Notas de la revista

Andrés D’Alessandro: “Me siguen llamando Andresito”

A los 35 años, 13 después de su salida de River, el Cabezón apostó al gran desafío del regreso. Acepta que son normales las dudas de la gente, cree que empieza de cero y afirma convencido: “Tengo hambre de títulos”.

La sonrisa relajada, el perfil inconfundible, la chivita y el mate, durante la charla en el Monumental.

“Fue acá nomás, en la auxiliar, me acuerdo patente”, señala con los ojos, moviendo levemente la pera hacia adelante y apuntando hacia el otro lado de la puerta de ingreso al Paddock, sin soltar el mate, que convidará con generosidad durante la hora larga de charla, con el Monumental a sus espaldas.

-El problema no fue con el Tolo, sino con su profe. Había terminado la práctica, yo quería quedarme a patear tiros libres y no me dejó.

-¿Qué hiciste?
-Le dije que era una barbaridad, agarré las 3 o 4 pelotas que había y las pateé igual.

-¿Y entonces?
-Me echó, me mandaron unos días a la Tercera y después volví a practicar con la Primera.

Siempre fue Cabezón, Andrés D’Alessandro. En el sentido estricto de la palabra, y eso estuvo a la vista desde que era chiquito, a tal punto que papá Eduardo le asignó el apodo sin tener que exprimirse las neuronas. Y en el sentido figurado también: era de los que les contestaban a los grandes cuando los sacudían, o de los que se enojaban con los entrenadores (asistentes, en su defecto) cuando no le dejaban patear tiros libres después de una práctica.

-Ahora también la hago, pasa que de repente no me echan –y lanza la risotada Chivita Andrés, celebrando su ocurrencia.

Sigue con la cabeza XL el muchacho que nos ocupa, pero tal vez los años, quizás vivir lejos del país y de la familia, seguramente la paternidad, le han apaciguado el carácter, lo han convertido en un ser más dócil, menos cabrón, más sensible, menos impulsivo. En un hombre de lágrima fácil, también.

Es lunes por la mañana. Andrés llega al club a las 10 en punto para la entrevista, mientras sus compañeros están emprendiendo el regreso desde Bahía Blanca, tras la victoria sobre Olimpo. La práctica está pautada para las 11.30, así que habrá tiempo para charlar, solo hace falta una buena compañía. “Busco el mate y voy para allá”, avisa tras el saludo, mientras ingresa al vestuario. Anda con un jogging que le llega a la canilla. No parece de 35 años, aunque los ha cumplido hace tres días, en lo que, con apenas un pequeño agregado de aquel gran programa de TV de Jorge Lanata, llamaríamos “Día D… apóstrofe”. Es que el 15 de abril cumplen años D’Onofrio y D’Alessandro, el presidente y el crack. Charlemos pues.

-Metés el gol a The Strongest y te vas tapándote los ojos, ¿qué ibas sintiendo?
-Primero, alivio, más que nada por todo lo que se estaba diciendo. Y tranquilidad, porque todavía me estoy acomodando, y no es fácil, me encontré con un fútbol muy diferente. Y ya si pasaba ese partido, viste, se iba a hacer una bola grande. Además de todo, superar la lesión muscular, porque evidentemente volver al Monumental, contra Godoy Cruz, me pasó facturas en lo emocional. Ya me había sucedido lo mismo cuando vine a jugar con San Lorenzo, en 2008, por el campeonato: me mandé un pique a los 15 minutos y tuve que salir…

-“Con D’Alessandro, River no ganó”. ¿Lo habías escuchado?
-Sí. Por un lado no tiene nada que ver, pero por el otro me decía a mí mismo: “Puta madre, volví, y ya van 4 o 5 partidos sin ganar, ¿por qué?”. Sé que no es responsabilidad solo mía, pero te jode, viste.

-¿Qué imagen te apareció primero en el festejo?
-Fue emocionante, las imágenes de muchos años atrás, de haberme criado en estos pasillos desde muy chiquito, con 8 años. ¿Y vos podés creer que mi primer gol con esta camiseta, contra Estudiantes, fue casi idéntico? Acá, en el Monumental, pero en este arco (se da vuelta, señala el área que tenemos más cerca), entrando por derecha. Recibí una pared del Burrito y definí de puntín al primer palo. Es el destino, ¿no? porque no tengo muchos goles de puntín en mi carrera y los dos primeros, en aquella etapa y en esta, los hice así.

