JUGADORAZOS

Ernesto Lazzatti, el Pibe de Oro

- por Redacción EG: 23/05/2016 -

Con elegancia y jerarquía fue el volante central de Boca durante catorce años, y en 503 partidos jamás fue amonestado ni expulsado. Se retiró en Danubio convencido por su amigo Severino Varela y volvió al club como DT para sacar campeón al equipo tras una década de sequía.

La Bombonera fue su casa. Jugó en ella desde su inauguración, en mayo de 1940.

“Va giro. Viaje inmediatamente”. El telegrama, como todo telegrama, no ahondaba en mayores explicaciones, aunque en la casa familiar todos sabían de qué se trataba ese comunicado que venía sellado con el escudo de Boca. Unas semanas antes, Manuel González, un tío al que todos trataban de loco, había mandado una carta al club informando que en Ingeniero White había un chico que jugaba de centrojás, que era fanático boquense y que reunía todas las condiciones que el Xeneize estaba buscando para cubrir el hueco dejado por Fleitas Solich. Los dirigentes, sin demasiado que perder, aceptaron el convite y enviaron el dinero para que la supuesta promesa pudiese viajar en tren para probarse en Buenos Aires. Así, casi de casualidad, Ernesto Lazzatti aterrizó en Boca a los 18 años y llamó la atención de los delegados en un amistoso. En las semanas siguientes, jugó dos partidos más en Reserva y cuatro meses después del telegrama, el 8 de abril de 1934, el Pibe de Oro debutó en Primera contra Chacarita.

Su estampa juvenil al llegar al club, muy "riquelmeana".

Lazzatti nació el 25 de septiembre de 1915 en Bahía Blanca, pero se crió en Ingeniero White, un pueblo cercano dedicado a la producción industrial. Allí empezó a jugar como volante por derecha en Puerto Comercial y antes de dar el salto a Boca no tenía demasiadas expectativas de ser futbolista profesional. “Entiendo que mi caso fue de suerte –se sinceró–. En el club recibían miles de cartas como la de mi tío cada día, y justo agarraron esa y decidieron llevarle el apunte”.

En la temporada de su debut, el Xeneize, dirigido por Mario Fortunato, fue campeón aventajando por un punto a Independiente. Durante esa campaña el equipo convirtió 101 goles, más que cualquier otro rival, merced a una delantera a la que le sobraba potencia: Francisco Varallo, el paraguayo Delfín Benítez Cáceres y Roberto Cherro. Lazzatti ocupó el medio apuntalado por Enrique Vernieres y Pedro Arico Suárez.

En 1935, Boca logró el bicampeonato y, en esa oportunidad, no fue el equipo más goleador, sino el menos goleado. En ello mucho tuvieron que ver las incorporaciones de los zagueros Víctor Valussi y Domingos Da Guia, apodado Maestro Divino, y considerado uno de los mejores defensores brasileños de la historia. También fue clave la actuación del arquero Juan Yustrich.

En los años siguientes, Boca perdería protagonismo ante el avance de San Lorenzo, River e Independiente, los tres equipos más poderosos de la segunda mitad de la década del treinta. No obstante, Lazzatti redondearía fugazmente su carrera en la Selección. Disputó solo cuatro partidos, pero le alcanzaron para consagrarse campeón en el Sudamericano de 1937 jugado en Buenos Aires. 

Aquella edición tuvo la particularidad de ser la primera que se definió en una final. Hasta entonces, cada Sudamericano se jugaba todos contra todos y era campeón el que más puntos sumaba. Sin embargo, en 1937 Argentina y Brasil terminaron el torneo igualados, y como la diferencia de gol como método de desempate era un concepto desconocido, los organizadores decidieron optar por un partido que definiese al ganador. La final se jugó en el Gasómetro y terminó con victoria 2-0 para Argentina en tiempo suplementario. Los dos goles fueron de Vicente De La Mata, un delantero escurridizo y flaquito de 17 años. El equipo, dirigido por Manuel Seoane, contaba con varios ilustres: el arquero era Fernando Bello; los defensores Oscar Tarrío y Luis Fazio; en el medio dirigían Antonio Sastre, Lazzatti y Celestino Martínez; y en ataque estaban Enrique Guaita, Francisco Varallo, Alberto Zozaya (primer goleador del profesionalismo), Cherro y el Chueco Enrique García. Lo que estaba un poco flojo era el recambio: en los segundos tiempos ingresaban De La Mata, Bernabé Ferreyra y Carlos Peucelle...

