HISTORIAS VERDADERAS

Mariano Andújar, pasado imperfecto

- por Redacción EG: 30/11/2016 -

El arquero de Estudiantes y de la Selección transcurrió la infancia y la adolescencia en un contexto social que no era ideal para un deportista de elite. Aún así, supo detectar el mal camino, conducirse por el correcto y no juzgar a aquellos amigos que cayeron presos y a quienes sigue viendo y respetando.

Andújar va por su tercer ciclo en Estudiantes.

De Mariano Andújar, hay cosas que se saben: que debutó en Huracán, que atajó en Palermo, Catania y Napoli; que con Estudiantes ganó un campeonato local y la Copa Libertadores y fue subcampeón de la Copa Sudamericana. Que desde 2007 es convocado por la Selección; que estuvo en los mundiales de 2010 y 2014 y en las tres últimas ediciones de la Copa América; que viene de decirle no a River argumentando que en Argentina solo ataja en Estudiantes.   

Y hay otras cosas que no, que no se saben. O que se saben menos: que creció en el edificio 13 del complejo de monoblocks Lugano 1 y 2, que empezó a entrenarse en Yupanqui y después en Huracán; que hizo el baby en el club Boedo Juniors, que de adolescente iba a ver a Yupanqui y también a Lugano, dos clubes de la Primera D. Que los fines de semana con sus amigos se iban a bailar a Flores, donde varias veces terminó a las trompadas. Que su papá fue taxista, remisero y hasta encargado de un local de juego clandestino en Liniers al que algunas noches, siendo chiquito, lo llevó.
Un pasado menos conocido, pero rico en historias que se entrelazan y, también, nutrieron y marcaron al jugador exitoso que reconocemos hoy.

Son las doce del mediodía de un viernes y el entrenamiento de Estudiantes de La Plata acaba de finalizar. En un rato, el plantel almorzará acá mismo y quedará concentrado de cara a un partido de la Copa Argentina. Mariano Andújar es el único que no pasó por el vestuario porque tiene cita. Espera a El Gráfico en una sala de conferencia de prensa con la misma ropa que se entrenó: una campera negra con el escudo del club, un short de arquero y medias blancas tres cuartos. Lo único que se cambió está en sus pies: dejó los botines y se calzó un par de ojotas blancas, deportivas. Las usa con medias, una moda que solo se suele ver en los jóvenes de los barrios populares. Mariano Andújar, mientras se prepara para hablar, apoya su pierna izquierda sobre la derecha, y cada tanto deja sus manos, entrelazadas, arriba de ese encuentro de rodillas. Así, con esa postura, con ese look, se parece más al de antes que al arquero de la Selección. O, mejor dicho, al que nunca dejó de ser.

La historia de este reportaje nació hace unos años, cuando en un taller de Periodismo dictado en el Centro Universitario de la cárcel de Devoto (CUD) por este cronista, un alumno/interno comenzó a bajar de su pabellón con ropa y buzos de arquero de la Selección y del Catania.

Durante las clases, el alumno, que en este texto será llamado “D”, explicó que esa ropa deportiva le llegaba por encomiendas. Y mostró etiquetas y otros detalles para convencer al resto de que esas prendas eran de una utilería, y no de tiendas deportivas. “Soy amigo de Mariano Andújar”, contó una mañana. Decía haberse criado y parado con él en Lugano 1 y 2. Y aseguraba que el mismo día de su debut en Primera, Andújar se acercó a las cuadras que bordeaban la cárcel para contarle cómo le había ido. El arquero había ido a gritarle a su amigo, que lo escuchaba y le respondía colgado a una de las ventanas de los pabellones.

Mariano Andújar dice que no recuerda si fue, justamente, a gritarle el mismo día de su debut en Huracán. Pero sí comenta que eso de ir a la cárcel a gritarles a sus amigos era algo común para él y su grupo de pibes.

-Empezamos yendo a los 15 o 16 años –recuerda–. Estábamos al pedo en el barrio y alguno tiraba la idea y nos subíamos al 114 y bajábamos en Devoto y caminábamos cuatro o cinco cuadras. Estando en Reserva iba mucho, y ya habiendo debutado en Primera fui varias veces más. Los pibes de mi grupo siempre preferían cumplir la condena en penales del interior del país, porque cada día se les computaba como doble. Pero cuando estaban en Devoto, siempre íbamos a gritarles.    