-Sentiste alivio porque querés demostrar que estás bien…
-Son muchas cosas que la gente debe pensar. Tengo 35 años, me fui con 22, es mucho tiempo, me parece normal que tengan la duda de preguntarse: ¿cómo estará? ¿para qué vino?

En su vuelta al Monumental, contra Godoy Cruz, sufrió una lesión muscular. Como cuando lo hizo con San Lorenzo.

-¿Estás medio llorón? En tu primer gol casi te quebrás; en la conferencia de despedida en Brasil lloraste…
-Estoy más sensible, antes no era así. Ser padre me cambió mucho. Está bueno, aunque algunas veces me da vergüenza. No me gusta verme. Ni llorando ni jugando tampoco. Mi forma de correr… nunca me gustó verme después de los partidos por la tele.

-¿Estabas preocupado por cómo te iba a recibir la gente de River?
-Ehhh, preocupado no, pero la verdad que me sorprendió. Por ahí esperaba algo más frío, y me recibieron con mucho cariño, sobre todo en los pasillos del club. Esto es lo genial que tiene River. Desde Gordillo, que fue el técnico que me dio continuidad en la Cuarta, a Darío Olmos, que era dirigente de fútbol amateur cuando yo era muy pibe, los utileros, gente que trabaja en el club desde hace tanto… Estamos todos más viejos, pero se acuerdan al detalle de las cosas, me siguen llamando Andresito. Todo eso me puso muy feliz.

-¿Habías venido al club después de jugar en San Lorenzo?
-Una vez, contra Patronato, a fines del 2011, un 1-0 de River. Vine con Javi (Saviola) al palco de la Belgrano, entré medio escabullido. No con miedo pero sí con respeto hacia la gente, porque no sabía cómo podían llegar a recibirme. Fue mi única visita al Monumental.

-A la cancha de Argentinos sí ibas más seguido…
-Es que vivo a dos cuadras, siempre me escapé en el barrio para ir ahí.

-Pero tenías ganas de venir al Monumental.
-Obvio. No sabía qué podía pasar, no es que estuviera seguro de que me iban a putear, pero por las dudas no quería forzar una situación fea y evitable. Ahora se dio todo muy bien y naturalmente. La verdad que estoy agradecido, porque viste, el hincha fanático de repente no entendió el mensaje de aquella noche del 2008, o se bloqueó y no lo quiso ver. En ese momento yo necesitaba volver al país porque quería que mi hijo naciera aquí. La habíamos pasado mal con el nacimiento de mi hija en Inglaterra, decidimos volver y lo primero que hice fue llamar a Aguilar. “No hay problemas, arreglamos”, me dijo. Pero desaparecieron y no me llamaron más. Y el que se interesó fue San Lorenzo.

-¿No insististe con Aguilar para preguntarle cómo seguía todo?
-No, ya está: les dije una vez y punto. Nunca fui a donde no me quisieron. Pasó una semana, no me llamaron, se comunicó Marcelo (Tinelli), a los dos días viajó a España para arreglar y listo. Fue todo muy claro.

-¿Y ahora quién dio el primer paso: vos o River?
-¿Viste cuando se tiene que dar? En esos casos no hay posibilidad de error.

-Pero uno hace la primera llamada…
-Yo tenía contrato en el Inter. La gente me quiere, y el club nunca me dejó salir. En 2011 tuve una propuesta de China y en ese momento el Inter me renovó otra vez. Tres renovaciones tuve. Fueron demostraciones de cariño, decirme “esta es tu casa, quedate”, y eso dificultó mi salida a cualquier lado, no solo a River.

-¿Y por qué cambió todo?
-Hubo un desgaste normal. Así como lo bueno era culpa mía, lo malo también. Me podría haber quedado, pero no soy de los que hacen la plancha, todavía tengo ese fuego adentro, esas ganas de seguir ganando. Y como River realmente mostró interés, ni lo pensé. En River yo nací, fueron casi 15 años, aunque poco en la Primera y solo ganando títulos nacionales, a diferencia del Inter donde ganamos todo en 8 años. Son dos cosas diferentes, pero sé que soy de acá, y que todo lo que tengo y lo que hice en mi carrera es gracias a River, el club que me formó.

