ENTREVISTAS

Sebastián de Caro: “En mi infancia, Maradona estaba a la altura de Batman y Superman”

- por Redacción EG: 19/12/2016 -

Tenía un abuelo que jugaba al fútbol en Argentinos, se dio el gusto de hacer un video de Riquelme en su último partido en Boca, comió pizza con Maradona y tiene una gran colección de camisetas firmadas. Entre ellas, la de Lionel Messi. Puede decirse que, en materia de fútbol, está hecho.

Una joya de su colección: una camiseta que Maradona usó en una gira previa a México 86. Lo certifica con una tapa de El Gráfico.

Grabador de por medio, el director de cine (y actor, y guionista) Sebastián de Caro se dispone a contarle a El Gráfico su historia futbolera. Que está vinculada a Boca y arranca con el recuerdo del equipo campeón del 81 y se continúa en Maradona, Latorre y Riquelme, sus tres ídolos boquenses. El fútbol lo entusiasma: lo jugaba de chico –todavía se acuerda de las finales que ganó con su equipo–, lo disfruta en La Bombonera y lo acaricia con una colección de camisetas firmadas por, entre otros, Lionel Messi. Esta tarde, la de la entrevista, contará por qué, después de ver cómo Mascherano le quitaba la pelota a Robben en el Mundial de Brasil, se tatuó el 14. Gesto que lo vinculará para siempre con Masche y con aquella Selección dirigida por Sabella que le generó sentimientos tan fuertes. Elogiará a Bielsa y se enojará con quienes atacan con saña a los futbolistas. Detalle al paso: de Caro no tiene puesta una remera de fútbol, sino una de Star Wars que este periodista le elogia y le envidia por igual: debajo de Darth Vader están los buenos y los malos, todos mezclados. Como suele pasar.

-¿Por qué Boca?
-Porque me regalaron mi primera camiseta a los 5 años, en la época del Boca del 80-81. Ese es el Boca que me hace de Boca. El fútbol es una cosa que viene de familia: mi abuelo materno, Pascual Carpenzano, fue jugador de fútbol, de la última camada del amateurismo. Llegó a la Primera de Argentinos Juniors; inclusive fue uno de los goleadores de un torneo de esa época. Luego se casó y se retiró. Era zurdo, por lo que dice un recorte que aún conservo. Zurdo es mi tío, zurdo es mi hermano. Yo salí diestro: soy el único que no tiene el linaje o la posición de mi familia. Pero todos son de Boca: padre, madre. Y ahí nomás está el Mundial 82, con el primer álbum del que junto las figuritas; unas apaisadas, una particularidad para entonces. Había que pegarlas por la lengüeta. Tengo varios álbumes de Mundiales. Hasta no hace mucho, tenía un tomo gigantesco de Panini que compilaba todos sus álbumes. Lo vendí. La Copa del 82 tuvo también su cómic, que incluía el Maracanazo. En la escuela primaria aprendí a conocer jugadores de otros tiempos y empezaba también un amor histórico. El primer nombre que aprendí a decir de un jugador fue el de Maradona. Lo mezclo con la venida de Queen. Maradona es un emblema de principios de los 80, es mi primer ídolo. Maradona y algunos jugadores del 86 estaban a la altura de Batman y Superman. ¡A la misma altura! Una mística imposible de transmitir y de recrear.

-¿Dónde jugabas?
-Me crié en  Villa Crespo y jugaba en el seleccionado del colegio. Fui socio de Atlanta toda mi infancia, aprendí a nadar en su pileta, los primeros partidos que vi fueron de Atlanta y aún me encanta ir. Es como mi segundo amor, el del ascenso. El fútbol del ascenso tiene encanto: no es un bardo estacionar, tiene cierta nostalgia. Así como ir a ver a Boca es otra aventura. A Atlanta también lo asocio a Star Wars: me compré mi primer juguete de La guerra de las galaxias en “El rincón del ferromodelista”, sobre avenida Corrientes, que todavía existe. Fue un Tusken Ryder, el morador de las arenas; y el segundo, Han Solo. Mi hermano, Pablo, se compró el de Luke. Ahí nomás de la cancha. Era la época de El regreso del jedi, Maradona, una época de efervescencia inigualable. También por ahí me compré mi primera revista El Gráfico.

