BOXEO

Sergio Martínez, Maravilla por las rutas argentinas

- por Redacción EG: 02/01/2017 -

Ya retirado, uno de los boxeadores argentinos más reconocidos de los últimos tiempos, campeón mundial y también figura debajo del ring, le cuenta a El Gráfico por qué no extraña ese deporte y qué lo lleva a recorrer el país en un motorhome.

Martínez y su compañero inseparable, el motorhome. Es el inicio de una gran experiencia por todo el país.

Entre 2010 y 2014, Sergio Maravilla Martínez fue el boxeador argentino que estuvo en boca de todos. Sus títulos internacionales, sus apariciones en los medios de comunicación, la publicación de libros (uno de ellos autobiográfico, Corazón de rey) y su posicionamiento como uno de los tres mejores libra por libra del mundo lo constituyeron en una reconocida figura mediática. Sus peleas redituaban con creces en la televisión, con espectadores que esperaban hasta la madrugada para verlo. Incluso llenó el estadio de Vélez, en 2013, en una noche que se hizo mítica por la lluvia, debajo de la cual se impuso ante el británico Martin Murray. Pero desde el 7 de junio de 2014, tras caer ante Miguel Angel Cotto y confirmar así un retiro anunciado (esa vez perdió el título mediano del Consejo Mundial de Boxeo), paulatinamente se dejó de hablar de él. Se sabe que sigue ligado al boxeo como promotor, que vive en España y que cada tanto visita este, su país. Como ahora, pero con un objetivo particular.

Porque al menos hasta fines de febrero, Sergio Maravilla Martínez recorrerá la Argentina de punta a punta a bordo de un motorhome que alquiló hace poco. “Me salió tan caro que me hubiese convenido comprarlo”, sonríe cuando se encuentra con El Gráfico en un reconocido café de Puerto Madero. Acaba de estacionarlo, cuenta, a unas cuadras. Lo explica así: “Hace poco que lo tengo. No es fácil manejarlo. Es un bicharraco enorme. Cada vez que debo doblar en una esquina noto que los demás conductores se impacientan”. Recién llega de Quilmes, el barrio de su infancia, donde fue a visitar a su madre, Susana, y ahora, antes de salir a la ruta para comenzar su periplo, se dispone a conversar con esta revista.

-Preguntá lo que quieras: tengo tiempo -dispara con un tono mezclado entre español y argentino y con una amabilidad que es un sello particular en él.

-¿Qué es de tu vida?
-Estoy con un proyecto personal que no tiene nada que ver con el boxeo. Estaré cinco meses dando vueltas por el país. Desde Calafate a La Quiaca, pasando por Cataratas. Me quedará afuera Ushuaia. Haré paradas intermedias en ciudades como Rosario o en otras pequeñas de Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, Tucumán, Santiago del Estero, Mendoza, Salta, San Luis. Daré charlas motivacionales o sobre liderazgo a empresarios. También otras sobre inclusión social en cárceles. Las de las cárceles son las mejores, porque la gente está más receptiva. Una de las más lindas fue en Santa Cruz, con gente que sabía que había tocado fondo y que al único sitio al que tenía que apuntar para salir era hacia arriba. Gente que aun sabiendo que había metido la pata, que cometió errores, llamémoslo así, estaba predispuesta a escuchar y dispuesta a salir adelante. Fue espectacular. Y la más difícil y complicada fue en un instituto de menores. Fue durísimo. Salí muy enojado.

Su memorable victoria ante Julio César Chávez Jr., el día que sacó patente de ídolo.

-¿Por qué?
-Porque es difícil que te presten atención. Muchos están al borde de perderse y más de uno ya se perdió. Es una pena que cuando salgan, volverán a entrar, que cometerán algún delito para volver porque allí tienen comida y donde dormir. Lo que les digas no les importa. Ni siquiera disimulan. Para ellos, uno es un careta. A uno le pregunté qué pensaba de mí. “Que sos un careta”, me contestó. Me senté con él y recién a los 15 minutos de hablarle sin parar y sin dejar de mirarlo a los ojos, medio que aflojó. Tenía 16 años.

