LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Pablo Pérez, la otra mirada

- por Darío Gurevich: 02/08/2016 -

No es ni el violento que pintan ni el loco que vive amonestado. El rosarino revela intimidades que lo describen. Su origen humilde, el amor por su familia, su padre y la discapacidad como eje de superación, las malas y las buenas, Maradona, Messi, Newell’s, Unión, Boca y la Libertadores.

Tiene 30 años y, cuando maneja la pelota, surge su mejor fútbol. El volante dinámico se destaca en Boca.

“Tengo un perfil como si fuera un tipo serio, agresivo; después, afuera de la cancha, soy alegre y divertido. Mucho más divertido de lo que se cree. Me gusta la joda sana, el chiste fácil y también la broma pesada”.

Pablo Pérez comienza a desmenuzar su costado intimista, aquel que desconoce el público, aquel que los medios no lograron desarrollar, hasta ahora. El tipo se define jodón en la primera respuesta de una charla cara a cara que duró 50 minutos. Admite que su broma más pesada en Boca la padeció Jonathan Calleri. Como Jony reaccionó mal por un chiste liviano y se puso en rebelde, Pablo ideó subirle el auto a la alta rampa de hormigón, pegada a la cancha principal del Complejo Pedro Pompilio, y Daniel Osvaldo colaboró en la ejecución. Pero el rosarino, que el 10 de agosto cumplirá 31 años, solo opta por lo jocoso para empezar a abrirse. A través de una sensibilidad que sorprende, se atreve a repasar su línea de tiempo sin restricciones, a confesar cómo era vivir sin dinero, a expresar su llanto cuando un médico le aseguró que su padre tenía un 1% de vida, y se entusiasma al mostrarse como ser humano, más allá del futbolista. Porque, en definitiva, lo que queda, lo valioso, es la persona.

Su familia no le puede faltar. Disfruta al compartir tiempo y espacio junto a su señora, Vanina, a sus hijas, Agustina, Alma y Juana, a sus padres, Juan Carlos y Susana, a sus hermanos, Rubén, Alejandra y Brenda, a su suegra y a su cuñado. La pasión por el fútbol la heredó de Juan Carlos, que lo llevaba a la cancha de Newell’s cuando todavía era Pablito. “Me gusta el folclore del fútbol argentino. Cuando Diego Maradona apareció en la cancha de Newell’s un lunes de septiembre de 1993 para entrenarse, fue tremendo. Me acuerdo, además, del partido contra Emelec, en el que metió un gol. Aquel momento en el que Maradona está por salir de la mano de sus dos hijas, las banderas estiradas en el campo de juego, las luces apagadas y los encendedores prendidos… El fútbol es una pasión, y me quedo con esa imagen, con la cancha colmada por gente de Newell’s y de otros equipos que se acercaron para ver a Maradona”, afirma.

-¿Ir a la cancha te resultaba la situación más esperada en la semana?
-Sí; cuando se acercaba el fin de semana, sentía que tenía que ir. Ese momento con mi viejo era hermoso. Ibamos a la platea que hace un tiempo lleva el nombre de Gerardo Martino, porque mi papá conseguía entradas para ir ahí. La pasaba muy bien. Por eso, el día de mañana, cuando me retire, me encantaría llevar a mis hijas a la cancha. Las entré al campo de juego de Unión, Newell’s y Boca, aunque nunca las pude llevar como mi viejo hacía conmigo.

-¿Cómo era vivir sin dinero en la infancia?
-Soy apasionado, pasé una infancia hermosa y, es cierto, vivía sin un peso. Mis viejos trabajaban, se sacrificaban, pero no teníamos un peso partido al medio. Nos costaba en lo económico. Yo tenía la rebeldía para tomarme dos colectivos o hacer dedo para irme a entrenar a la mañana. Después, volvía a mi casa y me iba para el colegio. Más adelante, hice ese recorrido en bicicleta; y luego, ayudé a mi hermano a trabajar para pagarme la tarjeta de colectivo. Lo que me llena de aquel momento es la pasión, para ir en el colectivo, para agarrar la bici, y, obviamente, acompañado de mis padres. Porque aprendí de ellos. Desde ahí, me entrenaba duro y esperaba el fin de semana para que mi viejo me fuera a ver jugar.

