LAS ENTREVISTAS DE EL GRáFICO

Marcos Acuña, el apodo perfecto

- por Martín Estévez: 09/05/2016 -

Antes de llegar a Ferro, lo habían rechazado seis clubes. Meses después, le robaron tres veces seguidas. Sin embargo, el Huevo siguió luchando y hoy tiene premio: es una pieza importante de Racing. “Estoy cómodo y con mucha confianza”, celebra.

Le dicen Huevo por los chichones que, de chico, se hacía en la cabeza.

“Ya está, mami, no me quiero probar más. No gastes más plata…”, dice Marcos. Tiene 17 años de vida y cuatro de frustraciones. Quilmes, River, Boca, San Lorenzo, Argentinos, Tigre… Se probó en mil clubes y nunca quedó en ninguno. “Andá, dale, puede ser la última oportunidad -le insiste Sara-. Capaz que quedás. Si es lo que te gusta…”. Y otra vez se hizo el esfuerzo, el viaje desde Neuquén a Buenos Aires, ahora para probar suerte en Ferro. Y esta vez sí, a preparar los papeles y mudarse a una piecita porteña hasta que haya lugar en la pensión.

Fue hace siete años, pero parecen muchos más. Hoy, Marcos Acuña es una cara conocida en el fútbol argentino, y una cara querida en el planeta Racing. Entre aquel zurdo voluntarioso que estaba a punto de abandonar el fútbol y este volante con llegada que recorre la banda en una Copa Libertadores hay más similitudes que diferencias. Su historia comenzó en Zapala, el 28 de octubre de 1991. “Si bien hay mucho viento, es un lugar muy lindo -cuenta-. Tenés todo cerca: los lagos, Junín, San Martín… Mis viejos se separaron cuando yo tenía 4, 5 años, así que viví con mi abuela y después con mi mamá. Me iba turnando, vivía un poco en la casa de cada una. Allá hice muchos amigos, que gracias a Dios todavía los tengo”.

-¿Por qué te ibas turnando?
-Porque me gustaba el barrio donde vivía mi abuela, me sentía cómodo, y el club donde jugaba me quedaba a dos cuadras. Arranqué en el fútbol con un señor que se llamaba Raúl, jugando en un campito, a los 4 años. El viento molestaba mucho. Las piedritas se levantaban y te pegaban en la cara, pero cuando sos chico no te importa el viento ni nada. Tenés ganas de jugar siempre. Después me pasé a un equipo del barrio: Olimpo. El entrenador vivía cerca de la casa de mi abuela; entrenábamos en la Escuela 114, donde yo iba. Fui pasando etapas en Olimpo y después jugué un provincial al que me llevó el que terminó siendo el técnico de mi siguiente club, Don Bosco, y ahora es mi mejor amigo: Gabriel Rouret, el padrino de mi hija. Es un tipazo, siempre está cuando lo necesito.

-¿De qué jugabas?
-Siempre jugué de volante por izquierda. Me decían que era bueno, pero yo no les creía. “Si no hago nada -decía-. Corro y toco la pelota. Más que eso no hago…”.

-¿Cómo era el barrio?
-Era un barrio poco habitado, recién ahora se llenó de casas porque se fue sumando gente. Don Bosco es un barrio humilde y muy lindo. Mi mamá y mi abuela Leonor siempre me ayudaron en lo que necesité. Mi mamá se rompió el lomo laburando para que yo pudiera ir a las pruebas. Toda mi familia hizo un sacrificio muy grande. Somos cuatro hermanos: dos varones y dos mujeres. Tengo tíos, abuelos, primos, sobrinos… Siguen todos en Zapala; no los veo desde hace mucho tiempo. La última vez que los visité fue cuando Racing salió campeón, después no pude ir. Extraño un poco la ciudad, pero siempre les escribo o los llamo.

-¿Qué sentías cuando te probabas en los clubes y no quedabas?
-En Quilmes pasé la prueba, pero me habían dicho que no había pensión. Después vine a River, Boca, San Lorenzo, Argentinos, Tigre… Era muy difícil quedar, porque en cada prueba había más de 50 chicos. No lloraba, pero me enojaba. Pensaba: “Vengo de tan lejos y casi no me miren…”. Se nos hacía muy difícil venir a Buenos Aires. En Ferro me probé una semana, me dijeron que sí y ahí arranqué. Al principio alquilaba una piecita en Floresta. No estaba mal, pero estaba solo. Y venir de tan lejos a una ciudad tan grande como Buenos Aires se complica. Encima, durante los primeros meses, me robaron tres veces.