-¿Quién llamó primero: vos o Enzo?
-Con el Enzo siempre hablé, mantuve la relación en estos años, como la mantuve también con Hernán (Díaz) y Leo (Astrada), o con el Chacho (Coudet) y Ariel (Ortega), con Matías (Almeyda), y no tanto hablando de fútbol, sino de la vida. Vos sabés mi historia de alcanzapelotas, las fotos que me saqué con varios, en especial con el Enzo (ver recuadro)…

-¿Sentías que ya no volvías?
-A medida que pasaba el tiempo, lo veía más difícil. Por la edad. Gracias a Dios no sufrí lesiones importantes y entró esta gente que acomodó el club y eso ayudó muchísimo. Tenía una chance avanzada de ir a Emiratos, pero cuando el Enzo me comentó que las puertas del club estaban abiertas, le pedí a Matías Aldao, mi representante, que se juntara con el presidente para saber si había un interés concreto o era como siempre.

-Acá nos enteramos el día antes de concretarse…
-Por eso se dieron las cosas. Porque se trabajó así, entre 2 o 3 personas, con Rodolfo y el Enzo, de una manera muy profesional. Lo único que pedimos nosotros fue eso, por respeto al Inter. Después, la plata no fue un problema, si no, no hubiese ni pensado en volver a la Argentina, donde se gana mucho menos que en Brasil o Emiratos. Luego, faltaba solo una cosa….

Algunos de los muchos tatuajes que decoran el cuerpo de D´Alessandro. El pie de su hijo menor (Gonzalo) y los nombres de los otros dos, Martina y Santino.

-Gallardo.
-Claro. Marcelo me llamó, quería saber cómo estaba mi cabeza, me dijo que físicamente no necesitaba verme porque me había observado en los últimos meses. Y fue muy sincero. “Mirá que llegás de cero, sos uno más”, me explicó. Le dejé en claro que estaba con hambre de ganar cosas, los títulos internacionales que no tuve la suerte de conseguir en el club.

-¿Te acordás de la eliminación con el América de Cali en 2003?
-Claro, y me quiero matar, ese año sentíamos que podíamos llegar, que teníamos equipo, habíamos sacado al Corinthians…

-Cuando hablás de Francescoli decís “el” Enzo…
-Como si todavía fuese el pibe que alcanzaba pelotas, ¿no? (risas). Pasa que yo viví la época del Enzo desde muy cerquita. Es una persona simple, te trata como uno más, con todo lo que significa para la historia del club.

Mete la pausa Andrés durante la charla. Como en la cancha cuando recibe el balón, para clarificar el panorama. Se toma unos segundos y piensa bien lo que dice. Y cómo lo dice.

Si a Francescoli lo admiró desde un costado del campo de juego, al Burrito lo pudo disfrutar como compañero.

-A Ariel me lo encontré en un entrenamiento en Ezeiza. El estaba con la Tercera, venía con la bolsa de pelotas y le grité de atrás: “¡Ey, traeme una pelota, che!” (parece que este pibe no puede estar sin patear pelotas). Y Ariel enseguida se dio cuenta: “Pará, eh, respetá, respetá”, ja, ja, y después nos dimos un abrazo y nos pusimos a charlar. Con Ariel nunca perdí el contacto, como te contaba.

-¿Y con Gallardo?
-Con Marcelo solo compartí algunas prácticas en la Selección, como sparring. En el 99, cuando aún no había jugado en la Reserva de River, me llevó Bielsa a una gira por España. Varios de los muchachos se acercaban a charlar. Marcelo era uno.

-¿Tuviste que marcarlo?
-No, no, porque jugábamos de lo mismo en equipos contrarios. A mí me tocaba trabajar con los defensores titulares. Sufría bastante, te digo...

-¿Quién te dio la murra más fuerte?
-Y… ahí estaban Chamot, Pochettino, Vivas… eran duros esos. Zanetti y Juampi muy bien, tranquilos, entrené con Redondo, con el Cholo, otro áspero...

-¿Te pegaban y contestabas?
-No, en la Selección no, era muy pibe.

-En River sí…
-Y… acá ehhh, acá sí contestaba (risas) o ponía mala cara. O decía “¿Qué me pegás, che?”. Acá me sacudieron varios.

