JUGADORAZOS

Eliseo Mouriño, un héroe trágico

- por Redacción EG: 08/07/2016 -

Fue ídolo y figura durante diez años, aunque la suerte nunca lo acompañó demasiado: jugando para Banfield perdió un campeonato increíble, formó parte del peor fracaso de la historia del fútbol argentino en Suecia 1958 y falleció en la tragedia aérea de Green Cross.

En Banfield fue protagonista de una etapa dorada.

“¿Sabe si lo vendieron a Mouriño?”. En la película La señal, Corvalán, un detective privado encarnado por Ricardo Darín, rompe con esa informalidad el espeso ambiente que se vivía en el gobierno peronista durante la agonía de Eva Perón. Boca había intentado una y otra vez quedarse con la figura de Banfield y la transferencia, que luego se concretaría, era una cuestión de Estado. Todos los clubes pugnaban por Eliseo Mouriño, uno de los futbolistas más renombrados de la época.

Nacido en 1927 en Mataderos, el Gallego se había formado en los potreros de San Cristóbal y llegó a Banfield por recomendación de un delegado. Rápidamente se destacó como un volante central con visión de juego, capacidad de ubicación y voz de mando, y debutó en el Taladro en 1946 en la Primera B, en un triunfo 3-1 contra Unión de Santa Fe. Ese mismo año el equipo logró el ascenso a Primera División, y Mouriño se asentó como titular indiscutido durante el Campeonato de 1949, en el que Banfield finalizó décimo, lejos del descenso que subyugó a Lanús.

La consagración llegaría en 1951, en un torneo en el que el Taladro mostró buenas intenciones aunque tuvo como mérito mayor sostenerse en la vanguardia durante los 32 partidos del Campeonato. Era una actuación impensada para un club considerado chico, pero, a su vez, un premio para un equipo bien plantado y convencido de una idea futbolística. Entrenado técnicamente por un dirigente, Félix Zurdo, en dupla con José Ildefonso Martínez, kinesiólogo del plantel, Banfield formaba con Manuel Graneros en el arco; Domingo Capparelli, Osvaldo Ferretti y Luis Angel Bagnato en una defensa de tres; Mouriño y Héctor D’Angelo junto a José Sánchez Lage y Nicolás Moreno repartiéndose el medio; y Gustavo Albella, Miguel Angel Converti y Raúl Tolosa como puntas de lanza.

En Boca, enfrentando a Massei, de Rosario Central, en 1955.

Disciplinado en defensa, explosivo y contragolpeador en ataque, Banfield fue uno de los equipos más efectivos del torneo y el menos goleado. Llegó puntero a las últimas fechas, pero sufrió una inesperada derrota 2-1 contra los juveniles de Chacarita y permitió que Racing lo alcanzara en la cima. En el medio, derrotó 5-1 a River y 5-0 a Independiente, y tuvo en Gustavo Albella al segundo goleador del Campeonato: anotó 21 tantos contra los 22 de Santiago Vernazza.

Igualados en 44 unidades, ambos equipos finalizaron el Campeonato punteros y tuvieron que definir al ganador en un desempate. Fue la primera vez que un club ajeno a los cinco grandes terminó primero, y habría gritado campeón si en el ecuador del torneo, la AFA no hubiese derogado la norma que, en caso de empate, dejaba el título en manos del equipo con mejor diferencia de gol, porque Banfield lideraba el segmento con 63 tantos a favor y 33 en contra, frente a los 60-37 de Racing. Solo aplicaba la diferencia de gol en caso de empate en el desempate, es decir, que si no se definía al ganador en el cruce de ida y vuelta inicial y persistía la igualdad en el tercer partido, recién ahí tenía lugar la regla.

Banfield y Racing, entonces, dirimieron al campeón en una serie a doble partido, disputada en el Viejo Gasómetro. Los días previos al desempate le dieron rienda suelta a toda clase de teorías conspirativas que iban desde la supuesta preferencia de Juan Domingo Perón y Ramón Cereijo por Racing hasta la orden de Eva Perón, ya gravemente enferma, de que era Banfield quien debía dar la vuelta como una muestra de superación de los humildes. Cierto o no, el clima se tornó irrespirable y las sospechas se multiplicaron por miles.

