ENTREVISTAS

Santiago Vergini: “Si no tenés valores, el grupo te rechaza”

- por Darío Gurevich: 01/12/2016 -

No se refiere solo al de Boca, sino a los que integró en la Argentina. El Flaco habla de la experiencia de haberse quedado sin club y de debutar “de grande” en Olimpia; de Newell’s y de Martino. El paso por la liga inglesa y por la española. La llegada a Boca y el desarrollo del equipo.

Santiago Vergini tiene, al menos, un lema en su vida: los valores humanos están por encima de todo. El rosarino confirma la premisa y sonríe. No lo hace para quedar bien parado ante este periodista; jamás lo sostiene para alcanzar la gloria dentro de la sociedad argentina. Lo reconoce porque lo siente y, también, porque lo aplica.

Nació hace 28 años en Rosario, pero se crió en Máximo Paz. Hizo su estreno en Boca en agosto pasado.

Aquí y ahora, entonces, repiquetea la pregunta: Flaco, ¿en el ambiente del fútbol, cuesta poner por encima de todo los valores humanos? “En el ambiente, no sé; en general, no lo conozco tanto desde adentro. Yo lo que sí conozco es el vestuario y, ahí adentro, hay que tener valores, sobre todo en la Argentina. Porque si no tenés valores, el grupo te rechaza”, responde de primera, sin rodeos ni firuletes. 

Así como el mate no le puede faltar en su vida, los códigos tampoco. Hombre de perfil bajo, enemigo de las luces de neón y del mundillo mediático, se muestra tal cual es durante 41 minutos de charla en la platea baja de la Bombonera. Los turistas, que recorren anonadados ese templo sagrado del fútbol argentino, no lo desconcentrarán ni lo sacarán de eje. Unos pocos de ellos, más algunos hinchas que divagaban por el lugar elegido para la producción, lo esperarán con mesura y cierta emoción y, de rebote, escucharán buena parte de la entrevista a cambio de llevarse de recuerdo una foto al lado del 2 de Boca. Este periodista, entonces, aprovecha la ocasión de contar con espectadores, que pararon los ojos y las orejas, para iniciar la conversación al citar uno de los varios datos curiosos de Santiago.

-¿Cuántos saben que te expulsaron una vez en tu carrera, que lleva más de 200 partidos como profesional?
-No lo sé (se ríe). Tiene que ver con mi manera de jugar y con mi temperamento. Y mirá: no sabía que había jugado tantos partidos. Me tocó arrancar de grande en Primera y, por suerte, jugué bastante en los clubes que estuve. Ese es un dato positivo.

-Ya hablaremos sobre aquel debut, pero me quiero detener en tu historia. Cuando mirás para atrás, ¿qué ves?
-Todo: a mi familia, a mis amigos, al pueblo. Porque nací en Rosario, pero me crié en Máximo Paz. Siento nostalgia, por los momentos que no se pueden recuperar. Tengo a una gran hermana, a la que le decimos Malala, y, hace poquito, leí una frase que decía que la hermandad es importante porque resulta lo que más te vincula con tu pasado y lo que te acompañará en un futuro, para siempre. Entonces, tanto con mi familia como con mis amigos y con el pueblo me pasa algo similar a eso.

-¿Podés contar una anécdota que se dio en el pueblo?
-Sí, dale. Nos gustaba ir a pescar en los arroyos, en los canales, sobre todo en verano, que era cuando el clima lo permitía. Tirábamos la caña con boya y, cuando no salía nada, nos tirábamos al agua y cueveábamos. O sea, en la barranca, en los bordes, los pescados tienen sus cuevas, y nosotros metíamos las manos ahí para sacarlos.

-Cuando eras pibe, ¿qué fantaseabas ser de grande?
-Me gustaba mucho jugar al básquet. De hecho, lo practiqué hasta los 12 años. Siempre tuve una relación estrecha con el deporte. Desde chico, jugué al fútbol en el Club Atlético Paz. Pero, a los 16, seguía en el pueblo y, a esa edad, no soñaba con ser futbolista. Pero, bueno, surgió la posibilidad de irme a probar a Vélez y ahí empezó todo.