Los amigos de Lugano 1 y 2 que conocieron el “Devoto de adentro” fueron varios, pero con “D”, dice Andújar, era con el que más hablaba de fútbol, y el que más lo apoyaba e incentivaba a hacer las cosas bien para algún día llegar a Primera División. Por eso, hasta cuando él estaba en Italia y “D” podía tener un celular en la cárcel, siguieron hablando. “Estaba en un mal momento y se encontró con alguien que no le soltó la mano. Tal vez podría haber hecho más cosas por él, es verdad. Pero desde Europa se me complicaba. Solo podía, cada vez que volvía por la Selección, pasar por el barrio y dejar un bolsón con camperones, zapatillas y ropa, para que se lo hicieran llegar”. 

-¿Qué fue de la vida de los pibes con los que te criaste?
-Hay muchos laburantes, pibes que siguen presos y se la pasan entrando y saliendo, y otros que en su momento se fueron a hacer salideras bancarias a Europa y hoy están bien, sin hacer nada malo. Con algunos sigo hablando y nos vemos poco, y con otros me veo mucho. Por lo general, los invito a comer asados a mi casa y vienen. Los que siguen parando en Lugano son pocos. Muchos laburan, otros se mudaron. Pero el alma siempre está ahí, y cuando pueden, los fines de semana se encuentran. Ahora estamos organizando un asado en el barrio.

-¿Cómo fue crecer rodeado de esa gente?
-Yo empecé a parar de muy pibe en el barrio. Nos juntábamos en uno de los puentes y en un kiosco. La pasé bien siempre, porque a mí los pibes más grandes me cuidaban. Nunca me quisieron empujar para otro lado. Cuando estábamos en ronda, la cerveza o el cigarrillo y el porro pasaban de largo cuando me debía tocar a mí. No solo no me incitaron a hacerlo, me empujaban a cuidarme, a que evitara ciertas cosas porque me decían que tenía futuro. Es el día de hoy que digo “el entorno puede ser malo, pero también depende de vos y de la amistad y de lo que te quieran los que están alrededor tuyo”. Yo me acuerdo de que cuando me llamaron para avisarme que estaba citado para debutar en Reserva, bajé de mi casa y les conté, me dieron un abrazo, todos. Tenía 16 años y me dijeron “¿viste que las cosas se te iban a dar dando? Metele, metele que vas a llegar a Primera”. Siempre me apoyaron y me alentaron. El día que debuté, muchos vinieron a la cancha. Hoy siento que todos hinchan o simpatizan un poco por Estudiantes. Cuando jugamos la final con Boca en la cancha de Vélez estuvieron en la platea, y hasta los que son de Boca se pusieron contentos de que hayamos salido campeones nosotros. 

-¿Tu barrio está estigmatizado?
-Me crié en la calle y puedo decir que hay un mito sobre Lugano. Cuando era pibe y quería volver al barrio en taxi, nunca me querían llevar. Teníamos que mentir y decir que íbamos hasta la comisaría 52. Pero gente que anda por izquierda hay hasta en el country en el que vivo ahora. Y te diría que más, mucha más que en Lugano. Yo siempre dije que hay que agarrar las posibilidades que cada uno tiene, y los pibes con los que crecí se agarraron de las que pudieron. Había que vivir. En mi casa nunca nos faltó nada. Pero jamás juzgué a ninguno de los pibes. A medida que fui creciendo me enteré de lo que se hace y lo que no se hace; lo que hacía cada uno. Fui entendiendo al toque las leyes del ladrón, las del que vende droga. Yo por lo menos siempre me manejé con respeto. Con el más pibe y con el más grande; con el laburante y con el chorro. Mi relación con ellos nunca cambió; ni por más que se drogaran o salieran a robar. Nuestra amistad no dependió de las cosas que hicieran. No soy quién para juzgarlos. Fue una etapa muy natural: crecí en el ambiente y todo se fue dando solo.

-¿Se puede aprender cosas buenas de gente que se gana el dinero de forma ilegal?
-A medida que va pasando el tiempo me doy cuenta de la importancia que tuvo haber crecido ahí, y los valores que aprendí. Los códigos y valores que tengo los aprendí con los pibes, y con mi familia.

-¿Qué aprendiste de ellos, concretamente?
-A respetar a las personas, a tratar de agarrar cada oportunidad sabiendo que a veces no es la mejor, pero que es lo que hay. Aprendí a ser generoso, a querer a los amigos, a tener calle, a no olvidarme de dónde salí. Y muchas más cosas. No sé, es difícil de explicar.