-¿Quiénes?
-Acá sufrí a Trotta, a Leo Ramos, a Sarabia, a Hernán (Díaz). Leo y a Hernán me pegaban y después me daban la mano para levantarme. Pero otros, en cambio, me pegaban y me dejaban tirado (risas)… Me enseñó mucho todo eso, son cosas que te van puliendo, porque no deja de existir un código. A nuestra camada nos hizo bien, para saber los límites, cómo tenés que comportarte en diferentes situaciones, cómo tenés que respetar a los más grandes cuando subís a Primera. Nos enseñaron bien a nosotros. Hoy cambió todo.

La abuela, en el hombro.

-¿Gallardo te pide que te tires a la derecha o te sale naturalmente?
-Me sale, antes iba casi siempre por el medio, pero el fútbol argentino está más físico, más rápido, se juega menos y se corre más, se pega más y hay que tratar de buscar los espacios porque tampoco tengo la velocidad de antes, viste, depende todo mucho más de la decisión rápida que tome en mi cabeza.

-¿En Brasil también jugabas tirado a la derecha?
-En Brasil jugué mucho tiempo por derecha. Con Dunga y con Abel Braga lo hacíamos sin enganche…

-¿Lo tuviste a Dunga de entrenador?
-Sí, hasta hoy tengo una relación muy buena, hicimos muchas cosas sociales juntos, para los chicos. Siempre hincho por él. Me parece un tipo simple, ganador, que no anda con vueltas. A mí me trató siempre bien, hasta una vez me pidió para la selección brasileña, y nos reíamos… En Inter jugamos dos años seguidos sin enganche y yo era extremo por derecha, entonces me quedaba la cancha para adentro. Igual, si tengo que tirar un centro con la derecha, la puedo usar eh (risas), pero por izquierda me siento encerrado contra la línea. Ya no soy un jugador de velocidad que la puedo tirar larga y mandar el centro…

-Llegar a un equipo que ganó todo no debe ser sencillo. El hambre se va perdiendo, muchos se quieren ir…
-A mí me pasó en el Inter, donde ganamos todo. Solo equipos increíbles como el Barcelona pueden conseguir mantener el éxito durante tantos años y, así y todo, tienen sus bajones. Pero lo estamos intentando. Mantener la identidad que River mostró en la Sudamericana y en la Libertadores: un equipo guerrero, áspero, no que vaya contra la historia del club, pero sí mostrando otras cosas que muchos equipos de River no han tenido. Yo siento que empiezo de cero, los campeonatos que gané en el club son historia. Volver es un desafío enorme para mí, mostrar que estoy vigente, que tengo hambre…

-¿Quién tiene más rivalidad: el argentino con el brasileño o viceversa?
-Me parece que de nosotros hacia ellos. Que tantos jugadores argentinos se hayan destacado en Brasil en los últimos años hizo que nos respetaran mucho más. Siempre les gustó el jugador argentino, como a nosotros el brasileño, pero esa rivalidad que existía entre equipos y selecciones bajó muchísimo. Yo me sentí muy respetado y querido allá.

-Se toman el fútbol de otra manera…
-No se hacen tanta mala sangre, es cierto. Y en un punto reconocen que el jugador argentino tiene algo diferente, eso que allá llaman raza, por eso no quieren jugar contra nosotros.

-De verdad, Andrés, ¿pensabas que ya no se iba a dar lo de River? Porque mucha cuerda no te queda…
-Se iba complicando, claro. Igual, no quiero ponerme plazos, pero de repente 3 o 4 años más jugaré, yo me cuido bastante.

-¡¿Vas a jugar hasta los 39?!
-Y… todavía me queda jugar de segundo volante un tiempo, al lado de un cinco que corra (risas). Hay que ver, de repente el año que viene me canso, el fútbol tiene esas cosas, pero 2 o 3 años, ponele, voy a jugar casi seguro…

-¿A fin de año volvés al Inter?
-Tengo contrato hasta diciembre de 2017. En Inter hay elecciones a fin de año y veré qué pasa en el club, depende un poco de eso y de cómo me pueda ir en River este año.

-¿Hay posibilidades de que sigas acá?
-Está todo abierto. Debo volver al Inter a fin de año y después se verá. Pero no quiero pensar tan adelante, sino disfrutar este presente, a River, a mi club. Fueron 13 años viéndolo desde afuera, ¿para qué me voy a apurar?

-¿Tenés claro el futuro después del retiro?
-Supongo que seguiré trabajando en el fútbol. Técnico puede ser, me gustaría, voy a empezar el curso. O director deportivo, en el Inter ya hablé con varias personas. Veremos. En principio, mi idea es vivir en Porto Alegre, mis hijos me lo piden encarecidamente.