-¿Qué copiaste o, al menos lo intentaste, de Emanuel Ginóbili?
-Me encanta escucharlo e interpretarlo. Creo que el comportamiento de cada uno de nosotros tiene que ver con imitaciones. Ginóbili transmite sencillez y humildad, valores con los que también se pueden lograr cosas importantes.

-¿Quedaste rápido en las inferiores de Vélez?
-No, fue largo. Primero, tuve que ir un día. Después, a la semana, dos o tres días. Más adelante, ya me quedé 15 días y, luego, hice la pretemporada con mi categoría. Y, al final de todo eso, me ficharon. La anécdota de aquel momento fue buenísima: éramos cuatro o cinco los chicos que habíamos hecho la pretemporada a prueba, y esperábamos en un banquito al técnico, que era Carlos Compagnucci. El llamaba uno por uno a los chicos de prueba, y llamó a todos menos a mí. “Tengo que ponerme a estudiar. No me queda otra alternativa. Y eso que todavía debo terminar la secundaria. Bueno, a estudiar o a trabajar”, pensé. Pero, al final, se dio al revés. Porque, cuando yo me iba, me dijo: “Flaco, vos quedate”. Entonces, el tipo no me llamó para verme jugar porque ya había decidido que me quedaba. Lo dio por hecho, algo que yo no me imaginaba. 

-¿Ya jugabas de 2 en Vélez?
-Sí, pero en mi pueblo lo hacía de volante central. Yo era 5. Lo que pasó es que me recomendaron probarme de marcador central. La historia es así: el club de mi pueblo tenía un convenio con Vélez, y había un profe, Sebastián, que trabajaba a la vez como captador de juveniles del interior para Vélez. Entonces, el tipo conocía las necesidades que tenía mi categoría y por eso me llevó a probarme de número 2.

-¿Por qué te dejaron libre?
-Qué sé yo, no lo sé… Era principio de 2009. Había hecho dos años en Cuarta y me quedaban seis meses más por delante. Y, de golpe, afuera; me quedé sin club. Era una situación delicada y compleja. ¿Qué equipo me iba a aceptar? ¿Quién me iba a firmar un contrato? Yo no había jugado ni un minuto en Primera. Es más, ni siquiera lo había hecho en Reserva.

-Cuando te dejaron libre en Vélez, ¿pensaste en tirar todo para atrás y abandonar o en meterle para adelante?
-La seguí, intenté, pero era una pelea constante. En ese momento, estaba mucho más seguro y convencido de lo que quería: jugar al fútbol. Sin embargo, se trataba de mantener la esperanza viva todos los días porque resulta difícil: tenía 19 o 20 años y andaba sin club. Habitualmente, esa es una edad en la que ya debés debutar en Primera. Entonces, conservaba la ilusión entrenándome. Lo hacía con un grupo de jugadores libres en Rosario y, cada vez que podía, en el pueblo también. 

-¿Cómo llegaste a Olimpia, club paraguayo en el que finalmente concretaste tu estreno en Primera en enero de 2010?
-Fue llamativo. Mi mamá, Liliana, me quería hacer un regalo, porque no me veía bien. Creo que era una remera… Entonces, nos fuimos a elegirla al centro de Rosario y nos cruzamos de casualidad con una persona, con Adrián, que hoy es mi amigo, y me dijo que me podía conseguir una prueba en Olimpia. Yo, por supuesto, lo volvía loco; lo llamaba todos los días. Se hizo larga la espera, pero dio sus frutos.

-¿Qué evaluación realizás de tu etapa en Olimpia?
-No sé… Es que estaba más preocupado por debutar en Primera, jugar y hacerlo bien que por otra cosa.

-¿Ahí ya te mostrabas como el marcador central de buen manejo de pelota que descubrimos después en el fútbol argentino?
-Ahí me animé más que en cualquier otro equipo que estuve. Porque era más inconsciente de lo que fui y de lo que soy. Esa inconsciencia o, mejor dicho, esa falta de experiencia me llevó a tomar ciertos riesgos. Si esos mismos riesgos los tomara hoy en Boca, los podría pagar carísimos.

