LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Jonatan Maidana, el guardián

- por Diego Borinsky: 06/09/2016 -

Los 200 partidos y 6 años que acaba de cumplir con la camiseta de River son una linda excusa para que el más antiguo del plantel recorra sus vivencias en el club. Pasan técnicos y jugadores pero Jony siempre está.

La charla recién avanzaba sobre el primer tercio del cuestionario. Los orígenes en la casa familiar en calle que aún es de tierra, los campeonatos por plata en los potreros, las mañanas en las que acompañaba a papá Ramón a cargar papas en el Mercado Central y la posibilidad -exótica por entonces- de saltar de un club del ascenso, como Los Andes, a jugar en la Selección Sub 20 y compartir un campeonato, el Sudamericano, con un chiquilín que venía de España con ganas de hacer historia. Entonces ocurrió que el apellido Messi disparó un salto temporal en el orden de las preguntas: el reencuentro con el crack en el Mundial de Clubes 2015, y la pregunta cantada.

-¿Le fuiste a pedir la camiseta al final?
-No, no le pedí la camiseta a él ni a ningún otro jugador.

-¿A ninguno?
-No, porque uno termina con bronca, qué sé yo, venía con la ilusión de ganar ese partido y estaba con la cabeza en otro lado, sinceramente. Sí lo fui a saludar a Leo después del partido, a felicitarlo, pero camiseta no le pedí.

-O sea que no la cambiaste con nadie…
-No.

-¿De verdad tenías la ilusión de ganarle al Barcelona? Era casi imposible…
-Pasa que cuando entrás a la cancha y es una final, la querés ganar, aunque supiéramos que enfrentábamos al mejor equipo del mundo y  que nos pudieran pintar la cara, pero uno quiere ganar.

Punto. Paréntesis. Todos quieren ganar. Y todos, o casi todos, para ser estrictamente justos, después se llevan una camiseta rival a su casa para recordar, ya de grandes, el momento con hijos y nietos, con el souvenir prolijamente colgado en una percha. Más si el equipo de enfrente es el mejor del mundo de la última década, el que ha enamorado a medio planeta gracias a sus duendes.

Jonatan Ramón Maidana viene a contradecir esa lógica. Y aun después de una derrota previsible, concretada con suficiente antelación al pitazo final, la bronca le seguía humeando por la nariz. “Maidana es un animal competitivo”, lo definió Gallardo hace unas semanas, y esa es la frase que viene a mi mente apenas el 2 de River comenta con absoluta naturalidad que esa fría noche japonesa del 20 de diciembre no le pidió la camiseta a nadie porque había perdido. Porque había perdido y tenía mucha bronca.

El día del descenso, en el Monumental, saliendo con el Keko Villalva y Juan Pablo Carrizo. Misteriosamente fue suplente en la ida con Belgrano.

Jonatan Maidana (“Jonatan sin hache, sí”, como aclara tras el saludo) ha cumplido 31 años el 29 de julio, aunque por su recorrido en el fútbol uno creería que tiene varios más. Su cabeza rapada es una especie de tela remendada en la que sobresalen unas cuantas costuras, un mapa a mano alzada de todas sus batallas. Ese detalle fisonómico también nos habla de cómo encara la profesión este hombre nacido en Adrogué. Es común que un defensor se corte al chocar la cabeza con un rival en su intento por proteger el hogar familiar (el área y sus inmediaciones). Pero no tanto. Maidana no escatima físico ni vehemencia. La superficie de su cabeza es testigo directo. Y aquí viene a mi mente otra frase de Gallardo, expresada en su biografía: “Si vos les preguntás a los jugadores con qué compañero se irían a jugar a la guerra, todos eligen a Maidana, porque es el alma del equipo. Si uno se equivoca, quedate tranquilo que Maidana te va a dar una mano siempre. Eso genera confianza en los compañeros. Y si tenés que asignarle una marca, olvidate, Maidana se ocupa”.

Pero no nos adelantemos. Empecemos por el principio. Por la calle Los Aromos, en Glew. La escuela 33 del barrio Rayo de Sol. Los cuatro hermanos menores: Matías, Kevin, Ricardo y Dylan. Los inicios en Los Andes, a los 12 años. La travesía del 501 hasta la estación de Longchamps, el tren, y el 540 en Lomas. El salto a los alambrados para escapar al chancho de turno. Los campeonatos en La Usina.