-¿Es verdad que ibas descalzo a entrenarte a Newell’s?
-He ido en zapatillas y he pedido que me prestaran botines. Cuando se publique la nota, mi papá me va a retar, como me hacía de chico. En algún momento, los botines se me rompían, no daban para más, y la utilería de Newell’s me facilitaba un par o había algún compañero que me los prestaba. La pasé difícil. Decía que mi viejo me va a retar, porque dirá: “Mirá lo que hacía este loco”. Pero son cosas que viví y que oculté porque no se las quise contar a mis padres.

-¿Qué aprendizaje de aquella época luego aplicaste?
-Siempre les digo a mis hermanos y a mis hijas que mis viejos son un ejemplo de cómo ser padres. Mi viejo tiene muchas limitaciones: es discapacitado, camina con muletas de nacimiento. Así trabajó, la peleó y a nosotros nunca nos faltó nada. Siempre tuvimos un techo. Ese es un motivo que nunca me llevó a aflojar. Mi viejo me demostró que lo hizo todo con sus limitaciones. Recuerdo que la pasé mal en mi primer entrenamiento en Newell’s. Tenía 15 años, y los jugadores del club estaban muy entrenados y me ganaban en velocidad, me metían el cuerpo y me caía… Pagué derecho de piso y salí todo golpeado. Cuando llegué a casa, le comenté a mi papá que quería dejar el fútbol porque había mucha diferencia, porque ellos eran superiores y yo nunca iba a poder igualarlos. Mi viejo, entonces, me respondió que no me debía trabar ni poner en negativo y que tenía que intentarlo siempre. Ahí me nombró su limitación. “Yo lo puede hacer todo y quiero que hagas lo mismo. Y eso que vos no tenés limitaciones. Así que mañana vas a entrenarte y lo volvés a intentar”, me dijo. Desde ese día, me propuse ser jugador y tomarme al fútbol con seriedad; y a los tres o cuatro años, llegué a Primera.

Su pasado en Newell´s.

-¿Alguna vez tu papá te preguntó cómo es jugar al fútbol?
-No, nunca. Cuando yo era chico, él me pateaba al arco, pese a su limitación; eso que pasa entre padre e hijo que se pelotean un rato. Mi viejo es un tipo muy apasionado por el fútbol; no sé si porque no puede jugarlo. Pero él, en su infancia, hacía lo posible para jugarlo con muletas junto a sus amigos. Me ha contado historias. El loco no afloja nunca, es un monstruo. El fútbol lo llena; se pone nervioso, lo disfruta y le da felicidad. Esa pregunta no surgió porque supongo que lo habrá sentido cuando lo jugó o cuando lo vio.

-Mientras estabas en la Primera de Newell’s, ¿tu papá te habló como si fuera un hincha?
-Creo que, en su vida, primero está Newell’s y después el hijo. Imaginate lo que siente por Newell’s… Me acuerdo de un partido que jugué mal, perdimos, y la situación daba para enojarse con uno mismo. Llegué a mi casa –estaba soltero–, entré con el bolso y lo vi a mi viejo en la mesa con cara de enojado, con los ojos rojos. Había renegado: me habían insultado, perdimos y jugamos mal. Cuando lo saludé, no me dijo ni una palabra. No me preguntó si estaba bien o mal. Su cara lo decía todo.

-Debutaste en Newell’s en 2006 ante Godoy Cruz y el partido siguiente, frente a Chicago, jugaste 80 minutos con un esguince. En 2007, le clavaste tres goles a Estudiantes en un 4-4. ¿Te llevaste la pelota?
-No (se ríe). Era tan pibe, estaba tan nervioso ese día, que ni siquiera me la llevé. Pisé cuatro o cinco veces el área y metí tres goles. Fue un partido atípico. 