Lazzatti y Boca recuperaron el protagonismo en 1940. Volvieron a ser campeones con nueve puntos de ventaja sobre Independiente y reposicionaron al equipo, que ya era considerado uno de los cinco clubes grandes del país. No obstante, y a pesar de la experiencia, El Pibe de Oro todavía no perdía su costado amateur: “Los sábados solían ser días malísimos para mí, los sufría mucho por la ansiedad que me generaba el partido. Pero una vez que estaba en la cancha, lograba jugar sereno”.

Una línea media histórica: Sosa, Lazzatti y Pescia.

En 1940 Boca inauguró la Bombonera y también ganó la Copa Ibarguren al vencer 5-1 a Rosario Central, pero en los años siguientes repetiría la irregularidad. En 1941 terminó cuarto en el Campeonato de Primera División y en 1942 fue quinto. Recién en 1943 volvió a conquistar un título liguero con la base del recordado equipo que fue bicampeón en 1944, aquel que varias generaciones de hinchas boquenses repitieron de memoria hasta el hartazgo, casi como si fuese una oración religiosa: Vacca, Marante y Valussi; Sosa, Lazzatti y Pescia; Boyé, Corcuera, Sarlanga, Varela y Suárez.

Justamente ese equipo, que relegó al River de La Máquina que ya venía pisando fuerte desde el bicampeonato de 1941 y 1942, fue el que le dio fama definitiva a Lazzatti. El hizo de director de orquesta de un gran mediocampo que compartía con Carlos Sosa y el Leoncito Natalio Pescia, que antes de ser tribuna fue un volante polifuncional y cumplidor que redondeó toda su carrera en Boca.

Quizás la explicación de por qué tantos hinchas xeneizes quedaron marcados a fuego por el equipo de 1944, que también se consagró en la Copa Ibarguren, resida en que ese título inició una larga sequía que duraría diez años. En el medio, Boca ganó la Copa Confraternidad en 1945 y 1946 y la Copa Competencia, también en 1946, pero sufrió el tricampeonato de Racing, vio el renacer de River con La Maquinita y coqueteó con el descenso en 1949.

Con la camiseta de la Selección, junto a una leyenda oriental: Obdulio Varela.

Lazzatti se quedó con el pase libre en 1947 y, a pesar de las ofertas, renunció a jugar en otro equipo argentino. Contando todos los partidos, se fue con un saldo de 503 encuentros, 7 goles y ninguna amonestación ni expulsión. “Me voy a hacer vida de turista –dijo–, porque contra Boca no puedo enfrentarme”. Lo buscaron de Chile y Brasil, pero no se convenció, y cuando estaba por confirmar el retiro, apareció su amigo Severino Varela, el uruguayo apodado La Boina Fantasma, porque acostumbraba a jugar con una boina blanca y aparecer de sorpresa para marcar goles de cabeza, y lo invitó a jugar en Danubio. A Uruguay llegó como una celebridad y cumplió con las expectativas: “Se lo nota entero físicamente y con la calidad esperada –redactaron los medios–. Será vital para esta nueva aventura de Danubio en Primera División”. Debutó en una histórica victoria contra Peñarol y jugó allí hasta su retiro en 1948, a los 33 años.

Cuando volvió de Uruguay se convirtió en entrenador y dirigió a Boca en una aventura iniciática en 1950. Mal no le fue: subcampeón de Racing. Sin embargo, un desencuentro con un dirigente que le “propuso” incluir a un jugador en el equipo lo hizo renunciar. Se alejó del fútbol por un tiempo y se dedicó a impulsar su concesionaria de autos en Temperley, pero regresó ante la insostenible situación del club. Boca había trastabillado con Emilio Baldonedo, Pablo Amándola y un ignoto húngaro llamado Gyorgy Oth, así que la solución fue volver a las fuentes.