-Mi equipo se llamaba Juventud -revive Jony, antes del entrenamiento en el Monumental-, había amigos del barrio, yo tenía 15 o 16 años y jugaba de volante o delantero. Se ponía fuerte, eso sí, porque se jugaba por plata. No mucha, pero para nosotros era bastante. O mismo por cajones de cervezas.

-¿Te apretaron feo alguna vez?
-Nada especial. Ahí hay que aguantársela, sin dudas. Hay varios que van amanecidos, viste (risas), imaginate las patadas que vuelan, amenazas del tipo “la próxima que te cruzo te parto”, pero no mucho más que eso. Alguno con arma blanca o amenazando con una botella cortada, cuando se armaba algún tumulto en los partidos. Ahí te curtís bien…

-¿Cargaste bolsas de papas?
-No, porque mi viejo no me dejaba, no quería que hiciéramos el trabajo duro. Lo acompañaba, eso sí, y miraba. El sigue ahí, en el Mercado Central, controlando los camiones más que nada, ya no hace la tarea fuerte. Hemos hablado para que lo deje, pero es joven, ya está acostumbrado y se siente cómodo. Cuando la gente tiene su lugar, viste, no se quiere ir. Obviamente que lo ayudo, a él y a mi familia en general, y el día que no quiera ir más, no irá.

-En el tren te colabas seguido...
-Ja, sí, sobre todo en las inferiores de Los Andes. A veces había que evitar el boleto para poder pagar el colectivo que nos llevaba al predio de Villa Albertina, en Lomas. Yo subía en Longchamps y en Adrogué o Temperley ya me encontraba con algunos compañeros y a la salida había que pasar rápido los controles o saltar por atrás las rejas.

-¿Te llegaron a bajar a machetazos?
-Nos han tocado el silbato varias veces, así que había que cruzar rápido, acelerar el ritmo, cosas que debíamos hacer para poder entrenar todos los días.

Cortado (un clásico), contra Almirante Brown, la tarde del regreso.

-¿Era pesada la zona donde vivías?
-No mucho, nunca tuvimos grandes problemas. Mis viejos siguen viviendo allí con tres de mis hermanos. El fútbol me permitió salir, conocer otros lugares, pero cuando vuelvo allí sinceramente siento que es mi lugar. Jacqueline, mi mujer, vivía a dos cuadras cuando era mi novia, y también tiene a su familia por la zona, así que vamos seguido para allá.

-¿Tu hermano Matías sigue jugando?
-Sí, juega de central o lateral por derecha, ahora firmó para Cañuelas, en la Primera C, un lindo club. No sé, quizás le faltó la constancia o perseverancia en ciertos momentos, porque tiene condiciones. Jugó muchos años en el ascenso, el fútbol tiene estas cosas, uno nunca sabe lo que le va a pasar.

-Juan Carlos Díaz, tu DT en inferiores, decía que llegabas a veces con las zapatillas llenas de barro, pero que nunca faltabas...
-Juan Carlos fue mi técnico en inferiores y luego en la Primera, siempre que puedo lo nombro porque confió mucho en mí. Nunca me gustó ser impuntual, la jodía a mi vieja que si llegaba 5 minutos tarde a la práctica me ponía nervioso…

-Desde Los Andes llegaste a la Selección Sub 20, algo muy extraño en esa época…
-Raro, sí, era el único del ascenso si no me equivoco, con grandes jugadores también que ya habían debutado en Primera, como Lavezzi, Biglia, el Chaco Torres, Ustari, y bueno… Messi. Pude jugar el Sudamericano en Colombia y después no llegué al Mundial de Holanda, pero fue una experiencia increíble.

-¿Y cómo era ese Messi del 2005? ¿Ya pintaba para monstruo?
-Seeee, se notaba que tenía esas pinceladas, te limpiaba cuando quería en las prácticas, como se lo ve ahora. Era bastante callado y tímido, y hoy demuestra la gran persona que es: no cambió nada a pesar de todo lo que consiguió en este tiempo.

-No hablaba nada, me imagino…
-Y… bastante tranquilo (risas), igual yo mucho no puedo decir porque también soy de pocas palabras.

-Una charla entre ustedes…
-No, no, un aburrimiento tremendo (risas).

-Lo reencontraste en el Mundial de Clubes del año pasado...
-Sí, y en alguna convocatoria a la Selección con Batista, y con el Coco. En la final del Mundial nos saludamos de buena manera, con respeto, era un privilegio poder enfrentarlo.