-Aunque, después, te desestimaron en La Lepra. ¿Por qué? 
-Mi comienzo fue bueno, pero decaí de a poco. Cuando parecía que estaba todo bien en el club, afrontamos una situación difícil: pelear el descenso. A mí me jugó una mala pasada. Fue un momento de sufrimiento, y me influyó en mi trabajo. En 2009, me fui silbado. La gente intercambiaba aplausos y silbidos. El aplauso era muy tibio, y el silbido, muy fuerte. Entonces, me sumé a Emelec y enfrentamos a Newell’s en un repechaje para entrar a la Copa Libertadores. Y en la cancha de Newell’s, anduve bárbaro. En esa época, me dirigía Jorge Sampaoli, que me mejoró en todo: en lo mental, en lo físico y en lo futbolístico. Su idea, que es la misma que conserva, me enamoró. A partir de ahí, los dirigentes de Newell’s me empezaron a ver con otros ojos.

-Sin embargo, no les alcanzó para que volvieras. Te destacaste en Unión en la B Nacional y ascendiste. ¿Qué aprendiste en 2010-11?
-Mucho. Kudelka fue uno de los pocos técnicos que me valoró y que me dio, en el inicio de mi carrera, la importancia y la continuidad que necesitaba para jugar. Ese ascenso le hizo muy bien a mi moral.

-Y ahí nomás, el momento más delicado de tu vida, ¿verdad? Porque tu papá se moría…
-Sí… Había que esperar que Unión me comprara o que siguiera en Newell’s. En esos días, mi papá sufrió una recaída de broncoespasmo y lo internaron. Encima, la negociación con Newell’s empeoró; querían que me fuera. Y yo cedí, les pedí por favor a los dirigentes para quedarme por la salud de mi papá, y aceptaron. Es cierto: a mi viejo lo perdía. Lo lloré porque el médico lo daba por muerto. Mi viejo no sé cómo hizo, no sé de dónde sacó fuerza… Estaba entubado, tenía un 1% de posibilidad de vivir. Porque así el doctor nos lo comunicó. Sentía que se me iba la vida, fue mi peor momento. Por suerte, salió bien. Al mes, mi viejo estaba en casa; el médico no sabía darnos una explicación. Y en mi segundo partido, contra Belgrano, me empecé a afianzar de titular. Encima, en 2013, ganamos el campeonato local. Le pude dar el título que mi papá siempre me pedía. Era su sueño como hincha de Newell’s.

Su gol a River en la Bombonera.

-¿Quiénes estuvieron a tu lado en ese período crítico?
-Mis familiares, mi señora y mi representante, Carlos Bilicich, y su familia. Talo pareciera que es un ángel porque siempre está, sobre todo en las malas. Los abrazos y el cariño que nos dimos todos en aquel momento es como si le hubieran llegado a mi viejo para salir de esa situación.

-¿Aquel Newell’s campeón, que Gerardo Martino dirigió, es el mejor equipo en el que jugaste?
-Sí, porque era completo. Hasta hoy, miro los partidos y me genera admiración cómo jugábamos. Se disfrutaba, y mirá que juego en una posición en la que se reniega. Ese equipo era sólido, por juego y jerarquía. Tenía jugadores con nivel europeo: Heinze, Bernardi, Maxi Rodríguez, Scocco.

-¿Por qué Lucas Bernardi influyó tanto en tu carrera?
-A Bernardi lo idolatro. Es un tipo inteligente, audaz, y adentro de la cancha, me ayudó a pensar. Me retaba y me corregía, siempre le hice caso. Me hizo mejorar.

