CONFIESO QUE HE APRENDIDO

Hugo Santilli, en primera persona

- por Diego Borinsky: 02/11/2016 -

Tiene 77 años. Es licenciado en administración y doctor en ciencias económicas. Fue funcionario público con Perón y Menem, y el primer presidente de River (1983-89) que gana la Copa Libertadores y el único en ganar la Intercontinental.

En su casa, con la réplica de la Copa Intercontinental, la única que ganó River en su historia.

Soy hincha de River desde chico, cuando mi papá Pedro Emilio me llevaba a la platea San Martín. En 1966 se me produjo una crisis emocional y física cuando River perdió 4-2 la final de la Libertadores con Peñarol. Fuimos con unos amigos a ese desempate en Chile. El partido estaba ganado, River había sido muy superior. No lo perdió Amadeo, sino Renato Cesarini, un gran entrenador, que esa tarde hizo mal los cambios cuando se lesionó Sainz. Lloré mucho, y al volver, estuve 30 días con una gastroenteritis terrible sin poder ir a trabajar. A las dos semanas de esa final tiraron una gallina en la cancha de Banfield y empezó el apodo hiriente. Nosotros veníamos muy cargados, ya desde 1957 sin títulos. En ese momento tomé la decisión de meterme en la política del club.

La época de las gallinas fue insufrible. Boca nos tenía de punto; Armando, su presidente, nos basureaba. Una vez, después de un clásico que nos ganó Boca en el Monumental, hasta entró a patear un penal y lo festejó frente a su gente. La dirigencia de River nunca dijo nada, fue demasiado polite. O sea que Armando nos dejó un pagaré, y cuando yo fui hacia la vida política de River mis objetivos fueron tres, básicamente: volver a ser campeón en Argentina, ganar la Copa Libertadores por primera vez y darle la vuelta olímpica a Boca. Eso estaba acá adentro (se toca la cabeza) y acá también (se toca el corazón). Y pudimos cumplir con los tres.

Candidato a presidente. Ganó en 1983, con el club en ruinas y repitió en 1987.

La política nacional siempre me interesó. En 1974 fui Subsecretario de Deportes, con Juan Domingo Perón de presidente. Ocupé el cargo solo unos meses porque me peleé con López Rega, el brujo, un personaje nefasto que arruinó al país. Me quería hacer firmar subsidios ante entidades inexistentes. Me negué, renuncié y a los pocos días empecé a recibir amenazas de muerte. Las firmaba el ERP, la guerrilla de izquierda, pero eran ellos, estaba clarísimo. Tuve miedo y nos fuimos exiliados a Brasil con la familia.

Perón era carismático, seductor. Cuando Reutemann se quedó sin nafta en el autódromo, en enero de 1974, yo estaba en el palco, a su lado. Lo vimos pasar a Lole primero en la anteúltima vuelta, la 52, y cuando nos aprontábamos a festejar, de golpe empezamos a ver llegar a todos y no a Lole. Ahí nos enteramos de que se había quedado sin nafta. Hubiera sido su primer triunfo. Perón me pidió que fuera a buscarlo. Llegué a boxes y Lole estaba muy mal. Lo tuve que llevar medio a los empujones, porque no quería ir. “Usted va a ganar muchas carreras y trofeos, pero hay algo que solo va a tener usted porque se lo voy a dar yo ahora”, le dijo, y sacó una lapicera de oro y brillantes, con su nombre inscripto. Hoy, si vas a la casa de Reutemann en Santa Fe, tiene una vitrina como este living llena de premios, Copas, de todo, y en el centro hay un importante espacio tapizado en terciopelo y en el medio está la lapicera regalada por Perón.

Un dirigente es grande por cambiar el destino de una institución, por lo que compra antes que por lo que vende. Antonio Liberti trajo a Bernabé Ferreyra y a Carlos Peucelle, y eso cambió la historia de River para siempre. Ni hablar del Monumental. Cuando planteó comprar los terrenos, la Comisión Directiva le dio vuelta la cara. “¿Vos querés que nos maten? Esto es un lago”, le dijeron. A Liberti no le importó y los compró con su dinero. “Cuando cambien de opinión, me dicen y les transfiero el boleto al mismo valor”, les dijo. Y al año siguiente se los dio a River. Mi padre fue a la inauguración, el 25 de mayo de 1938, y me ha contado. A Liberti llegué a tratarlo cuando yo recién entraba en el club, en la calle Suipacha al 900, donde River tenía su sede. Y le rompían las pelotas, como siempre pasó en este club. “Mirá, pibe, manejar a River es complicado, sobre todo por los imbéciles que no saben nada y vienen a poner escollos”, me dijo. Fue el mejor presidente de la historia de River.