-¿Recordás cuál era?
-Estaba Graciani en tapa, saltando para cabecear en un partido contra Instituto. Recuerdo ese ritual de Macaya mostrando el domingo a la noche la tapa y avisando que desde el lunes se podía comprar en los kioscos. Es increíble pensar que en la primaria caíamos con El Gráfico y que lo leíamos: notas bien escritas que consumíamos a la par de las historietas.

-¿Cómo jugabas?
-Cuando era chico tenía una altura promedio y jugaba como último hombre. No cruzaba la mitad de la cancha, pero le pegaba muy fuerte y era medio asesino. No guapo, pero sí temperamental. Necesitaba que no me ganaran la espalda. Recuerdo que los dos goles que nos hicieron en finales, que terminamos ganando ambas 3 a 1, fueron por jugadas en las que me superaron la espalda. En ese tiempo no jugaba con pierna cambiada, como hice después. Tenía 11 y 12 años. Siempre me acuerdo de que la persona que me formó es un mítico hincha de Atlanta, Jorge Tulipán, el padre de un compañero nuestro en el colegio. A esa edad, uno es tan esponja que las cosas que te enseñan te quedan como un mantra.

-¿Qué te gusta del fútbol?
-Todo. Es un lugar común. Dejé de jugarlo ahora porque pasó algo. He visto cosas muy feas en estos años: energía mal descargada, gente que va a descargar frustraciones, camillas, ambulancias, trompadas. Si un profesional se retira como mucho a los 37, uno que tiene 40... ya está. Vi cosas feas en gente de mi edad y un poquito menos. Entonces me dedico a correr, tranquilo, con música. Creo que conocés mucho de un tipo yendo a jugar a la pelota con él. El juego sirve para vincularte, como el golf o el tenis. Son actividades que consagran amistades, aunque también las rompen. Pero es un espacio único.

-¿Vas a La Bombonera?
-Sí, y vuelvo sin voz, siempre. Me acuerdo de un Boca-Vélez en el que Chilavert quedó de mi lado y me pasé 45 minutos insultando a Chila. También me quedé sin voz. Después lo terminé amando. Hasta me hice su buzo en “El jardín de Oscar”. Cuando Tevez hizo eso de la “gallinita” (a River, en la Copa Libertadores de 2004) perdí la voz tres días. Trabajaba en la Metro y me quedé sin voz.

-Tengo entendido que coleccionás camisetas.
-Enmarqué la primera que me regalaron. Nunca sé cuál será la última, pero sí que esa es la primera. Quedó muy linda. En un momento empecé a tener varias que me regalaban. Tengo una Le Coq firmada por Maradona, que usó en la gira previa al Mundial 86. Otra del Gringo Giusti. Otro gusto que me di  fue concretar el sueño del pibe al conocer el Maracaná el año pasado, cuando fui a Río a trabajar, y me compré la del Flamengo, que en los 80 era increíble. Los que la tenían en aquellos años estaban como en otro estadío de la vida. Me saqué las ganas, completé el círculo. ¡Además me la compré en el Maracaná!

-¿Conseguiste, como querías, la de Riquelme?
-Me pasó algo mucho más lindo: en 2013 fui a un programa de TyC y Diego Díaz me preguntó qué era Román para mí. Le dije que mucho más que un jugador, el máximo ídolo de la historia de Boca, un poeta del fútbol. Es más que el caño a Yepes. Al otro día me llama un periodista identificado con Boca y me cuenta que Román había visto la nota y que me quería mandar un regalo. “Ya está”, me dije. “Si Riquelme vio la nota y me quiere mandar algo, estoy hecho...”. Y me mandó una camiseta dedicada: una cosa impresionante. La misma emoción que sentí cuando vio el video que le hicimos. Nunca lo traté personalmente. Solo por teléfono.

Enmarcó la primera camiseta que le regalaron. Hoy tiene una colección top.