Pablo no resulta un Pérez más de la guía. Se trata de un volante dinámico que combina buen pie, retroceso, marca y enjundia; que naturalmente es 8 aunque puede ocupar los demás puestos en el mediocampo. “Mi mejor juego se ve cuando tengo la pelota en los pies, cuando quiero hacer jugar al equipo, cuando ataco”, acota. Se incorporó a Boca a principios del año pasado y, por lo general, fue titular. Incluso, no le pesó ni la responsabilidad ni la camiseta. Pero, producto de determinadas amarrillas y –sobre todo– de la patada que le dio de bruto a Eder Alvarez Balanta en el último clásico por el torneo local, los medios pintaron un personaje que no es.

-Rompamos un mito: no sos un jugador violento ni un loco que vive amonestado…
-No soy el que te pega una patada para sacarte de la cancha. Sí, hago algunas faltas por querer recuperar la pelota, por ir a buscar cada una como si fuera la última, por el roce que existe en mi zona, en la mitad de la cancha. Se generó ese mito de la amarilla porque tengo muchas en mi carrera. Es verdad: la estadística me da en contra. Pero se exageró una situación. En Unión, hacía lo mismo que ahora; en Newell’s, tal vez lo hacía el doble; y saltó porque se habla mucho sobre Boca. Entonces, se armó un circo en los medios. Me agarraron de punto y se manifestó así. Es algo que ignoro totalmente, extrafutbolístico.

-¿Estás seguro? ¿No te molesta?
-No, me jode más que mis hijas vean a un tipo hablar delante de un micrófono con mala intención. Si se habla desde lo sano, no pasa nada. Hasta una de mis hijas me carga con algunas cosas.

El festejo de su primer título en Boca junto a sus tres hijas.

-¿Qué dos momentos rescatás en Boca?
-El gol que le metí a River en la Bombonera. Al convertir, sentí mucha pasión y pareció como si la cancha se me viniera encima. Estaba en el banco, deseaba entrar, y se me dio el gol porque seguí la jugada hasta el final. Recuerdo que había arrancado el ataque; creo que pasé a uno y se me nubló. Me salieron los centrales, retrocedí, tiré un taco, y Lodeiro quedó mano a mano. Yo, como decía, seguí la jugada y, en el rebote, la pelota me quedó y la metí. Es una situación que me la llevo, que guardo en mi memoria. El otro momento se dio cuando ganamos el campeonato largo del año pasado. Mi viejo, mis nenas, mi familia entraron en la Bombonera. Haber dado esa vuelta olímpica fue hermoso. Ese título y el de la Copa Argentina 2015 resultaron momentos muy importantes.

-Elegí un partido, por favor, en el que la rompiste en el Xeneize.
-Puede ser ante Nacional, en Montevideo, por esta Copa Libertadores. Tenía mucha presión; muy pocas veces sentí presiones como en ese partido porque venía de la expulsión ante River en el torneo local. Y lo resolví de la mejor manera. Me levanté de una situación difícil. También, fue un desahogo. 

-Vos le aportás juego y marca al equipo. ¿Qué te dio Boca a vos?
-Es un paso importante, el mejor en mi carrera. No lo comparo ni con un pase a Europa. Este club me dio muchísimas cosas, y sé que cuando se termine mi etapa como jugador, me seguirá dando. Estas cosas solo las da un club tan grande como Boca.

-¿En qué cuestiones futbolísticas se oxigenaron bajo la dirección técnica de Guillermo Barros Schelotto?
-Sin desmerecer lo que Arruabarrena hizo, porque cada uno tiene diferentes ideas. Es más, con el Vasco, lo hicimos bien y ganamos dos títulos. Pero, bueno, se desgastó un equipo, una relación, y tal vez se necesitaba un cambio. Acá se parte desde que se trata de Boca. Eramos bicampeones y, al mes, querían despedir al técnico. Eso no salió desde adentro del club, sino desde afuera. Por ahí, esa es la relación que digo que se desgasta. Porque se habla tanto afuera que a veces llega, y llegó. Guillermo es un tipo que tiene mucha personalidad y que, cuando habla, la transmite. El quiere que desarrollemos su idea con autoridad, en cuanto a la marca, a la tenencia de la pelota y al ataque. El renovó ideas, y, en aquel momento, eso nos vino bien.