La gloria. Tocando la Libertadores que no quieren largar Cavenaghi y Barovero. Fue el único futbolista del plantel que jugó todos los minutos de todos los partidos de esa copa.

-¿Le dijiste: “Leo, acordate de que fui compañero tuyo, encará por otro lado”?
-No, ja, ja, no le dije nada, porque uno cuando entra a la cancha ya está mentalizado y enfocado en lo que tiene que hacer, que es ganar, pero lo importante es que el saludo cordial siempre estuvo.

-También debe haber sido un impacto para vos pasar de Los Andes a Boca…
-Un salto muy grande, claro. Debe haber ayudado mucho el Sub 20, seguramente. Me llevaron a préstamo por un año con opción de compra y al año hicieron uso de la opción. Basile era el técnico.

-En tu primer partido ganaste la Recopa. Habrás pensado: qué fácil que es esto…
-Entré 10 minutos, en Brasil, en el Morumbí, para aguantar un 2-1 contra el San Pablo, por la Recopa. Al final empatamos 2-2, pero salimos campeones porque habíamos ganado en la ida, así que jugué 10 minutos y ya tenía un título adentro, digamos que fue un buen arranque (risas). Había un gran plantel…

-“Maidana está verde para jugar en Boca”.
-Ja, ja, La Volpe. Y bueno, son palabras del entrenador que uno tiene que respetar y saber que si lo dicen, es por algo eso. Pero ojo que después de esa frase me puso en varios partidos y pude rendir y estar a la altura.  Bueno… hoy por hoy ya no estamos verdes, quizás un poco pasados de maduros (risas).

La madurez. En Boca, Jony (sin hache) jugó en total 2 años y medio (66 partidos, 1 gol) y dio otras 2 vueltas olímpicas, sumadas a las de su debut: la Copa Libertadores 07 y la Recopa en 2008. Un separador de dos años (uno y medio en el Metallist de Ucrania y seis meses en Banfield) le permitió cruzar de vereda hacia Núñez con cierta naturalidad, sin que se genera demasiado alboroto. En River arrancó su camino a mediados de 2010, y el 8/8 cumplió 6 años de su debut (y sumando), una cifra propia de otras décadas, en las que los futbolistas no cambiaban tanto de camiseta y se recitaban formaciones de corrido por muchos años seguidos. Es el futbolista del actual plantel de mayor antigüedad en el club (Ponzio se sumó en enero de 2012, un año y medio más tarde) y para encontrar otro hombre que lo supere en años sin interrupciones con la camiseta de River hay que remontarse a Leo Astrada (1989-99) o el propio Marcelo Gallardo (1993-99). Se puede decir, sin temor a exageraciones, que Maidana, en River, las vivió todas: la angustiante lucha por la permanencia, la caída al abismo, la pelea en la jungla del Nacional B con una mochila de 2000 kilos sobre el lomo (ascender sí o sí), la readaptación a la categoría, el título liberador (2014) y las 4 Copas que vinieron después. Fue el primer hombre en la historia en ganar la Libertadores con los dos clubes más grandes de Argentina (junto a Nicolás Bertolo, aunque este último con participación escasa), con un detalle: se trató del único futbolista del plantel de Gallardo en disputar todos los minutos de todos los partidos de esa Copa.

-¿Dudaste cuando surgió el interés de River, por tu pasado en Boca?
-No, en ningún momento dudé. Apenas surgió la posibilidad, le dije a mi representante: “Que se haga”. Sabía que me iban a putear un poco cuando fuera a jugar a la Bombonera y que me mirarían de reojo en River, por cómo se vive el fútbol en nuestro país, pero pensé “esta oportunidad no me la puedo perder” y dejé todas esas cosas de lado. Hoy por hoy, pasaron 6 años y seguimos acá (risas).

-En River te adoptaron rápido: a los pocos meses le metiste el gol a Boca…
-Tuve la suerte de entrar medianamente bien, y la gente entendió que uno se ponía la camiseta y dejaba todo para dar lo mejor. A los pocos partidos me tocó hacerle el gol a Boca acá, y se aflojó todo, la verdad que ayudó.

Saluda a Messi, ex compañero de Sub 20, en Japón.

-Unos dicen que festejaste, otros que no tanto...
-Sí, sí, claro que lo festejé. Lo grité y me fui a abrazar con mis compañeros. Era un clásico. Y más en mi posición, que no se da todos los días eso de meter un gol.

