Notas de la revista

Darío Benedetto, un 9 con hambre

Metió 49 goles en las últimas tres temporadas en México, pero no es un goleador. Bostero desde la cuna, defiende el escudo en la cancha. La pérdida de su madre a los 12 años. La conexión con la música. Su carrera. El deseo de ser el complemento de Tevez y una certeza: “No tengo miedo a no adaptarme a Boca”.

Ganó cuatro títulos: dos en Arsenal y dos en el América de México. Sueña con lograr más en Boca.

La muerte de su madre lo sacó de eje. Aquella trágica noticia le pulverizó el alma en un pestañeo. “Mi mamá, Alicia, falleció cuando me miraba jugar a la pelota. Fue en una final de los Juegos Nacionales Evita, en Berazategui. Se descompuso en la cancha y llegó al hospital sin vida. Se murió de un paro cardiorrespiratorio. Tenía 40 años, y yo, 12. En mi vida, esto significó un punto y aparte. Mis hermanos y yo éramos chicos. Me acuerdo de que estaba en las inferiores de Independiente y dejé de ir porque no quería jugar más al fútbol”.

Darío Benedetto expresa con coraje el golpe más fuerte, el revés más doloroso, que soportó en sus 26 años. Es el 9 de Boca, pero retrocede mentalmente en el tiempo para ubicarse en el cuerpo de aquel pibe que fue; de ese de El Pato, localidad de Berazategui, provincia de Buenos Aires, que entró de manera lógica en crisis por la pérdida del ser más entrañable. Resulta verdad: fantaseaba con ser futbolista. Pero, ante semejante sacudón, tiró todo a la basura. No le importó. El hijo de Hugo, el tercero de cuatro hermanos (Yesica, Lucas y Adriana), el que se ponía los guantes a los siete años para volar de árbol a árbol e intentar atajar los zapatazos de sus tíos en el terreno de su abuela, no vislumbraba la luz. Todo era horroroso.

¿Cómo se recompuso? ¿Cuándo, cómo y por qué retomó su camino? El tiempo acomoda las ideas, renueva el espíritu y cicatriza las heridas, siempre. “Acepté la realidad con los años y volví a los 16 cuando me consiguieron una prueba en Arsenal. Desde ahí, mi mamá se transformó en mi pilar. No aflojé porque tanto a ella como a mi papá les gustaba que jugara al fútbol. A mi hermano Lucas y a mí, que jugábamos para el club Juan María Gutiérrez, nos seguían a todos lados con el termo y el mate. Eso me quedó marcado”, argumenta.

Aquel par de goles en la última instancia de la prueba en Arsenal le valieron la ficha. El adolescente, al que pronto apodarán “Pipa” por su nariz prominente, cumplió con su condición de 9, su puesto natural. Mientras fogoneaba su ilusión en Sarandí, abandonó la escuela. “Me iba muy mal en el colegio, porque no me gustaba. Mis compañeros tenían la carpeta así de ancha, y yo, apenas dos hojas. ‘Si no querés estudiar más, venís a trabajar conmigo como peón de albañil’, me dijo mi papá. Yo, feliz de la vida”, afirma.

-¿Eras obediente en el trabajo?
-Era el hijo del que mandaba (se ríe). No hacía tanto, ni cosas tan forzosas, pero trabajaba hasta el mediodía y a las 14 iba a entrenarme a Arsenal.

-¿Cuando ves a un peón de albañil, pensás que podrías estar ahí?
-Sí, soy consciente de eso. Nunca pensé que me iba a ir como me fue en mi carrera. Creo que, dentro de todo, me va bien. Desde junio, visto la camiseta de Boca y es un sueño. No imaginé que iba a llegar a tanto en el fútbol. Por eso, le estoy muy agradecido a la vida. Muchos quisieran estar en mi lugar. De hecho, tuve a compañeros que no llegaron a Primera.

-Noto que tu esencia no cambia, ¿verdad?
-Es así. Jamás voy a perder la humildad. Siempre me voy a acordar de dónde vengo, que es de El Pato, y las cosas que pasé. Lo tengo claro. La humildad está ante todo.