Con Veira, Ruggeri y Gareca, que pasaron directamente de Boca a River en una operación que sacudió al fútbol argentino. Sonríen todos en la vieja oficina de presidencia, pegada a la entrada al campo de juego.

No comprar a Maradona fue un error grosero de Aragón Cabrera. Ya estaba todo cocinado. Lo sé porque yo integraba la Comisión Directiva. Se trabó en la discusión por el contrato. Había un tope en el fútbol argentino, que era de 85.000 dólares. En River, eso lo ganaba Fillol. El almirante Lacoste lo tenía muy presionado a Aragón para que no pagara más que eso, y Aragón le hizo caso. Ahí se equivocó. Y encima justo apareció Boca y le llenó la cabeza a Cyterszpiler, empiojó la negociación, y 72 horas después firmó con la contra. Yo me había ido a Estados Unidos, convencido de que Maradona pasaba a River. Y estando en Nueva York fui a comprar Clarín y El Gráfico y vi a Maradona con la camiseta de Boca. No lo podía creer. Le dije a mi mujer: “Este es el error más grosero de Aragón; el próximo presidente de River voy a ser yo”. Luego, en la desesperación, Aragón cometió el segundo error más grosero de su mandato, que fue comprar a Kempes. Gastó 2,5 millones de dólares, una cifra descomunal para la época y así terminamos.

Labruna era mi técnico si ganaba las elecciones de diciembre del 83. Eso había prometido en la campaña. Labruna y Alonso, los dos. pero Angelito se me murió 3 meses antes de las elecciones. El día de su muerte había estado con él en el sanatorio durante la tarde. Fui a saludarlo, a charlar de jugadores. Estaba fenómeno. “Necesitamos un emblema, y ese es el Beto”, me decía. ¡Cuánta razón tenía!

Medio punto promedio. Por eso se salvó River del descenso en 1983. Estaba quebrado y en conflicto con los jugadores. No había equipo. En ese contexto, asumí la presidencia. No teníamos dinero, ni crédito, lo que nos daba la AFA era una miseria. Ahí conseguí la ayuda del América de Cali, gracias a Miguel Rodríguez Orejuela, su presidente, que hoy está preso en Estados Unidos por narcotráfico. Miguel tenía un representante acá llamado Carlos Quieto. En enero del 84 vino a la Argentina a pasear con su mujer, reina de la belleza de Colombia. Le pedí a Quieto una reunión y me dijo que fuera al Sheraton, que Miguel tomaba todo el piso 21, pero decidí jugar de local y le armé un almuerzo de la puta madre en el club, en presidencia, que en ese momento estaba abajo, al lado del campo de juego. “¡Mire lo que es este club, Miguel! Pero hoy River está liquidado y tengo que sacarlo adelante. Usted me da una mano y yo quedo agradecido de por vida. Usted es un hombre de códigos, yo también lo soy, y los favores se los devolveré”, le dije. Le pedí que me prestara los jugadores que no usaba. Vinieron Gay, Teglia, Villalba, Alfaro. Así arrancamos, el resto todo con pagarés y con plata que pusimos de nuestros bolsillos Jorge Kosac, Máximo Sabbag y yo. Después, reuní al plantel y le dije: “Muchachos, a partir de ahora van a ganar la mitad de lo que venían ganando. Ustedes se salvaron del descenso por medio punto promedio, el día que salgan campeones de Argentina, vienen a hablar conmigo. Y cuando salgan campeones de América, porque vamos a salir campeones de América, vendrán otra vez”.

Levantando la Libertadores, la primera en la historia del club.

Quería un símbolo que marcara un cambio de época. Caloi, el querido dibujante creador de Clemente, no solo era hincha de River, sino amigo de varios directivos. Una noche, en Los Años Locos, corrió todo lo que había sobre la mesa, sacó uno de esos lápices negros que llevaba siempre en el bolsillo y se puso a dibujar en el mantel de papel. “Terminemos con las gallinas. Voy a hacer un león emergiendo del estadio Monumental”, dijo. Y un rato después, le hizo la cola levantada: “Es un león al acecho, un león en celo”. Nos encantó. Se llevó la idea para perfeccionarla y salió esto (señala un apoyavasos con ese logo, que utilizó en la campaña para presidente de 2009).