-¿Qué dicen tus hijos de la chivita?
-Al bebé se le complica, no le gusta, medio que le molesta. Es lo único que me crece, en realidad, a los costados no sale nada, de verdad.

Cumplió 35 años el 15 de abril, el mismo día que el presidente del club.

-Tenés hijos de todos los países…
-Sí, mi casa parece las Naciones Unidas. Martina tiene 10 años y nació en Inglaterra, Santino, de 8, es de acá y Gonzalo, que tiene 8 meses, es brasileño. A mi nena le gusta el fútbol, iba a la escuelita en Porto Alegre; al nene lo mismo. Son derechos los dos y ya vinieron al Monumental, les encantó. La camiseta de River la tenían por mis amigos, pero como no vivieron esa época, más o menos les expliqué y les mostré algunas cosas de las que viví yo acá, algunos videos de cuando era chiquito. Se quedan mirando y no lo pueden creer.

-El día de tu presentación oficial te sacaste la remera para impresionar un poquito con tus abdominales. Decime que no…
-No, no, fue de casualidad, pero bueno, de paso aprovechamos para mostrar que no estaba gordo ni nada -cierra con su sello Andrés, relajado, más dócil, menos cabrón, más sensible, menos impulsivo, un poquito menos Cabezón, pero con la picardía del potrero aún intacta. Así en la cancha como en la charla.

Festejapelotas
El que está con campera bordó, buscando participar de la montonera tras el 3-3 con Boca (gol de Celso Ayala, Clausura 97) es el pequeño Andrés. “Sí, me acuerdo bien, si hasta me tuve que agachar porque venía Burgos volando para aterrizar ahí –se ríe–. Con mis compañeros nos peleábamos para alcanzar pelotas cerca del banco, estaba bueno para conocer a los jugadores y al técnico, para verlos cuando entraban y salían del vestuario, para sacarte fotos. Así conseguí la que tengo con el Enzo. Detrás del arco salías en la foto cuando había un gol, pero era mejor cerca del banco. Y lo peor era del lado de enfrente, en la Belgrano: ahí no había carteles, no te enfocaban nunca, estabas lejos de todos”. Estrategia pura. Puesto a elegir entre sus partidos preferidos, duda: “Tuve mucha suerte, porque fui alcanzapelotas en la Libertadores, la Supercopa y el tricampeonato, agarré todos los títulos de Ramón, no me puedo quejar. El día que ganamos la Libertadores, en el 96, me metí al campo a ver si podía conseguir algo, era una locura… Creo que me llevé una venda, que se la tuve que arrancar de los pies, ni me acuerdo a quién. A nosotros nos daban libertad para pedir a los jugadores, obviamente no se podía molestar mucho, pero ellos nos conocían, por la ropa y porque éramos siempre los mismos, estaba Saviola también”.

Coincidencias
D’Alessandro tiene varios puntos de contacto con Gallardo. No solo el talento y la función en la cancha, sino haber sido aconsejados por uno de los grandes maestros que tuvo River en sus inferiores: Adolfo Pedernera. “Tuve la suerte de estar en infantiles con ese hombre que venía muy seguido a hablarnos –repasa Andrés–. Para mí significó mucho, nos decía que solo teníamos que pensar en jugar, que nunca lo hiciéramos sin perder la alegría, cosas sencillas, pero que cuando sos muy chico está buenísimo que te las diga alguien. Más si no jugás nunca, como me pasaba a mí. Eso me quedó grabado para siempre”. Por aquel tiempo, Pedernera sacó un libro y en la contratapa apareció la foto de la izquierda (el de atrás es Daniel Vega, de Platense) Gallardo también rescata con emoción al centrofoward de La Máquina. ¿Otros punto de contacto entre Marcelo y Andrés? Los dos jugaron en Estrella de Maldonado, uno de los clubes de baby de mayor reputación en FAFI, llegaron a River con un año de diferencia (Andrés es 5 años menor pero llegó a los 8, más pequeño), fueron tutoreados en sus inicios por Gabriel Rodríguez y Titi Montes, ambos tienen tres hijos y uno de ellos se llama Santino. Alcoyana Alcoyana.

Por Diego Borinsky / Fotos: Emiliano Lasalvia y Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de mayo de 2016 de El Gráfico