LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Rubén Rézola, confianza ciega

- por Redacción EG: 14/08/2016 -

Una de sus formas de entrenarse es cerrar los ojos e imaginar la siguiente competencia. Y siempre, pero siempre, se ve ganador. La historia y las esperanzas del santafesino que vivirá sus segundos Juegos Olímpicos.

Vamos a empezar por el final de esta historia. Como esas películas que muestran el crimen, y luego recorren el pasado hasta encontrar al asesino y las causas. Que van diseminando en el trayecto de su guion, pistas y datos como para el espectador, al final, comprenda que todo tiene sentido.

El problema es que acá no hay final cerrado. Es un desenlace abierto, un continuará que tendrá inevitablemente una secuela dentro de algunos días, cuando Río de Janeiro le abra sus brazos cual Cristo Redentor al deporte mundial. Y ahí estará Rubén Rézola Voisard, el muchachito de este film que tuvo un final un tanto inesperado.

Terminaba la nota con El Gráfico en la que había contado su breve pero intensa historia en este cuarto de vida que acumula. Por la amena charla pasaron anécdotas de la infancia, juveniles, de sueños deportivos, de sueños de la vida. Entonces, justo entonces, en ese momento de la despedida, se produjo el siguiente diálogo entre periodista y protagonista.

-Bueno, suerte en Río, Rubén.
-¡Gracias!

-Te noté con mucha buena energía, muy confiado. Creo que en primavera hacemos otra nota, pero vos con una histórica medalla de bronce.
-No, de oro.

-¿Cómo?
-Yo voy por la medalla de oro...

-Pero…
-Ese es siempre mi objetivo: el oro.

-Pe…
-Es que no lo quiero decir mucho. Y, obviamente, si gano la medalla de bronce, voy a estar recontento.

Eso es lo primero que usted, lector, debe saber de Rubén Rézola: que tiene un espíritu competitivo desarrollado en escala máxima. Para él, competir es focalizar el intento a la victoria. Claro que con plena consciencia de las dificultades, pero con la esperanza para llegar al objetivo, y también con un pasado que acredita que en su caso cualquier sueño, por más sueño que sea, tiene cimientos de realidad.

Todavía no pasó ni un año desde que Rubén entró en la historia grande del canotaje argentino. En los últimos Panamericanos de Toronto, junto con Ezequiel Di Giacomo, ganó la medalla de oro en la prueba K2 200. El logro sirvió para cortar una racha de 12 años sin subir a lo más alto del podio en este deporte. Aquí conviene hacer una pausa a modo de aclaración.

De chico, en su Santa Fe natal, al pequeño Rubencito le llamaban la atención los deportes náuticos. El agua, en definitiva. “Vi por televisión a unos que andaban en botes en carreras y me gustó”, recuerda. Lo que siguió fue lo de tantos chicos: pedirle a mamá que lo lleve. Así fue como Miriam lo llevó al club Náutico El Quilla. Y, a los 10 años, Rubencito tuvo su primera competencia. La cita fue en el Club de Niños Manuel Belgrano. Era un día frío, de muchas olas y viento. Pasó lo peor que podía pasar: el bote se dio vuelta y el mini Rubén terminó en el agua. En realidad, tal vez no fue lo peor. Tal vez fue lo mejor, porque allí se le activó el botoncito de la determinación. Y, además, empezó a entender tres cosas que llevaría por y para siempre: 1) Era importante aprender a perder. 2) Quería revancha pronto. 3) Esa revancha sería en soledad, compitiendo en botes individuales.

El pequeño viaje al pasado sirve para mirar hacia adelante. “En los Panamericanos competí en K2 200 metros porque así lo planteamos, pero mi objetivo es seguir solo. El bote y yo. Nada más”.

Solo, pese a que en Londres 2012 fue quinto con Miguel Correa en K2 200. O mejor dicho, solo con el bote, forma en la que Rubén ya dio buenos avisos de lo que es capaz. Pistas y datos que sirven para alimentar el argumento con el que comenzó esta nota: en mayo de 2015 obtuvo el noveno puesto en la final de la prueba K1 200 metros de la segunda fecha de la Copa del Mundo, que se disputó en Duisburgo, Alemania; y en agosto, en Milan, consiguió la clasificación para Río.

“Lo de Rézola es monumental. Su nivel competitivo es muy alto”, dijo ese día su entrenador Diego Cánepa. “Qué decir a tanto apoyo de la gente que me quiere y reconoce el esfuerzo que se hace cada día para llegar a lo mejor, en el deporte y en la vida. Eternamente gracias a todos, de corazón”, escribió Rubén desde Italia.

Está claro que su mitad de 2015 fue demasiado activa con sus competencias en Alemania, Canadá e Italia. “Me gusta mucho la competencia”, sintetiza como una declaración de principios.

-¿Por qué esa competitividad tan latente?
-Siempre me gustó ganar. Soy una persona aguerrida. Empecé a competir de chico y me gustó. Lo veía como una diversión, pero después pasé a la selección cadetes, después a juveniles, y cada vez lo tomé con más seriedad. Entendí que tenía que dedicarme en serio y ahí creció mi nivel de competitividad.