Sacarle a Boca a Gareca y Ruggeri fue una idea que nació desde el comienzo de mi mandato. A los dos meses de asumir, perdimos 3-0 con Boca en Mar del Plata con 3 goles de Gareca. Cenando con mis compañeros de Directiva, esa noche les dije: “A este Boca no le podemos ganar, hay que sacarle jugadores”. Yo sabía que en junio se cumplía el segundo año sin contrato de Gareca y Ruggeri, entonces gestioné una reunión con Cóppola, que era el representante de ambos. Le pregunté qué posibilidades había de que pasaran a River. “Ninguna, porque nos matan a todos”, fue su primera respuesta. Seguí insistiendo a través de un amigo en común, Carlos Gatti, hasta que un día Coppola aceptó que nos juntáramos todos en su casa. Me acuerdo como si fuera hoy que salió de bañarse Yuyito González, su mujer, en bata, y era un tremendo camión. “Muchachos, ustedes son jugadores para hacerse ricos. En este momento están en el lugar equivocado, ya los están silbando, y el fútbol argentino no los va a comprar. River es el paso previo a Europa”, les dije. Para comprometerlos, les propuse pagarles 10.000 dólares por mes a cuenta del contrato, hasta que quedaran libres. Un acuerdo de caballeros. Faltando 15 días me llamó Grondona. “Si hay clubes con los que no quiero líos son River y Boca, y vos me lo estás armando –me dijo–. Yo les tengo que dar la libertad, porque si no, se me viene una huelga, pero si te los querés llevar, le tenés que garpar a Boca. Ya arreglé con Alegre y Heller que algo les vas a pagar”. Como no había un mango, les pagué con jugadores: Tapia y Olarticoechea. Y quedó como una especie de canje, pero no lo fue.

Abrazando al Beto Alonso, a quien trajo de regreso al club, en la noche histórica del 29 de octubre de 1986.

La vuelta olímpica en la Bombonera tiene una historia grande de presiones detrás. Se creó un clima muy adverso. Primero me habló Rodolfo O’Reilly. “¿Me llamás como hincha de Boca o como Secretario de Deportes?”, le pregunté. Al día siguiente, Grondona. “¿Y vos qué harías Julio, si fuera tu equipo?”, le pregunté. “Yo daría la vuelta, pero nunca digas que te lo dije”, me respondió. Y el viernes me convocó Antonio Tróccoli, el Ministro de Interior, que estaba internado en el Hospital Alemán con cálculos renales, para decirme que sería responsable de lo que pasara si dábamos la vuelta. “El responsable es el organizador, el local”, le contesté. El día previo, en la concentración, se discutía entre los jugadores. “Nos van a matar los de Boca si damos la vuelta”, decía uno. “Y si no la damos, nos matan los de River”, argumentaba otro. Al final, tomé la palabra: “Muchachos, ustedes deciden, porque son los que salen... pero les aclaro algo: el que no dé la vuelta olímpica no juega más en este club… Ah, y la damos antes del partido, porque después no nos van a dejar”. Dimos tres cuartos de vuelta y les ganamos el partido con los goles de Alonso. Para la historia.

Miguel Rodríguez se quiso cobrar la deuda en la final de la Libertadores. Fui a Lima para el sorteo y estando en el Sheraton viene Carlos Quieto y me dice: “Vamos a recibir una llamada de Miguel Rodríguez”. El ya tenía problemas para salir de su país. “Quisiera que River juegue la segunda final en Cali”, me pidió por teléfono. “No, Miguel, si yo te doy eso, sería abochornar a mis hinchas, será lo que decida el sorteo”, le contesté. “Pero usted me debe una”, me dijo. “No, Miguel, yo ya le pagué con Gareca, cuando usted vino a comprarlo y nosotros no queríamos venderlo, pero lo hicimos igual. Y ahora Gareca va a ser mi adversario”, le contesté. Fue una discusión amistosa, pero firme. Fuimos al sorteo y nos tocó definir en casa. Cuando me iba, le dije a Titi Di Carlo, mi vice: “Somos campeones de América”.