Una tarde con Riquelme
-Al año siguiente dirigiste un video de cinco minutos con su último partido en Boca.
-Claro, contra Lanús. Quería hacer algo parecido a lo que había visto en la película de Zidane. Tenemos un material de 3 horas. Lo que se ve en YouTube y Vimeo es solo un extracto. Pero tengo todo el partido, con alta definición. También tengo un video de una entrevista que Gastón Pauls le hizo a Diego y que dirigí. Son 50 minutos pero estuvimos 3 o 4 horas. ¡Yo diciendo “acción, Diego”! ¡Dirigir a Maradona! Para mi niño interior de 10 años esas cosas son un shock. Un regalo de la vida. Le iba a pedir que me firme una camiseta réplica de la del 82, pero se generó un clima tan íntimo, tan humano, mientras comíamos pizza, que no lo quería romper con ese pedido. Un futbolero por ahí me entiende. Hay un vínculo. Es como que un actor de cine te salude desde la pantalla: La rosa púrpura del Cairo, pero futbolera.

-Un verdadero coleccionista, sos.
-En mi casa tengo un montón. Además , otra firmada por Tevez, cuatro de Argentina firmadas por Messi, una de Latorre, cuando a Boca lo patrocinaba Fiat, que algún día me firmará, la del Burrito Martínez, de quien me hice amigo, un buzo de Sara, una de Mascherano y muchas otras que me gustan estéticamente y las fui comprando.

-Justamente, te tatuaste un “14” por Mascherano.
-Me prometí, después de la jugada en la que le saca la pelota a Robben, en Brasil 2014, que si pasábamos, me tatuaba ese número. Estaba viendo el partido contra Holanda en el mismo lugar en que vi los otros. Si me decís de la historia de Boca te nombro a Maradona, Riquelme y Latorre, los tres jugadores que por H o por B me transformaron. Pero lo de Masche esa vez fue muy importante en lo personal, sobre todo después del lanzamiento de mi película en 2013 (20.000 besos). La emoción de ese Mundial no la sentía desde el 86. Reentendí muchas cosas y para mí, lo increíble, el momento clave, es Masche tirándose y sacándole la pelota a Robben. ¡Es la imagen! Mascherano en un momento era Dios. Porque era emblema, por cómo iba enamorando ese seleccionado con algo que no sé qué es, pero que me emocionó. Boca me hace llorar y reír, pero esa Selección me hizo hincha a un nivel único. Me encanta que mi tatuaje no sea el escudo o un jugador de Boca, sino algo asociado a un momento. Ahí me pasó algo. Aparte era grande: fue como una refundación. No sé cómo explicarlo. Era algo más fuerte que el fútbol. Al menos a mí me pegó así. “Esto no lo quiero olvidar”, me dije.

-¿Qué te provocó la derrota en la final?
-Los sentimientos puros a los que me llevó esa Selección también tienen que ver con que no haya sido campeona. Un mito se completa así. Hay como una idea de Rocky perdiendo con Apolo, esas historias que terminan con una derrota. Los triunfos son geniales pero a veces la derrota es mucho más analizada. El triunfo tapa todo, la derrota te obliga a preguntarte. Es común pero real que se saca más del fracaso. Ese paréntesis entre el triunfo con los holandeses y el gol de Alemania no puede evaporarse así no más. Sería injusto. Un gol no puede borrar lo que viví todo un mes.

-¿Qué se refleja en los ataques que sufren esos jugadores, sobre todos después de perder dos Copas América?
-La propia miseria. ¿Por qué los jugadores tienen que resolver los problemas institucionales del fútbol argentino? Sé lo que podrían decirme los periodistas, televisivos sobre todo, que buscan impacto y dicen que los jugadores son los que patean los penales. Me parece ingenuo pensar que no hay un vínculo entre todo, en un país en el que no hay tribuna visitante y las elecciones en AFA son un escándalo. Fui al Boca-River del gas pimienta y cuando llegué acá, a Palermo, los jugadores de River todavía estaban en el campo de juego. ¡Una cosa demencial! La distancia que hay entre eso y las finales perdidas están en  un contexto. ¿En ese contexto les voy a pedir a Messi y a Masche que vengan y nos salven? Gracias que vienen.