En la Selección, antes de un amistoso con España. Junto a Lombardo, Mussimesi, Dellacha, José García Pérez y Ernesto Gutiérrez.

Mario Boyé, referencia de Racing, rememoró la final tiempo después en una entrevista con el diario Clarín: “Es lindo recordar esos partidos por las macanas que se dijeron. Que Banfield iba a menos. Que el partido lo había arreglado Cereijo. Que estaba la orden de arriba. Que era un decreto… Era como el chimento ése de los coches que nos regalaban, de los permisos de cemento que nos daba el ministro. ¿Te acordás? Según la gente, nosotros, los de Racing, éramos los dueños del país. Ojo que del lado de Banfield también se decía un montón de cosas. Que Evita había presionado para que ganara… Mirá vos, qué lío… Qué clima para jugar la final. Lo único que te puedo asegurar es que Cereijo entró al vestuario y nos prometió la recaudación de los dos partidos si ganábamos. Viene el segundo partido… Primer tiempo, cero a cero… Cereijo entra en el vestuario. El ministro está nervioso. Nos gritó que éramos un desastre… Y me dice… ‘Usted, Boyé, se va a desquitar conmigo si marca un gol, es la única manera en que puede rehabilitarse’”.

El primer partido fue cerrado y terminó 0-0, pero Banfield mereció el triunfo y sufrió la anulación de un gol por el árbitro inglés Bertley Cross. En el fútbol argentino dirigían británicos desde finales de los cuarenta, cuando los clubes reclamaron una mayor profesionalización del referato ante los constantes errores. Mouriño fue una de las figuras de ese partido, actuando como volante-zaguero, en una variante táctica que había instaurado y que consistía en sumarse a la última línea, formando una zaga de cuatro defensores cuando su equipo era atacado y necesitaba replegarse.

El primer tiempo del segundo encuentro también fue cerrado, pero la visita de Cereijo en el vestuario racinguista en el entretiempo cambió la perspectiva de los jugadores: “¿Sabés en qué minuto hice el gol? –se jactaba Boyé–. En el primero del segundo tiempo. Fue el gol más impopular de mi vida, porque era el equipo grande que le ganaba al chico, era el equipo oficialista que le había robado un campeonato al más débil... Lo que sí te puedo decir es que a los tres meses de ese partido Cereijo perdía el ministerio”.

Producción para El Gráfico en la flamante Bombonera de tres bandejas.

Con ese gol de Boyé, Racing derrotó a Banfield y ganó el Campeonato de 1951, el tercero en fila. El Taladro quedó como triunfador moral, aunque con la espina de no haber podido rematar un título que venía encaminado y que lo puso en la final con el apoyo de todos los demás clubes del fútbol argentino. “Por disposición natural –decía el diario El Mundo–, que surge de su esencia profundamente humana, el público neutral ha brindado siempre su simpatía al equipo de menos títulos; a aquel que aparece como menos fuerte. Ayer, en terreno neutral se advirtió con carácter inequívoco que un grueso porcentaje, portando banderas de otros clubs, prestaba cálido y sostenido apoyo, traducido en aliento, a la escuadra de Banfield”.

“¿Sabés qué pasaba? Evita era llamada la abanderada de los humildes –sigue Boyé–. Entonces se pensaba que se quería favorecer a Banfield porque era una institución humilde, chica. Nada más que eso. Antes del partido, Cereijo vino al vestuario y nos dijo así nomás. ‘Hay una orden de que gane Banfield, muchachos. Ustedes hagan lo que quieran. Yo los apoyo’. Nos reunimos los jugadores y decidimos ir al frente con todo. Nos jugamos la vida. Y ganamos. Tres meses después, Cereijo era removido de su cargo. Cosas de la política, qué vamos a hacer. Como premio nos llevamos casi veinte mil pesos cada uno. Cuando me enteré de la cifra, les dije a mis compañeros: ‘Muchachos, yo tengo dos pibes y esa guita no me la hace perder nadie’”.