-Llegaste para la temporada previa al descenso, ¿se te cruzó que podían bajar?
-Sabía que estaba complicado pero llegaba a un grande y venía con ilusiones de pelear cosas. Luego, pasó lo que pasó, son cosas que uno debe afrontar en la vida.

-¿Cuándo sentiste que estaban realmente complicados?
-Cuando perdimos la ida de la Promoción en Córdoba por ahí a uno le cayó un poco la ficha de que las cosas estaban jodidas. Y bueno, se dio que el club tuvo que tocar fondo para poder salir nuevamente. Esos días previos fueron muy complicados, un ambiente muy tenso, una situación que no se la deseo a nadie, más estando en un club tan importante. Creo que todos hemos aprendido un poco de esa situación, en el sentido de que si no hacés las cosas bien, en algún momento, tarde o temprano, lo sufrís.

-Fuiste titular toda la temporada pero en Córdoba te mandaron al banco, ¿te sorprendió?
-Me sacaron a mí, a Pavone y a Caruso, jugadores de experiencia, que podrían haber superado esa situación. Me sorprendió, sí, porque nos enteramos de los cambios en la charla previa al partido, el mismo día. El técnico decide, está claro, pero pensaba que por tener un poquito más de experiencia que algunos de los muchachos, nos iban a dar la posibilidad de afrontar ese momento difícil. Igual, apoyé a los compañeros que les tocó entrar.

-Se dijo que el equipo esa noche lo armó Passarella y no Jota Jota López…
-Y… se dicen tantas cosas, que uno a veces no sabe la verdad. O prefiere mirar para adelante más que nada.

-Es muy raro, porque la revancha la jugaron vos, Pavone y Caruso…
-Por como se venía dando, que veníamos jugando seguido, fue extraño, pero ya te digo: son decisiones de los entrenadores.

-¿Pensabas que lo iban a dar vuelta en el Monumental?
-En la previa sabíamos que iba a estar difícil porque Belgrano se jugaba la vida, pero con nuestra gente apoyando, en nuestro estadio, teníamos mucha fe. El penal que no nos dieron fue bastante claro, todavía no entiendo por qué no se cobró, y bueno, después, con el empate, se hizo muy cuesta arriba.

-¿Qué recordás de las horas posteriores?
-Había mucho dolor, una tristeza enorme, nos quedamos en la concentración un par de horas para que se despejara todo. Por como soy yo, bastante tranquilo, traté de levantar a mis compañeros. Por adentro pensaba por qué había pasado todo eso, por qué no había hecho tal o cual cosa, pero no se podía cambiar nada.

Con la camiseta de Boca, enfrentando a Falcao, en el Monumental. Allí jugó 2 años y ganó 3 títulos (2 Recopa y 1 Libertadores).

-Habrás recibido ofertas para irte…
-Sí, al poco tiempo hubo sondeos de varios clubes, pero quería tener una revancha en River, revertir esa imagen, que fue muy dolorosa, y bueno, el tiempo por suerte nos fue dando la razón y no nos equivocamos en la decisión. Almeyda dijo, al empezar, que iba a ser una parte importante y me dio siempre el respaldo, así que tengo los mejores recuerdos de Matías, tanto como compañero y luego ya de entrenador.

-El Nacional B ya lo habías jugado, pero con River fue otra cosa.
-Se hizo eterno, interminable. Era muy duro ver a River en esa situación, pero no había otra que jugar cada fin de semana. La primera ronda anduvo todo más o menos normal, después empezamos a perder puntos, los equipos rivales siempre daban un plus y la presión mediática no ayudaba. Cuando ganábamos era porque no jugábamos contra nadie, y cuando perdíamos era todo un quilombo. No fue fácil manejar estas cuestiones.

-¿El primer título, con Ramón, sirvió para descomprimir?
-Sin dudas, nos sacamos un peso grande de encima. A partir de ahí pasamos a estar con más tranquilidad y a sentirnos más seguros. Y de golpe, Ramón tomó la decisión de irse, la verdad que no lo esperábamos. Nos deseó lo mejor y nos dijo que era una decisión tomada.

-Y enseguida llegó Gallardo y sorprendió a todos. ¿Qué fue lo que más te llamó la atención de él?
-El entusiasmo que le ponía a la hora del juego en sí, de la tenencia de pelota, de darle mucha precisión, en cómo nos insistía en que si nos equivocábamos, había que volver la jugada atrás, arrancar de nuevo, darle mucha bola a eso.