-Tal vez aquel incidente en el bote en tu primera competencia tuvo que ver…
-De chico, yo me calentaba. De a poco aprendí a perder porque, si no, las cosas no van bien en la vida.

-¿Cuándo empezaste a notar que el canotaje iba a ser tu vida?
-Cuando empecé en la categoría cadetes, lo que más deseaba era estar en la Selección Argentina.

Experto. Rézola participó este año en tres etapas de la Copa del Mundo.

-Es una frase muy de futbolista…
-Sí, como un jugador de fútbol. Después de eso, ya supe lo que quería. Y siguió con el paso a paso del crecimiento para querer estar entre los mejores del mundo.

-Hasta llegar a los Juegos.
-Es que, cuando empecé, no pensaba en los Juegos. Se me fueron dando las cosas. Es más: ya de grande hubo veces en las que no veía posible llegar a los Juegos.

-¿Cómo es eso?
-Tuve lesiones en los dos años anteriores a los Juegos que me dejaron parado unos dos o tres meses. El año anterior a Londres, estuve parado dos o tres meses por un problema muscular en la espalda. Y desde fines de 2014 hasta principios de 2015, tuve un luxamiento en una vértebra.

-¿Cómo lo superaste? Muchos deportistas no vuelven en su mejor forma después de lesiones.
-Es cierto que cosas así te bajonean. Pero bueno, mi personalidad me llevó a estar ahí… Yo no me limito. Siempre supe lo que quería.

-¿De qué depende tu rendimiento?
-De cómo me levante ese día…

-¿Así nomás?
-Una vez que estás entre los más altos, y que te preparás de la mejor manera, influye mucho lo psicológico. El mío es un deporte individual: estoy solo en el bote, y es muy importante la psicología.

-¿Qué tipo de trabajo hacés al respecto?
-Uso técnicas que me enseñó Daniel Asís, que es el padre de mi preparador físico, Antonio Asís. Me enseña especialmente la visualización de los objetivos y a mantener la tranquilidad.

-¿Visualizar una carrera, por ejemplo, de principio a fin?
-Sí. Mi carrera, no la de los otros. Yo cierro los ojos y veo mi carrera, me veo a mí mismo en esos 34 segundos, que es lo que suele durar. Soy yo arriba del bote, con los ojos cerrados.

-¿Y en lo físico? ¿Cuál es la especificidad que debe tener un canoísta?
-Como yo soy velocista, hay cosas específicas que son parecidas a los que compiten en velocidad en otros deportes, como natación o atletismo. Y después están los ejercicios de competición, que los veo con mi entrenador Diego Cánepa. En lo corporal, se trabaja con la cadena muscular que se utiliza. Es como si fuera el engranaje de un auto, pero con el detalle de que yo soy ese engranaje.

-Es rara esa comparación: un bote no tiene ningún elemento mecánico y un auto es todo lo opuesto.
-Es que yo soy muy fierrero. Me encantan los autos, los cuatriciclos, las motos… Yo tenía una moto de Enduro y me metía en el barro para andar. Después, cuando empecé a competir en canotaje, tuve que dejar porque era muy peligroso.

-¿Pero querías hacer algo de eso?
-A mí me encantan el automovilismo y las motos. Veo todo: Fórmula 1, Moto GP, TC2000… ¡Todo!

-¿Marca preferida?
-Volkswagen en Rally. Y como piloto seguía mucho a Marquitos Di Palma.

-¿Hasta qué edad pensás competir en canotaje?
-¡Hasta que se me canse la cabeza!

-¿Pero a qué edad suelen retirarse los canoístas?
-Entre los 30 y los 35.

-Estarías a tiempo para dedicarte al automovilismo…
-Es un deporte muy caro, pero todo puede ser… Ojalá. También me gustaría ser mecánico de autos. Cuando era chico, abría los motores de los autos y metía mano para investigar y arreglar. Muchos amigos tienen talleres de autos, así que del tema sé. Y si no, me gustaría ser fisioterapeuta o kinesiólogo.

-Autos o trabajar con el cuerpo humano, ¡nada que ver!
-Ya te dije: yo los veo como engranajes.

Nació el 21 de abril de 1991. Fue medallista en los Panamericanos de 2011 y 2015.

-Si corrés en alguna categoría del automovilismo nacional podrías ser el primer canoísta que pasa a ese deporte.
-Me encantaría. Sería la segunda etapa de mi vida como deportista.

-Y tal vez seas el primero en hacerlo como medallista olímpico.
-A eso voy a Río.

En ese momento, aquel diálogo con el que se comenzó esta historia se hizo realidad. Y Rubén, el chiquilín que se cayó al agua desde su bote en su primera competencia, se planta decidido para la competencia más importante de su vida. Su engranaje corporal está listo. Su mente “aguerrida” se prepara para la gran batalla. El ya cerró los ojos decenas de veces, cientos de veces, e imaginó esa carrera desde el comienzo hasta la meta. Sabe de memoria esos 34 segundos. Sabe de memoria esa carrera que, como todo sueño perfecto, culmina de la mejor manera.

-Yo voy por la medalla de oro...

-Pero…
-Ese es siempre mi objetivo: el oro. Si gano la de bronce voy a estar re contento, pero voy por lo máximo.

Lo firma Rubén Rézola.

Por Carlos Beer / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de agosto de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 14/08/2016

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