. Nosotros, por ejemplo, teníamos mucha seguridad mientras los otros, ante determinadas situaciones, a lo mejor se ponían nerviosos, sobre todo cuando les tocaba jugar con aquel Boca. Nosotros éramos de confianza pura. Ya cuando salíamos de La Candela, de la concentración, sentíamos que podíamos ganar cualquier partido”, rememora.

Pero River no era menos. Dirigido por Angel Labruna, contaba, entre otros, con Fillol, Comelles, Perfumo, Passarella, JJ López, Merlo, Luque y Mas. Grandísimos jugadores que dos años después serían la base del seleccionado campeón del Mundial del 78, disputado en nuestro país.

El Chapa Suñé recuerda todavía los momentos previos al partido. Detalla: “Llegamos al vestuario, terminamos de cambiarnos y, sobre todo Gatti y yo, que no nos vendábamos ni nos poníamos canilleras, ya estábamos hinchando para hacer el típico loco con nuestros compañeros”.

El partido fue televisado en directo por Canal 7 para todo el país. Los canales 9, 11 y 13 también mandaron sus cámaras. Sin embargo, no aparecen las imágenes del gol. Las hay de algunas escenas pero, misteriosamente, no del momento sublime. En la web pueden encontrarse videos en los que se muestran las salidas de los equipos a la cancha, las tribunas colmadas, los primeros minutos del partido y hasta los últimos, y la vuelta olímpica con Alberto J. Armando, emblemático presidente de Boca, yendo hacia la hinchada. También se ve una tapada formidable de Gatti a Luque y una atajada a JJ López. No están las de Fillol; entre ellas, una al ángulo izquierdo que le sacó a Suñé. Justo cuando Passarella le hace un foul a Ribolzi se corta la secuencia y aparecen fotos de revistas acompañadas por el relato: “Viene el tiro y goooooolllll… golllll de Suñé… golazo de Suñé… Sorpresivamente (...) Revienta Avellaneda. Gol de Boca, 27.30, Suñé, Boca 1, River 0”.

La vuelta olímpica en el Cilindro, tras marcar el gol que se transformó en leyenda. Fue una "avivada" del Chapa. Como Lorenzo sabía que Fillol tardaba en armar la barrera, se apuró a ejecutar el tiro libre con el aval del árbitro.

“Realmente sería muy poco serio si le dijera que constantemente me acuerdo de ese gol. O sea, solamente me acuerdo cuando me lo hacen recordar, o cuando se cumple un aniversario. Entonces a uno le vuelven muchas cosas que se vivieron, sobre todo estando en Boca”, dice Suñé sobre aquella jugada de los 27 minutos del segundo tiempo que cambió su vida y la historia del superclásico. Passarella le hizo una falta a Ribolzi. Veglio se disponía a patear el tiro libre mientras la barrera de River se acomodaba según las indicaciones de Fillol. Estaban Pedro González, Roberto Perfumo, Héctor López, el mencionado Passarella, Leopoldo Luque y Juan José López. Arturo Ithurralde, el árbitro, empezaba a contar los pasos. Fue en ese momento en que Suñé le dijo a Veglio -el encargado de patear- “dejame a mí” y le pegó de derecha, a la izquierda de Fillol. El Pato no pudo reaccionar. Solo atinó a un movimiento mínimo. Nadie festejaba. Hubo como un letargo. Tal vez porque algunos esperaban que no se sancionara el gol. Otros porque no lo podían creer. Pero cuando Suñé empezó a correr, el griterío de los hinchas de Boca se volvió infernal.

“Cuando la pelota entró, Fillol estaba armando la barrera. Al quedar libre tres cuartos de arco era imposible que llegara. Después de eso, imagínese: llegó el festejo. Si no me paraba el alambre, me subía hasta donde estaba la hinchada. Fíjese qué alegría. Me quería abrazar con cada uno de los hinchas”, rememora el Chapa durante la charla. Y suelta: “Fue la máxima alegría de mi carrera”.