-Te puso a Funes Mori de compañero de zaga y se transformó en una columna, ¿te sorprendió?
-Desde el primer partido que entró, el Melli mostró mucha personalidad, creció de una manera inmensa y se convirtió en un pilar del equipo. Pero no me sorprendió porque yo ya lo veía en los entrenamientos. Ramiro te mataba en todo sentido: era rápido, cabeceaba bien, tenía técnica, no le importaba nada... Si había que cortar la jugada, lo llamabas a él que te la cortaba sin ningún problema. En estos años fui teniendo muchos compañeros a los que vi crecer y pegar el salto de calidad a otros clubes, es una alegría.

-Ahora se te fue Mercado, el último histórico que quedaba en la defensa…
-Se lo va a extrañar a Gaby, aparte yo concentraba con él en la habitación. Además de jugar a su lado en la cancha y de entendernos con una mirada, teníamos una amistad que se trasladó afuera. También era un hombre importante para nosotros por lo que transmitía…

-Era de gritar y arengar en el vestuario…
-Sí, sí, (risas), siempre arriba Gaby, con sus gritos. También adentro, para despertar a los compañeros. Algunas de las cosas que gritaba no se pueden decir en la nota, pero la verdad que siempre es bueno tener compañeros como él, ganadores, y le deseamos lo mejor. Más allá de la despedida grupal me he juntado a cenar con él en familia.

Con la camiseta de River en la Bombonera, en el duelo picante con Daniel Osvaldo, por la última Libertadores.

-¿Hubo lágrimas en esa despedida?
-Hubo algo de nostalgia, para mí es prácticamente un hermano. Me dijo que me iba a extrañar y que ojalá nos crucemos en algún momento, como compañeros o como rivales, pero que sería muy lindo volver a vernos.

-¿Cómo te fuiste sintiendo en estos años a medida que se iban casi todos los históricos?
-Se fueron muchos, eh. Contento por todos ellos, que pegaron ese salto en sus carreras, y después tranquilo, viviendo el día a día en este gran club y acompañando a los que fueron llegando. Nunca estuve desesperado por irme.

-¿Tuviste ofertas concretas en estos 6 años?
-Hubo cosas, sí. Al comienzo, como te contaba, me quise quedar para revertir la imagen del descenso, y después por ahí llegaron cosas que a mí me servían pero no al club. A mí me han llegado a mandar contratos con la plata que iba a ganar, con números detallados, era más de lo que ganaba en River, pero al club no le enviaban nada, entonces no podía haber transferencia. Hubo algo bastante concreto de México a comienzos de 2014, que por ciertas cuestiones se trabó, y decidí seguir en River. Por suerte, porque vinieron todas las cosas lindas, todos los títulos, después del sufrimiento y la tristeza.

-¿Te vas a retirar acá?
-No lo sé, este deporte siempre te puede sorprender. Lo que sí sé es que cada día lo vivo con muchas ganas e intensidad. Cumplí 31 años, no estoy tan viejo, creo que algún cartucho más me debe quedar (risas).

-¿Significaron algo especial los duelos coperos con Boca de estos últimos años, por tu pasado?
-Por mi pasado, no, ya eso fue hace mucho tiempo. Los silbidos e insultos de la gente de Boca estarán siempre, porque así se vive el fútbol en nuestro país, así que no me molesta. Sí fue especial porque se trataron de cruces muy importantes y que al ganarlos nos permitieron quedar en la memoria del hincha para siempre.

-En la Libertadores que ganaron tuviste dos duelos durísimos con Santander y Gignac, en semifinal y final…
-Sabíamos que eran delanteros importantes, físicamente bien dotados, que sus equipos dependían mucho de ellos, así que sabíamos que había que estarles muy cerca y en ese sentido nos tocó marcarlos a mí y al Melli, intentamos hacer lo mejor.

-¿Se habla mucho cuando hay tanto roce?
-En general, yo juego callado. Por ahí si el delantero me dice algo, le respondo y punto, tranquilo. En esos partidos no hubo gran problema, por ahí el francés hablaba más, tiraba algunos insultos en español, se ve que le habían enseñado en poco tiempo.

-¿Ahí le respondías?
-Sí, sí, con alguna frase también intentaba sacarlo un poco. O con alguna otra cosa cuando no tenía la pelota, porque sabíamos que se ponía nervioso y eso beneficiaba a nuestro equipo.