-En los primeros meses en Buenos Aires, te robaron tres veces…
-Fue muy duro. La primera vez que me robaron, me quise volver; y mi familia y mis amigos me convencieron de que me quedara. En Floresta tenía que tomar el tren, y me robaban antes de llegar a la estación. Se me hizo muy difícil. Me levantaba a las 5 de la mañana para ir hasta Caballito, y de ahí salía un colectivo hasta Pontevedra. Una vez, me quedé dormido y tuve que tomarme el tren desde Floresta hasta Merlo; y después, un colectivo hasta donde estaba el predio. No conocía a nadie, iba preguntando para saber cómo llegar. De eso aprendí un montón. La gente no sabe el esfuerzo que hicimos para llegar. Detrás de cada jugador hay una historia de sacrificio.

Acuña se lleva la pelota ante la marca de Pablo Pérez y Jara.

-También fue injusto con vos Marcelo Broggi, tu técnico en la Cuarta de Ferro, ¿no?
-Sí, en ese momento tenía una calentura… Ya estaba entrenando con Primera; y con la Cuarta teníamos un partido contra Deportivo Merlo en Caballito, en la cancha auxiliar. Yo era el encargado de cerrar la pensión, así que tenía que esperar hasta que saliera el último chico. El partido era a las 10 y teníamos que estar a las ocho y media. Como fui el último en salir, llegué cinco minutos tarde y me dejó afuera. Yo le expliqué, pero no me creyó. Después de ese partido me bajaron de Primera, pero jugué dos partidos en inferiores y subí de vuelta. Son cosas que tenés que pasar.

-¿Qué recordás del debut en Ferro, contra la CAI en Comodoro Rivadavia?
-Era la primera vez que viajaba en avión. Le avisé a mi familia que estaba citado, y después mis compañeros me cortaron el pelo, no sabés cómo me dejaron... Fue muy lindo poder demostrar algo de lo que sabía. En los siguientes dos partidos no me citaron, pero se lesionó el 3, así que, contra Chacarita, el Chaucha Bianco me puso como titular, pero de lateral izquierdo. Jugué siete partidos seguidos de 3, así arranqué. Yo, con tal de jugar, me adapto a cualquier posición.

-Al principio eras bastante calentón: en Ferro sufriste tres rojas en cuatro meses.
-Hay momentos del partido en los que no pensás, reaccionás de una manera que no deberías. Después, en frío, pensás: ¿Para qué lo hice? Era muy calentón, pero de eso fui aprendiendo un montón. De cada expulsión aprendés algo.

-¿Cuál es el partido que más disfrutaste en Ferro?
-Uno contra Defensa y Justicia, en 2013. Estaba en el banco y entré faltando veinte minutos. Agarré la pelota y empecé a eludir. Pasé a tres, tiré el centro atrás y la pudo meter Facundo Vera. Ganamos 1 a 0. Ese fue un lindo partido, porque estaba duro y, especialmente, por cómo venía Defensa, que peleaba la punta.

-Ese año también te desmayaste durante un partido contra Gimnasia. ¿De qué te acordás?
-Fue un partido raro. Ibamos ganando 1 a 0, en La Plata, y ya faltaba poco. Habían dado tres o cuatro minutos de descuento. Yo me había golpeado la panza antes, y en ese momento vino una jugada por el lateral, corrí la pelota hasta el córner y se fue. Cuando quise volver, me desmayé. El árbitro pensó que estaba haciendo tiempo y no dejó que me atendieran, así que seguí desmayado hasta que terminó el partido. Podría haber sido grave, pero no pasó nada.

-En Racing empezaste con un gol en el debut y con un título a los seis meses…
-Pasar de Ferro a Racing fue algo muy lindo. Racing es muy grande. Llegué después de la pretemporada, así que splo jugué un amistoso contra Táchira y enseguida vino el debut oficial, contra San Martín de San Juan por la Copa Argentina. Ganamos 1 a 0 y yo metí el gol: eso sí que no lo esperaba. Para ese torneo habíamos llegado muchos jugadores y lo que habíamos dicho desde el primer partido era que teníamos que pelear hasta el final. Empezamos con algunas derrotas, pero a partir del partido que dimos vuelta contra Boca arrancó nuestra levantada.

