LA SELECCIóN

Lionel Messi, más solo que nunca

- por Martín Mazur: 10/11/2016 -

Entre la dependencia natural por un líder y el delirio místico por un salvador hay una gran diferencia que la Selección Argentina no logra entender. Un texto de Martín Mazur.

La expectativa por volver a ver a Messi con la camiseta de la Selección era altísima. Y el interés, más allá del peso específico que genera el mejor jugador del planeta, también se basaba en el rival, nada menos que Brasil. Y en el escenario, nada menos que el Mineirao, cuya última visita Argentina había sido en el 1-0 que el propio Leo definió in extremis contra Irán, y a su vez también el mismo estadio en el que Brasil había sufrido el catastrófico 1-7 contra Alemania.

Entre la ilusión por el regreso del 10 y el temor por el constante deslizamiento hacia el abismo en la clasificación, expectativa y realidad tuvieron un choque brutal, explícito y sangriento en una noche que resultó inolvidable, pero por todas las razones equivocadas.

Messi reapareció en las Eliminatorias. Sus últimas presentaciones habían garantizado victorias. Pero Brasil ganó 3-0.

De tener sensaciones como para palpitar un Mineirazo, en aquellos primeros minutos de un partido que aún lo era, Messi pasó a tener un revival de sus peores días con la Selección. La soledad más absoluta. La desconexión con el resto de sus compañeros. La sensación de que todo, pero todo lo que pueda ocurrir, dependerá de él y de nadie más: la gestación, la creación, la chispa y la finalización. Todo deberá salir de sus pies. El equipo no está preparado para otra cosa. Ni muestras de querer estarlo ofrece, por cierto.

Rápidamente Messi evidencia que no hay ninguna posibilidad de recibir ese pase filtrado ni de esperar el centro atrás con el arquero ya vencido, porque el área, según pasan los minutos, cada vez se aleja más. Los únicos pases que recibe son de espaldas al arco, entregas puerta a puerta y con todo Brasil armado y agazapado por si se le ocurre girar. A Leo lo siguen rodeando camisetas amarillas, pero no bien algún compañero le cede la pelota, reacciona como el niño que tira un petardo: corre para escapar, no para integrarse a él. Que Messi explote solo, en todo caso, y entonces sí habrá chances de celebrar, reír y abrazarse. Y si no explota, al cabo de un rato podremos ir y tratar de volver a encenderle la mecha. Para volver a huir. Tanto depende de Messi este equipo, que el resto de los compañeros deciden salir al campo sin pólvora.

Pero una cosa es dependencia natural y otra cosa delirio místico. El partido de Brasil, si ayudó en algo, es a poner las cosas en su sitio. No hay argumentos valederos, ni en la AFA, ni en la conducción de la Selección, ni en el vestuario argentino, para atravesar un presente distinto al actual. Messi es un gran paraguas protector, sí. Pero nada puede hacer un paraguas frente a un huracán.

Y entonces Messi, el que juega por instinto, el que demuele rivales sin piedad, en momentos de soledad como el de Belo Horizonte se permite pensar. Imposible saber hasta dónde llegan las reflexiones de Leo en medio de la carnicería en la que se había transformado el partido. No hay modo de saber cómo le afecta ver el concierto de Neymar, Jorge Jesús y Coutinho, mientras él a su lado no tiene a nadie. Higuain, su artillero de referencia, parece haber desertado. Di María no es sinónimo de vértigo ni de velocidad. Enzo Pérez protagoniza un grotesco en el área. Y Mascherano, justo Mascherano, parece bajar la guardia y resignarse. Los recuerdos de sus noches más oscuras, de aquel bloqueo que tanto costó superar, se hacen presentes en esas miradas al piso. El agobio por no poder irse del partido para entrar cuando él quiera también queda al desnudo. Si no se le permite salir, no se le permite ser Messi. Los superhéroes siempre necesitan del efecto sorpresa, caso contrario, no serían superhéroes sino oficinistas. Pero esto le estamos pidiendo a Messi. Que sea un oficinista. Que pierda su explosión y su alegría. Y cuando lo haga, luego podremos crucificarlo por haberlo hecho, diciendo que no pisó el área ni pateó al arco. 

El mapa táctil de Messi: apenas una pelota tocada en el área, cerca del final del partido

"Pero para ellos también va a ser difícil", había espetado antes del partido el entrenador, Edgardo Bauza, mientras se dirigía al vestuario, con una ilusión sostenida más en parámetros místicos que en realidades futbolísticas. De un lado estaba el revitalizado equipo de Tité, un burbujeante Brasil que comandado por Neymar había producido un salto de calidad y un retorno a sus fuentes. Del otro lado estaba Argentina, tres partidos sin ganar y un solo punto conseguido, a pesar de haberse enfrentado contra la décima, octava y séptima selección de la tabla; con preocupantes cambios en el sistema de juego; desplazada de la zona de ¿confort? del repechaje por el castigo de la FIFA a Bolivia, único equipo con menos goles a favor que Argentina en toda la Eliminatoria: 9 contra 11. Pero es cierto, Argentina tenía a Messi. "Si juega Messi le ganamos a Brasil; si no juega, nos comemos 4", había declarado Juan Román Riquelme unos días atrás. Como casi siempre, Riquelme tuvo razón. Messi estuvo pero no jugó, no había forma de que jugara, como no hay forma de ganar al ajedrez con la reina pero sin peones, ni torres, ni alfiles ni caballos; y Argentina no se comió 4 por la salvada en la línea de Zabaleta cuando el cuarto gol de Brasil ya se festejaba en las tribunas. 

Fue una goleada que se cerró en un decoroso 3-0, pero que tuvo todos los componentes futbolísticos como para convertirse en las más humillantes de la historia argentina: Checoslavaquia 58, Colombia 93, Bolivia 2009. El Brasil 2016 quedará invisibilizado como un partido más, aunque no lo haya sido. Fue el Desastre de Belo Horizonte, que con más de un tercio de partido por delante, devino en una pérdida total del rumbo mental, con jugadores que no parecían tener términos medios entre el dejar pasar a sus rivales o intentar rebanarlos sin misericordia. Y con Messi como testigo de ese derrumbe.

El delirio brasileño y Messi sumergido en sus pensamientos (Reuters)

Las declaraciones posteriores dejaron ver la mejor versión del rosarino. Punzante y sin vueltas, apelando al componente emocional del próximo partido pero también advirtiendo sobre posibles murmullos y falta de apoyo, dejando en claro que el equipo no tiene una idea futbolística que lo represente y que las defensas emocionales se derrumban inexplicablemente ante la primera adversidad. "Estamos en la mierda", dijo Messi varias veces, aunque sin dejar de proyectar confianza de llegar a Rusia 2018. Acaso la no victoria de Colombia y la goleada de Perú hayan contribuido a que el Desastre de Belo Horizonte no dejara peores heridas. Pero las que hay sangran profusamente y en tiempo récord habrá que curarlas. Y para eso, como en el campo, es bueno que a Messi no lo dejen solo. A ver si alguien lo entiende de una buena vez.

Martín Mazur
@martinmazur  

Por Martín Mazur: 10/11/2016

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