-¿Qué no te puede faltar en tu vida?
-Mi hijo, Felipe, que ya pasó el año; mi señora, Noelia; mi familia y la familia de mi mujer, que son numerosas.

-¿Cuándo te convenciste de que vivirías del fútbol?
-Cuando me subieron a la Reserva de Arsenal. Creo que fue en 2007, tenía 17 años. Ahí pensé: “Esto tiene que ser lo mío”. A partir de ahí, empecé a ser más profesional: mejoré en la calidad de los entrenamientos y me cuidaba más en el descanso.

-¿Fue ahí cuando dejaste de pertenecer al grupo de cumbia “Los del Pato”?
-Sí, dije: “Basta, me voy a dedicar al fútbol”. Porque la música, como cualquier actividad, lleva tiempo. Mi hermano es fanático de la música desde chico. Agarra la guitarra y toca de todo. Los del Pato era un grupo parecido a Tambo Tambo. Teníamos lindas letras. Grabamos un CD, estuvimos tres veces en el programa de televisión de América de la movida tropical y tocábamos en cumpleaños. Yo tocaba el timbal. Mirá que se lo ve como dos tachitos, pero no es fácil, eh.

-¿Es cierto que Víctor Cuesta, ex compañero tuyo en Arsenal, es el único futbolista que te vio arriba del escenario?
-Leo Cuesta es un amigo de la infancia. Nos conocemos de toda la vida. Tiene la edad mi hermano, y ellos jugaban juntos en el club Juan María Gutiérrez. Nos vio porque en el barrio de Leo se armaban unos corsos grandes. El iba con sus amigos, y nosotros fuimos a tocar un par de veces. Cuando terminábamos, charlábamos un poco.

-¿Qué conexión tenés con la música?
-Si no hubiera sido jugador de fútbol, me habría dedicado a la música. Mi hermano estudió y es músico. Me gusta la cumbia, pero escucho de todo.

“Uno se marca su propio destino. Pero cuando toca, toca”, sostiene como si fuera una máxima. Su debut en Primera se refiere al cierre de su afirmación. Darío hizo su estreno ante Boca, el club que ama, el 9 de noviembre de 2008. Ingresó por Luciano Leguizamón a falta de un minuto para el final. Fue derrota de Arsenal por 1-0, con gol de Juan Román Riquelme, de tiro libre, sobre la hora.

-¿Qué se te cruzó por la cabeza cuando aquel partido se terminó?
-Uf: de todo. A mí me costó muchísimo, todo lo logré en base al sacrificio. Pensé en mi mamá y en lo que había vivido en El Pato cuando jugaba con mis amigos. En la cancha, yo miré a mis compañeros, pero también a la hinchada de Boca, a Riquelme, a Schiavi y a Clemente Rodríguez. Pasé de verlos por televisión a tenerlos ahí.

-¿Qué hiciste con tu camiseta de aquel estreno: la cambiaste por la que estaba enfrente, te la guardaste o se la devolviste a los utileros?
-Me moría de ganas por cambiarla. Pero, cuando se trata de la de Boca, es difícil concretarlo. Primero, porque se queda en el camino y nunca llega. Después, la podés conseguir en un antidoping o pidiéndosela a un representante. Pero es jodido si jugás en Arsenal. Yo lo viví. Igual, ese día no lo intenté porque quería quedarme con la mía.

Pipa nació el 17 de mayo de 1990, en La Plata. Tiene 26 años. Mide 1,78 metros y pesa 78 kilos. Su pierna hábil es la derecha.

-¿Siempre fuiste un 9 con gol?
-No, trabajé mucho la definición. En Sexta de Arsenal, hubo un técnico, Raúl Leonardi, que me bancó. Me ponía, yo no hacía goles, y me tenía practicando la definición. Cuando pasé a Reserva, incorporé más conceptos. Bueno, debuté en Primera, me fui a Defensa y Justicia y a Gimnasia de Jujuy, donde exploté.