Luego de su campaña como jugador, se puso el buzo de DT y dirigió a Boca, conquistando el festejado título de 1954, que cortó una racha negativa de una década.

Lazzatti tomó las riendas del equipo en 1954 y decidió incorporar varios jugadores, pero su mayor acierto fue darle confianza a Julio Elías Musimessi, El Arquero Cantor que popularizó el chamamé que dice “Dale Boca, viva Boca, el cuadrito de mi amor”. Delante de él se destacaban Héctor Otero y Juan Carlos Colman; los mediocampistas eran Pancho Lombardo, Eliseo Mouriño, y Pescia; y los delanteros, largamente criticados, eran pura voluntad: Navarro, Baiocco, Borello, Rosello y Marcarián.

Era un conjunto pragmático y excesivamente defensivo para una época en la que jugar con menos de cinco atacantes manifiestos era una herejía, pero se destacó por su regularidad y le regaló a su hinchada, que colmó todas las canchas, un título luego de una década de abstinencia. El equipo se hizo imparable a partir de la sexta fecha, cuando encadenó seis victorias consecutivas y volvió a ser puntero tras ocho años. Lo de la gente colmando todas las canchas es literal: ese Boca marcó un récord de asistencia y recaudación; vendió más de 900.000 entradas y promedió 30.000 espectadores por partido, cifras que jamás fueron superadas. Se consagró con un 1-0 a Tigre en la Bombonera. “Boca –redactó Frascarita en El Gráfico–, el de los grandes triunfos, fue siempre un cuadro de fútbol práctico, sobrio y vigoroso, con una defensa técnicamente superior al ataque y la delantera en la que hubo ansia y visión de gol”.

Luego del título, Lazzatti renunció y nunca volvió a dirigir, de hecho no se consideraba un director técnico: “Para Ernesto –afirmó Lucho Sosa–, la verdad del fútbol la tenían los jugadores. Y eso lo mantuvo cuando asumió como entrenador. Prefería que le dijeran administrador del fútbol, es decir, el encargado del club que atendía los ‘asuntos del fútbol’, y no director técnico. De ninguna manera iba a permitir que alguien pensara que él les enseñaba a jugar a los muchachos”.

También fue pionero al abordar la profesión de comentarista deportivo. Fue analista de fútbol para El Gráfico. Y luego escribió en La Prensa y fue panelista en Canal 7.

También, por iniciativa de Dante Panzeri, se acercó al periodismo: “Mi última incursión en el fútbol fue como periodista de El Gráfico. Panzeri y yo habíamos conversado mucho y le expuse mis ideas sobre el periodismo deportivo, sobre lo que yo creía que eran sus fallas y sus creencias. El me dijo que yo tenía la obligación de decir ciertas cosas que sabía sobre fútbol y entonces fui a colaborar con él. Cuando Dante se fue, también yo dejé la revista”. Más tarde escribió para La Prensa y participó en Canal 7 del programa Deporte con opinión.

Alejado del fútbol, siguió con sus negocios hasta su muerte, el 10 de diciembre de 1988, a los 73 años. Lazzatti fue el hilo conductor entre dos equipos históricos, el de 1944 que sirvió de placebo durante los años de sequía y el de 1954 que asentó la popularidad de Boca como el cuadro más convocante. El Pibe de Oro ayudó a enaltecer el club, incluso durante las épocas más difíciles, y se convirtió en un estandarte de su grandeza. Sin pegar una patada de más. Sin la necesidad de entrar en polémicas. Sin un solo grito fuera de tono. Le alcanzó con la soberbia de su humildad.

Por Matías Rodríguez / Fotos: Archivo El Gráfico

Nota publicada en la edición de mayo de 2016 de El Gráfico

Por Redacción EG: 23/05/2016

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