-¿Para qué das esas charlas?
-Por lo general, la gente piensa que la posición en que me ubiqué es inalcanzable. Pero cuando les cuento de dónde salí, lo que sentí, lo que soñé, lo que quise tener y lo que soy, un tipo común y corriente con los mismos sueños y aspiraciones que los demás, se dan cuenta de que soy como cualquier otro. ¿Qué me diferencia? Que tuve más fuerza de voluntad y empeño que el resto. Por eso conseguí los títulos mundiales, pude sacar el libro que quería hacer y que fue un éxito de ventas. Lo que tuve fue constancia. Ahora, que me proponga conseguir cosas extraordinarias es otra cosa: no hay muchos campeones mundiales de boxeo ni mucha gente que publique libros. Eso ya lo hace a uno extraordinario. No bonito, sino extraordinario. Tengo mis tonterías, dolores de cuerpo, enojos cuando manejo, voy al cine y al teatro como cualquiera. Solo que luché por conseguir las cosas que me propuse. Algunas las conseguí y otras no. Yo siempre quería más. Siempre. Un triunfo más, un rival menos para llegar a ser el mejor. De eso se trataba.

-¿Qué te provoca haber vivido en este mismo barrio acomodado en el que de chico trabajabas como obrero?
-Alegría. Es como un premio para mí, es buenísimo. Porque antes venía a las 6 de la mañana con el DNI, tenía que pasar tres o cuatro controles para soldar dos planchuelas, pinchar con antióxido, armar un techito pequeño. Y hoy vengo y casi ni tengo que sacar el documento al comprar algo. ¿Me explico? Lo tomo como un premio.

Tras el retiro
-¿Qué hiciste desde que te retiraste?
-Estuve, fácil, un año y ocho meses en la Argentina. Actuando en el teatro y estudiando en Telefe en el área de formación de actores y dando las charlas. Sigo con Maravillabox Promotions: acabamos de fichar a Alberto Palmetta, una gran promesa, un gran profesional.

La alegría tras retener el título mundial ante Martin Murray, en la cancha de Vélez.

-A poco más de dos años del retiro, ¿extrañás el boxeo?
-No extraño nada. Tengo tantos dolores: la rodilla derecha está terrible: me duele todo el tiempo. Me tienen que operar, poner una prótesis. El hombro izquierdo está arruinado. La humedad de Buenos Aires es terrible para mí. Me duelen mucho las manos. Todo por el boxeo. Muchas fracturas, lesiones que no se irán nunca. Además, en el boxeo tiré todos los golpes que tenía que tirar. Ya no tengo ganas. No me sale nada: los movimientos básicos me cuestan un montón. Desconecté. Miro muy poco boxeo en la tele; solo a los boxeadores que manejamos y poco más. Antes, mi vida estaba enfocada en el boxeo, pero ya no.

-Tuviste unos años de mucha exposición. ¿Lamentás que eso no ocurra más?
-Es una bendición. En su momento era necesario, pero insoportable, muy difícil para mí, que soy un tipo común y corriente. Lo sobrellevé porque siempre me vi como un producto, sabiendo que todo eso se iba a terminar. Si hubiera pensado que la gente me seguía por ser lindo, hubiese sido un error. Sabía que era cuestión de tiempo y que uno es un producto y que hay un momento para los medios y otro para la vida privada. ¡Los paparazzi! No me los banco, aunque sé que hacen su trabajo. Hoy en lo de mi madre vi una foto que me sacaron en su momento y recordé las cosas que dijeron de esa imagen. Hay un poco de mala leche por parte de la gente que maneja los medios: entonces, lo que no se puede conseguir se destruye: te bajan. A mí se me hizo difícil.