En Japón, dando la conferencia.

Fui a rezar a la iglesia de Udaondo, a pedirle a Dios que nos ayude, el día de la final de la Libertadores. El partido lo vi solo, en un palco chiquito de la Belgrano. Fue el objetivo por el que luché toda la vida (se le ponen los ojos rojos), esa Copa Libertadores tan reacia a River, tan dolorosa. Había estado en las dos finales perdidas en Chile, la del 66 y la del 76, y al terminar el partido bajé a abrazar a todos los jugadores y después a buscar a mi familia. Me queda la imagen de todos cenando en Los Años Locos y tomando un champagne en paz, en paz de espíritu.

Para la Intercontinental en Japón hablé con los doctores de Argentinos Juniors e Independiente, que habían ido los dos años anteriores. Tanto Avanzi como Fernández Schnoor fueron enfáticos: “Vayan 7 días antes para adaptarse bien y nada de alcohol”. Como nos pagaban solo 4 noches de hotel, el club se hizo cargo de las otras tres y les pedí a los capitanes que no tomaran alcohol. La primera noche fui al restaurante y estaban las botellas de vino en la mesa. Encaré a Gallego y a Alonso. “Pusimos una cota, presidente, no va a haber más de una botella por cada tres jugadores –me dice Gallego, que era el que más tomaba–. Un vinito nos viene bien, ya va a ver que el partido lo ganamos”. Lo fui a hablar con el Bambino y me dijo: “Déjelos, están bien”. Y se los dejé.

Aplaudiendo en el micro con el plantel, con Funes adelante.

Veira quedó dolorido por su salida del club seis meses después de ganar la Intercontinental, pero era un descontrol total, ya no manejaba el plantel, era un verdadero quilombo de conductas, de horarios, y el Bambino no podía poner mano dura con esos jugadores que lo habían llevado a lo más alto. Pasó el tiempo y quedó una relación muy buena con el Bambino, somos amigos.

La barra brava hoy es un negocio, son bandidos y drogadictos. En mi época no había droga, apenas algún vinito. Matute era el jefe. “Nosotros vamos a ayudar, pero ustedes no perjudiquen a River, no se peleen y corran a los pungas de la tribuna. Y diviértanse”, le dije. Les dábamos entradas de visitante, nada más que eso, de local no hacía falta, porque los dejábamos entrar directamente. Yo tenía un mecanismo con Matute, que era hablar con la mujer. Matute no le tenía miedo a nadie, salvo a la mujer, entonces la hacía ir al club cuando era necesario y resolvía las cosas con ella. No tuvimos problemas.

El reencuentro del presidente, el DT y el plantel campeón de todo, en 2011, a los 25 años de la conquista. Ruggeri, Alonso, Enzo, Alzamendi...

Al Juancito Funes lo había querido traer cuando jugaba en Gimnasia de Mendoza, apenas asumí la presidencia, pero se lo llevó Quieto a Millonarios. A mediados del 86 vendimos a Francescoli y nos quedamos sin 9 para la Copa. Viajé al Mundial de México como vicepresidente de AFA y estuve en contacto con el presidente de Millonarios. Le hablaba, lo sacaba a comer, casi me pongo de novio para convencerlo, pero no aflojaba. La única opción que teníamos era sacar a Funes con alguna excusa de Colombia y luego negociar. Y había otro problema: Funes estaba noviando con la hija del alcalde. Y Funes estaba muy bien dotado, sinceramente nunca vi nada igual en tantos años de vestuarios. ¿Qué hicimos? Le buscamos un reemplazante para la hija del alcalde y después le inventamos una enfermedad de la madre de Juan. Y una vez acá, Funes le dijo al presidente de Millonarios: “Me tengo que quedar, mi mamá me necesita acá, véndame, por favor”, y así se hizo el pase. El problema era que hasta que se concretase la venta, no podía entrenar en River, lo teníamos recluido en San Luis. Funes salía a correr por la ruta y como era un toro que tenía todo grande (el corazón, los músculos, todo), se desgarró desde el dedo del pie hasta la nuca. Recién lo pudimos usar en los partidos finales de la Copa. Pero fue decisivo. Metió un gol en cada final. Y por fin fuimos campeones de América.

Por Diego Borinsky / Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de octubre de 2016 de El Gráfico

Por Diego Borinsky: 02/11/2016

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