EL PARTIDO
En líneas generales, el partido no fue bueno. Para El Gráfico hubo “pobreza futbolística”. River fue levemente superior. JJ López y Merlo se convirtieron en los pulmones del equipo. Passarella estuvo cerca con un tiro libre desviado. Enseguida se lo perdió Mastrángelo en manos de FIllol. Pernía apelaba a su acostumbrado estilo recio. Después, Luque se lo perdió ante Gatti: quiso gambetearlo y cayó. Aún hoy se duda sobre si Gatti tapó la pelota o le hizo penal. El video que se aprecia en la web no ayuda demasiado. Las imágenes fotográficas publicadas por esta revista demuestran, paso a paso, que no hubo falta. Poco después, el Pato sacó sobre la línea un disparo de Veglio. Una atajada increíble. La que luego le sacará Gatti a JJ López no es menor. Enseguida repetirá ante Comelles. Fue una noche en que ambos arqueros ratificaron por qué ocupaban el lugar que ocupaban en la historia de nuestro fútbol.

Los últimos quince minutos mostraron a un River desesperado. Pedro González se perdió dos claritas ante Gatti: en una la tapó el arquero y en la otra la pelota se fue desviada. River iba y Boca contraatacaba. Hasta que Arturo Ithurralde marcó el final y se desató el festejo xeneize.

“En lo primero que uno piensa es en la familia que formó. Mi señora estaba con mi viejo en la platea. Sentían una alegría tremenda”, rememora el gran protagonista de aquella noche.

“Ya sabíamos desde antes de empezar el partido, en el vestuario, donde hicimos la escala, que íbamos a ganar. Si perdíamos, era otra cosa. Pero nosotros le ganábamos a cualquiera. Se puede perder, pero nosotros sentíamos que íbamos a ganar. La confianza, por supuesto, es fundamental. Si usted no tiene fe, usted no va a jugar bien ni hará jugar bien al equipo. Sobre todo en la zona que le corresponde jugar”, analiza el Chapa. “Todavía me dura aquella alegría. Y eso que pasó un montón de tiempo. Por supuesto, uno no tiene, no siente todavía, la misma emoción del momento del partido, como cuando pateé el tiro libre. Hoy ya hay una historia que uno mira por televisión. Para mí sigue significando algo muy importante”.

“La alegría de haber hecho un gol tan importante es algo que no todo el mundo tiene la suerte de disfrutar”, agrega.

OTROS TIEMPOS
Después rememora: “El de aquella época era otro fútbol. Uno ve el de ahora y realmente quizás no tenga nada que ver con aquel, porque había una serie de cosas que hacían que fuese más difícil jugar en aquellos tiempos. Pero además antes se jugaba muy bien. Por supuesto que había más amor por la camiseta. En mi caso, iba a la cancha de Boca desde los 5 años. Me llevaban mi viejo y mi tío. También iba mi primo. Mire desde cuándo iba a la cancha”. Y agrega: “El fútbol cambió en muchos sentidos. Antes había televisión sólo en final de América o del mundo. Hoy hay que fijarse antes de mirar qué hay en la cartelera. Hay una serie de partidos bárbaros”.

Rubén Suñé y uno de los tantos homenajes que le realizaron en los últimos 40 años en la Bombonera. Pronto, el Chapa tendrá su estatua.

-¿Soñó alguna vez con una noche así?
-¿Cómo voy a soñar algo así? ¿Qué soy, mago? No, para nada. Empecé a jugar en Boca a los 13 años y no pensaba en llegar a la Primera. Era una ilusión, pero no una certeza. Recuerdo el debut muy bien. En el 67. Tuve la suerte de que El Gráfico me diera como figura de la cancha. Me hicieron un penal que fue el 2 a 1 (contra Colón). Pateé y Rattín lo metió de rebote.