Cereijo, que se reunía con los jugadores de la Academia todos los lunes en su despacho, efectivamente dejó el Ministerio de Hacienda un par de meses después del título racinguista, lo que alimentó las sospechas. Al respecto, en 2000 se estrenó el documental Evita capitana que juega con los límites de la realidad y la ficción e intenta explicar que era un deseo de Eva Perón que Banfield ganara el título y que, incluso, presionó a los jugadores de Racing a espaldas del propio presidente.

Bromas y masajes en la camilla del vestuario xeneize.

Lo cierto es que al margen de las especulaciones, el campeonato quedó en poder de la Academia, y el mal trago afectó a Mouriño, que tardó en recuperar su nivel hasta 1953, cuando pasó a Boca por expreso pedido de Emilio Baldonedo, quien había sido su entrenador en el Taladro. En el Xeneize, junto a Francisco Lombardo y Natalio Pescia, formó uno de los tridentes más recordados de la época.

En Boca fue campeón en 1954, cuando el equipo, dirigido por Ernesto Lazzatti, volvió a consagrarse luego de diez años de sequía, con récord de asistencia y recaudación incluido. En 1955, además, fue campeón del Sudamericano con la Selección Argentina, aunque en el ápice de su rendimiento tuvo que estar parado casi un año ya que no pudo jugar durante toda la campaña de 1956 por un cuadro hepático que se complicó y le generó varias recaídas.

Volvió a estar disponible en 1957, pero no fue convocado a la Selección para el Sudamericano de Lima, aunque sí para el Mundial de Suecia del año siguiente. Allí, Argentina incurrió en uno de los fracasos más sonados de su historia, cuando fue a Europa con un equipo de edad avanzada, sin preparación física y con la convicción de que ello alcanzaba para dar una buena imagen. La eliminación en primera ronda con una goleada 6-1 en contra frente a Checoslovaquia fue el cachetazo de realidad para el fútbol local, que había profundizado su aislamiento desde la Copa del Mundo de 1934 y se había refugiado en un provincialismo mezquino participando solo de los torneos continentales. El Gallego, para colmo, tuvo poco protagonismo porque viajó como suplente de Pipo Rossi, que jugó con lumbalgia y con un cinturón de cobre para soportar el dolor.

Arriba, a la derecha, posando con un Banfield inolvidable.

Mouriño se despidió de la Selección ganando el Sudamericano de 1959 y se fue de Boca en 1960, tras otro año en el que lo habían jaqueado algunas lesiones, y en el que empezaba a perder el puesto con un tal Antonio Ubaldo Rattín. Su último partido en el fútbol argentino fue contra Rosario Central, el mismo día que debutó en Primera César Luis Menotti. Con ofertas de Ferro, Racing y Argentinos en el tintero, optó por ir a Chile, donde su amigo Albella la estaba rompiendo y era amo y señor en el Green Cross, tanto como para asegurarle un puesto en el equipo.

El campeonato chileno se estaba expandiendo hacia el sur con miras al Mundial 1962 y el Green Cross aparecía como un destino apetecible. Mouriño no había alcanzado a debutar cuando, recién llegado al club, aceptó acompañar a sus nuevos compañeros a Osorno para jugar por la Copa de Chile. En el regreso a Santiago el avión, por causas desconocidas, perdió el rumbo y se estrelló contra el cerro Las Animas el 3 de abril de 1961. No hubo sobrevivientes, y entre los fallecidos se contaron tres árbitros, la mayoría de los integrantes del plantel, el entrenador y el kinesiólogo. Mouriño tenía 33 años.

La tragedia generó conmoción en el mundo del fútbol y en Chile los fallecidos tuvieron funerales multitudinarios, aunque, en realidad, fue una ceremonia simbólica porque los restos del avión fueron encontrados en su totalidad recién en enero de 2015. La noticia también causó estupor en la Argentina, donde Mouriño era una celebridad y muchos, al igual que Rattín, lo recordaban con cariño: “Estaba siempre presente, hasta cuando no estaba ahí. Sin jugar, estaba siempre en la jugada. Cómo empujaba Eliseo. Cómo ordenaba y alentaba. Hizo mucho por mí con solo hablar. Cuando no jugaba, nos señalaba defectos y errores en los entrenamientos. Todo sin egoísmos”.

Por Matías Rodríguez / Fotos: Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de junio de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 08/07/2016

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