-En Racing hiciste más goles, pero en Ferro te destacabas por los tiros libres: metiste 3. ¿Por qué en Racing no?
-Son momentos. Por ahí pasa un poco por la confianza, al principio tenía que adaptarme. Además, en Racing hay muy buenos pateadores. Es otra categoría, es más difícil, pero creo que en cualquier momento se va a dar y voy a hacer un gol de tiro libre.

Tanto en la Libertadores como en el torneo local, Acuña llega permanentemente al arco rival.

-Después de un año y medio en Racing, ¿ya te sentís cómodo en el club?
-Sí, siempre estuve cómodo, pero ahora me siento con mucha confianza.

-Se notó en el gol contra Estudiantes, por la Liguilla: pateaste de derecha y desde afuera del área.
-(Risas) Sí, llegué a ese partido con mucha tranquilidad, ya estaba tranquilo en el vestuario. Sabía que en cualquier momento podíamos meter un gol, porque estábamos todos muy bien. La agarré pasando la mitad de la cancha, eludí a Gil y le pegué con derecha, que por ahí no le pego muy bien, y entró.

-¡Hay que probar más con la derecha!
-Sí, hay que probar más. Tengo que animarme a patear más con la derecha.

-¿Cuál fue el momento más difícil que viviste en Racing?
-Me dolió mucho la expulsión contra Independiente, por dejar al equipo con uno menos, y después encima perdimos 3 a 0. Fue complicado.

-En los últimos tiempos, Racing vivió partidos llenos de tensión: la definición del título, instancias finales en la Copa Argentina, octavos y cuartos de final de la Libertadores, la Liguilla… ¿Qué cambia en esos partidos para ustedes?
-Estás más concentrado, porque son partidos que definen cosas. Te marcan un montón. Quedar afuera de la Libertadores en el 2015 fue algo muy feo para nosotros; pero la gente nos dio ánimo para seguir peleando y para entrar de nuevo en la copa.

-¿Racing no cambió el plantel porque se quedaron para tener revancha en la copa?
-Desde el torneo que ganamos, en Racing estamos tranquilos, ninguno se quiere ir. Es más, muchos quieren venir. Este año se fueron muy pocos, y todos los que nos quedamos nos dijimos que esta vez tenemos que llegar más lejos, dar pelea hasta el final.

-Contá algo que la mayoría de los hinchas no sepan sobre vos.
-Que soy de salir poco, soy de quedarme en casa, viendo fútbol o tomando mate con amigos, o jugando con mis hijos. Si algún compañero me invita a alguna parte, voy, pero si no, me quedo siempre en casa. El cantante de Salta La Banca, Santiago Aysine, es amigo de Leandro Grimi, y yo también hice amistad con él, así que me invita a los recitales y, cuando puedo, voy.

Hizo toda la carrera en solo dos clubes: Ferro (2011-2014) y Racing (desde 2014).

-¿Qué es lo mejor y lo peor de ser futbolista?
-Lo más lindo es el fútbol, que te da todo. Podés conocer a un montón de personas y viajar a un montón de lugares. Lo malo es estar alejado de tu familia. Especialmente ahora, que tenemos torneo y copa. Por ahí estamos dos o tres días seguidos sin ver a nadie.

-Especialmente a tus hijos, ¿no?
-Sí, tengo dos hijos hermosos. Mora y Benjamín me cambiaron la vida. Mi novia siempre me critica porque, cuando son muy chiquitos, no me gusta mucho agarrarlos ni cambiarlos, porque siento que los voy a apretar o los voy a lastimar. Pero a Mora, que tiene 2 años, ya la cambio. Algún día me tenía que animar...

¿Cómo te llamás, pibe?
La historia sucedió en medio de una cancha de fútbol, en Neuquén, cuando Acuña tenía 12 años. “Fue en Aluminé, yo estaba jugando un torneo provincial con mi equipo, Olimpo -recuerda Marcos-. Era un partido normal, y todavía faltaba mucho para que terminara. De repente, el árbitro lo paró, y no sabíamos por qué. Se me acercó, me preguntó mi nombre y seguimos jugando. Yo no entendía nada. Después del partido, se acercó y le dijo a mi entrenador que había anotado mi nombre porque yo iba a llegar lejos, estaba seguro de que, de grande, la iba a romper. Así que después, para agradecerle, le regalé el short, que era negro, no tenía nada, ni una estampa. Y nunca más lo volví a ver”.

Por Martín Estévez / Fotos: Emiliano Lasalvia

Nota publicada en la edición de abril de 2016 de El Gráfico

 

Por Martín Estévez: 09/05/2016

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