DISPARADOR

La cátedra y el comité

- por Elías Perugino: 01/10/2016 -

En medio del fragor de los Juegos Olímpicos, Julio Velasco desparramó sabiduría en cada entrevista. ¿Qué espera el deporte argentino para convocar a sus mentes brillantes en busca de sugerencias para implementar políticas a corto, mediano y largo plazo?

El 13 de agosto, en el Maracanazinho [1], nuestra selección de vóleibol le ganó a Cuba por la primera ronda del torneo olímpico. Luego del partido, en la zona mixta, uno de los enviados especiales de TyC Sports, Julio Montesano, formuló una pregunta simple: “¿Qué hizo Julio Velasco para que la selección de vóley se transforme en este equipo?”. Y Julio Velasco, el entrenador, no necesitó de mucho más para iniciar una cátedra que, por suerte para los lectores, ocupará la mayor porción del espacio habitualmente destinado para las reflexiones de este columnista. Dijo el Don Julio bueno:

“Yo apunto, en primer lugar, a mejorar a los jugadores desde el punto de vista individual. Elijo prioridades que cada uno de los jugadores tienen que mejorar. No son más de dos o tres cosas las que deben mejorar. Por prioridad entiendo eso que si un jugador mejora, lo cambia de categoría. No es que a todos los jugadores haya que mejorarlos en todos los aspectos un poquito, sino mejorarlos mucho en esas dos o tres prioridades. Eso los cambia de categoría, y entonces así cada jugador pone lo mejor de cada uno. Y así, el equipo funciona bien.

“Y he trabajado mucho en dar un sistema de juego. Que todo tenga que ser claro. Después está la improvisación. Hay situaciones en donde el jugador tiene que improvisar e imponer su creatividad. Pero no debemos basarnos en eso. Yo creo que a veces exageramos en el valor que le damos en el juego a nuestra creatividad. Siempre doy el ejemplo de la música. No hay cosa más creativa que la música. Sin embargo, no es que cada uno improvisa todo el tiempo, ni siquiera en el jazz [2]. Hay un momento para improvisar y un momento en el que tocan todos juntos. Y sobre todo, tocan todos juntos el mismo tono al mismo tiempo. Entonces eso es lo que yo creo que costaba más con el equipo. Nosotros tenemos el mito. El mito argentino de Maradona, de Messi, de Sívori. Ayer hablaba con Ginóbili de eso. Está bien: si tenemos un Maradona, mejor, obviamente; pero Maradona ganó cuando jugaba en un equipo que tenía sistema de juego [3]. Como le pasa a Messi, como le pasa a todo el mundo. Y ojo: no es una cuestión de ‘gana el equipo o gana el individuo’. Ganan los dos. A veces el individuo es decisivo, pero el individuo se exalta si juega en un sistema claro. Y en eso sigo trabajando porque todavía tenemos que mejorar.

“Finalmente, creo que después es importante la parte mental, ser sólidos. Yo les decía a ellos ‘una cosa es hacerse el duro, y otra es ser duro’; sacar pechito, parece que hay piña… Aparte después nunca hay piña: son los guapos del ‘agarrame que lo mato’. En el deporte ya tenemos el enfrentamiento deportivo, no entiendo por qué, a veces, después también tenemos el enfrentamiento personal. Ser duro significa saber jugar cuando jugamos peor. Ser duro significa saber soportar los momentos difíciles. Ser duro significa soportar, a veces, la convivencia de cosas que no nos gustan del otro. Porque si hay problemas entre marido y mujer, imaginémonos en un grupo… Un grupo donde no es que todos somos perfectos para el otro, pero sabemos que lo más importante es el objetivo del grupo. Y entonces soportamos y dejamos correr esas diferencias. Y en eso este grupo es extraordinario. La motivación para el trabajo siempre la tienen al máximo. Igual debemos mejorar la calidad del trabajo, porque si bien la cantidad y la garra para el trabajo son importantes, no son suficientes. Se necesita todo: cantidad, garra y calidad en el trabajo.