Guardiola, Bielsa y Fontanarrosa
-¿El fútbol nos espeja?
-Sí, claro. La cosa empieza con la educación. Me parece tremendo que conductores de televisión le quieran enseñar a patear penales al Kun Agüero. No hay respeto. No estoy diciendo que no se analice. “Hasta Messi lo pasa mal en la Argentina”, me dice mi hermano. El mejor jugador del planeta se angustia en la Argentina. Es de locos. En este país es triste Messi. Eso habla más de nosotros que de él. Esa campaña del “Messi volvé” fue tan tremenda como los ataques: niños llorando, una especulación emocional. Lamentablemente, hay periodistas que esperan que Argentina pierda porque en su juego mediático brillan más cuando hay que hablar mal y no bien. Es muy triste.

-Dijiste que Latorre es uno de tus ídolos. ¿Qué te pasa con otro símbolo de Boca de esa época, como Batistuta?
-Bati era espectacular, pero hay algo del mito Latorre... Bati me volvió loco, estuve en la cancha cuando le hizo el gol a Paraguay y después Chila nos vacunó en el mismo arco. La diferencia con Latorre es ese mito de que era un pibe de Caballito descubierto en el country, un jugador atípico para el ídolo boquense. Gambeteaba como Messi, como Riquelme, pero tenía algo particular. Hizo goles en los momentos exactos: la tijerita a Miguel (Boca 4-River 3, Libertadores 1991), el último gol de Platense antes de irse a Fiorentina. Todo me parecía fantástico en él. Tenía posters, fotos, era la leyenda. Hoy se convirtió en un tipo al que cada vez que escucho hablar de fútbol me vuelve loco: por su sensatez, por la bibliografía que consulta, los fragmentos de literatura que sube. Evolucionó. Me parece fantástico.

-También sos admirador de Verón, ¿no?
-¿Ves? No tengo todavía su camiseta. Verón ganó mi corazón. Extrañé que no haya tenido tanta participación en el Mundial de Sudáfrica. Lo que hizo por Estudiantes... creo que a la cancha le tendrían que poner su nombre. Es de esos jugadores que tienen magia. Respecto de aquel controversial gesto de “pará, pará” al sacar el lateral (Mundial Corea-Japón 2002) hay dos formas de interpretarlo. El malicioso puede decir, como se hizo, que fue para perjudicar al equipo. Pero también es un gesto de cierto valor: ”esperemos, pensemos qué hacemos, no corramos al pedo”. Creo que hay algo más de liderazgo, no de pecho frío.

-¿Leés libros de fútbol?
-Los biográficos, sobre todo. Antes de dirigir 20.000 besos consulté un libro de dirección técnica de Guardiola: Liderazgo Guardiola. Esos libros para dirigir grupos son extraordinarios. También leí la biografía de Ibrahimovic, Soy Zlatan Ibrahimovic, que es extraordinaria. Los de Dante Panzeri, especialmente Dinámica de lo impensado, que es como una Biblia. Esos libros me gustan más que los de ficción. Entre los biográficos me gustaría que haya uno definitivo sobre Bielsa, otro personaje mítico, poético, una leyenda. Me vuelve loco porque tiene nobleza. Conmueve desde la actitud.

-Otro personaje que divide aguas.
-Hay quienes dicen “¿cuánto ganó?”: es muy miserable eso. Esa es la gente que arruina todo. Es un buen termómetro para dividir al mundo. Si Zidane y Guardiola le piden consejos o se inspiran en él para dirigir, algo pasa. No debe ser tan vende humo. Bielsa debería estar acá, deberíamos pagarle para que forme niños, porque tiene mucho para decir. Mucho.

-¿La mejor película sobre fútbol?
-Héroes. Me volvió loco cuando la vi en cine. El fútbol es difícil de filmar. Una película de básquet o una de boxeo son otra cosa: porque hay otros espacios, menores. En el básquet, de un aro pasás al otro enseguida. En la cancha de fútbol, los arcos están tan alejados que parece un mundo. Héroes, que es de verdad, tiene su gran acierto en la utilización de los telex para que parezca que los jugadores corren a 150 kilómetros por hora. Maradona y Olarticoechea se roban la película con las caras que hacen. Parecen actores. Hay un momento genial, cuando muestran a Olarticoechea riéndose, como pidiéndole al árbitro que termine el partido.