-¿Y cómo es educar a tus hijos en un contexto tan distinto al tuyo?
-Mis hijos (un varón y una mujer) se crían en un country. Intento bajarlos a la tierra y explicarles que la vida que llevan no es la realidad. Van a una buena escuela, se juntan con nenes que nunca pasaron necesidades, tienen ropa y zapatillas nuevas siempre. Pero vivo tratando de que la mentalidad sea la misma que me inculcaron mis viejos. Y dejarles bien en claro que forman parte de una pequeña parte de la población; que son muy afortunados. Cada vez que vuelvo a Lugano los llevo conmigo, para que vean dónde me crié y entiendan que el country no es la realidad de la vida. 

-¿Qué importancia le dabas a la ropa y a las zapatillas en tu época de adolescente?
-Nunca fui fanático de esas zapatillas deportivas, de resortes, por las que mis amigos se volvían locos por tenerlas. Trataba de conformarme con la ropa y zapatillas que había en casa. A los pibes, en cambio, les encantaba empilchar bien. Se compraban jeans John L Cook y las zapatillas más caras. La plata de sus robos se iba en eso y en los boliches. A veces yo estaba en el barrio y volvían de robar y los acompañaba a comprar ropa. Nunca fui de “soguear” -se ríe-. Me gustaba ir con ellos para compartir un momento, no para pedirles que me regalen algo.

-¿Colaborás seguido con el barrio?
-Me ha pasado de que me pidan ayuda o colaboración, y lo hice. Colaboré con una escuelita y me terminé enterando de que con mi donación no hicieron lo que me habían dicho. Y a veces te sentís usado. Me gustaría ayudar a los nenes chiquitos del barrio y la burocracia no me ayuda. Querés abrir un comedor y es un lío; querés agarrar un club y es otro lío. Los que están, por lo general, son todos punteros; nadie lo hace de corazón. Todo es negocio. Quiero meterme, pero de esa forma no me gusta. Por eso prefiero ayudar desde otro lado, y tratar de ir seguido, a pesar de que vivo en La Plata. Hace un tiempo hubo un torneo en el Parque de las Victorias y les mandé un juego de camisetas de Catania. Sé que los pibes se ponen contentos, y a mí no me cuesta nada. Me gustaría volver más seguido al barrio. Pero los tiempos y la lejanía me lo impiden un poco.

En el Pincha logró dos títulos: el Torneo Apertura 2006 y la Copa Libertadores 2009.

-¿Qué te queda de aquel pibe de Lugano?, ¿y qué perdiste de esa persona?
-Digamos que gracias a la posición económica fui habituándome a otras cosas y hoy vivo tranquilo donde estoy. Pero creo que soy el mismo pibe de antes. La generosidad y las ganas de compartir momentos con los amigos de siempre me siguen quedando. Con el tiempo perdés un poco las ganas de estar en el puente o en la plaza del barrio; hoy prefiero estar en mi casa con mis hijos. Así y todo, de aquel pibe de Lugano me quedan los amigos, las ganas de volver siempre que puedo. Tengo familiares que todavía viven ahí. Hoy vivo en un country pero si tengo que volver a vivir en Lugano lo haría, porque ahí fui feliz.

-Tuviste ofertas de River, de Independiente y del exterior, pero decidiste quedarte en Estudiantes. ¿Influyó tu crianza en esta y en cada decisión de tu carrera?
-Creo que bastante. Porque a mí no me hace falta mucho para ser feliz. Ya con lo que tengo estoy bien, soy feliz. Mi ambición no es ser millonario. Es estar bien donde estoy, tratar de dar lo mejor de mí. A veces se dice que si pasaste carencias de pibe, tenés ambiciones en lo económico. Pero no sé. No me pasó por ese lado. Yo soy ambicioso conmigo mismo: quiero ser el mejor, rendir de la mejor manera posible, ser el mejor papá. Y también sé que a veces hay que saber ponerse un límite, un techo. Me quedé en Estudiantes porque acá me siento contento, estoy bien, y mucha gente se puso contenta por eso. Mi crianza tuvo que ver con lo mismo: fui feliz en Lugano y mientras pude, me quedé ahí.

Por Nahuel Gallota / Fotos: Pablo Busti

Nota publicada en la edición de octubre de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 30/11/2016

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