“¿Qué es lo que el jugador argentino tiene naturalmente? Naturalmente tiene la garra, es de laburar mucho… ¿Pero qué es lo que no tiene naturalmente? Naturalmente no tiene el sistema. Hay otros países a los que les cuesta más la garra y la motivación, y tienen el sistema. Cada uno tiene sus lados débiles y sus lados fuertes. Yo he tratado de trabajar en los aspectos que creía débiles, sabiendo que los lados fuertes iban a venir solos. Ayer les dije que yo no los trato como débiles: ‘uh, cuidado con criticarlos, a ver si se bajonean’. Tampoco evito trabajar sobre los puntos flojos por temor a bajonearlos; eso es tratarlos como débiles. Es como los hijos: si uno los cría débiles, se consideran débiles. Si uno los considera fuertes, se crían fuertes. Entonces como yo los considero fuertes, como creo que lo son, debo trabajar con mi staff sobre los puntos débiles, y ellos bancarse mis críticas –ser fuertes–, y así crecer”.

Todo eso, así, de corrido, dijo esa eminencia llamada Julio Velasco. No fue necesario sacar una entrada para escucharlo en el Gran Rex. Dijo todo eso, así, de corrido, en la zona mixta de un estadio, con su mochila a cuestas y el resultado de un partido todavía latiéndole en las manos. Con esa verborragia sensata y pasional que lo ha erigido en un docente natural en cada país donde desparramó su conocimiento [4], prescindiendo incluso de los múltiples resultados estelares que consiguió [5].

Escuchar la profundidad de Velasco fue una bendición para el deporte argentino. Igual que las definiciones conmovedoras de Ginóbili, el conceptualismo sanguíneo del Chapa Retegui o los diagnósticos sin “exitoína” [6] de Sergio Hernández. Todo exento de ese tufillo a altanería con pies de barro que contamina la escena del fútbol.

Al deporte argentino le urge abrevar en esa sabiduría. Empaparse y comprometerse sin esperar ni exigir otro éxito que no sea el debate a partir del cual construir el futuro. ¿Por qué no convocar –se le ocurre al columnista– a un Comité de Excelencia Deportiva que desmenuce la problemática y sugiera políticas a transitar a corto, mediano y largo plazo? Un Comité donde razonen, armonicen y conjeturen Velasco, Ginóbili, Valdano, Bielsa, Retegui, Menotti, Hernández, Vigil, Pekerman…  Mentes brillantes que ya edificaron un legado con cada eslabón de sus propias carreras, pero que ahora aportarían su lucidez para inducir las coordenadas que los demás –meros dirigentes, simples periodistas o fervorosos aficionados– apenas si alcanzamos a olfatear.

¿Suena ingenuo? ¿Parece disparatado? ¿No se condice con el perfil egocéntrico de nuestro país? Es probable, pero el columnista no se resigna. Los potenciales integrantes del Comité de Excelencia Deportiva nos enseñaron a ser persistentes en el esfuerzo y en la capacitación. A conjugar método con inspiración. A creer más en la construcción que en los milagros. Entonces, ¿por qué habríamos de resignarnos? Humildemente, aquí va el primer ladrillo en modo sugerencia. Por un Comité de Excelencia Deportiva que nos legue tutoriales que aprendamos a amar y respetar como si fueran la Constitución Nacional…

Por Elías Perugino

Textos al pie

1- Situado en el mismo predio del Maracaná, el gimnasio cerrado Gilberto Cardoso, más conocido como Maracanazinho, fue sede de los torneos de vóleibol durante los Juegos Olímpicos 2016. Tiene capacidad para 12.000 espectadores.

2- Género musical forjado a fines del siglo XIX en Estados Unidos. Se sustenta en una característica rítmica singular (el swing) y se potencia con la improvisación y el fraseo de los intérpretes. Se inició como un baile popular y se expandió a todo el mundo. Uno de sus notables exponentes fue el trompetista Louis Armstrong.

3- A lo largo de su carrera, Diego consiguió un título con Boca, tres con Barcelona, cinco con el Napoli, dos con la Selección Mayor y uno con la Selección Juvenil.

4- Nacido hace 64 años en La Plata, Velasco dirigió clubes en Argentina e Italia, y las selecciones de Italia (masculina y femenina), República Checa, España, Irán y Argentina. Se inició como entrenador en Ferro, en 1979.

5- Velasco es un verdadero coleccionista de oro. Ganó 2 Copas del Mundo, 6 Ligas Mundiales y 3 campeonatos europeos con Italia; 2 campeonatos asiáticos con Irán y 1 Panamericano con Argentina. También fue medalla de plata con Italia en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96.

6- Término utilizado popularmente para definir a quienes se intoxican con el éxito y, por ello, pierden la capacidad de discernimiento.

Nota publicada en la edición de septiembre de 2016 de El Gráfico

Por Elías Perugino: 01/10/2016

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