Hasta no hace mucho estaba vinculado a las divisiones inferiores de Boca. Cuenta que tiene una licencia “por un problema físico”. No sabe si volverá a trabajar en el club y no le agrada hablar de eso. También le molesta que se le pregunte si va a la Bombonera a ver partidos. Dice, apenas: “No voy a Boca porque tuve una decadencia física. Estoy con licencia. No sé cuándo se considerará que estoy bien para trabajar o si seguiré como ahora, con la licencia. Está mal que me pregunte eso”. Y agrega: “Tuve un problema psicológico”. Prefiere no seguir hablando del tema. Sí, en cambio, cuenta que lo ilusiona el monumento en su honor que sería presentado en estos días y cuya realización fue aprobada por la comisión directiva boquense. “Será una estatua. Un homenaje”, acota, de manera escueta. Se lo nota emocionado. Hay cosas que el paso del tiempo nunca borrará.

Radiografía de un ídolo
“Una tarde me agarró de golpe y me fui al balcón. Mi señora se había ido a hacer los mandados, los chicos dormían y la chica que trabajaba en casa estaba en el lavadero. Cuando se fue ella, me tiré. No me preguntes cómo fue porque no me acuerdo de nada. No sé cómo hice, cómo me subí, cómo me tiré, ni cómo iba en el aire… Me salvé porque caí parado y por la contextura física del deportista”. Este texto se lee en el libro La Final, del periodista Diego Estévez, dedicado íntegramente a ese Boca-River de hace 40 años. Sobre el final, el autor dedica un capítulo a Rubén Suñé, bajo el título Caída y resurrección de un ídolo. En unas pocas páginas cuenta lo mal que la pasó el futbolista una vez que se hubo retirado. Tanto que el 22 de junio de 1984 se tiró del séptimo piso de su departamento del barrio de Pompeya. “Ya no tenía ganas de nada, creía que no servía para nada”, se lee de Suñé cuando recuerda su depresión tras el retiro profesional del fútbol.

Nacido el 7 de marzo de 1947, Suñé es uno de los máximos ídolos de la historia de Boca. Jugó en sus inferiores y debutó en primera el 17 de marzo de 1967, cuando tenía 20 años, contra Colón de Santa Fe, en un partido por el torneo Metropolitano. Su primer gol con la camiseta de Boca lo hizo en 1968, de penal, ante Platense. Su equipo ganó 2-0. En 1969 logró su primer título en el club. Fue en el Nacional, donde lo dirigía Alfredo Di Stéfano. Integraba una defensa inolvidable junto a Meléndez, Rogel y Marzolini.

Jugó para la Selección en las eliminatorias del Mundial de 1970. Por problemas con los dirigentes quedó libre de Boca en 1973. Pasó a Huracán y en 1975 Juan Carlos Lorenzo lo incorporó a Unión de Santa Fe, donde se quedó hasta 1976, cuando el mismo Toto se lo llevó con él de nuevo a Boca. Capitán y caudillo, se convirtió en ídolo boquense. En 1980 se fue del club, cuando se pedía una renovación del plantel. Ya no estaba Lorenzo como técnico y llegaba Silvio Marzolini para hacer un recambio que incluía, entre otros, a Maradona y Brindisi. No quiso ser su ayudante de campo y se fue a San Lorenzo. El mismo año en que ese Boca ganaba el Metropolitano, él formaba parte del Ciclón que descendió. En Boca jugó 377 partidos e hizo 36 goles. Después fue director técnico de Quilmes.

Sus títulos con la camiseta xeneize fueron los torneos Nacional (1969, 1970 y 1976), el Metropolitano (1976) y la Copa Argentina (1969). También obtuvo la Copa Libertadores (1977 y 1978) y la Intercontinental (1977).

Por Alejandro Duchini / Fotos: Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de diciembre de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 20/01/2017

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