Latorre es uno de sus máximos ídolos. Tiene una camiseta suya y espera conseguir el autógrafo.

-¿Cuál fue el gol que más gritaste?
-En la cancha, el tercero de Palermo y sobre la hora, después de un centro de Serna, a Rosario Central, en Rosario, en la época de Bianchi, el día en el que Riquelme hizo un caño igual de sofisticado que el de Yepes. Nos fuimos y volvimos en el día. Al partido siguiente salimos campeones contra Independiente, de locales. Fue el primer título con Bianchi. Lo grité muchísimo. Y por tele, el que más grité fue el de la “gallinita” de Tevez, que venía precedido por un partido de ida con el arañazo de Gallardo, con un Mellizo que declara que hay que tener huevos para jugar esa revancha. Fue increíble.

-¿Qué relación encontrás entre el cómic y el fútbol?
-En el cómic me cuesta más volver a la infancia, porque el fútbol es de acá, aunque no se haya inventado acá. Fontanarrosa mixturaba cómic y fútbol de manera genial. Pero la cultura de historieta no llega ni cerca a la cultura del fútbol. Cuando aparece esa forma de ver momentos de tu vida a través de los partidos, se conecta con algo nostálgico. Además de lo que implica ir a la cancha: reunirse con amigos, charlar, comer algo. El fútbol va conformando una especie de idea muy formativa para los chicos en cuanto a valores, temperamento, templanza, equilibrio. Es un juego colectivo. Me parece muy interesante todo lo que puede generar. El fútbol es una construcción cultural de múltiples entradas.

El equipo de la emoción
Consultado acerca de cómo formaría su equipo de jugadores que por diversos motivos lo emocionaron, contesta: “En el arco de la emoción, Oscar Córdoba. El central de la emoción, Juan Simón; a su lado, Bermúdez. ¿Puedo poner uno de afuera? Porque de cuatro lo pondría a Amorós, que es un jugador con una estampa tremenda. ¡Cómo corría en el 86! El gran jugador después de Platini. Un multifunción, con quite, tipo Soñora. A Soñora también lo pondría. Y Hrabina, a quien le tengo mucho cariño por los años 80. No era justamente de los más finos: un asesino a sueldo. Le hizo un gol a River en una Copa de Oro en Mar del Plata de palomita que me causó una emoción enorme. Fue el gran gol de Hrabina. Otro que tiene que estar es Villarreal, que me emocionaba mucho, con la mano vendada, el ‘lope’. Junto a él, Maradona. Arriba, Latorre, Riquelme y Larsen. Dirige Marcelo Bielsa”.

Quedaría así: Córdoba; Amorós, Simón, Bermúdez y Hrabina; Soñora, Villarreal y Maradona; Latorre, Riquelme y Larsen

Perfil
Sebastián de Caro es un reconocido director de cine que, además, ha incursionado como actor. Algunos lo recordarán por sus primeras apariciones televisivas, integrando el elenco de Montaña Rusa. También hizo de Tony, el amigo de Juan Perugia, el personaje que interpretaba Gastón Pauls en Todos contra Juan. Además, de Caro –nacido el 15 de diciembre de 1975– es guionista y escritor. Su última película es 20.000 besos (2013). También trabajó en radio. En el terreno futbolero, dirigió un documental sobre su ídolo, Juan Román Riquelme, al que siguió durante el que fue su último partido con la camiseta de Boca, el 11 de mayo de 2014 en La Bombonera, victoria por 3-1 ante Lanús. También publicó libros. Entre ellos, Nuevas aventuras de un biólogo recién recibido. Tiene otro en camino. Otra de sus pasiones son los cómics. Cuenta con una gran colección de revistas y muñecos de superhéroes. Entre ellos, los personajes de su amada La guerra de las galaxias.

Por Alejandro Duchini / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de noviembre de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 19/12/2016

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