-Si tuvieras que sintetizar en una palabra la clasificación a las semifinales de la Libertadores, ¿cuál pronunciarías?
-Milagrosa. Lo que le pasó al Cata Díaz, por el gol en contra, fue un golpe duro para el equipo. Nos costó muchísimo revertir la situación. Encima, Pavón metió el empate y lo echaron. Ese partido ante Nacional fue un lío; la pasamos mal. Y, en los penales, me pareció un milagro. Ojo, para Orion, fue una joya. Pero, en lo personal, no. Porque erré y, en ese momento, ya me hacía la cabeza: “Por culpa mía; qué garrón”. Bueno, cuando Orion empezó a atajar los penales, se renovó mi vida. No sabés el abrazo que le di; él no se debe haber dado cuenta porque estaba sacado de la alegría. Pero yo le di un abrazo como si fuera mi mujer.

La celebración al levantar la Copa Argentina 2015.

-¿En qué no deben fallar para ser campeones de la Libertadores?
-En los detalles. Estamos entre los cuatro mejores equipos de América y hay que hacerlo valer. A la hora de los partidos, tenemos que estar completos en lo físico, en la solidez, en lo técnico y en lo táctico, como la pelota parada. Después, debemos saber atacar y defender; y si la tenemos que tirar para arriba en algún momento, habrá que hacerlo. Pero, sobre todo, debemos tener personalidad para jugar. Iremos a buscar un buen resultado frente a Independiente del Valle en Ecuador para definir la serie en la Bombonera.

-Tu próximo cumpleaños podrías festejarlo en familia con otra estrella más. ¿Ya lo pensás, lo aventurás?
-Ojalá; significaría una estrellaza. Solo soñaba con ganar un título nomás. Bueno, ya conseguí cuatro en mi carrera. Sería extraordinario ganar la Libertadores. Porque, en Boca, todos la deseamos. Me desvivo por esa Copa.

“No le quise tirar un caño a Messi”
“Parece que Messi me marca a mí -se expresa y se ríe Pablo-. Era una pelota que estaba cerca de nuestra área, la del Málaga. Se la habíamos sacado justo a Lionel y me quedó a mí. Entonces, la cubrí para que se fuera de la cancha; no le quise tirar un caño a Messi. El me llevaba para que me equivocara, para que ellos recuperaran la pelota a diez metros del arco con el objetivo de atacar de nuevo. Como no se ve ningún arco, como el plano es cerrado, la imagen parece otra cosa. Pero esa foto es una mentira”. Pablo, ¿qué le agregaste a tu juego en España durante 2014? “El control de la pelota, dar pases fuertes y en velocidad, sean cortos o largos. Además, me hicieron conocer otro tipo de entrenamiento, una forma de trabajo que aplico porque, a partir de eso, mejoré en lo físico”.

Maradona, el Dios con una pelota
El rosarino admite sus sensibilidades. Lo movilizan hechos sociales, como puede ser la desaparición de una niña, y cuestiones vinculadas al mundo del fútbol. Reconoce, entonces, que la canción que le compuso Héctor Bracamonte a Diego Maradona le caló hondo. “Esa canción, de esa magnitud, me encantó -anticipa-. Algunos quieren comparar a Maradona con Messi, o quieren polemizar con lo que dijo Maradona o con lo que no dijo Messi. Yo me quedo con las veces que lo vi a Diego. En mi infancia, me daba la sensación de que veía a un Dios con una pelota. Porque esa era la imagen que Maradona daba en aquella época. Hoy, lo veo a Messi y tengo la misma sensación. Pero lo siento diferente. Porque antes, con Diego, era chico, y hoy, soy grande”. ¿Mirá, Pablo, si te toca jugar con Messi en Newell’s dentro de unos años? “¡Uf! Cuántos cumpliríamos el sueño ahí. Está la posibilidad, puede ser, ojalá que sí”.

Por Darío Gurevich / Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de julio de 2016 de El Gráfico

Por Darío Gurevich: 02/08/2016

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