-Hay boxeadores que hacen dinero pero lo malgastan y terminan arruinados. ¿Cómo hiciste para no marearte y tener hoy una cuenta bancaria que te permite vivir bien?
-Está en uno. Hay gente que carece de sensatez, de sueños. Empecé a boxear a los 20 y tuve la coherencia de saber que, como mucho, a los 40 se acababa. Y demasiado duré. Esa coherencia les falta a muchos boxeadores. También hay que saber elegir a los amigos. Lo bueno es que a mis amigos los cuento con una sola mano; y me sobran varios dedos. Tuve ojo clínico para saber quién se acercaba con buena intención y quién no. Para el tema del manejo del dinero acerté porque uno de mis dos o tres mejores amigos es mi socio, Miguel de Pablos. Un fanático de los números como yo en mi momento del entrenamiento. Las malas influencias, los malos amigos, los malos hábitos influyen negativamente. Además, nunca probé el alcohol ni fumé ni me drogué. Lo máximo que puedo hacer es cruzar un semáforo en rojo, y cuando no lo veo. Soy un tipo normal. Tuve la certeza y la coherencia de levantarme temprano para entrenar. Sabía que no me podía ir de joda y acostarme a las 3. A los 20 algunas veces lo hice, pero no mucho. Siempre supe que hay que estar bien. El paso del tiempo pone en evidencia al que hizo bien las cosas y al que no.

La soledad del campeón
-¿La buena o la mala intención de quienes se acercan se nota más en las derrotas?
-Cuando le gané a Julio César Chávez Jr., apagué el teléfono a eso de las 6 de mañana. A las 10, cuando me desperté, tenía ¡1060 llamados y mensajes! Cuando prendí el teléfono iban cayendo todos: tiqui, tiqui, tiqui... No lo podía creer. “Vamos a ver el día que pierda”, le dije a mi pareja de entonces. Efectivamente, cuando perdí con Cotto, tenía solo cuatro llamados: tres eran de mi madre.

Charla distendida y tortafritas en el interior del vehículo que será su vivienda hasta febrero. La nueva vida del campeón.

-Alguna vez dijiste que eras solitario. ¿Lo seguís siendo?
-Mucho. Me gusta estar solo. Hay que aprender a estar solo, porque hay que aceptarse. En la soledad, uno empieza  a ver sus manías, sus cosas incómodas, a verse en el espejo y descubrir cosas internas. Me encanta decirme la verdad, pero a veces me miento un poquito. Hace falta, está bueno un poco de sincericidio. De ahí salen cosas buenas. En soledad aprendí a pedir perdón y a decir gracias, que es fundamental.

-¿La viveza pesa más que la valentía en el boxeo?
-Totalmente. Una vez (Roberto) Perfumo dijo que no se puede hacer un equipo de fútbol con jugadores boludos. En el boxeo, lo mismo: no se puede hacer boxear bien a un boludo. El boxeador tiene que ser pícaro para que no le peguen, porque es un deporte en el que hay que evitar los golpes para llegar. No llega el que más pega. Si se puede hablar de llegar. ¿Llegar a dónde? No lo sé. “¿Qué se siente haber llegado?”, me preguntaron una vez. No lo sé: llegué y no había nadie y me volví. Llamémosle ser campeón mundial, tener títulos. El boxeo es para pícaros. Conozco gente que no es viva y la querés matar. El que es boludo arriba es boludo abajo.

Campeones e ídolos
-Hasta hace poco el boxeo argentino tenía grandes exponentes: vos, Marcos Maidana, Omar Narváez, Juan Carlos Reveco y Jesús Cuellar. ¿Por qué ahora no hay figuras?
-Es simple. Si se hacen las cosas bien hoy con cuatro amateurs, en cinco o diez años se sacan cuatro campeones mundiales. En un momento se hicieron bien las cosas, con buenas bases en el amateurismo. Pero si no hay bases, no se puede. Después se dejó de trabajar bien. Las cosas no salen mal, se hacen mal. Eso pasó. Pero es cíclico. En cuatro años habrá de nuevo campeones. Si uno mira la historia, siempre ocurre eso. Es un período de transición. La crisis también es dirigencial. No sé si el problema empieza de arriba o de abajo. Es fácil echarle la culpa a los de abajo. Es posible que no haya gente que sepa enseñar: faltan maestros, gente con cultura, con nuevas ideas. El problema es que se enseña con los mismos métodos que hace muchísimos años. Por ejemplo, Usain Bolt, que es una súper máquina del atletismo, entrena de una manera que ni conocemos. Y acá estamos todavía haciendo entrenar al boxeador con el nylon alrededor del cuerpo, como en la época de Firpo, de Pascualito Pérez. O sea, el problema viene de arriba. El boxeo está mal enseñado, se entrena como hace 100 años. Todos se entrenan para ser el más fuerte. Pero no hay gente con ideas. ¿Qué pasaba conmigo? Muchos se entrenaban para ser los más fuertes, yo me entrenaba para ser el mejor escapista. ¿Qué quiero decir? Que en esto no gana el más fuerte, el más duro y el que mejor pega, sino el que menos golpes recibe.