-Convertiste 11 goles en 19 partidos en la B Nacional en 2011. ¿Ahí, en Gimnasia y Esgrima de Jujuy, diste el salto de calidad?
-Sí, sin dudas. Cuando arranqué en Primera, sea en Arsenal o en Defensa, no tenía continuidad. Jugaba un partido, y, si no la metía, estaba afuera y se probaba con otro. Hoy, se bancan más partidos a los jugadores. En Jujuy, en cambio, Pancho Ferraro me aguantó. Cuando llegué, él les preguntaba a los jugadores en qué posición les gustaba jugar. “De 9, pero necesito que me banque más de dos partidos, que me dé confianza”, le pedí. No me lo olvido más: me puso cara como que era difícil. Pero el tipo me respaldó y se me abrió el arco.

-¿Francisco Ferraro es el único entrenador que te marcó?
-No, Gustavo Alfaro también. Pancho me llegó por estar cerca, hablarme, darme confianza; es humilde y sencillo. Gustavo me ponía y me sacaba, pero me enseñó muchísimo, sobre todo adentro del vestuario. Nos sacó campeón, y eso que éramos un equipo chico al que le costaba bastante.

-Regresaste a Arsenal y te pasó de todo: lesión en el quinto metatarsiano, cinco meses de inactividad, vuelta fugaz ante Boca y fisura a la primera práctica en el mismo lugar, cuatro meses más parado, reaparición, ganás el Clausura 2012 y la Supercopa Argentina 2012, titularidad, goles y venta a Tijuana. ¿Qué te encontraste en México?
-El fútbol mexicano es diferente al argentino. Acá, hay mucho más roce. Allá, recibía de espalda y no me venían a sacudir. Me dejaban jugar más, tenía más espacios y me sentía con mucha confianza.

-Metiste 49 goles entre Tijuana y el América en tres temporadas. Más allá de los goles, ¿qué le incorporaste a tu juego?
-El hecho de tirar paredes, de aguantar mejor la pelota y de dominarla mejor. También, crecí en la definición.

-¿Qué fue haber sido el 9 del América, un equipo grandísimo en México?
-Nunca lo voy a olvidar. Fue una hermosura haber sido campeón de la Liga de Campeones de la Concacaf 2015 y 2016, haber jugado el Mundial de Clubes 2015. Sobre todo, por lo que el América significa para México. No lo digo porque jugué ahí, sino porque es así: el América es único y todo el país es hincha de ese club. Me apena no haber logrado la liga local, como lo hice en Arsenal. Me habría encantado.

-¿Haber jugado en el América te preparó para hacerlo en Boca?
-Uno tiene que ser atrevido, más allá del club en el que esté. Si te dicen de ponerte la camiseta de Boca, y más que soy hincha, que me moría de ganas por venir, hay que aceptarlo y bancarse lo que se diga. Es cierto: me sirvió bastante haber pasado por el América, que repercute en muchos lugares. Yo ya sé lo que significa tratar con la prensa, que esté todo el tiempo encima, y que se hable de un solo equipo. Obviamente, las experiencias no serán iguales. Pero tendrán ese parecido.  

Heredó la sangre azul y oro a través de su familia. “Era imposible ser hincha de otro club. Me acuerdo de que mi familia se juntaba todos los domingos para comer asado y mirar a Boca”, sintetiza. Todavía recuerda aquella noche a pura neblina ante Cúcuta, por la Copa Libertadores 2007. Pipa estaba en la Bombonera, en la popular que ocupa La 12. “No se veía un pomo, y, a partir de la mitad de la cancha, no se veía nada directamente”, agrega.

-Cuando ibas a la cancha, resultabas un habitué de la popular en la que para La 12. ¿Qué era lo que más te fascinaba?
-La fiesta que se arma antes de entrar a la popular. Nos juntábamos en un lugar, y empezaban con los bombos y los redoblantes, se agitaban las banderas, se cantaba y saltábamos. El clima de partido se sentía antes de meternos en la bandeja de La 12.

-Nunca le marcaste un gol a Boca. ¿Es una casualidad?
-Nunca… Tuve una sola oportunidad, cuando le ganamos 3-0 con Arsenal en la Bombonera, y pateé para meterla. No me importaba. Siempre defiendo la camiseta que tengo puesta. Hay que ser profesional. Pero, bueno, no entró. Quizá haya sido el destino.