-¿Dedo en la cola?
-Noooo, no, eso no, puedo empujar cuando la pelota está en otro lado, o dar algunas pataditas en el gemelo, pisarlo un poco, más de eso no pasa.

"Le tenía miedo a la aguja pero había hecho la promesa y me tatué la fecha del ascenso. Luego, el león que cuida a mi familia y el ave fénix, porque resurgí".

-¿Con Luis Suárez en Japón qué intentaste?
-Con él no llegamos a cruzar palabras… No cruzamos nada, en realidad, esa noche no lo vimos a Suárez (risas). Todo el Barcelona volaba...

-En River, a vos te tocó marcar desde el 9 de Brown de Madryn al 9 del Barcelona…
-Ehhh, así es, pasamos por todos los estados de jugadores que hay, desde el más humilde hasta el mejor del mundo. Eso te da una linda experiencia, te marca para siempre.

Ahí está. Ese dato es elocuente y es el que registra con mayor certeza que Maidana las ha vivido todas en River. La paleta de colores de centrodelanteros rivales la conoce enterita: desde el 9 de Guillermo Brown de Puerto Madryn hasta el 9 del Barcelona. En el medio, para todos los gustos. Contra Estudiantes de San Luis, por Copa Argentina, cumplió 200 partidos con la camiseta de River. Y al día siguiente, 6 años de su debut en el club.

Al momento de sacarse la chomba de entrenamiento para la producción fotográfica con la camiseta, se ponen al descubierto sus tatuajes. El primero, el que venció su temor a la aguja, es una fecha: 23/6/2012, la del regreso de River al lugar que nunca debió abandonar. “Teníamos que ascender sí o sí e hice la promesa: si salía todo bien, me tatuaba la fecha. Nunca me había hecho un tatuaje y tenía un poco de cagazo, pero lo aguantamos bien”, admite Jony. En su brazo se ve un ave fénix gigante, la Virgen de Luján, un león con dos leoncitos al lado y el nombre de sus hijos: León (justamente) y Sol. “El león cuida a su familia -argumenta-, de la Virgen de Luján somos devotos y vamos bastante seguido a agradecerle y el ave fénix es el resurgir, no solo en el fútbol, sino también en la vida, porque uno fue pasando cosas importantes, duras, y como bien marca el símbolo del tatuaje, uno logra resurgir de los momentos difíciles”.

Hay, a simple vista, otros registros en su piel, aunque no hechos por artistas del bisturí. “Y… debo tener 6 o 7 cicatrices, todas frutos de choques, cabezazos, algún codazo también. Ocurre que cada vez que voy al choque, no mezquino nada, voy y pongo la cabeza, como la mayoría de los defensores que tratan de evitar el gol”, destaca, buscando situarse como uno más del gremio de defensores kamikazes.

Cicatrices. Arriba de su oreja izquierda, se aprecia una de importante tamaño. Tiene varias.

-Gallardo señaló que si a cualquier jugador le preguntabas con qué compañero iría a la guerra, todos dirían “Maidana”.
-Ja -sonríe con timidez-, siempre estaré agradecido a Marcelo, porque me dio mucha confianza y me habló. Incluso cuando no venía haciendo las cosas bien, también se acercó a preguntarme si me pasaba algo, y me aclaró que había compañeros que venían haciendo bien las cosas y que, llegado el caso, si tenía que hacer el cambio lo iba a hacer. Eso es lo bueno de un conductor, que te lo pueda comunicar.

-Nunca saliste del equipo, igual…
-No salí, es cierto, pero me habló para que me diera cuenta de que más allá de un halago público o lo que sea, con él nadie tiene el puesto asegurado. Y está muy bien.

-¿Sos un animal competitivo, como dijo también Gallardo?
-Ehh, como todos, nos enojamos, no queremos perder a nada y en los entrenamientos tratamos de hacer lo mejor. Insisto: agradecido a Marcelo porque siempre habló bien de mí, pero uno tiene que seguir demostrando en los entrenamientos y en los partidos. De hecho, tengo claro que así como me entreno, después también se juega, y trato de hacer todo al máximo, con profesionalidad.

Ya lo verificamos en estos años. La corroboración salió de su boca, de modo casual, al paso. Total, al fin de cuentas: la camiseta del Barcelona hoy la puede comprar en cualquier tienda de deportes.

Por Diego Borinsky / Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de septiembre de 2016 de El Gráfico

Por Diego Borinsky: 06/09/2016

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