Sabe con la pelota. Gustavo Barros Schelotto ya lo tenía visto desde sus inicios en Olimpia.

-Tu paso siguiente fue Hellas Verona. ¿Qué representó jugar en la tercera categoría del fútbol italiano?
-Un gran desafío. Primero, para desarrollar mi vida porque era la primera vez que me iba tan lejos y solo. También, debía adaptarme a otro idioma, que es importante para comunicarse. Segundo, y en cuanto a lo futbolístico, me quedaron muchos conceptos tácticos, sobre todo movimientos defensivos. Aún en esa división, el catenaccio se trabajaba demasiado y muy bien.  

-Te incorporaste a Newell’s, te estableciste como titular y hasta ganaste un título: el Torneo Final 2013. ¿Diste el salto de calidad en la Lepra?
-Sí… En el club estuve dos años, que fueron intensos. Me tocó vivir algo hermoso con un gran grupo. Además de jugar bien al fútbol, ese plantel era espectacular y se disfrutaba todos los días; y eso que cuesta disfrutar de esta profesión. Haber conseguido aquel campeonato ayuda a que a ese equipo se lo recuerde de buena manera.

-¿Qué te dejó Gerardo Martino?
-Aprendí mucho con él. Me hizo conocer muchas cuestiones del fútbol, sobre todo lo que tiene que ver con la posesión y con el buen juego. El Tata era un entrenador que nos invitaba a equivocarnos y a tomar riesgos. Eso estuvo bueno, pero es difícil de llevarlo a cabo en un club como Boca.

-¿Por qué?
-Por las obligaciones y las exigencias que tenés. Como decía: un error en Boca te cuesta mucho más caro que en cualquier otro club.

-Experimentaste el fútbol inglés, en Sunderland, y el español, en Getafe. ¿Qué delanteros te sorprendieron?
-En Inglaterra, todos los equipos tienen bestias desde lo físico, que encima son muy técnicos. Entonces, contra el que juegues, sabés que vas a enfrentar a delanteros más que duros. Wilfried Bony era uno de los que no conocía y me llamó la atención. Después, él se hizo más conocido por jugar en el Manchester City y el Mundial de Brasil 2014 para Costa de Marfil. Me sorprendió, entonces, por lo duro que era; chocaba y rebotaba contra él. No podía ir a disputar una pelota dividida con él porque yo iba a perder el 90% de las veces. Obviamente que también voy a nombrar a los más grandes: Messi, Neymar, Benzema, Cristiano Ronaldo; son jugadores que tienen algo distinto y, por eso, son los monstruos que vemos.

-¿Qué mito rompiste sobre los futbolistas a través de los años?
-De chico pensaba que los jugadores no eran seres humanos, sino distintos. Hoy, sé que somos como todos, con cosas buenas y malas.

-¿Es cierto que te despejás al ver fútbol?
-No sé si me despejo (se ríe y se pone serio). Pero es algo que manejo mucho mejor. Cuando empecé, estaba fanatizado. Obviamente que me lo tomo con profesionalismo, pero tuve que rever las cosas. Porque me di cuenta de que iba al máximo y no me permitía disfrutar.

-¿La ficha te cayó sola o alguien te lo remarcó?
-Hubo un momento en el que no la pasé bien en el Getafe, en España. Porque no vivía bien desde lo personal. La segunda parte del año fue mala; el equipo no reaccionó y nos tocó descender. A mí se me hacía muy difícil cambiar la cara. Entonces, hice lo que nunca: empecé a hablar con una psicóloga que me ayudó a ver las cosas de otra manera. Se sabe que la vida no es el fútbol, pero me lo tomaba de esa manera y se me dificultaba disfrutar de todo lo otro que la vida tiene. Porque, ganes o pierdas, la familia y los amigos son lo más importante.