-¿De pibe, te imaginabas en el césped de la Bombonera, con la 9?
-No, ni loco. Ya en Primera, no perdía la ilusión. En Arsenal, cuando tuve como compañero a Aníbal Matellán -campeón del mundo pintado azul y oro-, lo miraba con respeto y cierta admiración.

-Tu carrera tiene cuatro puntos de contacto con Boca: tu debut en Primera, la primera vuelta de tu peor lesión, la antesala a tu primer título y tu regreso al fútbol argentino -tras tres temporadas en México-, que no fue auspicioso. ¿Qué te generó la eliminación en la Copa Libertadores?
-No lo podía creer, por la manera en la que perdimos las semifinales. Cuando quedamos afuera frente a Independiente del Valle, llegué a mi casa y mi señora me preguntó: “¿Cómo te sentís?”. “Estoy muy triste”, le respondí seco. Y yo no soy así. He perdido partidos en otros clubes y me fui con bronca, porque siempre quiero ganar. Pero esto se trató de otra cosa: se mezcló sentimiento con derrota. El grupo tenía una ilusión… Entonces, llegué a casa, comí y me dormí. Al otro día, estaba de la misma manera. La eliminación de la Copa me pegó.

-¿Cuál es la búsqueda futbolística que el equipo desarrolla para este comienzo de la temporada?
-Trabajamos mucho la presión para ser un equipo intenso, ofensivo y ordenado. La idea es presionar bien, corriendo correctamente la cancha. Queremos pelear los dos torneos que jugamos: el campeonato local y la Copa Argentina. Entendemos que existe una chance para jugar la Copa Libertadores del año que viene, que es el deseo de los hinchas de Boca. Por eso, tenemos que ganar la Copa Argentina. Es cierto que la vara está alta porque otros clubes importantes apuntan a lo mismo, pero nosotros nos preparamos para eso.

Muestra la Virgen del Sagrado Corazón. Su espejo como delantero era José Luis Calderón.

-¿Sos el complemento que Tevez necesita en la delantera?
-Ojalá que sí. Carlos jugaba de 9, una posición en la que no está acostumbrado. Porque a él le gusta jugar más retrasado para agarrar la pelota y repartirla un poco. Por ahí, le hacía falta un compañero que estuviera delante de él para tirarle la pelota. También, dársela a los que le pasan por los costados. Creo que Carlos está más para agarrar la pelota y habilitar, para moverse detrás del 9, como un mediapunta.

-¿Se entienden fácil con Carlos?
-Sí, pero todavía hay cosas por corregir. Tenemos que conocer más los movimientos de cada uno. Debemos adaptarnos más el uno con el otro, y eso lo dará la competencia. Sé que, con los partidos, voy a conocer cada vez más qué él necesita que yo haga para alimentar a todo el equipo.

-¿Tenés miedo a no adaptarte a Boca?
-No, no tengo miedo. Sé que no me pongo cualquier camiseta, y también sé que la de Boca tampoco se la pone cualquiera. Tengo que aprovechar este momento. Los dirigentes hicieron un gran esfuerzo para comprarme el pase, se me cumplió el sueño, y, como mínimo, debo demostrar por qué invirtieron en mí.

A Boca también lo lleva en la piel
Benedetto tiene un tatuaje particular: el escudo del club que ama junto a la inscripción “Esto es Boca” por debajo. Se lo hizo en 2015, pero lo anheló mucho antes. “El tema es que, en el fútbol argentino, no te perdonan tener un escudo de otro club. Entonces, me lo tatué cuando jugaba en el América”, explica. Darío, ¿cómo surge tu devoción por los tatuajes? “Arranqué a los 14 años con un escorpión en el cuello, y no seguí. Después, vi a compañeros tatuados y, como me dieron ganas, empecé en serio -cuenta-. Hoy, es como un vicio, quiero tatuarme a cada rato. Ya no puedo contar cuántos tengo porque son grandes. La espalda, por ejemplo, está toda tatuada con el ángel de la soledad. Después, hay ilusiones. O sea, ves una imagen desde lejos y otra desde cerca. Además, tengo a la virgen y a mi familia”. ¿Cuál es el próximo? “No lo sé, pero me quiero hacer algo más en el cuello. Igual, me debo mentalizar para no sufrir”.

Por Darío Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de septiembre de 2016 de El Gráfico