Recorrerá el país en un motorhome para dar charlas motivacionales.

-Este año falleció uno de tus ídolos, Muhammad Alí. ¿Qué sentís que dejó?
-Se fue un tipo al que no lo entendieron. La gente sabe que fue el mejor, pero ¿por qué? Porque puso en evidencia eso que te contaba: fue campeón de peso pesado mientras bailaba en el ring. Con él se fue una de las mejores y más bonitas escuelas. Al menos para mí. La gente no lo entendió. ¡El tipo ponía la cara! No era el mejor Alí y así y todo le ganó a Foreman, lo borró del boxeo. ¡A Foreman, que era como esa columna que está ahí pero más fuerte! Lo que saqué de Alí habrá sido el 1% de lo que él daba de clases, pero me sirvió para ser campeón mundial. Empecé a escalar y llegué a estar entre los tres primeros libra por libra; y eso que hacía años que no había un argentino ahí. El boxeo no es complejo. Por el contrario, es muy simple. Solo que lo hacemos complicado. De vez en cuando aparece un Mayweather que hace cosas de otra galaxia, pero los otros son normales, como yo. Si se ponen las pilas, lo logran. No digo que todos vayan a ser campeones mundiales, pero si se animaran a hacer un equilibro entre lo que es un sueño y lo que apasiona, se puede conseguir. Obviamente, hay que tener talento. Si lo tenés, trabajá para que ese talento se transforme en habilidad. Y una vez que es habilidad, tenés el triunfo y el éxito en un noventa y pico por ciento en tu bolsillo. ¿Por qué no me enseñan a boxear como Alí o como Sugar Ray Leonard? Nadie enseña así. Te dicen que eran únicos. ¡Pero si yo mirando aprendí! No miraba lo que hacían con el cuerpo, intentaba ver cómo pensaban. Sé que me van a putear todos los del boxeo.

-¿Te importa?
-Me importa muy poco que me insulten. Es más, quiero que me insulten.

Perfil de campeón
Nacido el 21 de febrero de 1975 en Quilmes, Sergio Maravilla Martínez fue campeón Mundial Mediano CMB (2010-2011, 2012-2014), campeón Mundial Mediano OMB (2010), campeón Mundial Súperwelter CMB (2009-2010) y campeón Mundial Superwelter IBO (2003-2004).

Para muchos, su mejor pelea fue la del 15 de septiembre de 2012, cuando en Las Vegas le ganó con un gran nivel al mexicano Julio César Chávez Jr. y lo despojó de su título Mundial Mediano CMB. El 27 de abril de 2013 vivió su mejor momento deportivo en el país. Esa noche, en un estadio Vélez lleno y bajo una lluvia torrencial, venció -si bien le costó- al británico Martin Murray.

Poco después de perder por KOT el 7 de junio de 2014 en el Madison Square Garden ante Miguel Cotto, en un combate al que fue sin el entrenamiento ideal y con varios problemas físicos, anunció su retiro. Tenía 39 años y ya se había ganado un lugar muy importante en la historia de nuestro boxeo.

Debajo del ring aprovechó su fama y su poder de convocatoria. Participó de programas televisivos como Bailando por un sueño o el de Susana Giménez. Al mismo tiempo encaró proyectos personales paralelos a su actividad deportiva y hasta publicó un libro propio en 2013: Corazón de rey. El periodista Germán Riesco hizo además su biografía. El hombre detrás del campeón, la tituló. Vive en España desde 2001, cuando sin un peso en el bolsillo se fue de la Argentina acuciada por la crisis socioeconómica. Sin embargo, nunca deja de visitar su país y, sobre todo, a su madre, Susana, quien siempre lo recibe en su casa de Quilmes.

Por Alejandro Duchini / Fotos: Maxi Didari y Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de noviembre de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 02/01/2017

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