-Ahora sí: charlemos sobre tu actualidad en Boca. ¿El club en qué te movilizó?
-En lo que genera. Cuando llegamos al Chaco y a Formosa, el aeropuerto estaba lleno de gente. En la puerta del hotel, también había muchísima. Los hinchas nos alentaban y nos pedían una foto, una camiseta. Bueno, esto explica lo que este escudo moviliza. Nosotros debemos saber manejarlo y entender qué lugar ocupamos. Por eso, hay que ser prudentes para no creernos los mejores en este tipo de situaciones.

-¿Cuáles son las claves del juego colectivo del equipo?
-Pretendemos jugar a partir de la posesión, sin que esas posesiones sean tan largas para ser verticales y atacar de manera más directa. Cuando perdemos la pelota, tenemos que ser intensos para recuperarla rápido y volver a ser verticales. Porque es ahí cuando el rival está más desordenado. Además, creo que hay alternativas para atacar: los laterales pasan muy bien, los volantes saben dar el primer pase para encontrar los espacios, y arriba tenemos individualidades que van a desequilibrar en el uno contra uno.

-Les cuesta sostener el buen funcionamiento afuera de la Bombonera en el campeonato local. ¿Por qué les sucede?
-Es cierto que no ganamos los primeros cuatro partidos de visitante. Pero contra Tigre, por ejemplo, considero que no tuvimos ni un mal funcionamiento ni un mal rendimiento. El equipo mostró un buen juego durante muchos momentos del partido y creamos bastante situaciones de gol con facilidad. Esto es una virtud. Quizás nos cuesta extender el buen juego, pero, cuando lo encontramos, creamos muchas situaciones. También, nos falta solidez defensiva. Muchas veces nos llegan más por desaciertos nuestros que porque nos superan en el juego. Y esto mancha un poco el funcionamiento del equipo.

-Al marcar, tenés una particularidad: sos más de aguantar al atacante que viene con la pelota dominada y lo tratás de llevar hacia tu perfil para robársela o para que se doble la marca…
-Sí (interrumpe). Como juego lejos de nuestro arco, tengo que estar muy seguro para anticipar; porque, si pierdo, el rival se va mano a mano con el arquero. Entonces, en esas situaciones, retrocedo y lo aguanto para darle al equipo más tiempo para que se reordene, y dificultarle la definición al delantero. 

-Además, manejás bien la pelota y te destacás en el juego aéreo, no solo por tu 1,92 o 1,93 de altura. Por estas características, ¿sos un defensor hecho a la medida de Boca?
-No, no lo sé; no me gusta hablar sobre esto y lo único que tengo que hacer es demostrar adentro de la cancha.

-¿Sos un 2 con poco marketing?
-A mí no me gusta figurar; prefiero mantener un perfil bajo.

Pese a que no le gusta, posa con alegría en la platea baja. De fondo, los turistas recorren la Bombonera.

-¿Te reprochás tu falta de gol?
-No, yo no; pero hubo amigos que me lo hicieron notar. Porque un defensor con gol es más y mejor visto. En cada partido, sueño con convertir. Pero, bueno, no tengo ese olfato.

-¿Si rendís en Boca, te volverán a citar para la Selección?
-Ojalá… Siempre digo que el rendimiento individual no se aleja de lo colectivo. Si el equipo funciona bien, los rendimientos individuales se destacan. Por eso, y por el bien de Boca y de cada uno de mis compañeros, lo único que me preocupa es lo colectivo.

La pelota y el termómetro
En el fútbol argentino vistió tres camisetas: la de Newell’s, la de Estudiantes, y, ahora, la de Boca. Santiago se expresa sobre una de las problemáticas de nuestra sociedad y admite que ya se acostumbró a que la gente descargue sus frustraciones en los estadios. “Es un lindo tema… Parece que está hecho así y hay que aceptarlo. Hoy, el fútbol actúa como un termómetro en la gente. Se cambia el estado anímico de acuerdo a si el equipo de cada uno gana o pierde. No analizaré si está bien o mal que se viva así o que se insulte mucho en la cancha. Lo que está a mi alcance es aceptarlo o rechazarlo. Y, como quiero seguir jugando, lo acepto”, sentencia.

Por Darío Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de noviembre de 2016 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 01/12/2016

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